“La perra”, de Pilar Quintana, a la luz del mito y la razón

Por Óscar Lizarazo (desde Colombia)

Para nosotros, las personas que vivimos en la urbe, lanzar la mirada hacia los horizontes de la periferia, hacia los rincones donde, posiblemente, esté llegando lentamente la luz de la civilización (esa luz que al parecer pretende entrar a la fuerza), nos muestra la convivencia que empieza a establecerse entre mito y razón, que permanecen en una tensión constante en su llegada a la selva. Es decir, la lógica que trata de plantear la racionalización, se enfrenta con el lugar de origen del mito: el retorno a lo natural. En este orden de ideas, lo que en realidad sucede es que la selva se rige bajo su propia lógica, una lógica indomable e inesperada; pues en la modernidad aún no se logra una domesticación o racionalización de la naturaleza de lo salvaje que logre identificar las coordenadas donde se hallen sus principios de funcionamiento concretos. Por lo tanto, en este espacio existe una tensión constante entre mito y razón que, dentro de lo natural, pretenden arrojar una respuesta ante los acontecimientos que suceden y estos se convierten, particularmente, en formas de configuración de la realidad, allí mito y razón compiten para ganar un espacio.

     Una de las formas que tenemos las personas que vivimos en la urbe de acercarnos a estos lugares inhóspitos donde se halla esta tensión constante, es mediante el hecho literario de la novelística. Tal es el caso de la novela La perra, de la escritora colombiana Pilar Quintana, pues en ella asistimos a la historia de Damaris y su vida en la costa del pacífico colombiano. En esta novela hay una relación problemática ante la imposibilidad biológica (Damaris no puede quedar embarazada), que se piensa desde el punto de vista científico y la respuesta a través del mito, que es la búsqueda para hallar un sentido lógico ante lo que está aconteciendo y pensar en una posibilidad de concebir que sea donada por la misma dadora de la vida: la naturaleza. Al respecto de la búsqueda de la lógica dentro de la naturaleza, el mito no tiene una repuesta cuantificable, sino cualitativa; al respecto nos señala Gadamer: “La imagen científica del mundo se comprende a sí misma como la disolución de la imagen mítica del mundo. Ahora bien, para el pensamiento científico es mitológico todo lo que no se puede verificar mediante experiencia metódica.” (1997, p.14). Como bien lo observamos al acercarnos a la novela, ante la inexistencia de una respuesta metódica y científica, se contrapone la solución mística: la relacionada con el mito y el origen y su poder adquisitivo, como lo podemos observar en la novela de Pilar Quintana:

El jaibaná vio a Damaris durante largo tiempo. Le dio bebedizos, le preparó baños y sahumerios y la invitó a ceremonias en las que la ungió, la frotó, le fumó, le rezó, le cantó. […] El verdadero tratamiento consistía en una operación que le haría a Damaris, sin abrirla por ninguna parte, para limpiar los caminos que debían recorrer su huevo y el esperma de Rogelio… (Quintana, 2018, p.23).

     Ante una imposibilidad biológica se extiende una respuesta mítica. Lo que, a todas luces, puede demostrar que parte de la racionalidad que pretende entra en la configuración del espacio, es detenida por la lógica de la selva, por el lugar del mito. Sin embargo, como lo planteaba Gadamer, no es que razón y mito se hallen ante una relación imposible, sino que, es a través del mito donde la razón se halla desencantada, no por sí misma. Es decir, el logos, no halla una respuesta racional solo por su fuerza cualitativa y metódica, sino que también en la experiencia metódica descubre otra lógica que dialoga con el mito, pues este es la base primigenia de toda la civilización; ante el mito del origen se descubre la racionalización de las formas del mundo, incluso, de las relaciones teológicas con lo humano. Al respecto, dice Gadamer:

El paso del mito al logos, el desencantamiento de la realidad, sería la dirección única de la historia solo si la razón desencantada fuese dueña de sí misma y se realizara en una absoluta posesión de sí. Pero lo que vemos es la dependía efectiva de la razón del poder económico, social, estatal. La idea de una razón absoluta es una ilusión. La razón solo lo es en cuanto que es real e histórica. (Gadamer, 1997, p. 20).

Por lo anterior, la razón no encuentra su sentido más que el uso instrumental y, sin embargo, se configura a través de la experiencia mítica de los personajes y sus relaciones con las cosas con las que habitan. Lo que quiere decir que la manera mítica es una manera de respuesta lógica. Y la manifestación de lucha contra la lógica de la selva. En una trasposición con el discurso macondiano de la obra de García Márquez, nos encontramos que: “El tratamiento místico-mítico de la caída de los pájaros muertos en el pueblo. Al no encontrar una explicación racional u objetiva, el párroco descifra la lluvia de pájaros muertos como una secuela del paso por el pueblo del Judío Errante.” (García, 2016, p. 578). Lo anterior incluso apunta a una idea de verdad profesada a través del mito, por lo que los habitantes de Macondo empiezan a creer en el discurso de lo mítico, es por la resonancia de carácter de verdad que esta posee; lo que quiere decir, que esta es su respuesta lógica y racional ante tal hecho. Pues, al no hallar los suficientes elementos que faciliten una experiencia metódica cuantificable, la experiencia sigue argumentando el supuesto mítico, pues es la representación viva del hecho de la muerte de los pájaros.

     En La perra, sucede algo similar ante estas desgracias tanto maritales como familiares. Todas las desgracias e infortunios parecen ser como en la Grecia antigua, una imposibilidad de escapar del destino asignado por los dioses. He aquí, que no haya una respuesta racional ante esta, más que la presencia de una actividad paranormal. Como observamos en la novela:

La gente del pueblo decía que tantas desgracias seguidas no eran normales y tenían que ser obra de algún envidioso que les había echado una brujería. Preocupados, los tíos llamaron a Santos y ella les hizo una limpieza a la casa y a todos los miembros de la familia, pero la situación no mejoró. (Quintana, 2018, p. 35).

Para Damaris y para Rogelio, aunque más para ella que para él, una respuesta racional implica un darse cuenta de, caer en cuenta de la naturaleza de cada uno, lo que al final de cuentas resulta absolutamente triste y problemático. Pues, esto ya sobrepasa incluso miradas estéticas, la relación de la naturaleza con Damaris es la misma: es una mujer fuerte como la selva, grande y exuberante como ella; por lo tanto, el espacio se relaciona mucho con lo mítico y lo simbólico. Como bien se ha reiterado, la imposibilidad de concebir hijos que tiene Damaris entra en tensión contra la naturaleza, pues ella está en ese constante ejercicio: la naturaleza crea y destruye y se problematiza con Damaris, pues al parecer ella solo tiene la capacidad de destruir y, además es configurada por el discurso machista, como “una piltrafa de la naturaleza” debido a que ni siquiera posee el don que esta misma tiene: dar vida. Aquí la naturaleza también funciona como espejo de los personajes, pero no una proyección del espejo que reconfigura una noción estética de los personajes, sino más bien un reflejo y una consciencia de su misma animalidad o de su misma naturaleza – objeto de la selva. Al respecto García: “El espejo posee la propiedad de repetir, re-producir; es decir, una acción que no añade significación al objeto que reproduce, sino que solo devuelve una imagen por el tiempo de su exposición al objeto. (2016, p. 590).

