Los aduaneros y el Ulises

El Ulises, de Joyce, había obtenido infinitos rechazos en incontables editoriales y, especialmente, por parte de microcéfalos funcionarios de aduanas que obedecían órdenes superiores (los censores de correos, doctos en materia literaria). Pero el libro aún no había sido vetado por la justicia. Este requisito era necesario para poder lograr un dictamen legal, favorable o no. La editorial norteamericana recurrió a un truco. Envió un funcionario a París, que se puso en contacto con Sylvia Beach y obtuvo un ejemplar del libro. De vuelta a New York, un día muy caluroso, se encontró con aduaneros enervados por el bochorno que lo invitaron a pasar sin siquiera abrir las maletas. Pero el mensajero protestó y exigió que revisaran su equipaje porque llevaba un libro prohibido. El aduanero se quejó amargamente de que lo hicieran trabajar con semejante temperatura y cuando vio el cuerpo del delito comentó: “Pero si todos los turistas que vienen de Francia traen el Ulises“.

Sin embargo se resignó, se hizo cargo del libro maldito y lo puso en manos de sus jefes. Ahora había una base para iniciar la querella, que terminó con el fallo absolutorio del juez, J.M. Wolsey, cuyo nombre no figura entre los grandes de la literatura, con torpe injusticia. Su Señoría dictaminó que el libro podía ser “vomitivo, pero no inmoral”.

(Fuente: Juan Carlos Onetti. Confesiones de un lector)

El traductor del Ulises

¿Quién fue José Salas Subirat? El periodista e investigador Lucas Petersen trata de responder a esa pregunta en su obra El traductor del Ulises y, al decir de Carlos Gamerro en la contratapa, “resuelve por fin un interrogante de décadas: cómo un humilde vendedor de seguros, autodidacta y escritor de libros de autoayuda, pudo traducir por primera vez al español la novela más difícil de todos los tiempos -titánica tarea ante la cual el propio Borges había retrocedido con pavor”. “Para desconcierto de todos -completa la presentación del libro- el hombre que en 1945 realizó la proeza descomunal de traducir la obra maestra de James Joyce no era ningún erudito, sino un hijo de inmigrantes que terminó la escuela primaria a los 23 años, se ganó la vida como agente de seguros y, con un dominio limitado del inglés, logró lo que no habían conseguido los mejores intelectuales de la época”.

Hasta ahí la premisa de este libro que tiene el mérito indiscutido sacar a la luz la hazaña de Salas Subirat, pero que recorre su biografía con mucho más detalle desde sus comienzos y sin limitarse a los años de la traducción del Ulises: sin duda, hacía falta un cuadro más completo para revelar la complejidad de este escritor de mediano a malo, que un buen día puso su firma al pie de la obra más famosa y discutida del siglo XX, abriéndole las puertas del Ulises al lector en castellano. Que fuera algo que “no habían conseguido los mejores intelectuales de la época” no es una afirmación del todo certera, ya que no hay muchas pruebas de cuántos de aquellos “mejores intelectuales” realmente lo intentaron, ni se sabe si habían recibido encargo alguno: lo cierto es que Salas Subirat -cuyo período como poeta y narrador integrado al Grupo de Boedo Petersen recorre con minuciosidad en los primeros capítulos de esta biografía- tuvo el mérito indiscutido no solo de lanzarse a la traducción, sino de completarla y más tarde revisarla.

José Salas Subirat. Foto (c) Editorial Sudamericana

Desfilan por las páginas de la biografía los personajes de hondura literaria que conformaron el Grupo de Boedo, las postales suburbanas de Salas Subirat en su casa de la zona norte de Buenos Aires, el trabajo cotidiano en una compañía de seguros y su insólita inclinación hacia los manuales para el vendedor que lo ubican a años luz de su consagración -discutida, pero consagración al fin- como traductor de una obra que al parecer empezó a trasladar al castellano con el solo fin de leerla, y entenderla. La publicación, a cargo de Santiago Rueda, está por decir si correspondió a la intención, a la casualidad, o a un cruce de ambas.

