Convocatoria para escribir cuentos infantiles sobre Parques Nacionales

El Ministerio de Ambiente de la República Argentina, a través de la Administración de Parques Nacionales (APN), creó una convocatoria de cuentos infantiles. La idea es que los chicos y las chicas puedan imaginar en familia y elaborar relatos que abracen los elementos de la naturaleza.

“En un momento marcado por el aislamiento para protegernos del coronavirus, la propuesta está pensada como una manera de impulsar el aprendizaje del patrimonio natural y cultural argentino en chicos y grandes. Y aunque la mayoría de las áreas naturales protegidas permanezcan cerradas debido a la situación sanitaria, la convocatoria de cuentos es una oportunidad para saber más sobre nuestros parques naturales, su vegetación, el comportamiento de su fauna y su clima, entre otras cosas por conocer”, informó un comunicado de APN.

De esta manera, se invita a niños y niñas, junto a sus familias, a elaborar relatos infantiles que no tengan más de tres carillas de extensión. La condición fundamental es que se trate en cada caso de una historia situada en alguna de las áreas protegidas de Argentina, bajo jurisdicción de la APN, y que incluya por lo menos una especie de flora o de fauna de la zona.

De la selección de las narraciones más creativas se ocupará un equipo de la APN. También realizará las ilustraciones para integrarlas en una publicación digital que será dada a conocer a través de las redes sociales y la página web del Ministerio de Ambiente nacional y la APN.

Para leer algunos ejemplos de cuentos inspiradores, conocer más a fondo cómo partipar y consultar las bases y condiciones de la convocatoria, se puede visitar este enlace: https://www.argentina.gob.ar/noticias/convocatoria-de-cuentos-infantiles.

Hay tiempo hasta el 31 de julio para presentar relatos.

Aquí bases y condiciones:

1.- Podrán participar de esta convocatoria niños y niñas, de hasta 15 años de edad, que se encuentren movilizados por la propuesta sin distinción de nacionalidad, ni país de residencia.
2.- Los textos (ya sea ficción, relato biográfico, crónica, leyenda, etc.), deben estar escritos en español y deben enviarse en formato word al correo electrónico contenidos@apn.gob.ar
3.- Los textos deben ser inéditos y su extensión será como máximo 3 carillas con tipografía número 12 y a doble espacio.
4.- Los textos (ya sea ficción, relato biográfico, crónica, leyenda, etc.) deberán situarse en un Parque nacional o Reserva y además debe incluir por lo menos una especie de flora o fauna de la región en la que se encuentre el área protegida seleccionada.
5.- Cada niño o niña podrá presentar uno o más relatos, y además deberá incluir otro archivo de texto con: Nombre, Apellido, Edad, Ciudad de residencia y autorización firmada por los padres para publicar el texto y su autoría en caso de resultar seleccionado.
6.- El equipo de la Administración de Parques Nacionales seleccionará los mejores relatos que serán ilustrados por los diseñadores para la publicación de una antología digital.
7.- El plazo de admisión de los textos será del 1 al 31 de julio del año 2020. El domingo 16 de agosto, en el día del niño, se anunciarán los textos elegidos.

Pablo Neruda y Delia del Carril

El 2 de julio de 1943, en el estado mexicano de Morelos, se casan Neftalí Reyes Basoalto (Pablo Neruda) con Delia del Carril Iraeta. Ambos divorciados: la novia 45 años; él, originario de Parral, 39 años. La novia se había quitado 14 años, está al borde de los 60.

En su libro Delia del Carril, la mujer argentina de Neruda, Fernando Sáez describe así el evento:

A pesar del calor del verano y la persecución de los jejenes, temibles mosquitos que no dejan a nadie en paz, el almuerzo de celebración es al aire libre, con cantos, poesías y un entusiasmo que dura hasta el anochecer. Pablo le regala a la novia un collar de plata moldeado en Oaxaca, que le queda perfecto. Si olímpicamente se ha quitado catorce años en el certificado de matrimonio, nadie lo podría poner en duda, su apariencia no da indicios que hagan sospechar que está al borde de los sesenta años.

En agosto del mismo año, Neruda renuncia a sus labores consulares. Lo despiden en México con una fiesta de dos mil personas y parten de vuelta a Chile, en un largo viaje por los países del continente. En Lima coinciden en el mismo hotel con Victoria Ocampo. A pesar de que las relaciones con Neruda son distantes -el poeta ha criticado duramente a los colaboradores de la revista Sur, en especial a Drieu La Rochelle, por sus simpatías nazis-, se sorprende que aparezca con Delia a saludarla y hasta le entregue un regalo.

El presidente del Perú, Manuel Prado, pone a disposición de los visitantes las facilidades para ir hasta las ruinas de Machu Picchu descubiertas en 1911, pero sin ser aún el espacio turístico de hoy. Hicieron un esforzado viaje en mula y muchos trayectos a pie, siguiendo huellas escarpadas. El viaje duró más de tres días hasta llegar al lugar: “Un lugar fantástico que me recordó las ruinas de Pompeya -recuerda Delia-, tú podías ver que quedaban restos de comida dentro de las casas, y vasos de vino, se podía ver la vida que llevaban… muy notable cosa, oye”.

El escritor argentino Jorge Carrol evocó así su encuentro con ella:

“A comienzos de los años 50, en mi primer y ya tan lejano viaje a Santiago de Chile, conocí a Delia del Carril en su santuario-atelier de Los Guindos, rodeada de bellos y extraños grabados, y del cariño de sus muchos amigos, algunos de los cuales como lo recuerda Volodia Teitelboim, tomaron partido cuando después de su divorcio con Pablo Neruda (de la que fue su segunda esposa), el cual dividió de alguna manera en dos, la vida del poeta.

Delia, La Hormiga, como cariñosamente la llamaban sus amigos de toda su centenaria vida, era hermana de la bella Adelina, viuda de Ricardo Güiraldes, el inolvidable autor de Don Segundo Sombra, y reinó durante los difíciles años 30 y 40, en el corazón y en los poemas del chileno.

Apoyada en una mesa me recibió quizá porque sabía que era portador de una carta que le enviaba Oliverio Girondo, y de un fraternal saludo de Raúl González Tuñón. No fue una conversación fácil y acaso tampoco fue lo cordial que yo esperaba. Sin embargo, las defensas cayeron cuando le comenté que formaba parte de un grupo de jóvenes poetas que editábamos Poesía Buenos Aires y le obsequié un ejemplar, creo del Nº 3, donde reproducíamos el Prólogo de Temblor de Cielo, de Vicente Huidobro.

Vicente era un sol. Grandísimo poeta y buen amigo, en las buenas y en las malas.

Y sin más, me invitó a una reunión a la que asistirían Margarita Aguirre biógrafa de Neruda- y su esposo, Rodolfo Aráoz Alfaro, con quienes precisamente en esa reunión recordamos a Oliverio y a Norah Lange, a Alfredo Varela y fundamentalmente me hablaron largo y tendido de Louis Aragon, Paul Éluard y Elsa Triolet.

(…)
Recuerdo y no sé por qué, la luz de su taller instalado en lo que alguna vez fue el comedor del matrimonio entonces inexistente. Por las amplias vidrieras entraba esa luz y también se veía el parque.

Recuerdo su delicada y encantadora conversación, y cómo estaba al tanto de todo, especialmente en política, donde sin la menor duda, fue más consecuente que Neruda.

Recuerdo sus nostálgicos y divertidos recuerdos de Huidobro:

Era un tipo de clase, che. Elegante. Culto. Un huevón encantador.

También y por qué no, la recuerdo como la última vez que la vi en el jardín de Los Guindos, navegando en su silla de ruedas, las mismas nieblas de la arteriosclerosis de mi madre, creyendo que en cualquier momento Pablo regresaría. Ella tenía quizá cien años y hacía veinte que el poeta había marchado para siempre. Por esos días se conmemoraban en Chile los ochenta años del natalicio de Pablo Neruda”.

Los aduaneros y el Ulises

El Ulises, de Joyce, había obtenido infinitos rechazos en incontables editoriales y, especialmente, por parte de microcéfalos funcionarios de aduanas que obedecían órdenes superiores (los censores de correos, doctos en materia literaria). Pero el libro aún no había sido vetado por la justicia. Este requisito era necesario para poder lograr un dictamen legal, favorable o no. La editorial norteamericana recurrió a un truco. Envió un funcionario a París, que se puso en contacto con Sylvia Beach y obtuvo un ejemplar del libro. De vuelta a New York, un día muy caluroso, se encontró con aduaneros enervados por el bochorno que lo invitaron a pasar sin siquiera abrir las maletas. Pero el mensajero protestó y exigió que revisaran su equipaje porque llevaba un libro prohibido. El aduanero se quejó amargamente de que lo hicieran trabajar con semejante temperatura y cuando vio el cuerpo del delito comentó: “Pero si todos los turistas que vienen de Francia traen el Ulises“.

Sin embargo se resignó, se hizo cargo del libro maldito y lo puso en manos de sus jefes. Ahora había una base para iniciar la querella, que terminó con el fallo absolutorio del juez, J.M. Wolsey, cuyo nombre no figura entre los grandes de la literatura, con torpe injusticia. Su Señoría dictaminó que el libro podía ser “vomitivo, pero no inmoral”.

(Fuente: Juan Carlos Onetti. Confesiones de un lector)

La nueva novela de Kazuo Ishiguro

La próxima novela del novelista británico, la primera desde que ganó el premio Nobel de Literatura en 2017, se publicará en marzo de 2021, según anunció la editorial Faber, que publica su obra. Klara and the Sun, según se anticipó,  es la historia de un ser artificial con “extraordinarias capacidades de observación” en busca de hallar un dueño humano.

