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Tú no eres como otras madres

Angelika Schrobsdorff es la Angelika de este libro, “una niña difícil”, narradora y aguda observadora de la vida de su madre, Else Kirschner, pero también de su familia entera y al mismo tiempo de una época -la mitad del siglo XX y la Segunda Guerra Mundial- que a través de sus palabras se vuelve dolorosamente tangible.

La madre que no es como las otras es Else Kirschner, nacida en el seno de una familia judía alemana y casada primero con el escritor Fritz Schwiefert y luego con Eric Schrobsdorff, un burgués de Berlín al que le tocará estar casado con una judía en pleno ascenso del nazismo.

Los vaivenes vitales de Else dan para una novela en sí misma: sus matrimonios, sus caprichos, su disfrutar de la vida, sus convicciones de libertad, sus amistades -nada de todo eso demasiado acomodado a los prejuicios de su época- conforman la aventura vital de una mujer poco aficionada a las convenciones. 

Pero Tú no eres como otras madres (Du bist nicht so wie andre Mütter) no es estrictamente una novela, en el sentido de que no es ficción, aunque se lea como tal: es la biografía de una mujer -y la autobiografía de su hija- que encarnaba a la perfección el ansia de libertad de los “años locos” de ese Berlín que celebraba en la superficie y en el fondo empezaba a virar hacia la tragedia.

“Un día después de la Noche de los Cristales Rotos se publicó el decreto según el cual el conjunto de los judíos alemanes debería abonar una prestación de desagravio por el valor de mil millones de Reichsmark y eliminar sin demora los daños causados por el pogromo. Siguieron, en rápida procesión, ocho decretos más, entre ellos el que prohibía a los judíos regentar negocios y empresas artesanales y asistir a teatros, cines, conciertos y exposiciones, así como transitar a determinadas horas por determinadas zonas. O aquellos que establecían que los niños judíos ya no podrían frecuentar escuelas alemanas, ni los estudiantes judíos las universidades del país. Además, se les retiraban las licencias de vehículo y los carnets de conducir y se los obligaba a vender sus empresas y a entregar sus joyas y títulos de valor”.

Y ahí está lo mejor del libro: en la forma en que Angelika Schrobsdorff consigue reconstruir la reticencia de Else, y de muchos otros, a creer en la entidad real del monstruo que se estaba gestando en Alemania. Las cosas, se sabe, no pasan de un día para otro: tampoco de un día para otro se impusieron el nazismo, sus leyes raciales, la marcha definitiva hacia el desastre. Estaban quienes querían verlo, quienes querían abrirle los ojos, para terminar chocando con la ¿ingenuidad? ¿ceguera? de Else. Estaban quienes huían, quienes buscaban relegar su matriz judía o quienes, por el contrario, más que nunca deseaban exaltarla. Y estaban, como Else, quienes eran y se sentían profundamente alemanes, incapaces de creer que en la culta Berlín de la primera mitad del siglo XX pudiera imponerse la política de ese nacionalsocialismo al que solo consideraban como una banda de brutos vándalos sin consenso. Se equivocaban, por supuesto.

Y eso le valió a Else, a Angelika y a su hermana Bettina el exilio en Bulgaria, que se convierte en las más bellas páginas del libro. Una forma tal vez no deseada pero intensa de concretar la promesa de su juventud: “Vivir la vida con la máxima intensidad y tener un hijo con cada hombre al que amara”. 

Angelika Schrobsdorff publicó este libro en 1992. Su madre había fallecido en 1949, poco después de la guerra. Su abuelo materno, Daniel Kirschner, había muerto en 1939; su abuela, Minna Kirschner, había muerto en Theresiendstadt. Durante la guerra murió Peter, su hermano mayor. En el umbral de los años 50 murió su padre, Erich Schrobsdorff. Y sin embargo, este es un libro sobre la vida y cómo puede ser a la vez fascinante y absurda, trágica y cómica, cruel y compasiva, sobre todo cuando se nace y se crece a la luz y a la sombra de una madre que no es como las otras.

