Elogio de la reparación

Extender en vano la masa insuficiente de un lemon pie para intentar forrar una pizzera que no es ni será tartera; tratar de convertir una alucinación nocturna en una simple pesadilla; recorrer un PH habitado que pertenece a la categoría de casa abandonada con gente adentro; querer llegar al estado ideal de ser vieja y viuda… son muchas entre otras formas de “los arreglos” según Marina Yuszczuk.

Editado por Rosa Iceberg, Los arreglos es un elogio de la reparación, de lo imperfecto y roto; una colección de relatos breves con un pulso narrativo que hace fluir la lectura, una oído absoluto para la coloquialidad y un nivel de observación emotiva que puede transportar al lector de la sonrisa a la tristeza en un puñado de palabras de transición.

También es un viaje literario a un aquí y ahora concretos: a una edad en que las cajas de Maizena son un recuerdo infantil; a una Buenos Aires reconocible que se transita en los alrededores de Parque Patricios; al recuerdo de abuelas muertas; a los ruidos que la noche vuelve amenazantes. Hay una pareja que arregla su casa y desarregla su vida; otra pareja, y también la misma, que lleva a lo diabólico los ruidos que se escuchan por la noche; hay una narradora experta en coleccionistas y ferias; hay una casa con medianera para pasar las fiestas; hay unos viejos en la Sala Lugones y una chica que va a un ciclo de lectura. Postales del álbum de cualquiera.

Y sin embargo, esta cotidianidad identificable también cruje, se resquebraja un poco por los rincones, dejando lugar a que aparezca una dimensión donde lo extraño está al alcance de la mano y hay lugar para ese vaivén de arreglos y desarreglos que constituye la vida diaria y la sustancia de estos cuentos.

De En venta (Los arreglos,  Rosa Iceberg, 2017)

Todo se puede trucar. En el aviso se veía bastante bien el PH de Entre Ríos al 1500 que nos tocó recorrer ese sábado a la tarde de un febrero tormentoso, de esos que intercalan ráfagas de otoño en el verano. El día nublado no ayudaba a tener que cruzar Constitución, vacía y triste sin las colas interminables de gente y la catarata de colectivos llenos, para llegar a la avenida Entre Ríos. Fea entre las feas a la altura que nos tocaba, es una calle que no toma casi nada prestado de Callao y ni bien abandona Congreso se sumerge en Once. Los mismos locales, la ropa barata, la heladería Sei Tu, los bazares que venden chiches y que no la han linda pero tampoco son lo peor que te puede pasar: después de la autopista, que extrañamente tiene plantas colgantes, Entre Ríos muere y se abandona al aburrimiento de locales cerrados, departamentos viejísimos por los que nadie da un peso, carteles de inmobiliarias que se quedan en el mismo lugar por demasiado tiempo.

La diferencia entre unas fotos mal sacadas en un anuncio de venta o alquiler, entre los números que indican la cantidad de ambientes, los metros cuadrados y el valor y el dólares, y una realidad que va tomando forma en los acercamientos graduales a una casa, es radical y a veces es violenta. Eso no tiene nada que ver con esto, es un lenguaje paralelo inventado para seducir que muchas veces lo logra, y la búsqueda se vuelve una comprobación repetida de la propia ingenuidad que a veces da vergüenza como una marca infame, algo que se trata de ocultar antes de tocar el timbre, en cada visita.

 

Del señor de las moscas a la luz de la infancia

¿Qué ocurre cuando en una sociedad apegada a un funcionamiento tradicional, organizado en familias cuyos padres son la base garante de la pirámide social y los hijos los reyes de un territorio percibido como inocente, irrumpe una bandada de niños “salvajes” capaces de matar y remitir a lo más primitivo que anida en los seres humanos?

Andrés Barba -madrileño, nacido en 1975, novelista, poeta y ensayista- escribe la respuesta en República luminosa, la obra con que ganó el premio Herralde 2017.