“Cuando surge la posibilidad de que sus circunstancias cambien para siempre, a Klara se le advierte que no crea demasiado en las promesas de los seres humanos”, explicó Faber. El director editorial de la firma, Angus Cargill, dijo que Klara and the Sun es “una novela sobre el corazón humano que habla con urgencia al aquí y ahora, pero desde otro lugar”.

Se trata de un libro “asombroso” -dijo- y “como siempre en la escritura de Ishiguro, puede ser absolutamente sorprendente y al mismo tiempo consistente con el cuerpo de su obra.

La anterior novela del autor de Lo que queda del día, The Buried Giant, se publicó en 2015 y estaba ambientada en una versión semimítica de la antigua Gran Bretaña, entre ogros y dragones.

 

Tú no eres como otras madres

Angelika Schrobsdorff es la Angelika de este libro, “una niña difícil”, narradora y aguda observadora de la vida de su madre, Else Kirschner, pero también de su familia entera y al mismo tiempo de una época -la mitad del siglo XX y la Segunda Guerra Mundial- que a través de sus palabras se vuelve dolorosamente tangible.

La madre que no es como las otras es Else Kirschner, nacida en el seno de una familia judía alemana y casada primero con el escritor Fritz Schwiefert y luego con Eric Schrobsdorff, un burgués de Berlín al que le tocará estar casado con una judía en pleno ascenso del nazismo.

Los vaivenes vitales de Else dan para una novela en sí misma: sus matrimonios, sus caprichos, su disfrutar de la vida, sus convicciones de libertad, sus amistades -nada de todo eso demasiado acomodado a los prejuicios de su época- conforman la aventura vital de una mujer poco aficionada a las convenciones. 

Pero Tú no eres como otras madres (Du bist nicht so wie andre Mütter) no es estrictamente una novela, en el sentido de que no es ficción, aunque se lea como tal: es la biografía de una mujer -y la autobiografía de su hija- que encarnaba a la perfección el ansia de libertad de los “años locos” de ese Berlín que celebraba en la superficie y en el fondo empezaba a virar hacia la tragedia.

“Un día después de la Noche de los Cristales Rotos se publicó el decreto según el cual el conjunto de los judíos alemanes debería abonar una prestación de desagravio por el valor de mil millones de Reichsmark y eliminar sin demora los daños causados por el pogromo. Siguieron, en rápida procesión, ocho decretos más, entre ellos el que prohibía a los judíos regentar negocios y empresas artesanales y asistir a teatros, cines, conciertos y exposiciones, así como transitar a determinadas horas por determinadas zonas. O aquellos que establecían que los niños judíos ya no podrían frecuentar escuelas alemanas, ni los estudiantes judíos las universidades del país. Además, se les retiraban las licencias de vehículo y los carnets de conducir y se los obligaba a vender sus empresas y a entregar sus joyas y títulos de valor”.

Y ahí está lo mejor del libro: en la forma en que Angelika Schrobsdorff consigue reconstruir la reticencia de Else, y de muchos otros, a creer en la entidad real del monstruo que se estaba gestando en Alemania. Las cosas, se sabe, no pasan de un día para otro: tampoco de un día para otro se impusieron el nazismo, sus leyes raciales, la marcha definitiva hacia el desastre. Estaban quienes querían verlo, quienes querían abrirle los ojos, para terminar chocando con la ¿ingenuidad? ¿ceguera? de Else. Estaban quienes huían, quienes buscaban relegar su matriz judía o quienes, por el contrario, más que nunca deseaban exaltarla. Y estaban, como Else, quienes eran y se sentían profundamente alemanes, incapaces de creer que en la culta Berlín de la primera mitad del siglo XX pudiera imponerse la política de ese nacionalsocialismo al que solo consideraban como una banda de brutos vándalos sin consenso. Se equivocaban, por supuesto.

Y eso le valió a Else, a Angelika y a su hermana Bettina el exilio en Bulgaria, que se convierte en las más bellas páginas del libro. Una forma tal vez no deseada pero intensa de concretar la promesa de su juventud: “Vivir la vida con la máxima intensidad y tener un hijo con cada hombre al que amara”. 

Angelika Schrobsdorff publicó este libro en 1992. Su madre había fallecido en 1949, poco después de la guerra. Su abuelo materno, Daniel Kirschner, había muerto en 1939; su abuela, Minna Kirschner, había muerto en Theresiendstadt. Durante la guerra murió Peter, su hermano mayor. En el umbral de los años 50 murió su padre, Erich Schrobsdorff. Y sin embargo, este es un libro sobre la vida y cómo puede ser a la vez fascinante y absurda, trágica y cómica, cruel y compasiva, sobre todo cuando se nace y se crece a la luz y a la sombra de una madre que no es como las otras.

A continuación, un fragmento del comienzo de Tú no eres como otras madres:

“Aquí, pues, va la anécdota: a los cuatro años y medio, Else entró en el jardín de infancia, donde tuvo su primer contacto con niños cristianos. Se parecían en todo punto a ella: reían como ella, jugaban como ella, hacían travesuras como ella, hablaban como ella. Pero cuando se acercó la Navidad, algo cambió. Los niños, de repente, hablaban distinto que ella, hablaban ya sólo de cosas que ella nunca había oído mencionar: del niño Jesús y de Papá Noel, de José, María y los Reyes Magos, entre los cuales había un moro. Hablaban de regalos, de árboles de Navidad, de ángeles, de estrellas de Belén y de pesebres con todas sus piezas: el niño Jesús, la Santísima Pareja, la mula, el buey. —Majaderías —atajó Minna cuando su hija la avasalló con preguntas acerca de lo escuchado—, no hagas caso. Pero Else hizo caso y ya no pensó en otra cosa y hasta soñaba con eso. Poco antes de la gran fiesta, se colocó en el jardín de infancia un árbol de Navidad que los niños engalanaron con adornos de magnífico brillo y colorido. De pie y plegando las manos frente a aquella maravilla, entonaron un villancico tras otro. Else, que ya con año y medio sabía cantar «Zorro, robaste el ganso», captó las canciones al vuelo y, en casa, se las repitió a sus padres. Éstos se sobresaltaron al oír lo de «entre los astros que esparcen su luz viene anunciando al niño Jesús» y decidieron mantener a su hija alejada del jardín de infancia durante tan peligrosos festejos. Pero el daño ya estaba hecho. La niña quiso a toda costa un árbol de Navidad. Rabió y sollozó hasta que los padres, enervados y a punto de romper a llorar ellos mismos, trajeron un pequeño árbol, amén de algunas bolitas y espumillón. Lo único que no hubo fueron velas, pues Daniel tenía pánico a los incendios y estaba resuelto a no ceder, en ese punto, a las goyim najes, las diversiones de los no judíos. Cuando el árbol, parcamente adornado, estaba listo y Else entonaba con las manos plegadas «Noche de paz», sonó el timbre. Daniel, con una mala corazonada, se apresuró hacia la puerta, espió por la mirilla y vio una barba blanca abierta en abanico y un gran sombrero negro. ¡Qué otra cosa era aquello sino una señal del Señor! Volvió corriendo a la habitación, agarró el arbolito y lo arrojó al cuarto de las escobas. A continuación, Else se tiró al suelo y chilló para que le devolvieran su árbol. El abuelo, al que por fin habían abierto la puerta, contemplaba, desde el umbral, la escena con rostro serio y sin palabras: su nieta, poseída por el espíritu maligno; su hijo, con la cara bañada en sudor; su nuera, blanca como la cera. Que la pequeña estaba completamente pasada de rosca, dijo por fin Minna, cosa nada extraña con tanto jaleo de árbol navideño. Árboles de Navidad por todas partes, dijo Daniel, y por eso la niña tenía fiebre y deliraba. La metieron en la cama, y Minna se sentó con ella y le acarició su cara ardiente y desesperada. Trató de consolarla 18 19 diciendo que había cosas más importantes que los árboles de Navidad, y que mañana encendería las velas de Janucá. Al día siguiente, Daniel acomodó a su hija en su regazo y la introdujo en el judaísmo. Le habló de un templo situado en el lejano Oriente que había sido destruido y de un pueblo dispersado por el mundo entero. Le habló de un Dios único que no tenía barba blanca ni mucho menos un hijo. Y que ése era su Dios. A Else le gustó más la historia del niño Jesús, y el Dios sin rostro ni familia tampoco fue de su agrado. Lo ocurrido abrió la primera grieta en la vida intacta de la pequeña Else, y si alguna cosa comprendió fue que ella, por extrañas razones, era distinta a los niños del jardín de infancia, y que por eso nunca volvería a tener un árbol de Navidad en su casa”.

Premio Itaú de Cuento Digital 2020

Las fundaciones Itaú de Argentina, Paraguay y Uruguay anunciaron la apertura de la décima edición del Premio Itaú de Cuento Digital.

Los participantes pueden inscribirse en la Categoría General (mayores de 18 años) o Sub-20 (estudiantes secundarios, de 13 a 20 años).

Deben tener nacionalidad o residencia en Argentina, Paraguay o Uruguay.

Recepción de obras: hasta el 25 de agosto de 2020 (Categoría General) y hasta el 8 de septiembre de 2020 (Sub-20).

Los cuentos pueden ser digitales o tradicionales.

Los participantes pueden presentar un solo cuento, de tema libre, original e inédito. Se aceptan obras colectivas.

