Odiseo, de Troya a Ítaca

El accidentado regreso de Ulises al terminar la Guerra de Troya inspiró gran parte de la Odisea de Homero. Un itinerario por las islas y costas mediterráneas donde, según el épico relato, el legendario héroe vivió sus fabulosas aventuras.

Por Graciela Cutuli

Buena falta le hizo a Ulises ser “fecundo en ardides” para completar su travesía de diez años después de la Guerra de Troya. Si un precursor hubo del “turismo aventura”, bien puede haber sido este griego astuto, proclive a dejarse llevar por las corrientes del mar y de la vida, que mientras Penélope tejía y destejía a él lo llevaban a un fantástico mundo de hechiceras, sirenas, cíclopes y remolinos. De Troya a Itaca fueron numerosas las escalas que hizo en el recorrido por el homérico “mar de color de vino”, y casi igualmente numerosas son las versiones sobre su auténtico itinerario, que tantos siglos después sólo puede reconstruirse en forma incierta y aproximada. Los espejismos del Mare Nostrum bien pueden situar cada episodio en uno u otro punto de sus remotos rincones, aunque a lo largo de la travesía mediterránea es posible encontrarse en lugares donde no hace falta siquiera usar la imaginación para sentirse en el corazón de la Odisea: todavía hay playas casi vírgenes de aguas transparentes como el cielo, farallones amenazantes que surgen fantasmales de la superficie del agua, verdes islas que ofrecen un puerto seguro para el descanso del navegante. Siguiendo las huellas de Ulises, se pasa desde Asia Menor al sur de Italia, y hay quienes llevan su aventura incluso más allá, hasta las costas de España.

TODO EMPEZO EN TROYA Durante siglos, el emplazamiento de Troya –y hasta su propia existencia, incluyendo la historicidad de la guerra que enfrentó a griegos y troyanos– fueron un misterio. Hizo falta la pasión del muy discutido Heinrich Schliemann para encontrar finalmente los restos de la ciudad, sobre la colina de Hissarlik, en Turquía, a partir de 1870. A lo largo de varios años de excavaciones, Schliemann y sus colaboradores descubrieron la construcción de nueve ciudades sucesivas en el emplazamiento de Troya: la ciudad homérica se atribuye a la capa VI, aunque persisten las dudas y debates sobre dataciones y hechos históricos. El extenso y complejo sitio de la excavación de Troya, declarado Patrimonio de la Humanidad por la Unesco, se visita de la mano de guías expertos y minuciosos, aunque para el lego es fácil perderse entre las sucesivas capas arqueológicas. Una de sus imágenes más conocidas, sin embargo, no es histórica: se trata de la reconstrucción del gigantesco caballo de madera que evoca el gran ardid de Ulises –ocultar a los griegos en el caballo regalado a los troyanos– para derrotar finalmente las murallas de Ilión.Dejando atrás Troya, Ulises llegó al “país de los cicones”, en Tracia, una región que hoy se reparte entre Turquía, Grecia y Bulgaria. Ulises y sus compañeros saquearon la ciudad de Ismaro en un auténtico ataque pirata, hasta que fueron expulsados por la furiosa reacción de los habitantes y pusieron proa hacia el “país de los lotófagos”, peligroso para quienes deseaban volver a su patria, porque el loto que comían los habitantes borraba todos sus recuerdos… Quien visite hoy las costas del norte de Africa –probablemente Libia, aunque Homero no fue muy preciso sobre la dirección de los caprichosos vientos que impulsaron las naves de Ulises– no correrá los mismos peligros: en todo caso, es la belleza del lugar lo único que podría inducir al olvido de las ganas de regresar.Libia se abrió al turismo en épocas recientes, y es una de las estrellas ascendentes de la región, por la variedad y riqueza de sus vestigios arqueológicos, aunque una infraestructura todavía no del todo desarrollada hace más que recomendable viajar con conocedores de la zona. Uno de los lugares a visitar son las ruinas de Cirene, un conjunto arqueológico aún en excavación que incluye templos, el ágora, una importante necrópolis y un teatro. A sólo media hora se levanta Apollonia, el primer asentamiento griego en la costa del norte de Africa. La magnificencia de las ruinas, sin intervenciones que alteren su autenticidad, sorprende por su extensión y permite darse una idea de la importancia de Cirene en la Antigüedad, cuando formaba junto con otras cuatro ciudades griegas el conjunto llamado Pentápolis.