La sombra de El señor de las moscas fluye inevitable. Pero el contexto es otro: no una bandada de niños librados a sí mismos, a la creación de su propia pirámide social, a la liberación de la violencia en una isla sin las ataduras del mundo adulto.

Aquí la bandada de niños irrumpe en la vida de San Cristóbal, una ciudad que se presume latinoamericana, sin más referencias que estar atrapada entre la selva y el río, a la vera de un calor tropical que se sacude cuando surgen -de las entrañas mismas de la nada- los 32 chicos cuya historia evoca el narrador veinte años después.

¿De dónde vinieron? ¿Dónde vivían? ¿Quiénes los dirigían? ¿Y a dónde fueron cuando desaparecieron? Profundamente elusiva, la novela se centra en torno a protagonistas que permanecen ocultos, aparecen y desaparecen según un ritmo no dilucidado y finalmente parecen esfumarse como tragados por la tierra.

Esa narración pasada por el tamiz del tiempo está entre los puntos fuertes de un relato  breve, que se mueve entre la averiguación y el misterio. La disyuntiva entre dos mundos, los interrogantes y la falta de respuestas dibujan una intriga que no se diluye sino que parece reforzada más de dos décadas después, cuando los dilemas morales planteados por la respuesta social a esa invasión están muy lejos de haberse resuelto.

El relato permanece -como “la niña”, hija y no hija del narrador, contrapunto individual a la colectividad de la bandada entre infantil y preadolescente- en la misma ambigüedad que aquellos niños que aparecen y desaparecen, que atacan y se retiran, que habitan un territorio donde se disuelven para siempre las ideas edénicas de la infancia.

De República luminosa:

“En cierta ocasión leí que el verdadero descubrimiento de Hitler tras la Primera Guerra Mundial no fue, como suele pensarse, el de que podía canalizar la furia y resentimiento de una nación para embarcarla en un proyecto delirante, sino algo minúsculo y casi banal: que la gente no tiene vida privada, que los hombres no tienen amantes ni se quedan en casa a leer un libro, que en realidad la gente siempre está dispuesta a las ceremonias, las concentraciones y los desfiles. Ahora que Maia ha muerto he llegado a la conclusión de que el verdadero objeto del matrimonio no es otro que el de hablar y que eso es precisamente lo que lo distingue de otro tipo de relaciones personales, y también lo que más se echa de menos: todos esos comentarios triviales, desde el malhumor de la vecina hasta lo fea que es la hija de un amigo, esas observaciones inútiles y seguramente poco perspicaces que son la esencia de nuestra intimidad, lo que lloramos cuando ha muerto nuestra mujer, nuestro padre, nuestro amigo”.

¿Y cómo se empieza el amor desde cero? ¿Cómo se ama en un mundo sin referencias? El célebre adagio de La Rochefoucauld de que hay gente que nunca se habría enamorado si no hubiese oído hablar del amor tiene, en el caso de los 32, un peso específico. ¿Gruñían, se daban la mano, se acariciaban en la oscuridad? ¿Cómo eran sus declaraciones de amor, sus miradas de deseo, dónde terminaba la herrumbre y dónde comenzaba lo nuevo? Igual que hicieron brotar una lengua nueva de la lengua española, tal vez partieron de nuestros gestos consabidos del amor para hacer de ellos otra cosa. A ratos nos gusta creer que vimos esos gestos sin comprenderlos, que cuando estaban en la ciudad se cruzaron delante de nuestra mirada esos brotes de humanidad. Algo había nacido a nuestras expensas y también en nuestra contra. La infancia es más poderosa que la ficción”.

“La posibilidad de perder a Maia y de enfrentarme a la soledad que se produciría tras su muerte hacía que el mundo me pareciera una construcción chapucera y sin sentido. Vivía sumido en un estado que una vez oí llamar con acierto ‘la arrogancia del sufriente’ esa irritación crónica que hace que, tras un sufrimiento muy prolongado, muchas personas acaben creyendo que su desdicha les otorga una especie de superioridad moral”.