Pasada la mitad del libro, comienzan los capítulos -los más interesantes- dedicados a la única obra por la cual se recuerda a Salas Subirat, esta traducción que hizo no “sin saber inglés”, como se exagera en algún caso, pero sin duda habiéndolo aprendido de forma muy particular, incompleta y sin acceso ni a glosarios ni a la jerga dublinesa: por eso atrapan la descripción de su método de trabajo, las comparaciones sobre las soluciones de traducción adoptadas en las diferentes ediciones del Ulises y también el inevitable subrayado de a veces insólitos errores. Es aquí cuando la biografía se torna más entretenida y, a la vez, justifica su misión: del mismo modo que la sola traducción del Ulises, por discutibles que sea en muchos aspectos, justifica toda la trayectoria previa de Salas Subirat en terreno literario.

El cuadernillo central del libro agrega fotografías de Salas Subirat, de la obra y otras curiosidades: como la del diario venezolano que titula “Avión Donde Venía el Traductor de ‘Ulises’ Cayó al Mar Frente a Playas de Sao Paulo”, otorgándole, como a los poetas los laureles, a Subirat ese título de “traductor del Ulises” que lo identificaría por el resto de su vida. Y lo más interesante, las imágenes del ejemplar del Ulises donde efectuó numerosas anotaciones durante el proceso de traducción.

Si para muestra basta un botón, aquí va uno: “En el capítulo que dedica a Ulises en El último lector, Ricardo Piglia coloca en este orden uno de los errores de Salas Subirat: era imposible que desentrañara a que se refería Bloom cuando, al palparse los bolsillos antes de salir de su casa, pensó “Potato I have”. como explica Piglia, la papa en el bolsillo de Bloom corresponde a la creencia popular de que podía ayudar contra los dolores del reuma. Salas no comprende, supone que es una especie de autoimprecación y traduce “Soy un zanahoria”, lo que más adelante lo obligará a poner “zanahoria” cuando reaparece “potato” en el bolsillo de Bloom. De todas formas, en la onírica escena del burdel, Salas hace aparecer la papa en el bolsillo del protagonista. Es como si la atmósfera fantasmagórica de este episodio -a diferencia del detallado realismo de “(4. Calipso)”- hubiera dado licencia para finalmente introducirla: “Bloom palpa con sus manos empaquetizadas el reloj, la faltriquera del reloj, el bolsillo de portamonedas, la dulzura del pecado, el jabón, la papa”. En la segunda edición, consciente Salas de que hay algo que se le pierde, decide suprimir directamente el “Soy un zanahoria” cuando Bloom se palpa los bolsillos. Y cuando más adelante el personaje vuelva a revisarlos, traducirá correctamente “papa”. Como si el trauctor hubiera pensado: quién sabe para qué, pero no hay duda de que lo que hay ahí es una papa. Como en este caso, la traducción exploratoria de Salas no puede más que fracasar en reconstruir gran parte de las típicas cadenas asociativas y las múltiples referencias internas que construye Joyce en su obra. Hoy esos senderos ya han sido descubiertos y recorridos, pero no eran tan fácilmente detectables en una traducción vocacional que se extendió por cinco años”.

A continuación, algunos fragmentos del capítulo “Lenguas en tensión”

… Si hay algo que no es transparente es la lengua. Mucho menos si se dialoga con Joyce. La inviabilidad del proyecto colocó a Salas Subirat tan cerca del fracaso como del éxito. “Un lector es también el que lee mal, distorsiona, percibe confusamente. En la clínica del arte de leer, no siempre el que tiene mejor vista lee mejor”, dice Piglia en El último lector. Salas entra a Joyce, en ocasiones lee mal y por eso también lee bien. Lee y transforma lo que lee. Y devuelve un Joyce más joyceano, más fiel al original. Si el adjetivo no fuese tan problemático, se podría decir más verdadero.