“NADIE ES MI NOMBRE” Cuando Ulises consigue finalmente arrastrar a sus compañeros fuera de los peligros del dulce fruto del loto, en verdad sus aventuras no hacen más que empezar. Nuevamente empujados por el viento, exploran una nueva costa y descubren una cueva llena de alimentos: un festín para los viajeros siempre hambrientos, si no fuera porque el festín tenía dueño. Y un dueño ciertamente amenazante: Polifemo, un gigante de un solo ojo que nada más verlos devoró a dos de los infortunados compañeros de Ulises. Haría falta todo el ingenio del griego, que dice llamarse “Nadie”, para escapar a la trampa del cíclope, vencido gracias al vino y un oportuno estacazo en el ojo. “Me atacan, me dejaron ciego”, grita un Polifemo desesperado pidiendo ayuda a sus congéneres, para rematar con una afirmación desconcertante: “Nadie me hizo esto”.Para algunas versiones, el episodio se sitúa en la costa occidental de Sicilia; para otros es indudable que Polifemo y los cíclopes vivían en Creta. Esta isla, la más meridional y también la mayor de Grecia, bien podría haber sido escenario de la aventura, gracias a su litoral accidentado y sus numerosas cuevas: se dice incluso que en una de ellas nació Zeus, y logró escapar a la furia devoradora de su padre, Cronos. Creta posee hermosísimas playas y senderos de montaña; también es célebre por el Palacio de Cnosos, aunque no se encontraron los restos del célebre laberinto de Teseo, Ariadna y el Minotauro.Situar a los cíclopes en Sicilia acerca a los personajes de la Odisea hacia su siguiente aventura, la llegada a la isla de Eolo, el rey de los vientos. Muchos creen que Homero situó las peripecias de su héroe en las tierras y mares occidentales que por entonces fascinaban a los griegos: así habría ubicado a Eolo en las islas Eolias, sobre la costa nordeste de Sicilia. El archipiélago se forma con Lipari, Vulcano, Salina, Stromboli, Filicudi, Alicudi y Panarea, un pequeño rosario de islas volcánicas rodeadas de aguas cristalinas, con playas vírgenes y un sol que favorece el cultivo de vides, olivas y alcaparras, ingredientes esenciales de la dieta mediterránea. Aquí Eolo regaló a Ulises un odre que encerraba los vientos tormentosos, para que pudieran regresar sanos y salvos a sus casas: pero la irrefrenable curiosidad de los marineros pudo más, y al abrir el odre salieron vientos huracanados que los arrojaron nuevamente a tierras desconocidas, esta vez habitadas por los lestrígones, unos gigantes antropófagos no más amables que los cíclopes. Cerdeña, la isla de las costas esmeralda, o bien Córcega pueden haber sido inspiradoras de este episodio: en todo caso, no se puede negar que la imprudencia, la sed de aventura y los vientos llevaron a Ulises por algunos de los más bellos lugares del Mediterráneo, islas que hoy están entre los más preciados destinos turísticos del mundo, meta del jet set y las testas coronadas de Europa.Claro que a nuestro héroe, presa de los lestrígones, no le habrían parecido tan agradables… fue así que, cuando pudo escapar, puso rumbo hacia el norte y desembarcó en la isla de Eea, feudo de la maga Circe, que acostumbraba transformar a los forasteros en animales. Esta vez no le fue tan mal a Ulises, ya que permaneció un año junto a la hechicera, que incluso le dio un hijo, Telégono. ¿Dónde se sitúa el país encantado de Circe? Probablemente en las costas cercanas a Nápoles, donde se encuentra precisamente el cabo Circeo. A los griegos estas costas, al norte de la Magna Grecia, les eran también bien conocidas: la propia Nápoles nació como colonia griega, la “ciudad nueva” de Neapolis.

