Del señor de las moscas a la luz de la infancia

¿Qué ocurre cuando en una sociedad apegada a un funcionamiento tradicional, organizado en familias cuyos padres son la base garante de la pirámide social y los hijos los reyes de un territorio percibido como inocente, irrumpe una bandada de niños “salvajes” capaces de matar y remitir a lo más primitivo que anida en los seres humanos?

Andrés Barba -madrileño, nacido en 1975, novelista, poeta y ensayista- escribe la respuesta en República luminosa, la obra con que ganó el premio Herralde 2017.

La sombra de El señor de las moscas fluye inevitable. Pero el contexto es otro: no una bandada de niños librados a sí mismos, a la creación de su propia pirámide social, a la liberación de la violencia en una isla sin las ataduras del mundo adulto.

Aquí la bandada de niños irrumpe en la vida de San Cristóbal, una ciudad que se presume latinoamericana, sin más referencias que estar atrapada entre la selva y el río, a la vera de un calor tropical que se sacude cuando surgen -de las entrañas mismas de la nada- los 32 chicos cuya historia evoca el narrador veinte años después.

¿De dónde vinieron? ¿Dónde vivían? ¿Quiénes los dirigían? ¿Y a dónde fueron cuando desaparecieron? Profundamente elusiva, la novela se centra en torno a protagonistas que permanecen ocultos, aparecen y desaparecen según un ritmo no dilucidado y finalmente parecen esfumarse como tragados por la tierra.

Esa narración pasada por el tamiz del tiempo está entre los puntos fuertes de un relato  breve, que se mueve entre la averiguación y el misterio. La disyuntiva entre dos mundos, los interrogantes y la falta de respuestas dibujan una intriga que no se diluye sino que parece reforzada más de dos décadas después, cuando los dilemas morales planteados por la respuesta social a esa invasión están muy lejos de haberse resuelto.

El relato permanece -como “la niña”, hija y no hija del narrador, contrapunto individual a la colectividad de la bandada entre infantil y preadolescente- en la misma ambigüedad que aquellos niños que aparecen y desaparecen, que atacan y se retiran, que habitan un territorio donde se disuelven para siempre las ideas edénicas de la infancia.

De República luminosa:

“En cierta ocasión leí que el verdadero descubrimiento de Hitler tras la Primera Guerra Mundial no fue, como suele pensarse, el de que podía canalizar la furia y resentimiento de una nación para embarcarla en un proyecto delirante, sino algo minúsculo y casi banal: que la gente no tiene vida privada, que los hombres no tienen amantes ni se quedan en casa a leer un libro, que en realidad la gente siempre está dispuesta a las ceremonias, las concentraciones y los desfiles. Ahora que Maia ha muerto he llegado a la conclusión de que el verdadero objeto del matrimonio no es otro que el de hablar y que eso es precisamente lo que lo distingue de otro tipo de relaciones personales, y también lo que más se echa de menos: todos esos comentarios triviales, desde el malhumor de la vecina hasta lo fea que es la hija de un amigo, esas observaciones inútiles y seguramente poco perspicaces que son la esencia de nuestra intimidad, lo que lloramos cuando ha muerto nuestra mujer, nuestro padre, nuestro amigo”.

¿Y cómo se empieza el amor desde cero? ¿Cómo se ama en un mundo sin referencias? El célebre adagio de La Rochefoucauld de que hay gente que nunca se habría enamorado si no hubiese oído hablar del amor tiene, en el caso de los 32, un peso específico. ¿Gruñían, se daban la mano, se acariciaban en la oscuridad? ¿Cómo eran sus declaraciones de amor, sus miradas de deseo, dónde terminaba la herrumbre y dónde comenzaba lo nuevo? Igual que hicieron brotar una lengua nueva de la lengua española, tal vez partieron de nuestros gestos consabidos del amor para hacer de ellos otra cosa. A ratos nos gusta creer que vimos esos gestos sin comprenderlos, que cuando estaban en la ciudad se cruzaron delante de nuestra mirada esos brotes de humanidad. Algo había nacido a nuestras expensas y también en nuestra contra. La infancia es más poderosa que la ficción”.

“La posibilidad de perder a Maia y de enfrentarme a la soledad que se produciría tras su muerte hacía que el mundo me pareciera una construcción chapucera y sin sentido. Vivía sumido en un estado que una vez oí llamar con acierto ‘la arrogancia del sufriente’ esa irritación crónica que hace que, tras un sufrimiento muy prolongado, muchas personas acaben creyendo que su desdicha les otorga una especie de superioridad moral”.