  • Premios:

Categoría General: USD 2.000, USD 1.000 y USD 500 para los 3 primeros, y dispositivos electrónicos para los demás cuentos premiados.

Categoría Sub-20: el Primer Premio de Cuento Digital recibirá una cámara deportiva de alta resolución. Los demás cuentos premiados recibirán una tablet.

Todos los cuentos premiados se publicarán en una antología internacional. Al menos habrá un cuento representante de Argentina, Paraguay y Uruguay.

El/La docente de Argentina con mayor cantidad de obras preseleccionadas recibirá un celular de gama media.

La escuela de Argentina con más obras seleccionadas recibirá órdenes de compra para equipamiento multimedial. Si es pública, USD 1.500. Si es privada, USD 750, y otros USD 750 para una escuela pública.

  • Además de las menciones de cuento digital, cuento poético y cuento infantil otorgadas por Itaú, habrá menciones especiales otorgadas por instituciones que apoyan el premio, como UNESCO, ASHOKA y OEI.
  • Itaú otorgará la mención “El día después”, distinguiendo a un cuento por su trabajo en el tratamiento de temáticas que reflejen el sentimiento de comunidad en el contexto de la lucha contra el COVID-19.
  • Además de la antología internacional puede haber otras provinciales o nacionales.
  • Los participantes, docentes y escuelas de Argentina con cuentos seleccionados podrán solicitar un certificado digital.

·         Los resultados se van a dar a conocer en noviembre de 2020.

¿Cuándo sale el último libro de Montalbano?

Riccardino, la novela final de la larga serie del comisario Montalbano, que por voluntad del propio Andrea Camilleri se publicará en forma póstumo, llegará a las librerías italianas el próximo 17 de julio.

Camilleri, padre de la célebre y querida saga del comisario Montalbano, falleció el 17 de julio de 2019: la fecha de la publicación de parte de Sellerio, su tradicional editorial, es así un homenaje al escritor en el primer aniversario de su muerte.

El primer capítulo fue leído, en un extraordinario “preestreno”, el 17 de mayo en el Salón Internacional del Libro de Turín Extra (la versión virtual del evento). La lectura estuvo a cargo de Antonio Manzini, amigo, discípulo y de algún modo heredero de Camilleri.

Entre las sorpresas del libro se encuentra la confrontación-enfrentamiento entre Montalbano y su alter ego literario y televisivo: cuando llega al lugar de un homicidio (al que hubiera preferido no ir, sino enviar a Mimì Augello), encuentra a todos asomados, tanto que pariva la festa di San Calò. En el “diálogo aéreo entre los balcones”, alguien lo indica, lo reconoce. “Es el comisario Montalbano”. “¿Pero es el de la televisión?”, pregunta alguien. “No, el verdadero”, responde otro. Y a Montalbano le empiezan a firriare i cabasisi: todo había comenzado cuando le contó una de sus investigaciones a un “escritor local”, “un tal Camilleri”, una gran camurria d’uomo que había hecho una novela, pero “como en Italia leen cuatro gatos”, ese primer libro no había hecho ruido. Entonces había tomado de sus relatos otros policiales, en una “lengua bastarda” que había tenido un éxito enorme, también en el exterior, y habían sido llevadas a la televisión. “Ahora todos lo conocían y lo confundían con ese otro”, su doble pirandelliano, el actor que “no se le parecía y era 15 años más joven”.

La ironía, marca de fábrica del éxito planetario de Camilleri, surge de nuevo cuando Montalbano vuelve a la comisaría y Catarella le dice que lo llamó “il professore Cavilleri”. “Camilleri”, lo corrige el comisario, “dile que no estoy”.

Así empieza Riccardino, la última novela de Montalbano, publicada póstumamente a un año de la muerte de Camilleri.

 

Montalbano 1 y 2, el verdadero y el de la televisión

Apenas consiguió dormirse sonó el teléfono, o por lo menos eso le pareció, después de horas y horas dando vueltas en la cama. Lo había probado todo: desde contar ovejitas hasta contar sin ovejitas, desde tratar de recordar cómo empezaba el primer canto de la Ilíada hasta lo que Cicerón había escrito en el comienzo de la Catilinaria, pero todo en vano. Después del “quosque tandem, Catilina”, nada de nada. Era un insomnio sin remedio, porque no lo había provocado una comilona o una ola de malos pensamientos. Prendió la luz, miró el reloj: todavía no eran las cinco de la mañana. Seguro que lo llamaban de la comisaría, habría pasado algo gordo. Se levantó sin apuro para ir contestar. Tenía una toma de teléfono al lado en la mesa de luz, pero nunca había querido usarla porque estaba convencido de que esa pequeña caminata de una habitación a otra, en caso de llamada nocturna, le daba la posibilidad de sacarse los restos de sueño que se obstinaban en quedarse pegadas al cerebro.

“¿Hola?”

Más que ronca, parecía que la voz le había salido pegada con cola.

“Soy Riccardino”, dijo una voz que, al contrario de la suya, era vibrante y festiva.

Eso lo irritó. ¿Cómo carajo se hacía para ser vibrante y festivo a las cinco de la mañana? Y además había un detalle no menor: no conocía a ningún Riccardino. Abrió la boca para mandarlo a ese lugar, pero Riccardino no le dio tiempo.

“¿Pero cómo? ¿Te olvidaste de la reunión? Ya estamos todos acá, frente al bar Aurora, solo nos faltas tú. Está un poquito nublado, pero más tarde va a ser un día espléndido”.

“Espérenme. En diez minutos, como mucho un cuarto de hora, llego”, mintió Montalbano.

Y colgó, yendo a acostarse de nuevo. Está bien: había estado mal, tendría que haberle dicho a Riccardino que él no era la persona que esperaban, en cambio así frente al bar Aurora perderían media mañana sin que apareciera el amigo que faltaba. Por otro lado, para ser justos, a las cinco de la mañana uno no se puede equivocar de número, despertar a un extraño que no tiene nada que ver y librarse como si nada. Ahora el sueño estaba definitivamente perdido. Menos mal que Riccardino le había dicho que iba a ser un lindo día. Se consoló.

El segundo llamado llegó poco después de las seis.

“Perdón, comisario, ¿lo desperté?”

“No, Catarè, estaba despierto”

“¿Seguro seguro, comisario? ¿O me lo dice para darme el gusto?

“No, Catarè, no te preocupes. Dime”

“Comisario, Fazio acaba de llamar porque dijo que lo habían llamado a usted”

¿Y por qué me llamas a mí?

“Porque Fazio me dijo que lo llame”

“¿A mí?”

“No, comisario, a Fazio”.

A este ritmo nunca iba a entender nada. Colgó y llamó a Fazio al celular.

“¿Qué pasa?”

“Lamento molestarlo, comisario, pero le dispararon a alguien”

“¿Lo mataron?”

“Sí, comisario. Dos tiros en la cara. Sería bueno que venga”.

“¿Augello no está?

“Comisario, ¿se olvidó? Se fue al pueblo de los suegros, con la mujer y el nene”.

Y enseguida Montalbano pensó con amargura que lo que acababa de preguntar, es decir si Mimì Augello estaba de turno, era una señal de los tiempos, o mejor dicho del tiempo, en singular, el suyo, personal, los años que empezaban a pesarle: en otro momento hubiera hecho lo imposible para mantener a Mimì Augello lejos de una investigación, no por envidia o para dañarle la carrera, sino para no compartir con él el indescriptible placer de la caza solitaria. Ahora en cambio con ganas lo habría mandado en su lugar, le habría pasado la investigación.

Los libros verdes

Un relato – #DeMiBiblioteca

Hace más de 25 años que los libros fueron formando la biblioteca. Una de las bibliotecas, la primera, la más inclasificable. Fue el primer mueble de una casa que todavía estaba vacía: sólidamente cortada, cepillada, lustrada y amurada por Andronik, un carpintero ucraniano mudado a las pampas, sigue ahí firme y sólida como Atlas soportando el mundo. Exagero un poco, por supuesto, pero un poco de hipérbole viene bien de vez en cuando.

¿De cuántas formas se puede ordenar una biblioteca? Alguna vez intentamos el criterio geográfico-literario, obviando los cruces que nos ponían en jaque. Otras apelamos a la pragmática opción de tamaño: donde entren, donde haya un hueco para esos volúmenes indisciplinados que son más anchos que altos, o tan pesados que amenazan con derrumbar el equilibrio de algún estante. Hasta cedimos con el tiempo a la otrora denostada clasificación por colección o color: al fin y al cabo el tiempo pasa y la memoria visual ayuda.

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Pero todo resultó ser bastante en vano. Llegamos finalmente a completar la cuarta o quinta biblioteca de la casa y el paso de los años, acompañado del desfile de los libros, sus autores, sus idiomas, sus títulos y editoriales, se impuso sobre casi todo orden posible. Aquello de encontrar una aguja en un pajar se volvió fácil en comparación con encontrar un libro en la(s) biblioteca(s).

Así que un buen día decidimos, ya que no ordenar, al menos listar los libros de la biblioteca. Estante por estante fuimos desempolvando, de paso, libro por libro, recordando los que ya no sabíamos que teníamos, asombrándonos de otros, descubriendo los que habían ido a parar detrás de la primera línea, empujados al abismo del fondo del estante por otros lomos en busca de protagonismo. Así, estante por estante, llegamos a la colección verde.