ULTIMAS AVENTURAS Tras dejar atrás los encantos de Circe y escapar a los tentadores pero peligrosos cantos de las sirenas, Ulises estaba lejos todavía de ver el fin de sus aventuras. Escila y Caribdis, dos monstruos que provocaban remolinos y devoraban a los marineros, son el siguiente escollo de su viaje: tradicionalmente, se ubica a los monstruos junto a la actual Scilla, un encantador cabo que se adentra en el Tirreno, a la altura de Calabria, en lo que llaman la “costa viola” (costa violeta) por el extraordinario color del mar. Scilla mira hacia el estrecho de Messina, célebre por sus difíciles corrientes, un detalle más que ayuda a ubicar aquí la siguiente etapa de Ulises: la isla de Trinacria, el antiguo nombre de Sicilia. De aquí, tras una terrible tormenta cuyo único sobreviviente fue el astuto griego, Ulises fue a dar a la isla Ogigia, morada de la ninfa Calipso. Hay quienes identifican el lugar con Crotone, una antigua colonia griega en la actual Calabria, junto al Mar Jónico, aunque otras versiones llevan mucho más lejos la navegación de Ulises y sitúan a Calipso y sus encantos tan lejos como en el estrecho de Gibraltar. Sólo la intervención divina hizo que Calipso dejara partir a Ulises, que pagó sus años de calma junto a la ninfa con una fuerte tormenta que lo dejaría finalmente en las costas del país de los feacios. Es decir, Corfú, que si no lo fue realmente bien podría haber sido el escenario del encuentro de Ulises con la joven Nausicaa. Corfú es una de las islas más turísticas de Grecia, aunque conserva todavía costas vírgenes de gran belleza y soledad. Pueblitos costeros, bahías protegidas, lagos y una hermosa capital de eclécticas influencias europeas hacen la belleza de Corfú, que fascinó también a la emperatriz Sissi en sus numerosos viajes por Europa. Como recuerdo de su paso queda el Palacio del Achilleion, que la esposa de Francisco José hizo construir al sur de la capital de la isla a fines del siglo XIX.Pero como todo tiene que terminar alguna vez, también los viajes de Ulises llegan a su fin. Con ayuda de los feacios, el héroe regresa finalmente a Itaca, su patria, una isla pequeña que forma parte del archipiélago de las Jónicas, al sur de Corfú. En verdad hoy día a Ulises sólo se lo encuentra con la imaginación, pero la minúscula y escarpada Itaca sigue gozando del privilegio de haber sido la cuna del héroe de la Odisea. “Nuestro padre Odiseo”, como dicen sus habitantes. Sólo por eso, si no es por el atractivo de Vathy, la capital, merece la visita en una recorrida por las islas griegas. En el norte de la isla, se cree que el pueblo de Stavros fue el lugar donde se levantaba el palacio de Ulises, pero no queda vestigio alguno (ni siquiera Schliemann, aunque lo intentó, pudo encontrarlo): sólo una de las piezas del museo arqueológico local, con el nombre del héroe, sirve de testimonio a la veracidad de la Odisea. Una veracidad que al fin y al cabo no tiene importancia alguna, ya que su única verdad está en la literatura, argumento más que suficiente para emprender un viaje que siga las imaginarias y extraordinarias huellas de Ulises.