     En este juego del espejo, asistimos a la caracterización de Damaris, a su observación de sí misma, pero también su reflejo en la perra (Chirli): en la perra como hija, luego como hembra que concibe, luego como madre. En estos espejos, solo se devuelve una imagen que golpea, que retumba. Una respuesta mítica de la naturaleza como dadora de vida, la cual puede ser la misma que le devuelva la esperanza a Damaris, cosa que, como vimos, es imposible. Observemos la novela: “Damaris se dio permiso de pensar que de pronto esta vez sí quedaría embarazada, pero a la mañana siguiente se rio de sí misma, pues ya había cumplido cuarenta, la edad en la que las mujeres se secan” (Quintana, 2018, p. 57).

     Es una constante observación de sí misma, y una esperanza náufraga de concebir que se une de nuevo al dolor, de dar cuenta de su naturaleza. Esto es:

Las tenía inmensas, con los dedos anchos, las palmas curtidas y resecas y las líneas tan marcadas como líneas en la tierra. Eran manos de hombre, las manos de un obrero en construcción o un pescador capaz de jalar pescados gigantes. (Quintana, 2018, p. 59).

Ahora bien, la metáfora alrededor de la perra, de la idea de la concepción, del paliativo como hija, también juega un papel mítico importante, pues no solo es alrededor del título de la novela, sino la razón de ser del amor y la locura de Damaris, que sin desviarnos mucho podría ser dionisiaca, ya que Damaris está embriagada por su realidad e imposibilidad, pero también disfruta del hecho de ser madre de la perra. Sin embargo, la fuerza de lo mítico contra la razón entra aquí también de manera evidente: hay un intento por la instrumentalización y domesticación de la naturaleza, y también alrededor de la naturaleza está la incertidumbre, las criaturas que habitan la selva y se chupan a quienes se encuentre. Es decir, la explicación de los fenómenos alrededor de la selva que se relacionan con los personajes y sus desventuras, tienen solo una respuesta metafórica y mítica, que, en cierta medida, es la manera de entender la función de la lógica de la selva. Lo que quiere decir que las licencias del discurso literario permiten entender los fenómenos en clave de lo mágico o lo fantástico y no dejan de ser conceptuales, es decir: “Expliquémoslo: el objeto representado por la metáfora sigue siendo absoluto o indeterminado, en la medida que no se puede reducir a un enunciado lógico-conceptual o a “la predecidibilidad exacta de los fenómenos”.” (Rivera, 2010, p. 158).

    Sin embargo, más allá de una respuesta exacta a los fenómenos, también implica un hecho muy importante: en las sociedades posmodernas periféricas, es decir, aquellas que, en relación al centro, no solo se encuentran alejadas geográficamente, sino incluso, de manera ideológica, por ejemplo: la selva, la zona rural o la isla donde lo que llamamos progreso se da más lento, tanto por la lejanía del lugar como por la concepción de industrialización dentro del espacio, en otras palabras la constante resistencia a que la naturaleza sea dominada o remplazada por la industrialización o la modernización instrumental y capital; es allí en estos lugares a donde apenas están llegando las visiones y la ideas de progreso alrededor del mundo, pues podría decirse que aún en estos sitios no se entiende de manera concreta el proyecto moderno, allí las reglas son otras, la formas de realización son otras, incluso más ligada con el destino; aún se erige el discurso mítico como la concepción de la realidad que llega de afuera. Lo que quiere decir que, en estas sociedades pensadas atrasadas en relación con el centro, poseen sus propias formas de creencias y de conceptualización y pensamiento, que están fuertemente ligadas con la cosmovisión ancestral. Diría Rivera:

Esto implica que los mitos pueden ser desencantados, pero no una metáfora que manifiesta abiertamente ser una ficción. En cualquier caso, el triunfo contemporáneo del desencantamiento no impide que sigan siendo muy útiles los procedimientos mediante los cuales en el pasado el mito ha hecho significativa la realidad. (Rivera, 2010, p. 149).

     Es decir, el mito no necesariamente configura un espacio desencantado por sí mismo, a esto también responden una cantidad de factores políticos, sociales y económicos. La metáfora, por ejemplo, del contexto al que es sometida Damaris como mujer, es la muestra de las ideas machistas que aún conviven en los discursos de la sociedad y la visión de patriarca con la aún se concibe a los lugares de la periferia. Lo importante del discurso literario está en la capacidad que tienen la metáfora y el discurso mítico de unir elementos heterogéneos y casi que distantes, y los hace convivir en un mundo donde todo funciona a partir del método científico. Esto, tal vez, con el fin de mostrar ciertas fallas en la lógica que se hacen evidentes al acercarnos a estos lugares y a estos personajes.

     Ahora bien, es probable que esta búsqueda de una respuesta lógica, en un espacio como la selva que, al parecer no acepta otra lógica más que la propia, puede llevar a los personajes al borde de la locura y la agonía que es una contraposición posmoderna de la belleza de la poética bucólica en donde la convivencia era armoniosa y amistosa. Ahora, asistimos a una relación violenta y problemática con la naturaleza, que arroja a los personajes a la sinrazón de dos maneras: quienes ven intervención de lo paranormal en lo que acontece y los que se entregan por completo a la naturaleza salvaje y se pierden en ella como en el caso de Damaris. Cruz Kronfly en “La aldea encantada” nos dice los siguiente:

La chifladura es, en consecuencia, el tema que se impone y que sigue. La medio–locura humana, la chifladura y el despiste pueden derivarse en ciertos casos del anacronismo, ya sea por anticipación visionaria del sujeto o por atraso mental o simbólico del mismo respecto de la época que le haya tocado en suerte. (Cruz, 2011, p. 4).

     Es este presupuesto lo que pudo haber sucedido con Damaris, al cometer el crimen con la perra y llegar al éxtasis total de todo lo sucedido. Ya no teme, ya es como la selva, indomable y fría y por eso se pierde, observemos:

Así que pensó que tal vez, debería irse al monte, descalza y a penas en su licra corta y su blusa de tiras desteñida, y caminar más allá de La Despensa, la estación de cultivo de los peces, los terrenos de la armada, los lugares que había recorrido con Rogelio y los que no habían llegado a conocer, para perderse como la perra y el niño de las cortinas de Nicolasito, allá donde la selva era más terrible. (Quintana, 2018, p. 108).