La colección verde tiene nombre, en realidad. Son las Grandes Novelas de la Literatura Universal, publicadas bajo la dirección de Ricardo Baeza, editadas por W. M. Jackson Inc. Editores en Buenos Aires alrededor de 1946. En todo eso me fijé mucho después: cuando los leí -y ellos me llevaron desde La Cartuja de Parma a Crimen y Castigo, de Madame Bovary a Germinal, de La prima Bette a Pepita Jiménez– eran simplemente “los libros verdes”. Algo menos de 40 volúmenes que me acompañaron durante todos los años de adolescencia: uno tras otro, iba sacando los volúmenes y leyendo, generalmente sin saber mucho quiénes eran los autores, guiada solamente por la curiosidad del título ya que no por la diversidad de las tapas, todas iguales y de un verde botella uniforme con un grabado en relieve en la tapa que mostraba un libro. Y encima del libro, una suerte de lámpara de Aladino que al primer golpe de vista me parecía más un pollo muerto que una metáfora de la luz aportada por la literatura. Todo coronado por la leyenda Grandes Novelas de la Literatura Universal. No sabía quién era Ricardo Baeza, y solo hace poco leí que era un escritor español nacido en Cuba que se opuso a la dictadura de Franco y se exilió en la Argentina, donde trabajó siempre en el mundo editorial y, para Jackson en particular creó la colección de aquellos libros verdes que habrán decorado con elegancia numerosas bibliotecas porteñas a mediados del siglo XX. En todo caso, no los recuerdo nunca nuevos: la colección siempre fue vieja, de papel amarillo por el tiempo, como si tuvieran una respetable pátina de antigüedad para acompañar el peso de autores rotundamente consagrados.

Los libros verdes, entonces, estaban en la biblioteca de mi primera casa. Y habían llegado con mi papá, aunque lo único que recuerdo haberlo visto leer con entusiasmo fueron las historietas del Tío Rico, que compraba con la excusa de que nos divertían a los chicos y se leía de punta a punta en algunos raros ratos de distracción y descanso.

Jackson3Las novelas de Jackson, en cambio, no se las vi jamás entre las manos. Solo un día tuve la curiosidad de preguntarle por qué las tenía: supe así que aquella colección fue lo primero que compró cuando tuvo algo de dinero, al llegar a Buenos Aires, en 1949. Venía de Italia, donde había embarcado hacia Sudamérica desde Nápoles. Había ido a la escuela hasta los 13 años; a los 14 ya era minero en el Tirol: el más joven de su grupo, y también el que más tiempo resistió esa vida durísima de túneles y piquetas. Llegó a Buenos Aires a los 16 años, a la casa de un tío que casi no conocía, y empezó a trabajar enseguida en una fábrica de tinturas cerca del Abasto. Las últimas liras las había gastado en el puerto de Santos, en Brasil, la última escala antes de Buenos Aires: “Llovía a cántaros”, decía solamente de su escala brasileña después de una travesía extenuante. Con el primer sueldo de ese trabajo no menos extenuante -se dormía parado revolviendo durante horas las calderas con tinturas- compró las novelas de Jackson, que estuvieron durante años en su cuarto de soltero en la casa de su tío. “Pensaba que así iba a aprender mejor el castellano”, me dijo. Y lo aprendió, sí, pero no con los libros: vencido por las dificultades de una lengua aún esquiva, por las intrigas dificultosas de héroes y heroínas de nombres extraños -la “literatura universal” era exclusivamente francesa, española, inglesa y alemana sin ningún italiano a la vista- los libros quedaron en el estante y el castellano lo aprendió un poco en la casa y mucho en la calle. Pero la colección se mudó con él a su primer departamento de casado, siguió algunos años después a la casa donde los leí uno por uno, en incontables tardes de invierno que la memoria funde en una sola y, cuando llegó la hora de formar mi primera propia biblioteca, los dejó ir conmigo sabiendo que estarían bien cuidados. Y allí están todavía, erguidos y orgullosos con sus más de 70 años a cuestas, como esperando volver a encontrarse con ojos que los lean y, otra vez, los quieran.

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“El nombre de la rosa”, 40 años después

En noviembre de 2015, Umberto Eco y un grupo de personalidades importantes de Bompiani se independizaron de la casa editora antes de que entrara a formar parte del Grupo Mondadori. Fundaron así una nueva editorial, La nave di Teseo, que ahora empieza a recuperar el catálogo del propio Eco (fallecido en 2016). Y lo hace a lo grande, con la reedición -40 años después de su primera impresión en 1980- de la novela Il nome della rosa (El nombre de la rosa), la obra con la que Umberto Eco pasó de ser un semiólogo y académico respetado en los claustros universitarios de todo el mundo al autor de un auténtico best-seller. Pero no cualquier best-seller: El nombre de la rosa es una misteriosa intriga ambientada en una biblioteca medieval, a la sombra del bibliotecario Jorge de Burgos (cualquier parecido con Jorge Luis Borges no es mera coincidencia), cuyo protagonista -el fraile-detective Guillermo de Baskerville- investiga una serie de crímenes cometidos en una abadía del norte de Italia. 

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Ahora El nombre de la rosa vuelve, en una edición que  incluye por primera vez los dibujos y apuntes preparatorios de Umberto Eco mientras imaginaba los meandros literarios de su primera y exitosa novela. La obra tuvo un destino de premios -ganó el Strega en 1981 y el Médicis en 1982- y se tradujo a decenas de idiomas. A lo largo de los años vendió más de 50 millones de ejemplares, una cifra prácticamente sin precedentes para una mole literaria que logró combinar con maestría la intriga y la erudición. Como no podía ser de otra manera, El nombre de la rosa pasó al cine -con Sean Connery como Guillermo de Baskerville- y a la televisión, con una última versión en formato de serie de ocho capítulos que se estrenó en Italia en 2019.

Pero ahora la nueva edición permite descubrir en su inédito apéndice objetos, ambiente, trajes y personajes de ese “mundo amueblado hasta en sus más mínimos detalles” que “es necesario construirse antes que nada para contar”, según decía el propio Umberto Eco. Así lo evoca Mario Andreose, autor de la nota crítica y presidente de la editorial, además de haber sido uno de sus fundadores junto con el propio Eco y la editora Elisabetta Sgarbi.

“La edición con los dibujos preparatorios “da cuenta del pensamiento y el estudio que hay tras la construcción de una gran novela”, explicó Sgarbi. “El nombre de la rosa sigue siendo un libro leído y amado, con números extraordinarios, si se piensa que tiene 40 años. Es un libro revolucionario, que cambió la idea de la novela. Y también hoy sigue siendo un ejemplo no superado de alto y bajo, en el sentido de que una cultura sin límites se disuelve en una narración convincente, en un thriller”, agregó la editora.

“Antes de escribir El nombre de la rosa, Umberto Eco había planteado varios bocetos. Se imaginaba los personajes, cómo hubiera sido la Abadía, la biblioteca. Él llamaba a ese proceso la ‘decoración antes de la escritura’. Es una documentación visual de su modo de trabajar. Este puñado de dibujos que quedaron en su cajón se hicieron presumiblemente entre 1976-77. En 1978 comenzó a escribir El nombre de la rosa y en 1980 lo publicó”, explicó Andreose a la prensa italiana.

 “¿Y qué nos cuenta o, mejor, nos anticipa de este modo el material visual aquí reproducido? Sobre todo la identidad, la fisonomía de los principales protagonistas, con el típico trazo veloz, agudo del autor, que justificará su invención ‘para saber qué palabras ponerles en la boca. Además perfiles y plantas de abadías, castillos, laberintos, surgidos de la mente de un autodenominado ‘medievalista en hibernación’, que entretanto se ocupó también de otras cosas”, subraya Andreose en la nota crítica que acompaña la obra.

Después de El nombre de la rosa, obras obras de Eco entrarán al catálogo de La nave de Teseo, empezando por Baudolino y El cementerio de Praga.

“Hay una mina con sus escritos ocasionales, como él los llamaba, que son los del trabajo de periodista, ensayista, conferencista. En estos cuatro años conservamos y relanzamos su memoria con la reedición de libros ya editados y propuestas que vienen de su inagotable herencia”, observó Andreose, aunque en su opinión se excluye que “haya inéditos de narrativa. Su pensamiento es de una actualidad extrema. Entre los libros que vamos a reimprimir está Cómo construir el enemigo, que habla de la política de hallar consenso a través de la construcción de un enemigo”, explicó el editor.

Luis XVII, de Philippe Ebly a Huckleberry Finn

-Publicado en La Nación el 14-2-2020- https://www.lanacion.com.ar/lifestyle/corazon-delator-policia-maestro-prisionero-la-tragica-nid2333272

La trágica historia del verdadero y los falsos Luis XVII

“El rey ha muerto: viva el rey”. Luis XVII tenía solo ocho años cuando fue guillotinado Luis XVI, y aunque según la tradición de la corona se convirtió automáticamente en el sucesor de su padre, nunca salió de la siniestra Torre del Temple. ¿O acaso fue salvado y vivió de incógnito en la Argentina?