(Publicado en Página/12, 2008)

Los aduaneros y el Ulises

El Ulises, de Joyce, había obtenido infinitos rechazos en incontables editoriales y, especialmente, por parte de microcéfalos funcionarios de aduanas que obedecían órdenes superiores (los censores de correos, doctos en materia literaria). Pero el libro aún no había sido vetado por la justicia. Este requisito era necesario para poder lograr un dictamen legal, favorable o no. La editorial norteamericana recurrió a un truco. Envió un funcionario a París, que se puso en contacto con Sylvia Beach y obtuvo un ejemplar del libro. De vuelta a New York, un día muy caluroso, se encontró con aduaneros enervados por el bochorno que lo invitaron a pasar sin siquiera abrir las maletas. Pero el mensajero protestó y exigió que revisaran su equipaje porque llevaba un libro prohibido. El aduanero se quejó amargamente de que lo hicieran trabajar con semejante temperatura y cuando vio el cuerpo del delito comentó: “Pero si todos los turistas que vienen de Francia traen el Ulises“.

Sin embargo se resignó, se hizo cargo del libro maldito y lo puso en manos de sus jefes. Ahora había una base para iniciar la querella, que terminó con el fallo absolutorio del juez, J.M. Wolsey, cuyo nombre no figura entre los grandes de la literatura, con torpe injusticia. Su Señoría dictaminó que el libro podía ser “vomitivo, pero no inmoral”.

(Fuente: Juan Carlos Onetti. Confesiones de un lector)

El traductor del Ulises

¿Quién fue José Salas Subirat? El periodista e investigador Lucas Petersen trata de responder a esa pregunta en su obra El traductor del Ulises y, al decir de Carlos Gamerro en la contratapa, “resuelve por fin un interrogante de décadas: cómo un humilde vendedor de seguros, autodidacta y escritor de libros de autoayuda, pudo traducir por primera vez al español la novela más difícil de todos los tiempos -titánica tarea ante la cual el propio Borges había retrocedido con pavor”. “Para desconcierto de todos -completa la presentación del libro- el hombre que en 1945 realizó la proeza descomunal de traducir la obra maestra de James Joyce no era ningún erudito, sino un hijo de inmigrantes que terminó la escuela primaria a los 23 años, se ganó la vida como agente de seguros y, con un dominio limitado del inglés, logró lo que no habían conseguido los mejores intelectuales de la época”.

Hasta ahí la premisa de este libro que tiene el mérito indiscutido sacar a la luz la hazaña de Salas Subirat, pero que recorre su biografía con mucho más detalle desde sus comienzos y sin limitarse a los años de la traducción del Ulises: sin duda, hacía falta un cuadro más completo para revelar la complejidad de este escritor de mediano a malo, que un buen día puso su firma al pie de la obra más famosa y discutida del siglo XX, abriéndole las puertas del Ulises al lector en castellano. Que fuera algo que “no habían conseguido los mejores intelectuales de la época” no es una afirmación del todo certera, ya que no hay muchas pruebas de cuántos de aquellos “mejores intelectuales” realmente lo intentaron, ni se sabe si habían recibido encargo alguno: lo cierto es que Salas Subirat -cuyo período como poeta y narrador integrado al Grupo de Boedo Petersen recorre con minuciosidad en los primeros capítulos de esta biografía- tuvo el mérito indiscutido no solo de lanzarse a la traducción, sino de completarla y más tarde revisarla.

José Salas Subirat. Foto (c) Editorial Sudamericana

Desfilan por las páginas de la biografía los personajes de hondura literaria que conformaron el Grupo de Boedo, las postales suburbanas de Salas Subirat en su casa de la zona norte de Buenos Aires, el trabajo cotidiano en una compañía de seguros y su insólita inclinación hacia los manuales para el vendedor que lo ubican a años luz de su consagración -discutida, pero consagración al fin- como traductor de una obra que al parecer empezó a trasladar al castellano con el solo fin de leerla, y entenderla. La publicación, a cargo de Santiago Rueda, está por decir si correspondió a la intención, a la casualidad, o a un cruce de ambas.