     Este es aparentemente el final de todo, como tal vez planteaba Cruz Kronfly, que la pérdida de la razón y el levantamiento de lo agorero sea la lógica de estos lugares. Sin embargo, más bien pienso que la relación de lo mítico y la razón, pese a convivir en una constante tensión, ambas, la razón a través del mito, crea otra concepción de la realidad, que más que estética es metafórica y, en ese sentido, dotada de más valor, pues es la manera de colocar una realidad llena de licencias retóricas y, por ende, si se quiere, lógicas y verídicas. Como planteaba Gadamer:

En el pensamiento griego encontramos, pues, la relación, entre mito y logos no solo en los extremos de la oposición ilustrada, sino precisamente también en el reconocimiento de un emparejamiento y de una correspondencia, la que existe entre el pensamiento que tiene que rendir cuentas y la leyenda transmitida sin discusión. (Gadamer, 1997, p. 27).

    Es una relación dialógica y si quiere absolutamente estética. El mito, sigue siendo la base, incluso ejemplificada de la razón.

REFERENCIAS:

Cruz Kronfly, F (2011) La Aldea encantada. Revista Cronopio, (21)

García, Dussan, E. (2016) La identidad social en Colombia y el Macondismo. Revista Signa (25), p. 573 – 594

Hans-Georg, G. (1997) Mito y Razón. Ediciones Paidós Ibérica, S.A: Barcelona.

Quintana, P. (2018). La perra. Penguim Random House: Bogotá

Rivera García, A. (2010) Hans Blumenberg: mito, metáfora absoluta y filosofía política. Ingenium. Revista de Historia del Pensameinto Moderno, (4), p 145- 165

Tú no eres como otras madres

Angelika Schrobsdorff es la Angelika de este libro, “una niña difícil”, narradora y aguda observadora de la vida de su madre, Else Kirschner, pero también de su familia entera y al mismo tiempo de una época -la mitad del siglo XX y la Segunda Guerra Mundial- que a través de sus palabras se vuelve dolorosamente tangible.

La madre que no es como las otras es Else Kirschner, nacida en el seno de una familia judía alemana y casada primero con el escritor Fritz Schwiefert y luego con Eric Schrobsdorff, un burgués de Berlín al que le tocará estar casado con una judía en pleno ascenso del nazismo.

Los vaivenes vitales de Else dan para una novela en sí misma: sus matrimonios, sus caprichos, su disfrutar de la vida, sus convicciones de libertad, sus amistades -nada de todo eso demasiado acomodado a los prejuicios de su época- conforman la aventura vital de una mujer poco aficionada a las convenciones. 

Pero Tú no eres como otras madres (Du bist nicht so wie andre Mütter) no es estrictamente una novela, en el sentido de que no es ficción, aunque se lea como tal: es la biografía de una mujer -y la autobiografía de su hija- que encarnaba a la perfección el ansia de libertad de los “años locos” de ese Berlín que celebraba en la superficie y en el fondo empezaba a virar hacia la tragedia.

“Un día después de la Noche de los Cristales Rotos se publicó el decreto según el cual el conjunto de los judíos alemanes debería abonar una prestación de desagravio por el valor de mil millones de Reichsmark y eliminar sin demora los daños causados por el pogromo. Siguieron, en rápida procesión, ocho decretos más, entre ellos el que prohibía a los judíos regentar negocios y empresas artesanales y asistir a teatros, cines, conciertos y exposiciones, así como transitar a determinadas horas por determinadas zonas. O aquellos que establecían que los niños judíos ya no podrían frecuentar escuelas alemanas, ni los estudiantes judíos las universidades del país. Además, se les retiraban las licencias de vehículo y los carnets de conducir y se los obligaba a vender sus empresas y a entregar sus joyas y títulos de valor”.

Y ahí está lo mejor del libro: en la forma en que Angelika Schrobsdorff consigue reconstruir la reticencia de Else, y de muchos otros, a creer en la entidad real del monstruo que se estaba gestando en Alemania. Las cosas, se sabe, no pasan de un día para otro: tampoco de un día para otro se impusieron el nazismo, sus leyes raciales, la marcha definitiva hacia el desastre. Estaban quienes querían verlo, quienes querían abrirle los ojos, para terminar chocando con la ¿ingenuidad? ¿ceguera? de Else. Estaban quienes huían, quienes buscaban relegar su matriz judía o quienes, por el contrario, más que nunca deseaban exaltarla. Y estaban, como Else, quienes eran y se sentían profundamente alemanes, incapaces de creer que en la culta Berlín de la primera mitad del siglo XX pudiera imponerse la política de ese nacionalsocialismo al que solo consideraban como una banda de brutos vándalos sin consenso. Se equivocaban, por supuesto.

Y eso le valió a Else, a Angelika y a su hermana Bettina el exilio en Bulgaria, que se convierte en las más bellas páginas del libro. Una forma tal vez no deseada pero intensa de concretar la promesa de su juventud: “Vivir la vida con la máxima intensidad y tener un hijo con cada hombre al que amara”. 

Angelika Schrobsdorff publicó este libro en 1992. Su madre había fallecido en 1949, poco después de la guerra. Su abuelo materno, Daniel Kirschner, había muerto en 1939; su abuela, Minna Kirschner, había muerto en Theresiendstadt. Durante la guerra murió Peter, su hermano mayor. En el umbral de los años 50 murió su padre, Erich Schrobsdorff. Y sin embargo, este es un libro sobre la vida y cómo puede ser a la vez fascinante y absurda, trágica y cómica, cruel y compasiva, sobre todo cuando se nace y se crece a la luz y a la sombra de una madre que no es como las otras.

A continuación, un fragmento del comienzo de Tú no eres como otras madres:

“Aquí, pues, va la anécdota: a los cuatro años y medio, Else entró en el jardín de infancia, donde tuvo su primer contacto con niños cristianos. Se parecían en todo punto a ella: reían como ella, jugaban como ella, hacían travesuras como ella, hablaban como ella. Pero cuando se acercó la Navidad, algo cambió. Los niños, de repente, hablaban distinto que ella, hablaban ya sólo de cosas que ella nunca había oído mencionar: del niño Jesús y de Papá Noel, de José, María y los Reyes Magos, entre los cuales había un moro. Hablaban de regalos, de árboles de Navidad, de ángeles, de estrellas de Belén y de pesebres con todas sus piezas: el niño Jesús, la Santísima Pareja, la mula, el buey. —Majaderías —atajó Minna cuando su hija la avasalló con preguntas acerca de lo escuchado—, no hagas caso. Pero Else hizo caso y ya no pensó en otra cosa y hasta soñaba con eso. Poco antes de la gran fiesta, se colocó en el jardín de infancia un árbol de Navidad que los niños engalanaron con adornos de magnífico brillo y colorido. De pie y plegando las manos frente a aquella maravilla, entonaron un villancico tras otro. Else, que ya con año y medio sabía cantar «Zorro, robaste el ganso», captó las canciones al vuelo y, en casa, se las repitió a sus padres. Éstos se sobresaltaron al oír lo de «entre los astros que esparcen su luz viene anunciando al niño Jesús» y decidieron mantener a su hija alejada del jardín de infancia durante tan peligrosos festejos. Pero el daño ya estaba hecho. La niña quiso a toda costa un árbol de Navidad. Rabió y sollozó hasta que los padres, enervados y a punto de romper a llorar ellos mismos, trajeron un pequeño árbol, amén de algunas bolitas y espumillón. Lo único que no hubo fueron velas, pues Daniel tenía pánico a los incendios y estaba resuelto a no ceder, en ese punto, a las goyim najes, las diversiones de los no judíos. Cuando el árbol, parcamente adornado, estaba listo y Else entonaba con las manos plegadas «Noche de paz», sonó el timbre. Daniel, con una mala corazonada, se apresuró hacia la puerta, espió por la mirilla y vio una barba blanca abierta en abanico y un gran sombrero negro. ¡Qué otra cosa era aquello sino una señal del Señor! Volvió corriendo a la habitación, agarró el arbolito y lo arrojó al cuarto de las escobas. A continuación, Else se tiró al suelo y chilló para que le devolvieran su árbol. El abuelo, al que por fin habían abierto la puerta, contemplaba, desde el umbral, la escena con rostro serio y sin palabras: su nieta, poseída por el espíritu maligno; su hijo, con la cara bañada en sudor; su nuera, blanca como la cera. Que la pequeña estaba completamente pasada de rosca, dijo por fin Minna, cosa nada extraña con tanto jaleo de árbol navideño. Árboles de Navidad por todas partes, dijo Daniel, y por eso la niña tenía fiebre y deliraba. La metieron en la cama, y Minna se sentó con ella y le acarició su cara ardiente y desesperada. Trató de consolarla 18 19 diciendo que había cosas más importantes que los árboles de Navidad, y que mañana encendería las velas de Janucá. Al día siguiente, Daniel acomodó a su hija en su regazo y la introdujo en el judaísmo. Le habló de un templo situado en el lejano Oriente que había sido destruido y de un pueblo dispersado por el mundo entero. Le habló de un Dios único que no tenía barba blanca ni mucho menos un hijo. Y que ése era su Dios. A Else le gustó más la historia del niño Jesús, y el Dios sin rostro ni familia tampoco fue de su agrado. Lo ocurrido abrió la primera grieta en la vida intacta de la pequeña Else, y si alguna cosa comprendió fue que ella, por extrañas razones, era distinta a los niños del jardín de infancia, y que por eso nunca volvería a tener un árbol de Navidad en su casa”.

Las imprentas nómadas

Las imprentas nómadas (Ampersand)

En plena era del libro electrónico, es casi un acto de rebeldía -además de un magnífico trabajo de investigación- explorar el tema que eligen en Las imprentas nómadas-Artefactos, conspiraciones y propaganda los especialistas italianos Alessandro Corubolo y Maria Gioia Tavoni, dos referentes en materia de bibliofilia y bibliografía.
    Ya desde el prólogo Edoardo Barbieri subraya que el libro -editado en castellano por Ampersand, en su colección Scripta Manent- afronta un tema solo en parte relacionado con la investigación sobre la movilidad de los oficios del libro y la imprenta. Lo que interesa a los autores es, en efecto, el caso particular de los sistemas de imprenta transportables o capaces de operar en forma itinerante.
    A diferencia del amplio panorama de la impresión dedicada a conocimientos científicos y eruditos, este tipo de imprentas se utilizaron mayormente con fines de celebración y de propaganda, de modo que transmitieron una tipología de mensajes de lo más variada. Pero en conjunto, no hay detalle que escape a los autores: ni quiénes fueron los impulsores de la impresión itinerante, ni el tipo de mecanismos utilizados ni las motivaciones de los impresos.
    Todo está acompañado además, en la cuidada edición de Ampersand, con traducción de Nora Sforza, por ilustraciones en blanco y negro que contribuyen a la comprensión de los mecanismos y temas abordados.

El libro acompaña a lo largo de un extenso arco temporal: desde el entorno de Felipe II a la Londres de fines del siglo XVII, desde los aposentos de Luis XV niño hasta los campamentos militares napoleónicos: y en clave más tipológica que cronológica, los autores proponen una exploración de productos heterogéneos, objetivos y protagonistas de la historia variopinto y geográficamente repartido por toda Europa.

Episodios de todo tipo y curiosidades acompañan el desarrollo histórico: como las imágenes que remiten al momento de la procesión organizada en Valencia, en 1663, en homenaje a la Virgen María. Recientemente el papa Alejandro VII había emitido una bula favorable a la doctrina de la Inmaculada Concepción, de modo que en ocasión de la procesión se montaron dos sistemas de imprenta a bordo de carros, que iban imprimiendo material celebrativo y tipográfico para distribuir a los presentes.

Más allá de su utilidad para la propaganda religiosa, las imprentas móviles fueron de gran difusión en las campañas militares: Corubolo y Tavoni se centran en particular en las napoleónicas. El poeta Ugo Foscolo ya recordaba que el estratega corso contaba con una imprenta que “multiplicaba sus gacetillas desde el campo de batalla”.
    No fue el único: aunque Gustavo Adolfo IV de Suecia era poco afecto a la prensa y mucho a la censura, en sus maniobras militares se llevaba, como Napoleón, una imprenta móvil.
    Más allá del ámbito militar, la impresión móvil tuvo fines de celebración, como se revela en la Londres en el siglo XVIII -cuando se hizo una demostración de los nuevos equipamientos sobre el Támesis helado- y la Nueva York en 1825, así como en las celebraciones alemanas por el cuarto centenario de la creación de la imprenta de tipos móviles. Los autores abordan también la cuestión de las imprentas en movimiento sobre los “nuevos” medios de transporte surgidos a lo largo de los siglos, su utilidad para eludir censuras y allanamientos, y finalmente su papel en las publicaciones antifascistas de las mujeres en la clandestinidad en la patria.
    Una conclusión sobre “¿Previsiones utópicas o nuevos desarrollos?”, junto con una bibliografía, cierran un trabajo dedicado a un tema poco frecuente en la historia de la cultura gráfica, pero que revive el día a día desconocido de los pequeños talleres tipográficos en los más variados contextos sociales.

Aquí compartimos algunos párrafos del segundo capítulo de la obra:

Como hemos visto en el prólogo, la prensa que imprime in itinere
es un aspecto central que en este capftulo queremos documentar en
otros escenarios. Con este fin recurriremos a testimonios de ciertos
acontecimientos tales como ferias, fiestas, celebraciones, todas ellas
caracterizadas por importantes particularidades.

