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La magia está en nosotros: una reflexión sobre Barbie

Por María Teresa Téramo

Cuando era chica, prefería jugar a la mancha, las escondidas o incluso a la pelota con mis amigas del barrio. También lógicamente tenía muchas muñecas y, al ver la Barbie que le habían regalado a Mariela, mi amiga vecina de al lado, también quise una. Sin embargo, nunca entró Barbie en casa. Mi abuelo me regaló la Sindy con su pantaloncito acampanado de jean, remera a rayas, cartera cruzada y una vincha simpática. Era británica y menos exuberante que Barbie. Mariela tenía también a Kent, pero no era rubio, sino corpulento y morocho. Para Reyes, un 6 de entero, me sorprendieron con unos muebles inflables para la muñeca y así mi Sindy y la Barbie de Mariela se hicieron amigas. 

La película de Greta Gerwig (2023) va más allá de un simple recuerdo al universo de la muñeca que atravesó la infancia de varias generaciones. Es una clase de sociología entretenida y profunda; emotiva y lúdica. El guion escrito a cuatro manos entre la misma directora y su marido, Noah Baumbach, atrapa: fresco, ágil, con guiños e intertextos como a 2001. Una Odisea del espacio (Stanley Kubrick: 1968), al comienzo del film. También hay menciones explícitas a otras historias clásicas de la literatura: Orgullo y Prejuicio, film que ve Barbie cuando está deprimida para llorar junto a la protagonista, y El Padrino como una de las películas preferidas de los varones.

Barbie estereotipo se burla de los estereotipos. El film recoge los cuestionamientos que hay sobre la muñeca y ridiculiza aspectos de la sociedad de consumo y de la sociedad de discursos ideológicos militantes, utilizando al humor como recurso para exponerlos, cuestionarlos y hacernos pensar.

La gran lección de Barbie es que hombres y mujeres son complementarios y que cuando el feminismo avasalla a los hombres, fracasa; al igual que cuando el machismo relega a la mujer, y con el desprecio, se acentúan las injusticias y la violencia. En este sentido, es indispensable prestar atención a las tres escenas finales: cuando Barbies y Kents dejan de lado las rivalidades y empiezan a respetarse e integrarse en la sociedad; cuando la anciana Ruth Handler —su creadora— conduce a Barbie (Margot Robbie) al mundo de los humanos donde hay belleza en la vejez, emociones e imperfecciones; y cuando Barbie conoce y disfruta de la compañía de una familia común y corriente —padre yankee que trata de aprender español, madre de ascendencia latina y niña adolescente que, dejando de lado las típicas rebeldías, descubre la felicidad en las pequeñas cosas. 

Barbie elige bien. Deja los tacones altos —primer plano de sus pies con sandalias bajas al salir el auto de la familia—, deja sus vestidos rosas —viste como un mortal más— y, fuera del mundo de fantasía, quiere ser una auténtica mujer y en un futuro probablemente madre: su última frase es “Soy Bárbara Handler y tengo cita con la ginecóloga”. Nada puede ser mejor que la vida humana, la vida de esta tierra con sus luces y sombras, en la que lo que más nos enriquecen son las relaciones interpersonales y con el ambiente que nos rodea.

La película tiene algo de Alicia en el país de las maravillas de Tim Burton, algo de leyenda griega de mujeres amazonas, otro poco de El mago de Oz y mucho de parodia. Es decir, si queremos realmente disfrutar del film —y entenderlo— tenemos que dejarnos llevar por ese realismo mágico que nos invita a descansar y sonreír en casi dos horas de película. Excelente el despliegue escénico, maravillosa la conceptualización artística, contagiosos los momentos musicales, y un guion con frases para recordar: “Quiero ser la que imagine, no la idea de otro”, “Sé siempre tú misma, ese es el verdadero secreto.”, “No tengas miedo de brillar. Eres una estrella en tu propia historia”, “El mundo real no es perfecto”, “La verdadera belleza proviene de adentro, pero un vestido bonito no hace daño”, “Las amigas siempre están ahí para apoyarte, animarte y compartir aventuras contigo”, “Recuerda siempre ser amable y tratar a los demás con respeto. El mundo necesita más amor y compasión”, “Soy un hombre liberado, sé que llorar no es débil”…

Por todas las escenas y diálogos hay un par que justifican toda la película y la hacen merecedora de respeto y buena crítica, dos escenas que son un canto y homenaje a la vejez. La primera en la que la Barbie, recién llegada y cansada del mundo real, se sienta en un banco a pensar —antes como muñeca plástica no lo había hecho— y ve en la punta sentada a una anciana. La mira y dice: “Es usted bellísima” y la añosa mujer le responde “lo sé”. A continuación, ambas ríen y a Barbie se le escapa una lágrima. Es una escena completamente gratuita, que de acuerdo a la trama podría suprimirse como mal le aconsejaron los productores a Gerwig, y sin embargo es uno de los mayores logros del film. “Si corto la escena, —dice la realizadora— no sé de qué se trata esta película. Así es como lo vi. La idea de un Dios amoroso, que late en una madre, una abuela, que te mira y dice: ‘Cariño, estás haciéndolo bien’, es algo que siento que necesito y que quería dar a otras personas. Es una transacción de gracia. Para mí, es el corazón de la película.” En efecto esta escena cifra todo el film: un rescate a la belleza de envejecer, condición humana. Preferir ser humanos a una juventud eterna de plástico; así como añoraba Ulises la vida mortal al estar con la bella Calipso retenido en la isla de Oggigia. Barbie opta como Ulises.