Pasada la mitad del libro, comienzan los capítulos -los más interesantes- dedicados a la única obra por la cual se recuerda a Salas Subirat, esta traducción que hizo no “sin saber inglés”, como se exagera en algún caso, pero sin duda habiéndolo aprendido de forma muy particular, incompleta y sin acceso ni a glosarios ni a la jerga dublinesa: por eso atrapan la descripción de su método de trabajo, las comparaciones sobre las soluciones de traducción adoptadas en las diferentes ediciones del Ulises y también el inevitable subrayado de a veces insólitos errores. Es aquí cuando la biografía se torna más entretenida y, a la vez, justifica su misión: del mismo modo que la sola traducción del Ulises, por discutibles que sea en muchos aspectos, justifica toda la trayectoria previa de Salas Subirat en terreno literario.

El cuadernillo central del libro agrega fotografías de Salas Subirat, de la obra y otras curiosidades: como la del diario venezolano que titula “Avión Donde Venía el Traductor de ‘Ulises’ Cayó al Mar Frente a Playas de Sao Paulo”, otorgándole, como a los poetas los laureles, a Subirat ese título de “traductor del Ulises” que lo identificaría por el resto de su vida. Y lo más interesante, las imágenes del ejemplar del Ulises donde efectuó numerosas anotaciones durante el proceso de traducción.

Si para muestra basta un botón, aquí va uno: “En el capítulo que dedica a Ulises en El último lector, Ricardo Piglia coloca en este orden uno de los errores de Salas Subirat: era imposible que desentrañara a que se refería Bloom cuando, al palparse los bolsillos antes de salir de su casa, pensó “Potato I have”. como explica Piglia, la papa en el bolsillo de Bloom corresponde a la creencia popular de que podía ayudar contra los dolores del reuma. Salas no comprende, supone que es una especie de autoimprecación y traduce “Soy un zanahoria”, lo que más adelante lo obligará a poner “zanahoria” cuando reaparece “potato” en el bolsillo de Bloom. De todas formas, en la onírica escena del burdel, Salas hace aparecer la papa en el bolsillo del protagonista. Es como si la atmósfera fantasmagórica de este episodio -a diferencia del detallado realismo de “(4. Calipso)”- hubiera dado licencia para finalmente introducirla: “Bloom palpa con sus manos empaquetizadas el reloj, la faltriquera del reloj, el bolsillo de portamonedas, la dulzura del pecado, el jabón, la papa”. En la segunda edición, consciente Salas de que hay algo que se le pierde, decide suprimir directamente el “Soy un zanahoria” cuando Bloom se palpa los bolsillos. Y cuando más adelante el personaje vuelva a revisarlos, traducirá correctamente “papa”. Como si el trauctor hubiera pensado: quién sabe para qué, pero no hay duda de que lo que hay ahí es una papa. Como en este caso, la traducción exploratoria de Salas no puede más que fracasar en reconstruir gran parte de las típicas cadenas asociativas y las múltiples referencias internas que construye Joyce en su obra. Hoy esos senderos ya han sido descubiertos y recorridos, pero no eran tan fácilmente detectables en una traducción vocacional que se extendió por cinco años”.

A continuación, algunos fragmentos del capítulo “Lenguas en tensión”

… Si hay algo que no es transparente es la lengua. Mucho menos si se dialoga con Joyce. La inviabilidad del proyecto colocó a Salas Subirat tan cerca del fracaso como del éxito. “Un lector es también el que lee mal, distorsiona, percibe confusamente. En la clínica del arte de leer, no siempre el que tiene mejor vista lee mejor”, dice Piglia en El último lector. Salas entra a Joyce, en ocasiones lee mal y por eso también lee bien. Lee y transforma lo que lee. Y devuelve un Joyce más joyceano, más fiel al original. Si el adjetivo no fuese tan problemático, se podría decir más verdadero.

Salas, que desconoce el sistema de referencias e incluso parte del léxico del autor, inventa, arriesga, no se detiene más de la cuenta en precisar al milímetro el término adecuado si este no aparece. Sus propias limitaciones -lingüísticas, pero también temporales y personales: iba a querer seguir leyendo, no iba a tener a nadie que juzgara su trabajo o pagara por su tiempo, al menos al principio- lo impelen a resolver, a decidir bajo una ansiedad particular, la del texto que asoma por delante.