Comenzaremos dando la palabra a la España del Siglo de Oro.
Veamos, pues, Io que sucedía cuando se desplazaba un soberano, en este caso Felipe II, quien en la primavera de 1580, durante un viaje a Portugal, se alojó en Badajoz. Quizás el más útil entre sus acompañantes fue el tipógrafo español Alonso Gómez, que a lo largo del camino, parece, supo poner en funcionamiento herramientas del oficio, al dedicarse a desarrollar el material necesario para celebrar al monarca y ayudar a construir un aura de excelsa realeza para asombro del pueblo. Imaginarse una pequeña localidad de frontera sacudida por la llegada de un soberano, que dispone también de prensas para producir impresos dedicados a los festejos y alabar al gran protagonista, significa llegar a una realidad en la cual la imprenta desarrolla un rol fundamental. Significa asistir a un éxito garantizado, tanto por el uso de los materiales que saldrán de la platina de la prensa de Gómez, como también por las maravillas de las máquinas que trabajan y viajan junto con el cortejo. Pero la duda acerca de que en tal ocasión la prensa itinerante del soberano se haya detenido y solo durante esa parada haya producido los materiales que glorificaban al augusto
patrocinador es más que una hipótesis; según creemos, no obstante la fuente lo reivindique, no se trató de una prensa que imprimía in itinere, sino casi seguramente de una imprenta de viaje con todo el equipamiento útil para producir los importantes documentos, alojada en una casa en la que la comitiva se detuvo a lo largo del recorrido.

PRODUCCIÓN PARA EVENTOS RELIGIOSOS
Una fuente literaria nos permite, en cambio, entrar en un escenario diferente. Esta vez vislumbrar de cerca la atmósfera efervescente de una fiesta de gitanos en Valencia, en 1662, durante la cual una procesión avanza en un revuelo de cantos y bailes, y en medio del pueblo de los fieles aparece un carro sobre el que se ha montado una prensa en plena labor. La Virgen María, a quien está dedicada la jornada, no podía ser celebrada de mejor modo. ¿Y qué mayor publicidad que esta, sagrada y profana, donde se muestra en toda su potencia un imbatible arte de comunicación, capaz de producir material de consumo de manera veloz y en movimiento?

El conjunto de grabados de la procesión informa mejor que cualquier otra documentación no solo acerca del estado en el que parece que se realizaba la impresión de los materiales distribuidos al público de los fieles, sino también sobre su magnificencia, sobre la maravilla con la que se desenvuelve la procesión de las Solenes fiestas. Es una respuesta a episodios de gran importancia no solo para la ciudad. En efecto, toda Valencia se encuentra en estado de agitación por un breve -esto es, un documento papal- que había emitido recientemente el papa Alejandro VII acerca de la
Concepción de la Virgen Inmaculada: honor y gloria, pues, para
Marfa y para el papa unidos en la exaltación colectiva. Y honor
también para el cronista Juan Bautista de Valda, atento observador y narrador de los sucesos de valencia, así como para Jerónimo Vilagrasa, que firma como tipógrafo de la ciudad a partir de 1661 e imprimió la obra al año siguiente del desfile y enriqueció de ese modo su catálogo.
De una prensa montada sobre un carro que imprime in itinere
materiales para celebrar con gran pompa un evento religioso pasamos ahora a una ceremonia episcopal solemne que se realizó en Imola, en la que trabajó Giacinto Massa, librero y vendedor de papel y luego tipógrafo y editor especializado en la impresión de materiales necesarios para la comunidad y para la diócesis, sobre todo en la época de Ia gran efervescencia de normas que se difundieron luego del Concilio de Trento. En Imola, pequeña ciudad de Romaña, en parte oprimida por Bolonia, las prensas comenzaron a chirriar ya en 1471. Allí se establecieron los pri-meros tipógrafos, aunque recién en 1587 llegarían aquellos provenientes de otros lugares. Encontramos al primer operador autóctono solo en 1629 en la figura de Giacinto Massa. Como solta hacerse por entonces, en 1651, Massa unió a la actividad de impresión la de librero de la ciudad junto con su socio, el forlivés Giovanni Cimatti.

La chica de la Leica

La escritora Helena Janeczek, nacida en Alemania pero italiana por su idioma literario, presentó en Buenos Aires “La chica de la Leica” (Tusquets), su más reciente y exitosa novela, que revive la mítica -pero aún en sombras- figura de la fotógrafa Gerda Taro. Nacida como Gerta Pohorylle en el seno de una familia judía polaca, Gerda Taro creó junto con su colega y pareja Endre Friedmann la figura del fotorreportero Robert Capa, una identidad inventada con la que firmaban en forma indistinta las fotos de ambos, que así resultaban más fáciles de vender -y a mejor precio- por ser supuestamente de un prestigioso fotógrafo estadounidense. Después de documentar minuciosamente diferentes episodios de la Guerra Civil Española, Gerda murió en 1937 -cuando solo tenía 26 años- en un accidente con un tanque del ejército republicano.
    Desde entonces, solo Friedmann fue Robert Capa, que oscureció involuntariamente la figura de la pionera fotógrafa.
  

  “La conocí gracias a una exposición en Milán en 2009, que visité cuando estaba escribiendo mi novela anterior, Las golondrinas de Montecassino, sobre la batalla de Montecassino (en el sur de Italia en 1944, NDR). Robert Capa fue fotógrafo con las tropas norteamericanas y quería ver esas fotos en la exposición pero no las tenían, tenían las más famosas de la Guerra Civil Española, expuestas junto a la primera retrospectiva de obras de Gerda Taro”, evocó Janeczek con ANSA, durante su paso por la Argentina para participar en el Festival Literario de Buenos Aires (Filba).
    “Salí fascinada por ella; compré el catálogo y luego una biografía. Mi primera intención fue escribir sobre una mujer que decidió tener la experiencia directa de la guerra para contarla, me fascinó el interrogante de lo que pasa con las mujeres cuando están en contacto directo con la guerra. Otro motivo es que ella salió de un ambiente familiar más o menos cercano al mío, pero antes de la Segunda Guerra Mundial, cuya dimensión lo cambia todo”, agregó.


    Pero aunque hay un punto de identificación con el ambiente familiar, no se extiende al carácter de Taro, “especialmente no a la misma edad”, subrayó la escritora, que reside en Milán y escribe en italiano desde hace más de 25 años. Janeczek, que habla además español y alemán, comparte con la fotógrafa que eligió como protagonista de su novela la capacidad de expresarse prácticamente en las mismas lenguas. La intención de Janeczek fue “no solamente contar la historia de una mujer que fue fotógrafa, sino mantener un diálogo entre el lenguaje de la fotografía -en particular del fotorreportaje- y el idioma de la literatura, de la narración con palabras”. “Porque las fotos, incluso las fotos que tienen un lado narrativo, necesitan de las palabras para completarse. Y esta relación es fundamental, aunque puede ser muy engañosa: porque los epígrafes diseñan el contexto, pero al fin y al cabo aunque las fotografías tengan un impacto muy directo nunca son unívocas”.
    Frente a la duplicidad del personaje de Capa, Janeczek intenta “desde las primeras páginas presentarlos a los dos a través de fotografías casi idénticas tomadas por ella y por él donde se revela sin embargo una mirada diferente. Las fotografías del mismo tema tomadas por los dos muestran sus diferentes sensibilidades: las fotos de Capa son más emocionales que las de Gerda, que tiene una mirada más clásica en la composición y la estética”. A modo de ejemplo, la escritora recuerda la foto de un grupo de refugiados de Almería que huyeron de Málaga durante la guerra española: “Ella fotografía a todo un grupo de familiares en la calle, es una foto muy linda, como una pintura de Caravaggio; hay una que muchos periódicos publicaron porque da una impresión precisa de esta gente en la calle, con viejos, mujeres y niños”.
    “Al mismo tiempo Capa captura a una niña que está llorando y se agarra de la falda de su madre, o su abuela, que también tiene una expresión desesperada. Es una foto más emocional, más próxima al sujeto, mientras la de Gerda representa perfectamente de forma más definida todo el grupo y la situación”.
    A la hora de elegir la voz de su personaje, Janeczek excluyó la primera persona porque aunque su “chica de la Leica” fuera muy inteligente e intuitiva, “normalmente los personajes que uno usa en primera persona tienen un aspecto autorreflexivo y esto no es propio de ella; es normal del fotorreportero que debe tener una mirada hacia el exterior”.
    Por otra parte, la escritora niega haber querido contar la historia de Gerda Taro como la de una precursora del feminismo: “Lo que sí creo que es algo del feminismo que me pertenece es liberar de los estereotipos una figura de mujer, restituir la complejidad de una figura femenina. Y recordar también que en aquellos años tan lejanos había mujeres que querían ser emancipadas, libres y autónomas: al final y al cabo este es un libro que recompone el perfil de una generación”.