La segunda escena es cuando hacia el final reaparece la anciana Ruth Handler y toma de las manos a Barbie para conducirla al mundo real, de mujeres y hombres de carne y hueso. La sabiduría de los años le aconseja el camino y sobre sus palabras se suceden una serie de imágenes de niñas y madres felices con saturación de luz como un recuerdo gozoso de lo que hace bien al mundo. Como decía Hannah Arendt: “La natalidad es la capacidad humana de comenzar algo nuevo. Cada nacimiento es un nuevo comienzo y en esto consiste precisamente la libertad: en la capacidad de iniciar una acción nueva, inesperada” (1996: 186), con cada nacimiento se renueva la faz de la tierra, por eso la esperanza, el futuro bueno del mundo está allí. Pensar la juventud desde la perspectiva de Arendt exige reconocer el poder del pasado, pero tomando en cuenta la complejidad y tensión inherente a la relación pasado-presente-futuro; socialmente implica comprender cómo opera el proceso de inclusión de alguien nuevo a un mundo preexistente. Esta idea ya la había concebido con anterioridad el poeta Rilke quien, en Diario florentino, dice : “Cada cual recrea el mundo con su propio nacimiento, porque cada cual es un mundo” (p. 36). 

Barbie se integrará a un mundo donde ya vienen dadas muchas situaciones, pero tiene ella todo el poder para replicarlas, cambiarlas, rechazarlas, mejorarlas. ¿Cómo? Con lo más preciado que tenemos los mortales: nuestra libertad.

Barbie —muchas Barbies: rubias, morenas, afrodescendientes, asiáticas, pelirrojas; gordas, flacas; discapacitadas en sillas de ruedas; arquitectas, doctoras, enfermeras, barrenderas, juezas, y presidenta— y Kent —muchos Kents: morenos, aindiados, cetrinos… cantineros, playeros, deportistas…— viven en Barbie Land donde todo es fácil, maravilloso y feliz, un país de plástico gobernado por las mujeres, donde los hombres estarían en función de ellas, e incluso a distancia. Una noche —en medio de una fiesta— Barbie piensa en la muerte y un sentimiento extraño se apodera de ella: se emociona y hasta derrama una lágrima. Al día siguiente todo le sale mal: se le queman las tostadas, la ducha solo despide agua fría, se cae al querer subir a su coche, descubre que tiene pie plano… Algo del mundo humano la ha tocado. Visita a Barbie “rarita” (Kate McKinnon), una muñeca que vive apartada con otras Barbies discontinuadas, quien como especie de hada madrina le dice que la niña que en el mundo real jugaba con su émula está sufriendo y debe ir hacia allá y subsanar lo que le pasa, si quiere volver a ser la de antes. Debe optar entre olvidar y quedarse allí pero transformarse en una especie de Barbie deprimida o traspasar las fronteras hacia el mundo real. El gran tema: quedarnos como estamos, en “nuestro Egipto” de confort —pero esclavas— o aventurarnos a ir más allá. Ella prefiere quedarse, pero al final se convence en que partir es sacrificado pero mejor. 

Claro mensaje del film: nunca debemos quedarnos como estamos, siempre podemos avanzar y la manera de hacerlo, de crecer como personas, es salir al encuentro del otro. Kent perdidamente enamorado de ella, se esconde en el auto para poder seguirla. También en definitiva él sale al encuentro del otro. Todos crecen. “La pluralidad es la condición de la acción humana debido a que todos somos lo mismo, es decir, humanos, y sin embargo nadie es igual a cualquier otro que haya vivido, viva o vivirá (Arendt en La condición humana, 1996: 24).

Interesante es el viaje fantástico del mundo de plástico al real y viceversa: van por tierra, agua y aire… Viaje que siempre transforma y es metáfora de vida. Sin embargo, el sentido profundo es que la vida no es solamente un viaje (un “ir a”), sino que nosotros somos el viaje hacia la promesa de lo que podemos llegar a ser. No es sencillo. Las situaciones son complejas, donde no hay nada dado de antemano. Son nuestras decisiones las que marcarán el camino.