Un testimonio contemporáneo del propio Salas, más programático que la “Nota del traductor” que abre la edición de Rueda, abona esta idea: “para traducir es necesario cumplir dos etapas. La primera consiste en lo que corrientemente se entiende por traducir: dar el significado de lo que dice el original en otro idioma. La segunda etapa impone escribir y adecentar lo que se ha traducido”, sostiene en el artículo “Apuntes con motivo de la traducción de Ulises, publicado en el periódico Contrapunto en ese mismo 1945. En Ulises, continúa Salas, “la dificultad mayor se presenta en la primera etapa, durante la cual debe desentrañarse el sentido del original. Esto equivale a decir que Ulises es un libro de ardua lectura en inglés”.

(…) ¿Cuáles son los méritos literarios de la traducción de Salas Subirat, entonces, más allá de su carácter pionero, de su enorme gesto de correr el velo para miles de lectores hispanohablantes? El más y mejor reivindicado, sin duda, es aquel sobre el que apuntó Saer: “el río turbulento de la prosa joyceana, al ser traducido al castellano por un hombre de Buenos Aires, arrastraba consigo la materia viviente del habla que ningún otro autor -aparte quizás de Roberto Arlt- había sido capaz de utilizar con tanta inventiva, exactitud y libertad”. La tradución Salas es lo más alejado a una traducción de gabinete que se podría imaginar. En sus mejores pasajes, el Ulises de Salas Subirat rebosa de ese arrojo propio solo del que no tiene nada que perder, que hace lo suyo sin mayor temor a las consecuencias o la mirada escrutadora de los otros.

No demanda mucha imaginación vincular el carácter vital de su versión también con el hecho de que en buena medida fue trabajada en los vagones del Ferrocarril Mitre. Leer en el transporte público es una batalla sin cuartel entre las demandas de la realidad y las ambiciones de la evasión. Irremediablemente, el mundo i(nte)rrumpe en la lectura y el texto no puede más que ser leído desde el prisma que le impone el contexto material. Difícil traducir en un registro neutro, peninsular o en una jerigonza culta frente a un mundo que se abre y absorbe. Es una lectura abierta a ese afuera y, por lo tanto, es también una traducción abierta a él. Las turbulencias de la vida que agitan el flujo del pensamiento -tan Joyce- no son en el lector de sillón tan imponentes como en el lector transportado.

Ya desde las primeras páginas el léxico de la calle -lunfardo o simplemente porteño- se cuela por todas partes. Listarlo es divertido e interminable: términos como chambón, cuchichearon, requetebién, vinachos, chanchero, pavada, cachivache, badulaque, pichincha, larguirucho, bagatella, copetudos, yuyos, conchudo, machacar, cháchara, canillitas, pipones, cachada, chacarero, sancochados o pichicho se alternan con expresiones como veinte pesoques, no quiero que me achuren, no jueguen al toro mocho conmigo, a troche y moche, se forró bien forrado o me revienta.

Algunas de estas expresiones, por supuesto, eran también utilizadas en España o en otros puntos de América, pero eso no impidió que la mayoría fuera rechazada con virulencia por los críticos de la Península y reemplazada en la versión de Salas Subirat que “corrigió” Eduardo Chamorro para Editorial Planeta. (…)

Salas, sin experiencia traductora más allá de algunas piezas menores, ni un conocimiento profundo del inglés, tuvo la capacidad de descubrir que no era posible comprender a Joyce (ni, más tarde, hacerlo comprender a otros) sin recurrir a ese magma del lenguaje callejero. A veces el recurso llega a niveles de travesura o irrespetuosidad (así se pueden catalogar expresiones muy discutibles como “¡La pucha!” o “¡Huija!”, que, más allá de que traduzcan o no alguna expresión existente en el original, erosionan la verosimilitud de una escena transcurrida en Dublín).