Fuente: http://www.ansalatina.com

El enigma Montefeltro, una carta y un misterio Medici

Marcello Simonetta. El enigma Montefeltro. Buenos Aires, El Ateneo, 2019.

El 26 de abril de 1478, en la Catedral Santa Maria del Fiore, un sangriento ataque contra los gobernantes de Florencia dejó tendido en el suelo, con 19 puñaladas, al joven Giuliano de Medici. Su hermano Lorenzo logró escapar: los florentinos reaccionaron con lealtad a los Medici y masacraron a todos los autores del atentado que pudieron atrapar.

Así lo cuentan los libros de historia. Y la responsabilidad final se les atribuye a los Pazzi, banqueros y rivales de los Medici en Florencia. El atentado, de hecho, pasó a la posteridad como la “Conspiración de los Pazzi”.

Pero ya se sabe que la historia la escriben los que ganan. Y a distancia de siglos, aquellos hechos sangrientos que mancharon a la próspera Florencia siguen hablando y revelando sus verdades. ¿Quiénes ordenaron realmente el ataque a los Medici? ¿Cuáles eran sus intenciones? ¿De qué manera la turbulencia política de aquellos tiempos en que Maquiavelo era niño sigue transmitiendo un mensaje al día de hoy?

La respuesta la encontró el experto en Ciencias Políticas e historiador italiano Marcello Simonetta, profesor en la prestigiosa Sciences-Po de París, que relata el revés de la trama de la Conspiración de los Pazzi en su libro El enigma Montefeltro, publicado por editorial El Ateneo.

Se trata de una historia dentro de otra, de un enigma dentro de otro. En el año 2001, Simonetta descubrió y descifró -gracias a sus conocimientos criptográficos- una carta con informaciones clave, pero hasta entonces desconocidas, que probó el papel de Federico da Montefeltro, duque de Urbino, en la conjura contra los Medici.
Montefeltro, condottiero y humanista, un típico hombre del Renacimiento, es una figura célebre gracias también a un retrato de Piero della Francesca que lo muestra de perfil. Un perfil particular que no pasa desapercibido y que hizo entretejer leyendas sobre sus dotes para la guerra y la política. Montefeltro, cuyo antepasado Guido figura en el Infierno dantesco, era amigo y aliado de Lorenzo de Medici. ¿Lo era realmente?

“El hallazgo podría modificar -afirma Simonetta, que siguiendo su trabajo sobre la poderosa dinastía florentina acaba de publicar en Italia Caterina de’ Medici: storia segreta di una faida famigliare, sobre la reina de Francia que movió los hilos tras la sangrienta Noche de San Bartolomé- el modo en que acostumbramos mirar este momento clave de la historia italiana”.

El autor de El enigma Montefeltro parece haber heredado sus habilidades criptográficas de su lejano antepasado Cicco Simonetta, según Maquiavelo “hombre excelentísimo por su prudencia y su larga experiencia”, que configura otro de los personajes clave en este misterio del Renacimiento revelado más de cuatro siglos después, e invita a reescribir los libros de historia.
La lectura de este relato, que sigue como una novela de misterios las huellas de los Medici y de Montefeltro, de Cicco Simonetta y de Galeazzo Maria Sforza, de Francesco della Rovere (el papa Sixto IV) y otros intrigantes personajes, mitad zorros mitad leones, concluye con una inédita reinterpretación de la Capilla Sixtina y otras obras de arte del Renacimiento a la luz de los nuevos descubrimientos.

Pero además, dado que “la mente humana funciona desde hace siglos del mismo modo, y hoy como entonces es posible matar a distancia, armando a otro y fingiendo no saber nada, o haciéndose amigo de las víctimas para deslizarse a sus espaldas y controlar si visten una coraza”, también puede leerse como una lección de traiciones políticas donde los hechos del Renacimiento aún tienen un mensaje para las generaciones de hoy.

Aquí el prólogo de El enigma Montefeltro, por Marcello Simonetta (Ed. El Ateneo, 2019)

El 26 de abril de 1478, durante la misa dominical, Lorenzo de Medici y su hermano Giuliano, los jóvenes gobernantes de Florencia, fueron atacados en la catedral Santa Maria del Fiore. Giuliano fue apuñalado diecinueve veces y murió en el acto, mientras Lorenzo, solo levemente herido, consiguió escapar al atentado. Los florentinos, leales a los Medici, reaccionaron violentamente masacrando a todos los atacantes que lograron atrapar.

Este audaz atentado, uno de los más tristemente célebres y sangrientos complots del Renacimiento italiano, se conoce como “la conspiración de los Pazzi”. Aunque los historiadores conocen desde siempre sus rasgos principales, la compleja verdad que se oculta detrás sigue siendo huidiza. Como su nombre sugiere, hasta ahora se la consideró simplemente como el resultado de una enemistad familiar entre los poderosos Medici y los Pazzi, los banqueros rivales que aspiraban a reemplazarlos en el gobierno de Florencia.

Este libro relata los años tormentosos que precedieron a la conspiración, sus entretelones y las repercusiones sobre los acontecimientos posteriores. Es un asunto en parte conocido y en parte nuevo, nunca contado en su totalidad. Los ingredientes que lo componen son amistad y traición, poder religioso y corrupción moral, lucha política y venganza artística. 

En el centro de la historia, naturalmente, sobresalen los Medici: familia de banqueros, mecenas de las artes, poetas, políticos, príncipes y papas. Si Lorenzo no hubiera sobrevivido, tal vez el talento de Miguel Angel habría pasado inadvertido. Quizá algunas de las más preciadas pinturas, esculturas y palacios de la civilización occidental nunca habrían sido encargados y dos miembros de la familia de Lorenzo no habrían accedido al papado.