Salas, que desconoce el sistema de referencias e incluso parte del léxico del autor, inventa, arriesga, no se detiene más de la cuenta en precisar al milímetro el término adecuado si este no aparece. Sus propias limitaciones -lingüísticas, pero también temporales y personales: iba a querer seguir leyendo, no iba a tener a nadie que juzgara su trabajo o pagara por su tiempo, al menos al principio- lo impelen a resolver, a decidir bajo una ansiedad particular, la del texto que asoma por delante.

Un testimonio contemporáneo del propio Salas, más programático que la “Nota del traductor” que abre la edición de Rueda, abona esta idea: “para traducir es necesario cumplir dos etapas. La primera consiste en lo que corrientemente se entiende por traducir: dar el significado de lo que dice el original en otro idioma. La segunda etapa impone escribir y adecentar lo que se ha traducido”, sostiene en el artículo “Apuntes con motivo de la traducción de Ulises, publicado en el periódico Contrapunto en ese mismo 1945. En Ulises, continúa Salas, “la dificultad mayor se presenta en la primera etapa, durante la cual debe desentrañarse el sentido del original. Esto equivale a decir que Ulises es un libro de ardua lectura en inglés”.

(…) ¿Cuáles son los méritos literarios de la traducción de Salas Subirat, entonces, más allá de su carácter pionero, de su enorme gesto de correr el velo para miles de lectores hispanohablantes? El más y mejor reivindicado, sin duda, es aquel sobre el que apuntó Saer: “el río turbulento de la prosa joyceana, al ser traducido al castellano por un hombre de Buenos Aires, arrastraba consigo la materia viviente del habla que ningún otro autor -aparte quizás de Roberto Arlt- había sido capaz de utilizar con tanta inventiva, exactitud y libertad”. La tradución Salas es lo más alejado a una traducción de gabinete que se podría imaginar. En sus mejores pasajes, el Ulises de Salas Subirat rebosa de ese arrojo propio solo del que no tiene nada que perder, que hace lo suyo sin mayor temor a las consecuencias o la mirada escrutadora de los otros.

No demanda mucha imaginación vincular el carácter vital de su versión también con el hecho de que en buena medida fue trabajada en los vagones del Ferrocarril Mitre. Leer en el transporte público es una batalla sin cuartel entre las demandas de la realidad y las ambiciones de la evasión. Irremediablemente, el mundo i(nte)rrumpe en la lectura y el texto no puede más que ser leído desde el prisma que le impone el contexto material. Difícil traducir en un registro neutro, peninsular o en una jerigonza culta frente a un mundo que se abre y absorbe. Es una lectura abierta a ese afuera y, por lo tanto, es también una traducción abierta a él. Las turbulencias de la vida que agitan el flujo del pensamiento -tan Joyce- no son en el lector de sillón tan imponentes como en el lector transportado.

Ya desde las primeras páginas el léxico de la calle -lunfardo o simplemente porteño- se cuela por todas partes. Listarlo es divertido e interminable: términos como chambón, cuchichearon, requetebién, vinachos, chanchero, pavada, cachivache, badulaque, pichincha, larguirucho, bagatella, copetudos, yuyos, conchudo, machacar, cháchara, canillitas, pipones, cachada, chacarero, sancochados o pichicho se alternan con expresiones como veinte pesoques, no quiero que me achuren, no jueguen al toro mocho conmigo, a troche y moche, se forró bien forrado o me revienta.

Algunas de estas expresiones, por supuesto, eran también utilizadas en España o en otros puntos de América, pero eso no impidió que la mayoría fuera rechazada con virulencia por los críticos de la Península y reemplazada en la versión de Salas Subirat que “corrigió” Eduardo Chamorro para Editorial Planeta. (…)

Salas, sin experiencia traductora más allá de algunas piezas menores, ni un conocimiento profundo del inglés, tuvo la capacidad de descubrir que no era posible comprender a Joyce (ni, más tarde, hacerlo comprender a otros) sin recurrir a ese magma del lenguaje callejero. A veces el recurso llega a niveles de travesura o irrespetuosidad (así se pueden catalogar expresiones muy discutibles como “¡La pucha!” o “¡Huija!”, que, más allá de que traduzcan o no alguna expresión existente en el original, erosionan la verosimilitud de una escena transcurrida en Dublín).