Por Graciela Cutuli

Philippe Ebly (pseudónimo del novelista belga Jacques Gouzou) creó en los años 70 una serie de populares aventuras juveniles de ciencia ficción (también difundidas en castellano), Los conquistadores de lo imposible, cuyos protagonistas -encabezados por el adolescente Sergio- viajaban en el tiempo resolviendo viejos dilemas de la historia… y creando nuevos. Una de sus aventuras, El evadido del año II, imaginaba el rescate de un niño de la tenebrosa torre de París donde estaba prisionero: el año II, según el calendario impuesto por la Revolución Francesa, era en realidad 1793. Y el niño no era otro que Luis XVII, que fuera encarcelado junto con sus padres -Luis XVI y María Antonieta- tras la toma de la Bastilla, pero se había convertido de delfín en rey tras la macabra obra de la guillotina. En la novela, Sergio y sus amigos rescatan al pequeño y le dan una nueva vida, al menos en la ficción: y si Ebly pudo imaginarlo es porque durante al menos dos siglos el verdadero destino de Luis XVII fue un auténtico misterio. ¿Había muerto el rey niño en la Torre del Temple donde estaba encarcelado, o había logrado huir y encontrar una nueva identidad? 

Philippe Ebly, L’evadé de l’an II

“Algunos se hacen policías y otros enseñan a la gente a hablar francés”

Casi un siglo después de la Revolución Francesa, Mark Twain revela en su novela Huckleberry Finn que el enigma del niño rey estaba lejos de haber sido resuelto. En un diálogo con el esclavo Jim, Huck explica: “Le hablé de Luis XVI, al que le cortaron la cabeza en Francia hacía mucho tiempo, y de su hijo pequeño, el delfín, que habría sido rey, pero lo llevaron y lo metieron en la cárcel, y algunos dicen que allí se murió.

-Pobrecito.

-Pero otros dicen que escapó y vino a América.

-¡Eso está muy bien! Pero se sentirá muy solo… Aquí no hay reyes, ¿verdad, Huck?

-No.

-Entonces no puede conseguir trabajo. ¿Qué va a hacer?

-Bueno, no sé. Algunos se hacen policías y otros enseñan a la gente a hablar francés”. 

Las teorías de Huckleberry Finn podían ser disparatadas, pero la realidad a veces no lo es menos. ¿Quién podría haber imaginado aquel marzo de 1785 en Versailles, cuando el nacimiento del pequeño Luis Carlos de Francia fue celebrado por toda la corte, que apenas diez años más tarde el pequeño moriría en una celda infestada de ratas, aislado de la poca familia que le quedaba y cubierto de úlceras y heridas sufridas en años de maltrato por los resentidos carceleros de la Revolución? 

La muerte de Luis XVII se informó oficialmente en 1795. Pero no pocos quedaron convencidos de que el anuncio era solo el encubrimiento de un hecho vergonzoso para los revolucionarios: el niño se había escapado o había sido rescatado por realistas leales, y estaba empezando una nueva vida con paradero desconocido. O no tanto, a juzgar por la gran cantidad de presuntos Luis XVII que empezaron a aparecer algunos años más tarde. 

La lista es larga: más de 100 hombres reivindicaron el título, con distinta suerte. El primero fue Jean-Marie Hervagault, un impostor serial que después de adoptar identidades varias se decidió por la del niño rey y calcó su historia sobre la de una novela, Le Cimetière de la Madeleine, cuyo autor imaginaba cómo había sido el secuestro de Luis XVII de la prisión del Temple. Sus supercherías no le valieron el reconocimiento de la corona sino la prisión, pero al fin y al cabo pasó a la historia como el primer falso delfín. La misma novela inspiró a otros impostores de personalidades múltiples, como Mathurin Bruneau y el Baron de Richemont. Otro de los más célebres fue Karl-Wilhem Naundorff, reconocido por varios antiguos miembros de la corte francesa como Luis XVII, protagonista de rocambolescas aventuras por media Europa, fundador de una nueva religión (que le valió las invectivas del papa Gregorio XVI) e inventor de una bomba -la “bomba Borbón”- que el ejército holandés usó hasta la Primera Guerra Mundial. 

Una ilustración de Le cimetière de la Madeleine

Las insólitas ramificaciones de Luis XVII llegaron incluso hasta la Argentina. En 2011 Jacques Soppelsa, exconsejero cultural en la embajada de Francia en Buenos Aires, publicó Louis XVII. La piste argentine, con el objetivo de “contribuir a demostrar que Luis XVII no murió en el Temple, no fue un Naundorff ni un Hervagault ni un Charles de Navarre, sino el oficial de Marina Pierre Benoit, llegado a Buenos Aires en 1818 y asesinado en misteriosas condiciones en esta misma ciudad en 1852, después de un tercio de siglo de vida argentina singularmente pintoresca. Un Pierre Benoit que, al contrario de toda la gama de pretendientes oficiales, nunca reivindicó su origen real: todo lo contrario”. Soppelsa retomaba así una historia que también inspiró a Manuel Mujica Lainez su relato La escalera de mármol, donde imagina la muerte de aquel marino en sus aposentos de Buenos Aires, donde “ondula el coro doloroso de los viejos reyes que vienen del fondo de los siglos, con su carga abrumadora de pesares, de ambiciones, de secretos, de crímenes”. 

Las aventuras del corazón delator

La basílica de St. Denis, al norte de París, es la monumental última morada de los reyes de Francia. Entre mármoles solemnes y góticos vitrales, junto a la vasta cripta donde reposan las testas coronadas, la pequeña Chapelle des Princes alberga una urna de cristal que guarda un corazón. 

Su historia es digna de una novela aparte: en 1795, después de la muerte de Luis XVII en su prisión, se le hizo una exhaustiva autopsia. Y uno de los médicos, el doctor Philippe-Jean Pellatan, robó el órgano, lo escondió en un pañuelo y se lo puso en el bolsillo: al parecer, quería cumplir con la tradición según la cual los corazones de los reyes debían ser embalsamados y llevados a la cripta de St. Denis. Sin embargo, lo dejó en un estante de su escritorio y allí quedó durante años, hasta que un día fue a buscarlo y descubrió, para su gran sorpresa, que el corazón había desaparecido. Pellatan sospechó siempre de uno de sus alumnos, Jean-Henri Tillos, y varios años más tarde pudo comprobar que efectivamente aquel había sido el misterioso ladrón: fue el día que el suegro de Tillos se presentó a su puerta para devolverle el corazón de Luis XVII, explicando que el otrora estudiante lo había robado pero, ya en su lecho de muerte y arrepentido, había pedido que fuera devuelto a su auténtico dueño. 

Pellatan intentó entonces entregar la reliquia a Luis XVIII -hermano de Luis XVI y tío de Luis XVII- que no la aceptó. Lo mismo ocurrió con María Teresa, la hermana del delfín, que había sobrevivido a la revolución. En 1828, ya cerca de morir, el médico entregó el corazón al arzobispo de París, monseñor de Quélin, que lo conservó en su palacio cercano a Notre Dame. Sin embargo, aún le faltaría para alcanzar la paz definitiva: durante la revuelta de 1830 el palacio arzobispal fue saqueado, y cuando un empleado intentó rescatar la urna tropezó y el corazón salió rodando hasta perderse en la oscuridad. El hombre tuvo que esperar dos días para poder volver: dos días de lluvia y tormenta, que lo obligaron a buscar entre el barro y los escombros. Hasta que, cuando estaba a punto de abandonar la batalla, encontró el corazón “completamente intacto, en una pila de arena entre la iglesia y las rejas del edificio. Todavía tenía olor a alcohol etílico y estaba rodeado por los fragmentos de vidrio de la urna rota”. 

Philippe-Gabriel Pelletan, el hijo del médico que había robado el corazón, lo recuperó una vez más y volvió a guardarlo, nuevamente, durante años. En 1895 finalmente logró entregarlo a una rama española de los Borbones, que lo depositaron en la capilla de un castillo austríaco, donde atravesó los dos grandes conflictos del siglo XX: al final de la Segunda Guerra Mundial, la capilla fue desacralizada y en los años 70 el corazón por fin halló descanso en la basílica de St. Denis. 

Fue así que en 1999, ante la mirada de curiosos y pretendientes al inexistente trono de Francia, la reliquia fue sacada de la cripta para una serie de exámenes científicos realizados por el genetista belga Jean-Jacques Cassiman: “No sé de quién es este corazón -dijo el sacerdote que acompañó la ceremonia- pero sin duda es un símbolo de los niños, en cualquier lugar del mundo, que han sufrido. Esto representa el sufrimiento de todos los niños pequeños atrapados en la guerra y la revolución”. 

Convertido en piedra por sus dos siglos de historia, el corazón fue llevado a un laboratorio de París donde empezaría a revelar sus secretos. Solo volvería a su carditafio de St. Denis en 2004, ya consagrado gracias a los estudios de ADN mitocondrial como el corazón de Luis XVII. La hazaña fue posible gracias a la comparación del ADN extraído de la reliquia con el ADN tomado de un cabello de una hermana de María Antonieta, tía del niño rey: la línea materna se reveló infalible y la precisa secuencia extraída en laboratorio puso fin a dos siglos de conjeturas iniciadas en sombrío día de junio de 1895 en la cárcel más tenebrosa de París. 

Las imprentas nómadas

Las imprentas nómadas (Ampersand)

En plena era del libro electrónico, es casi un acto de rebeldía -además de un magnífico trabajo de investigación- explorar el tema que eligen en Las imprentas nómadas-Artefactos, conspiraciones y propaganda los especialistas italianos Alessandro Corubolo y Maria Gioia Tavoni, dos referentes en materia de bibliofilia y bibliografía.
    Ya desde el prólogo Edoardo Barbieri subraya que el libro -editado en castellano por Ampersand, en su colección Scripta Manent- afronta un tema solo en parte relacionado con la investigación sobre la movilidad de los oficios del libro y la imprenta. Lo que interesa a los autores es, en efecto, el caso particular de los sistemas de imprenta transportables o capaces de operar en forma itinerante.
    A diferencia del amplio panorama de la impresión dedicada a conocimientos científicos y eruditos, este tipo de imprentas se utilizaron mayormente con fines de celebración y de propaganda, de modo que transmitieron una tipología de mensajes de lo más variada. Pero en conjunto, no hay detalle que escape a los autores: ni quiénes fueron los impulsores de la impresión itinerante, ni el tipo de mecanismos utilizados ni las motivaciones de los impresos.
    Todo está acompañado además, en la cuidada edición de Ampersand, con traducción de Nora Sforza, por ilustraciones en blanco y negro que contribuyen a la comprensión de los mecanismos y temas abordados.