El duque de Urbino, cuyo perfil se hizo célebre gracias a los retratos de Piero della Francesca, da nombre a este libro por su papel central en la conspiración de los Pazzi. Como otros “hombres del Renacimiento” que los lectores encontrarán en estas páginas, y a pesar del retrato que muestra solo un lado de su cara, es un hombre de personalidad multiforme. Federico era un capitán mercenario, un estudioso apasionado de los clásicos y un generoso mecenas, pero también tenía un “lado oscuro” que salió a la luz en su totalidad con el descubrimiento de una carta suya escrita en clave. 

Cabría pensar que un período tan remoto ya no tiene secretos, pero en el año 2001 descubrí y descifré una carta con informaciones hasta entonces desconocidas y esenciales sobre la conspiración de los Pazzi. En síntesis, revela que Federico da Montefeltro, duque de Urbino, retratado durante siglos como el “faro de Italia” y humanista amigo de Lorenzo de Medici, era uno de los mandantes militares ocultos detrás de la conjura tramada para eliminar al señor de Florencia y su hermano. El hallazgo podría modificar el modo en que acostumbramos mirar este momento clave en la historia italiana. La carta Montefeltro, escrita dos meses antes del atentado, demuestra que el complot era más vasto de lo pensado.

El “tercer hombre” en el centro de esta historia es aquel que me permitió descifrarla. Medio milenio más tarde, me intrigaron siempre las vicisitudes de mi lejano antepasado Cicco Simonetta, que sirvió a la poderosa familia Sforza durante unos cincuenta años, primero como canciller y más tarde como regente del ducado milanés. Cicco, un hábil criptógrafo, era “hombre excelentísimo por su prudencia y su larga experiencia”, según la autorizada opinión de Maquiavelo.

La Italia del Renacimiento todavía no era una nación, sino un mosaico de ciudades-Estado. Distintas dinastías controlaban cada una de ellas, con diversos niveles de tiranía: los Sforza en Milán y buena parte de Lombardía; los Medici en Florencia y una vasta área de la Toscana; los Aragón en Nápoles y todo el sur. La República de Venecia era una oligarquía gobernada por ricos y nobles mercaderes. Y Roma estaba bajo la eterna y siempre cambiante égida de las familias papales. En los Estados menores, las dinastías reinantes eran los Montefeltro en Urbino, los Malatesta en Rimini, los Este en Ferrara y los Gonzaga en Mantua. Los señores de estos últimos cuatro Estados, dada la extensión relativamente modesta de sus territorios, eran empleados habitualmente como capitanes mercenarios, o condottieri, por potentados más ricos que ellos. El sistema de la condotta -o contrato- salvaguardaba el equilibrio político, impidiendo que las ambiciones nutridas por estos capitanes se transformaran en reales amenazas y manteniendo la península italiana en una situación frágilmente pacífica: el sistema garantizaba que ningún Estado individual pudiera imponerse por sobre los demás.

Sin embargo, en diciembre de 1476 un acontecimiento imprevisto quebró el equilibrio de poder. El asesinato de Galeazzo Maria Sforza, duque de Milán y el principal aliado de los Medici, preparó el terreno para años de conspiraciones y contraconspiraciones políticas: oscuras maquinaciones y cambiantes alianzas que llevaron al ataque contra los Medici.

El enigma Montefeltro muestra también cómo las majestuosas obras de arte del Renacimiento se enlazan íntimamente con mezquinas intrigas políticas. El último capítulo se centra en la Capilla Sixtina, tal vez el icono supremo de la Italia renacentista, erigida por uno de los antihéroes de este relato conspirativo, el papa Sixto IV. Cuando se camina hoy por la superpoblada Capilla no se puede sino admirar el poderoso cielorraso con el Génesis, y la aterradora pared del altar con el Juicio Universal. Estas dos obras maestras de Miguel Angel concentran casi toda la atención de los visitantes, que solo al final dirigen la mirada hacia otras paredes pintadas al fresco por maestros del siglo XV como Sandro Botticelli, el pintor florentino por excelencia. ¿Y si Botticelli se hubiera tomado una enigmática venganza contra el papa que contribuyera a causar la muerte de Giuliano de Medici?

¿Por qué hoy los lectores, sumergidos en un flujo de noticias tan rápido que las vuelve efímeras e irrelevantes, deberían interesarse en este pequeño fragmento de la historia? ¿Acaso no basta la “edad de la información” para mantenernos ocupados? 

Las conjuras y guerras del Renacimiento, en las cuales el único modo de eliminar al enemigo era mediante el buen y viejo sistema del cuchillo o el veneno, empalidecen si se comparan con las de hoy. 

Pero la mente humana funciona desde hace siglos del mismo modo. Hoy como entonces es posible matar a distancia: armando a otro y fingiendo no saber nada, o haciéndose amigo de las víctimas para deslizarse a sus espaldas y controlar si visten una coraza bajo el jubón bordado. Dante lo sabía muy bien, y consideraba a los traidores violentos como la peor calaña de los pecadores, ubicándolos en el fondo de su Infierno. Un antepasado de Federico da Montefeltro, Guido, conocía profundamente aquellos “corazones de tiranos”. Un fragmento del monólogo que Dante pone en sus labios ilustra su desnuda y dura filosofía de engaño y muerte: 

Mientras tuve la carne y el hueso / que mi madre me diera, fueron mis obras / no de león, sino de zorro. / Disimulos y astucias, / todos los supe, y con tantas artes/ que hasta el fin de la tierra mi fama recorría. 

Nicolás Maquiavelo tenía apenas nueve años en tiempos de la conspiración de los Pazzi. Fue testigo de la violencia desatada en las calles de Florencia, y probablemente la recordaba cuando recomendó en el El Príncipe que “es necesario saber bien usar la bestia y lo humano”, ser león y zorro al mismo tiempo y valerse de la fuerza y el engaño, cualidades indispensables del político sin escrúpulos. 

Al escribir este libro tuve bien presentes los versos de Dante y las palabras de Maquiavelo. Contar una conspiración de hace cinco siglos es paradójico, dado que el principal objetivo de los conspiradores es permanecer en la sombra y destruir las pruebas, en un intento de evitar el peligro presente y el reproche póstumo. Sin embargo esta historia, y la Historia en la que hunde sus raíces, es absolutamente verdadera e increíblemente bien documentada. Y la fama de sus héroes resuena aún hasta “el fin de la tierra”.

Alicia en el país de Oxford, crímenes y enigmas

La lógica, la literatura y una serie de muertes misteriosas vuelven a unirse en Los crímenes de Alicia, la novela donde el escritor argentino Guillermo Martínez retoma los personajes de Crímenes imperceptibles.
Traducida a 40 idiomas y llevada al cine por Alex de la Iglesia bajo el título “Los crímenes de Oxford”, en “Crímenes imperceptibles” Martínez contaba la historia del especialista en lógica Arthur Seldom y un joven becario argentino de tintes autobiográficos (el autor es doctor en Matemáticas) enfrentados a una seguidilla de homicidios en serie aritmética.
“En junio de 1994, al empezar mi segundo año de residencia, los últimos ecos de esos acontecimientos se habían acallado, todo había vuelto a la quietud, y en los largos días de verano no esperaba más que recuperar el tiempo perdido en mis estudios”, empieza la nueva novela de Martínez.