A continuación, un fragmento del comienzo de Tú no eres como otras madres:

“Aquí, pues, va la anécdota: a los cuatro años y medio, Else entró en el jardín de infancia, donde tuvo su primer contacto con niños cristianos. Se parecían en todo punto a ella: reían como ella, jugaban como ella, hacían travesuras como ella, hablaban como ella. Pero cuando se acercó la Navidad, algo cambió. Los niños, de repente, hablaban distinto que ella, hablaban ya sólo de cosas que ella nunca había oído mencionar: del niño Jesús y de Papá Noel, de José, María y los Reyes Magos, entre los cuales había un moro. Hablaban de regalos, de árboles de Navidad, de ángeles, de estrellas de Belén y de pesebres con todas sus piezas: el niño Jesús, la Santísima Pareja, la mula, el buey. —Majaderías —atajó Minna cuando su hija la avasalló con preguntas acerca de lo escuchado—, no hagas caso. Pero Else hizo caso y ya no pensó en otra cosa y hasta soñaba con eso. Poco antes de la gran fiesta, se colocó en el jardín de infancia un árbol de Navidad que los niños engalanaron con adornos de magnífico brillo y colorido. De pie y plegando las manos frente a aquella maravilla, entonaron un villancico tras otro. Else, que ya con año y medio sabía cantar «Zorro, robaste el ganso», captó las canciones al vuelo y, en casa, se las repitió a sus padres. Éstos se sobresaltaron al oír lo de «entre los astros que esparcen su luz viene anunciando al niño Jesús» y decidieron mantener a su hija alejada del jardín de infancia durante tan peligrosos festejos. Pero el daño ya estaba hecho. La niña quiso a toda costa un árbol de Navidad. Rabió y sollozó hasta que los padres, enervados y a punto de romper a llorar ellos mismos, trajeron un pequeño árbol, amén de algunas bolitas y espumillón. Lo único que no hubo fueron velas, pues Daniel tenía pánico a los incendios y estaba resuelto a no ceder, en ese punto, a las goyim najes, las diversiones de los no judíos. Cuando el árbol, parcamente adornado, estaba listo y Else entonaba con las manos plegadas «Noche de paz», sonó el timbre. Daniel, con una mala corazonada, se apresuró hacia la puerta, espió por la mirilla y vio una barba blanca abierta en abanico y un gran sombrero negro. ¡Qué otra cosa era aquello sino una señal del Señor! Volvió corriendo a la habitación, agarró el arbolito y lo arrojó al cuarto de las escobas. A continuación, Else se tiró al suelo y chilló para que le devolvieran su árbol. El abuelo, al que por fin habían abierto la puerta, contemplaba, desde el umbral, la escena con rostro serio y sin palabras: su nieta, poseída por el espíritu maligno; su hijo, con la cara bañada en sudor; su nuera, blanca como la cera. Que la pequeña estaba completamente pasada de rosca, dijo por fin Minna, cosa nada extraña con tanto jaleo de árbol navideño. Árboles de Navidad por todas partes, dijo Daniel, y por eso la niña tenía fiebre y deliraba. La metieron en la cama, y Minna se sentó con ella y le acarició su cara ardiente y desesperada. Trató de consolarla 18 19 diciendo que había cosas más importantes que los árboles de Navidad, y que mañana encendería las velas de Janucá. Al día siguiente, Daniel acomodó a su hija en su regazo y la introdujo en el judaísmo. Le habló de un templo situado en el lejano Oriente que había sido destruido y de un pueblo dispersado por el mundo entero. Le habló de un Dios único que no tenía barba blanca ni mucho menos un hijo. Y que ése era su Dios. A Else le gustó más la historia del niño Jesús, y el Dios sin rostro ni familia tampoco fue de su agrado. Lo ocurrido abrió la primera grieta en la vida intacta de la pequeña Else, y si alguna cosa comprendió fue que ella, por extrañas razones, era distinta a los niños del jardín de infancia, y que por eso nunca volvería a tener un árbol de Navidad en su casa”.


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