El libro acompaña a lo largo de un extenso arco temporal: desde el entorno de Felipe II a la Londres de fines del siglo XVII, desde los aposentos de Luis XV niño hasta los campamentos militares napoleónicos: y en clave más tipológica que cronológica, los autores proponen una exploración de productos heterogéneos, objetivos y protagonistas de la historia variopinto y geográficamente repartido por toda Europa.

Episodios de todo tipo y curiosidades acompañan el desarrollo histórico: como las imágenes que remiten al momento de la procesión organizada en Valencia, en 1663, en homenaje a la Virgen María. Recientemente el papa Alejandro VII había emitido una bula favorable a la doctrina de la Inmaculada Concepción, de modo que en ocasión de la procesión se montaron dos sistemas de imprenta a bordo de carros, que iban imprimiendo material celebrativo y tipográfico para distribuir a los presentes.

Más allá de su utilidad para la propaganda religiosa, las imprentas móviles fueron de gran difusión en las campañas militares: Corubolo y Tavoni se centran en particular en las napoleónicas. El poeta Ugo Foscolo ya recordaba que el estratega corso contaba con una imprenta que “multiplicaba sus gacetillas desde el campo de batalla”.
    No fue el único: aunque Gustavo Adolfo IV de Suecia era poco afecto a la prensa y mucho a la censura, en sus maniobras militares se llevaba, como Napoleón, una imprenta móvil.
    Más allá del ámbito militar, la impresión móvil tuvo fines de celebración, como se revela en la Londres en el siglo XVIII -cuando se hizo una demostración de los nuevos equipamientos sobre el Támesis helado- y la Nueva York en 1825, así como en las celebraciones alemanas por el cuarto centenario de la creación de la imprenta de tipos móviles. Los autores abordan también la cuestión de las imprentas en movimiento sobre los “nuevos” medios de transporte surgidos a lo largo de los siglos, su utilidad para eludir censuras y allanamientos, y finalmente su papel en las publicaciones antifascistas de las mujeres en la clandestinidad en la patria.
    Una conclusión sobre “¿Previsiones utópicas o nuevos desarrollos?”, junto con una bibliografía, cierran un trabajo dedicado a un tema poco frecuente en la historia de la cultura gráfica, pero que revive el día a día desconocido de los pequeños talleres tipográficos en los más variados contextos sociales.

Aquí compartimos algunos párrafos del segundo capítulo de la obra:

Como hemos visto en el prólogo, la prensa que imprime in itinere
es un aspecto central que en este capftulo queremos documentar en
otros escenarios. Con este fin recurriremos a testimonios de ciertos
acontecimientos tales como ferias, fiestas, celebraciones, todas ellas
caracterizadas por importantes particularidades.

Comenzaremos dando la palabra a la España del Siglo de Oro.
Veamos, pues, Io que sucedía cuando se desplazaba un soberano, en este caso Felipe II, quien en la primavera de 1580, durante un viaje a Portugal, se alojó en Badajoz. Quizás el más útil entre sus acompañantes fue el tipógrafo español Alonso Gómez, que a lo largo del camino, parece, supo poner en funcionamiento herramientas del oficio, al dedicarse a desarrollar el material necesario para celebrar al monarca y ayudar a construir un aura de excelsa realeza para asombro del pueblo. Imaginarse una pequeña localidad de frontera sacudida por la llegada de un soberano, que dispone también de prensas para producir impresos dedicados a los festejos y alabar al gran protagonista, significa llegar a una realidad en la cual la imprenta desarrolla un rol fundamental. Significa asistir a un éxito garantizado, tanto por el uso de los materiales que saldrán de la platina de la prensa de Gómez, como también por las maravillas de las máquinas que trabajan y viajan junto con el cortejo. Pero la duda acerca de que en tal ocasión la prensa itinerante del soberano se haya detenido y solo durante esa parada haya producido los materiales que glorificaban al augusto
patrocinador es más que una hipótesis; según creemos, no obstante la fuente lo reivindique, no se trató de una prensa que imprimía in itinere, sino casi seguramente de una imprenta de viaje con todo el equipamiento útil para producir los importantes documentos, alojada en una casa en la que la comitiva se detuvo a lo largo del recorrido.

PRODUCCIÓN PARA EVENTOS RELIGIOSOS
Una fuente literaria nos permite, en cambio, entrar en un escenario diferente. Esta vez vislumbrar de cerca la atmósfera efervescente de una fiesta de gitanos en Valencia, en 1662, durante la cual una procesión avanza en un revuelo de cantos y bailes, y en medio del pueblo de los fieles aparece un carro sobre el que se ha montado una prensa en plena labor. La Virgen María, a quien está dedicada la jornada, no podía ser celebrada de mejor modo. ¿Y qué mayor publicidad que esta, sagrada y profana, donde se muestra en toda su potencia un imbatible arte de comunicación, capaz de producir material de consumo de manera veloz y en movimiento?

El conjunto de grabados de la procesión informa mejor que cualquier otra documentación no solo acerca del estado en el que parece que se realizaba la impresión de los materiales distribuidos al público de los fieles, sino también sobre su magnificencia, sobre la maravilla con la que se desenvuelve la procesión de las Solenes fiestas. Es una respuesta a episodios de gran importancia no solo para la ciudad. En efecto, toda Valencia se encuentra en estado de agitación por un breve -esto es, un documento papal- que había emitido recientemente el papa Alejandro VII acerca de la
Concepción de la Virgen Inmaculada: honor y gloria, pues, para
Marfa y para el papa unidos en la exaltación colectiva. Y honor
también para el cronista Juan Bautista de Valda, atento observador y narrador de los sucesos de valencia, así como para Jerónimo Vilagrasa, que firma como tipógrafo de la ciudad a partir de 1661 e imprimió la obra al año siguiente del desfile y enriqueció de ese modo su catálogo.
De una prensa montada sobre un carro que imprime in itinere
materiales para celebrar con gran pompa un evento religioso pasamos ahora a una ceremonia episcopal solemne que se realizó en Imola, en la que trabajó Giacinto Massa, librero y vendedor de papel y luego tipógrafo y editor especializado en la impresión de materiales necesarios para la comunidad y para la diócesis, sobre todo en la época de Ia gran efervescencia de normas que se difundieron luego del Concilio de Trento. En Imola, pequeña ciudad de Romaña, en parte oprimida por Bolonia, las prensas comenzaron a chirriar ya en 1471. Allí se establecieron los pri-meros tipógrafos, aunque recién en 1587 llegarían aquellos provenientes de otros lugares. Encontramos al primer operador autóctono solo en 1629 en la figura de Giacinto Massa. Como solta hacerse por entonces, en 1651, Massa unió a la actividad de impresión la de librero de la ciudad junto con su socio, el forlivés Giovanni Cimatti.

El enigma Montefeltro, una carta y un misterio Medici

Marcello Simonetta. El enigma Montefeltro. Buenos Aires, El Ateneo, 2019.

El 26 de abril de 1478, en la Catedral Santa Maria del Fiore, un sangriento ataque contra los gobernantes de Florencia dejó tendido en el suelo, con 19 puñaladas, al joven Giuliano de Medici. Su hermano Lorenzo logró escapar: los florentinos reaccionaron con lealtad a los Medici y masacraron a todos los autores del atentado que pudieron atrapar.

Así lo cuentan los libros de historia. Y la responsabilidad final se les atribuye a los Pazzi, banqueros y rivales de los Medici en Florencia. El atentado, de hecho, pasó a la posteridad como la “Conspiración de los Pazzi”.

Pero ya se sabe que la historia la escriben los que ganan. Y a distancia de siglos, aquellos hechos sangrientos que mancharon a la próspera Florencia siguen hablando y revelando sus verdades. ¿Quiénes ordenaron realmente el ataque a los Medici? ¿Cuáles eran sus intenciones? ¿De qué manera la turbulencia política de aquellos tiempos en que Maquiavelo era niño sigue transmitiendo un mensaje al día de hoy?

La respuesta la encontró el experto en Ciencias Políticas e historiador italiano Marcello Simonetta, profesor en la prestigiosa Sciences-Po de París, que relata el revés de la trama de la Conspiración de los Pazzi en su libro El enigma Montefeltro, publicado por editorial El Ateneo.

Se trata de una historia dentro de otra, de un enigma dentro de otro. En el año 2001, Simonetta descubrió y descifró -gracias a sus conocimientos criptográficos- una carta con informaciones clave, pero hasta entonces desconocidas, que probó el papel de Federico da Montefeltro, duque de Urbino, en la conjura contra los Medici.
Montefeltro, condottiero y humanista, un típico hombre del Renacimiento, es una figura célebre gracias también a un retrato de Piero della Francesca que lo muestra de perfil. Un perfil particular que no pasa desapercibido y que hizo entretejer leyendas sobre sus dotes para la guerra y la política. Montefeltro, cuyo antepasado Guido figura en el Infierno dantesco, era amigo y aliado de Lorenzo de Medici. ¿Lo era realmente?