Alice Liddell en una foto de Lewis Carroll


Pero la calma es solo aparente. Y esta vez será perturbada en el nombre de Lewis Carroll, el autor de “Alicia en el País de las Maravillas”, conocido no solo por sus relatos sino por su afición por niñas de corta edad, como la Alice Liddell que le sirvió de inspiración, y a algunas de las cuales llegó a fotografiar desnudas.
La novela, que aborda el complejo contexto victoriano en el que Carroll desarrolló su obra de escritor y fotógrafo, entre modernas acusaciones de pedofilia y cerradas defensas de sus admiradores, comienza cuando la joven Kristen Hill descubre una misteriosa anotación que puede revelar el contenido de las páginas arrancadas de los diarios del novelista y cambiar la interpretación de su biografía y su obra.
Kristen promete revelar el contenido de la enigmática leyenda en una reunión de la Hermandad Lewis Carroll, que reúne en Oxford a un grupo de variopintos expertos en la obra del escritor. Sin embargo, antes de poder hacerlo será atropellada por un auto que no deja huella alguna, pero que la dejará inconsciente y gravemente herida en el hospital.
¿Es un accidente o un intento de homicidio? Seldom y el becario argentino tendrán que volver a emplear la lógica y la destreza literario-matemática para descifrar una situación que tiene varias vueltas de tuerca más -léase muertes- y les plantea un dilema: ¿hasta dónde se puede llegar para ocultar una verdad? Entre acertijos y mensajes anónimos con fotos antiguas tomadas por el propio Carroll; entre millonarios proyectos de edición; entre la evidente intención de “matar al mensajero” y un patrón difícil de descubrir en los sucesivos crímenes, la sombra de Alicia se mueve sobre un país muy lejos de las maravillas.
Aunque como en todo buen policial, en “Los crímenes de Alicia” -ganadora del premio Nadal 2019 y editada por Destino (grupo Planeta) no todo es lo que parece. Mentiras, encubrimientos y silencio se van desnudando a través de golpes de efecto, basados en un impecable razonamiento, que dejarán al lector pensando una y otra vez en la misteriosa serie de muertes y las motivaciones del homicida.
Al final, claro, están las respuestas. ¿Y la puerta abierta para un nuevo capítulo? Con la solución en la mano, Seldom despedirá al joven becario recomendándole que “siga trabajando en sus temas de lógica, y ya nos encontraremos en nuestro circo itinerante de congresos. Espero que la próxima vez sin crímenes”.

Graciela Cutuli

(Fuente: https://bit.ly/2WwNApm)

También te puede interesar:

https://hojaporhoja.com.ar/2017/04/27/carroll-el-tren-y-el-espejo/

 

Para leer…

(Capítulo 21, fragmento)

Seldom enunciaba para sus alumnos el experimento mental sobre la traducción ideado por el Quine. Escribió en silencio con su letra rápida dos líneas sobre lo esencial de la situación:

Llega un escrupuloso antropólogo inglés a una isla de aborígenes que nunca tuvieron contacto con extranjeros. Pasa un conejo a la carrera y un aborigen los señala y dice “gavagai”.

Seldom hizo una pausa, releyó en voz alta las dos frases, y escribió a continuación la pregunta crucial, de apariencia falsamente inocente.

¿Qué debería anotar el antropólogo en la libreta de traducciones?

Yo, que ya había escuchado esta clase, casi podía ver cómo todos se contenían de responder la respuesta que les parecía más obvia, como si supieran que la pregunta estaba de algún modo envenenada.

-El dato clave aquí -dijo Seldom- es que nuestro antropólogo es verdaderamente escrupuloso y solo se permite anotar “conejo” de una manera provisoria, porque se da cuenta de que el aborigen también podría estar diciendo: comida, o animal, o plaga, o “grandes orejas”, o “color blanco”, o “movimiento raudo”, o “temporada de caza”. O incluso podría ocurrir que los conejos fueran animales sagrados en esta isla y gavagai fuera una invocación religiosa al paso del conejo. Y podría ser también que hubiera tan pocos conejos en la isla que cada uno tuviera un nombre y Gavagai fuera el nombre particular de ese conejo. O al revés, que hubiera una infinidad de conejos y tuviera para distinguirlos una clasificación minuciosa, igual que los esquimales para las distintas clases de nieve, y gavagai fuera la palabra para “conejo-blanco-vivo-a la carrera”, pero tuvieran otra muy distinta para “conejo-blanco-muerto-en el plato”.

Ahora que lo escuchaba otra vez me preguntaba si la elección de Quine, entre todos los ejemplos posibles, de un conejo a la carrera, no sería un pequeño homenaje a Carroll, y me prometí averiguar sobre esto a la salida. Seldom avanzó al verdadero nudo del problema:

-Nuestro antropólogo se propone entonces descartar progresivamente las acepciones falsas hasta quedarse con la verdadera y pasa un largo tiempo tratando de entender cuáles son las palabras o los ademanes de esos aborígenes para “sí” y “no”. Pero aun cuando cree haberlo logrado, aun cuando pueda con cierta confianza señalar distintas cosas y animales y colores y repetir cada vez “¿gavagai?” y recibe contestaciones que puede traducir por sí o por no a cada una de sus preguntas, pronto se da cuenta de que está tan lejos como al principio.

Mientras Seldom analizaba las sucesivas desventuras en los intentos del antropólogo, algo de aquella discusión se deslizaba en mí como una resonancia vaga: la tecla insistente de una nota. ¿No era acaso el mismo problema de las series lógicas en busca de su clave? En cierto modo sí: cada nuevo intento del antropólogo era un término más de la serie que le permitía hacer una nueva inferencia, pero nunca podía estar del todo seguro de haber capturado el “verdadero” significado. Seldom estaba diciendo algo parecido: aun cuando los aborígenes le respondieran al antropólogo que sí cada vez que señalaba un conejo y le respondiera que no cada vez que señalaba a cada una de las otras miles de cosas en la isla diferentes de un conejo, ¿cómo saber si gavagai no era apenas una palabra que decían en voz alta, quizá por superstición, cada vez que veían un conejo, y la palabra para conejo ni siquiera existía? Y así los aborígenes reían cada vez que el antropólogo señalaba un conejo y decía gavagai, y hacían ampulosos gestos afirmativos, en la alegría del reconocimiento y la comprensión, y mientras tanto quizá comentaban entre sí por lo bajo: por fin este pobre hombre entendió que decimos gavagai como ellos dirían “¡Buena suerte!” cada vez que pasa uno de estos animalitos orejudos. *