El mundo real no es como lo imaginaban y ni bien llegan son objeto de burlas. Se separan. Kent descubre que este mundo está regido por los hombres y quiere volver a Barbiland para transformar al país de plástico en Kentland: otro país de plástico donde dominen los hombres. Barbie por su parte, encuentra a la niña que tenía la muñeca pero esta la desprecia y piensa que está loca. En realidad era su madre la que la había conservado la barbie, y con ella se refugiaba en el recuerdo de su infancia donde la muñeca era parte de sus ilusiones, al sentirse en el presente despreciada en el trabajo e indiferente ante la mirada de su hija en paso de la infancia a la adultez. Hija llena de temores y frases hechas, discursos réplica de adultos. 

Cuando Barbie la encuentra a esta niña-mujer, junto a otras de su edad, muy sonriente se le acerca y le habla. Pero es rechazada e incluso la adolescente le dice que ella, Barbie, tan “mujer perfecta” es la culpable de las desgracias femeninas en este mundo y la llama “nazi”, hecho que no es menor en el guion donde se soslaya también la presencia inspiradora de la obra La condición humana de Hannah Arendt, quien refiriéndose a la maldad del nazismo contra el pueblo judío, afirma que no hay nada innato en el ser humano ya que el total de las características y capacidades no están impresas desde el nacimiento, sino que se construyen condicionadas por la relación con el mundo en el que toca vivir. 

Barbie entró —como entran las y los adolescentes a la adultez— al mundo humano, y descubre que las condiciones de existencia humana varían de acuerdo con el orden político, económico y cultural imperante en cada momento histórico. El film nos invita a reflexionar. Muestra —si leemos entre líneas— que la naturaleza humana siempre está condicionada: es decir, que lo humano no es por naturaleza, sino —como dice Arendt— por condición. Este enunciado se aplica de la misma manera a lo juvenil; es decir que ser joven no es “serlo” por naturaleza sino por condición y, por lo tanto, el constructo condición juvenil debe desmontarse de la idea de que existe una naturaleza juvenil incuestionable. 

El mundo puede cambiar, pero eso requiere esfuerzo. El ser joven se encuentra atado al orden cultural y sociopolítico dominante de manera que toda expresión y experiencia juvenil en el mundo no es otra cosa que una posibilidad, pero hay otras muchas. Podemos repetir discursos como hace la adolescente del filme —que enrostra a la muñeca un discurso feminista agresivo— o podemos superarlos. Barbie la ayuda a trascenderlos. Para eso hace falta un poco de fantasía, hace falta viajar al mundo rosa y soñar. 

Barbie, la adolescente y su madre viajan a ese mundo rosa. Al llegar encuentran que Kent se hizo con el poder y replicó las condiciones del mundo real: donde la mujer-objeto está al servicio del poder del hombre. Los caballos y las cervezas desplazaron las formas delicadas y los colores pasteles. Para recuperarlo trazan humanas y muñecas un plan de rescate. Los hombres librados a sí mismos se autodestruyen desde la violencia competitiva. 

Durante una especie de épica y fantástica guerra de Troya entre Kents, aparecen los hombres del mundo real, los gerentes de Mattel, la empresa creadora de Barbie que arriban para poner orden en el mundo de plástico. Ellos también salen transformados: entraron al mundo de fantasía infantil por un momento, se asomaron a los sueños, y escucharon a las mujeres, así mejoraron su empresa. 

El film —consciente o inconscientemente— señala que, en realidad, la desigualdad es un problema político —de dominio— resultado del poderío de unos/as sobre otros/as, lo que provoca la decadencia del mundo común, ya que no existen las condiciones para que este pueda —así dividido— desarrollarse. Ni la sociedad, ni la política florecen donde impera la violencia física o simbólica. 

En este mundo —el imaginario y el real— es un hecho la pluralidad que alude a personas iguales en su naturaleza —más allá del sexo, la raza, la profesión— y a la vez diversas, diferentes por sus múltiples condiciones y características —físicas, sociales y culturales—. Todas conforman una sociedad y sus méritos no dependen de su condición, sino de sus decisiones libres. 

Barbie aun viviendo sucesos dramáticos, tristes y angustiantes, nunca se resignó, no sucumbió, no aceptó que se suprimiera el anhelo de plenitud y de felicidad presente en su corazón, ni mucho menos se resignó a ceder a la injusticia, a la hipocresía, a la arrogancia del poder y al egoísmo que convierte —como sentencia Dante en otra, como esta, “Divina Comedia”— a nuestro mundo en «la pequeña tierra que nos hace tan feroces» (Paraíso, XXII, 151).

Profunda reflexión sobre el lugar de hombres y mujeres en este mundo. La película sin duda desilusionará a quienes esperan encontrar un discurso feminista, así como a quienes pretenden hallar una crítica a ese discurso, porque el film precisamente está en su justo medio y se aleja o se ríe de toda postura extremista de un lado y del otro. Barbie está hecha para la mayoría de los mortales que buscamos una sociedad de igualdad de derechos por lo que cada uno es, vale, más allá del sexo —o género—, las profesiones y las situaciones culturales. Una película para la gran mayoría de los mortales, que guardamos como tesoro escondido a ese niño o esa niña que llevamos dentro. 


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