“El hallazgo podría modificar -afirma Simonetta, que siguiendo su trabajo sobre la poderosa dinastía florentina acaba de publicar en Italia Caterina de’ Medici: storia segreta di una faida famigliare, sobre la reina de Francia que movió los hilos tras la sangrienta Noche de San Bartolomé- el modo en que acostumbramos mirar este momento clave de la historia italiana”.

El autor de El enigma Montefeltro parece haber heredado sus habilidades criptográficas de su lejano antepasado Cicco Simonetta, según Maquiavelo “hombre excelentísimo por su prudencia y su larga experiencia”, que configura otro de los personajes clave en este misterio del Renacimiento revelado más de cuatro siglos después, e invita a reescribir los libros de historia.
La lectura de este relato, que sigue como una novela de misterios las huellas de los Medici y de Montefeltro, de Cicco Simonetta y de Galeazzo Maria Sforza, de Francesco della Rovere (el papa Sixto IV) y otros intrigantes personajes, mitad zorros mitad leones, concluye con una inédita reinterpretación de la Capilla Sixtina y otras obras de arte del Renacimiento a la luz de los nuevos descubrimientos.

Pero además, dado que “la mente humana funciona desde hace siglos del mismo modo, y hoy como entonces es posible matar a distancia, armando a otro y fingiendo no saber nada, o haciéndose amigo de las víctimas para deslizarse a sus espaldas y controlar si visten una coraza”, también puede leerse como una lección de traiciones políticas donde los hechos del Renacimiento aún tienen un mensaje para las generaciones de hoy.

Aquí el prólogo de El enigma Montefeltro, por Marcello Simonetta (Ed. El Ateneo, 2019)

El 26 de abril de 1478, durante la misa dominical, Lorenzo de Medici y su hermano Giuliano, los jóvenes gobernantes de Florencia, fueron atacados en la catedral Santa Maria del Fiore. Giuliano fue apuñalado diecinueve veces y murió en el acto, mientras Lorenzo, solo levemente herido, consiguió escapar al atentado. Los florentinos, leales a los Medici, reaccionaron violentamente masacrando a todos los atacantes que lograron atrapar.

Este audaz atentado, uno de los más tristemente célebres y sangrientos complots del Renacimiento italiano, se conoce como “la conspiración de los Pazzi”. Aunque los historiadores conocen desde siempre sus rasgos principales, la compleja verdad que se oculta detrás sigue siendo huidiza. Como su nombre sugiere, hasta ahora se la consideró simplemente como el resultado de una enemistad familiar entre los poderosos Medici y los Pazzi, los banqueros rivales que aspiraban a reemplazarlos en el gobierno de Florencia.

Este libro relata los años tormentosos que precedieron a la conspiración, sus entretelones y las repercusiones sobre los acontecimientos posteriores. Es un asunto en parte conocido y en parte nuevo, nunca contado en su totalidad. Los ingredientes que lo componen son amistad y traición, poder religioso y corrupción moral, lucha política y venganza artística. 

En el centro de la historia, naturalmente, sobresalen los Medici: familia de banqueros, mecenas de las artes, poetas, políticos, príncipes y papas. Si Lorenzo no hubiera sobrevivido, tal vez el talento de Miguel Angel habría pasado inadvertido. Quizá algunas de las más preciadas pinturas, esculturas y palacios de la civilización occidental nunca habrían sido encargados y dos miembros de la familia de Lorenzo no habrían accedido al papado.

El duque de Urbino, cuyo perfil se hizo célebre gracias a los retratos de Piero della Francesca, da nombre a este libro por su papel central en la conspiración de los Pazzi. Como otros “hombres del Renacimiento” que los lectores encontrarán en estas páginas, y a pesar del retrato que muestra solo un lado de su cara, es un hombre de personalidad multiforme. Federico era un capitán mercenario, un estudioso apasionado de los clásicos y un generoso mecenas, pero también tenía un “lado oscuro” que salió a la luz en su totalidad con el descubrimiento de una carta suya escrita en clave. 

Cabría pensar que un período tan remoto ya no tiene secretos, pero en el año 2001 descubrí y descifré una carta con informaciones hasta entonces desconocidas y esenciales sobre la conspiración de los Pazzi. En síntesis, revela que Federico da Montefeltro, duque de Urbino, retratado durante siglos como el “faro de Italia” y humanista amigo de Lorenzo de Medici, era uno de los mandantes militares ocultos detrás de la conjura tramada para eliminar al señor de Florencia y su hermano. El hallazgo podría modificar el modo en que acostumbramos mirar este momento clave en la historia italiana. La carta Montefeltro, escrita dos meses antes del atentado, demuestra que el complot era más vasto de lo pensado.

El “tercer hombre” en el centro de esta historia es aquel que me permitió descifrarla. Medio milenio más tarde, me intrigaron siempre las vicisitudes de mi lejano antepasado Cicco Simonetta, que sirvió a la poderosa familia Sforza durante unos cincuenta años, primero como canciller y más tarde como regente del ducado milanés. Cicco, un hábil criptógrafo, era “hombre excelentísimo por su prudencia y su larga experiencia”, según la autorizada opinión de Maquiavelo.

La Italia del Renacimiento todavía no era una nación, sino un mosaico de ciudades-Estado. Distintas dinastías controlaban cada una de ellas, con diversos niveles de tiranía: los Sforza en Milán y buena parte de Lombardía; los Medici en Florencia y una vasta área de la Toscana; los Aragón en Nápoles y todo el sur. La República de Venecia era una oligarquía gobernada por ricos y nobles mercaderes. Y Roma estaba bajo la eterna y siempre cambiante égida de las familias papales. En los Estados menores, las dinastías reinantes eran los Montefeltro en Urbino, los Malatesta en Rimini, los Este en Ferrara y los Gonzaga en Mantua. Los señores de estos últimos cuatro Estados, dada la extensión relativamente modesta de sus territorios, eran empleados habitualmente como capitanes mercenarios, o condottieri, por potentados más ricos que ellos. El sistema de la condotta -o contrato- salvaguardaba el equilibrio político, impidiendo que las ambiciones nutridas por estos capitanes se transformaran en reales amenazas y manteniendo la península italiana en una situación frágilmente pacífica: el sistema garantizaba que ningún Estado individual pudiera imponerse por sobre los demás.

Sin embargo, en diciembre de 1476 un acontecimiento imprevisto quebró el equilibrio de poder. El asesinato de Galeazzo Maria Sforza, duque de Milán y el principal aliado de los Medici, preparó el terreno para años de conspiraciones y contraconspiraciones políticas: oscuras maquinaciones y cambiantes alianzas que llevaron al ataque contra los Medici.

El enigma Montefeltro muestra también cómo las majestuosas obras de arte del Renacimiento se enlazan íntimamente con mezquinas intrigas políticas. El último capítulo se centra en la Capilla Sixtina, tal vez el icono supremo de la Italia renacentista, erigida por uno de los antihéroes de este relato conspirativo, el papa Sixto IV. Cuando se camina hoy por la superpoblada Capilla no se puede sino admirar el poderoso cielorraso con el Génesis, y la aterradora pared del altar con el Juicio Universal. Estas dos obras maestras de Miguel Angel concentran casi toda la atención de los visitantes, que solo al final dirigen la mirada hacia otras paredes pintadas al fresco por maestros del siglo XV como Sandro Botticelli, el pintor florentino por excelencia. ¿Y si Botticelli se hubiera tomado una enigmática venganza contra el papa que contribuyera a causar la muerte de Giuliano de Medici?

¿Por qué hoy los lectores, sumergidos en un flujo de noticias tan rápido que las vuelve efímeras e irrelevantes, deberían interesarse en este pequeño fragmento de la historia? ¿Acaso no basta la “edad de la información” para mantenernos ocupados? 

Las conjuras y guerras del Renacimiento, en las cuales el único modo de eliminar al enemigo era mediante el buen y viejo sistema del cuchillo o el veneno, empalidecen si se comparan con las de hoy. 

Pero la mente humana funciona desde hace siglos del mismo modo. Hoy como entonces es posible matar a distancia: armando a otro y fingiendo no saber nada, o haciéndose amigo de las víctimas para deslizarse a sus espaldas y controlar si visten una coraza bajo el jubón bordado. Dante lo sabía muy bien, y consideraba a los traidores violentos como la peor calaña de los pecadores, ubicándolos en el fondo de su Infierno. Un antepasado de Federico da Montefeltro, Guido, conocía profundamente aquellos “corazones de tiranos”. Un fragmento del monólogo que Dante pone en sus labios ilustra su desnuda y dura filosofía de engaño y muerte: 

Mientras tuve la carne y el hueso / que mi madre me diera, fueron mis obras / no de león, sino de zorro. / Disimulos y astucias, / todos los supe, y con tantas artes/ que hasta el fin de la tierra mi fama recorría. 

Nicolás Maquiavelo tenía apenas nueve años en tiempos de la conspiración de los Pazzi. Fue testigo de la violencia desatada en las calles de Florencia, y probablemente la recordaba cuando recomendó en el El Príncipe que “es necesario saber bien usar la bestia y lo humano”, ser león y zorro al mismo tiempo y valerse de la fuerza y el engaño, cualidades indispensables del político sin escrúpulos. 

Al escribir este libro tuve bien presentes los versos de Dante y las palabras de Maquiavelo. Contar una conspiración de hace cinco siglos es paradójico, dado que el principal objetivo de los conspiradores es permanecer en la sombra y destruir las pruebas, en un intento de evitar el peligro presente y el reproche póstumo. Sin embargo esta historia, y la Historia en la que hunde sus raíces, es absolutamente verdadera e increíblemente bien documentada. Y la fama de sus héroes resuena aún hasta “el fin de la tierra”.

Bordes, una colección de narrativa latinoamericana

Planeta dio a conocer la creación de Bordes, una nueva colección literaria que reunirá lo mejor de la narrativa contemporánea del continente latinoamericano.

La colección incluirá “las voces literarias más potentes que se publican en Argentina, Brasil, Chile, Colombia, México, Perú y Uruguay”. El proyecto editorial reúne a creadores del continente y toma como cantera los sellos literarios de mayor tradición de Planeta: Seix Barral, Tusquets, Destino, Espasa y Emecé. A partir de sus catálogos elegirá las obras más destacadas y las llevará a un formato de bolsillo, a precios accesibles y con una una edición de estética vintage. 

Las novelas estarán disponibles en todos los países y, si bien se mantendrá su publicación bajo el sello original, pertenecer a Bordes -afirma un comunicado- “les abrirá una segunda ventana permitirá acercarlas a nuevos lectores que busquen ampliar sus horizontes literarios y encontrar las voces que perfilan hoy el tapiz latinoamericano”.

La primera avanzada de Bordes está formada por doce novelas que ofrecen una geografía literaria de América Latina; se ampliará hasta 21 títulos para octubre del 2019. La colección debutará en las ferias del libro de Bogotá y Buenos Aires, a partir de las cuales comenzará su andadura por el continente hasta llegar a la FIL Guadalajara, en diciembre.

Los siguientes son los títulos de la colección

ADN Latinoamericano

 

La naturaleza seguía propagándose en la oscuridad/ Andrea Mejía/ ARGENTINA

El amor es una catástrofe natural/ Betina González/ ARGENTINA

38 estrellas/ Josefina Licitra/ ARGENTINA

El espectáculo del tiempo/ Juan José Becerra/ ARGENTINA

Descubrí que estaba muerto/ Juan Pablo Cuenca/ BRASIL

La luz difícil/ Tomás González/ COLOMBIA

El monstruo pentápodo/ Liliana Blum/ MÉXICO

El mitómano/ Adolfo Macías Huerta/ ECUADOR

El cerebro de mi hermano/ Rafael Pérez Gay/ MÉXICO

El buscador de cabezas/ Antonio Ortuño/MÉXICO

No somos cazafantasmas/ Juan Manuel Robles/ PERÚ

Lluvia/  Karina Pacheco/ PERÚ

Vínculos literarios entre Argentina y Japón

La Embajada del Japón en la Argentina presenta La literatura argentina y su influencia en los autores modernos japoneses. 

Será en ocasión de la 44° Feria Internacional del Libro de Buenos Aires, en el marco del 120° aniversario de amistad entre Argentina y Japón.

El profesor Akifumi Uchida dará la charla La literatura argentina y su influencia en los autores modernos japoneses, explicando de qué manera escritores como Borges y Cortázar han sido de importancia para la literatura japonesa.

La cita es durante el Día del Japón, el domingo 6 de mayo, a las 16:05 hs. en la Sala Victoria Ocampo, Pabellón Blanco, del Predio Ferial La Rural, CABA.

La entrada es gratuita dentro de la Feria, hasta completar la capacidad de la sala

120 años de amistad entre la Argentina y Japón

Akifumi Uchida

Investigador de la literatura rioplatense; traductor y Prof. Asociado de la Universidad de Meiji, Japón, nacido en Odawara, Prefectura Kanagawa, Japón.

Es autor de un Catálogo de las versiones japonesas de las obras literarias hispanoamericanas (Raten Amerika bungaku Honyaku Sakuhin Mokuroku; Tokyo, 2000, Universidad de Rikkyo), y de Las dos orillas de Julio Cortázar en The Journal of Humanities Meiji University 81 (2018), entre otros.

Tradujo al japonés algunas obras literarias de Jorge Luis Borges y Roberto Bolaños, ambos en colaboración. Actualmente está preparando otras nuevas traducciones de obras de Cortázar y Rodrigo Fresán.

Japón en la Feria del Libre de Buenos Aires

Una amiga genial… en tv

ferranteVer el relato que se ha creado convertido en miniserie de televisión es un “cambio radical”, dijo la escritora italiana Elena Ferrante al New York Times, consultada sobre la transformación de su novela La amiga estupenda (L’amica geniale) para la pantalla chica, gracias a una producción HBO-RAI en preparación.
Los personajes, el barrio, “dejan el mundo de los lectores para entrar en aquel, mucho más vasto, de los telespectadores, encuentran personas que nunca leyeron sobre ellos y que por circunstancias sociales o por elección nunca lo habrían
hecho. Es un proceso que me intriga”, agregó.
La miniserie, que se basará en la primera novela de la tetralogía napolitana de Ferrante, convertida en un best-seller mundial, será dirigida por Saverio Costanzo, realizador ganador de un David di Donatello, con producción de Lorenzo Mieli y Mario Gianani para Wildside, y de Domenico Procacci para Fandango.
“Las ciudades no tienen una energía propia”, dijo Ferrante -que desde siempre protege su identidad con un pseudónimo- cuando se le preguntó si espera que surja de la serie una
imagen distinta de Nápoles para el mundo respecto de la que ofrece Gomorra, sobre las investigaciones de Roberto Saviano relativas a la camorra.
Esta energía -agregó- “deriva de la densidad de su historia, del poder de su literatura y de sus artes, de la riqueza emocional de los acontecimientos humanos que allí tienen lugar. Espero que el relato visual provoque emociones auténticas, sentimientos complejos y también contradictorios. Esto es lo que nos hace enamorar de la ciudad”.
La escritora no participa directamente en la escritura del guión -“no tengo las capacidades técnicas para hacerlo”, afirma- pero está contribuyendo con algunas sugerencias en las decisiones para el set, en fase de montaje cerca de Caserta, escribe el periodista del New York Times Jason Horowitz. En las últimas semanas, Horowitz ya había contado sobre una jornada de casting en Nápoles para la serie. (Ver aquí Artículo del New York Times sobre el casting de L’amica geniale)
“Leo los textos y mando notas detalladas. Todavía no sé si las tendrán en cuenta, pero es muy probable que las usen más adelante en la última versión del guión”, agregó la escritora.
Sobre la elección de las dos protagonistas, Lila y Lenú, subrayó que “los niños actores retratan a los niños como los adultos imaginan que deberían ser. (En cambio) los niños que no son actores tienen algunas posibilidades de salir del estereotipo, especialmente si el realizador es capaz de hallar el justo equilibrio entre ficción y realidad”.
Para Ferrante, L’amica geniale no es una fábula, sino “un relato realista. Es la infancia la que se ve coloreada por elementos de lo fantástico, y seguramente Lila también. Por cuanto concierne a la fidelidad al libro, espero que sea en forma compatible con la necesidad del relato visual, que usa diferentes instrumentos para obtener los mismos efectos”.
Finalmente la escritora también opina cuando le preguntan si espera, o teme -dada la participación de HBO- que la serie se convierta en un fenómeno mundial, una suerte de “Game of Thrones” a la italiana. “Lamentablemente -dice- no ofrece el mismo tipo de articulaciones narrativas”.

Fuente: ANSA

† 29/5/1958 Juan Ramón Jiménez

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El 29 de mayo de 1958 muere Juan Ramón Jiménez, tras una caída que le imposibilitó andar. Murió en San Juan de Puerto Rico, donde también había fallecido su esposa: ambos serían enterrados en el cementerio de Moguel, su pueblo natal. En 1956 había recibido el premio Nobel de Literatura.

Santiago de Compostela (por Camilo José Cela)

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“Sí, el gótico es el oro y el románico la humilde, la sencilla, la bellísima plata. El vagabundo, mientras escucha retumbar sus pasos bajo los cariñosos, los entrañables, bajo los viejos arcos de Compostela, va pensando en las relaciones que pudieran existir, como por un raro milagro de Dios, entre las arquitecturas, las almas y los metales […]. El vagabundo, antes de meterse en la Catedral, a dar gracias al santo por conservarlo vivo, un poco triste y decidor, quiere contar las incontables lozas de Santiago, las piedras, una a una, de la Plaza cuadrada, que es más bella, según los sabios, que la de San Pedro en Roma, o las de la Plaza de los Literarios, que es más entrañable, según los poetas, que la de San Marcos en Venecia. […] En la catedral, en una amable penumbra, rezan las viejas damas compostelanas, los viejos canónigos, los viejos hidalgos.

Todo es suave silencio, bien estudiado silencio, bajo las altas naves de la Catedral. Un niño que quisiera cantar, como un jilguero su salvaje canción mañanera, se callaría, con un respeto milenario, un respeto que no le habría de caber en cien cuerpos como el suyo, al sentirse testigo, quizá sin saberlo, de la tumba del Apóstol.

.Camilo José Cela. Del Miño al Bidasoa. Noguer.

Cómo comienzan los problemas (20/5/1859)

El 20 de mayo de 1859 Nikolaj Kirsanov (“Padres e Hijos”, de Ivan Turgueniev) esperaba la llegada de su hijo Arkadij. “Papito -dijo éste al verlo- permite que te presente a Bazarov, mi mejor amigo, del que tanto te escribí. ¡Ha sido tan gentil en aceptar ser nuestro huésped!”. Y así comenzarían los problemas para Nikolaj”.

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