Apenas concluido el Congreso Internacional Celebración de Jacobo Fijman, María Amelia Arancet Ruda, investigadora del Conicet y especialista en literatura argentina, revisa el origen, los alcances y las repercusiones de una reunión académica y artística dedicada al autor de “Molino rojo”.
A cien años de la publicación de su primer poemario, Fijman vuelve a aparecer como una figura incómoda, marginal y central a la vez: un poeta cuya obra todavía exige nuevas lecturas.
Apenas terminaron las jornadas dedicadas a Jacobo Fijman en la Universidad Católica Argentina (UCA), se consolidó la sensación de que la celebración había superado ampliamente los límites de su punto de partida. Lo que nació como una conmemoración por el centenario de Molino rojo, primer poemario del autor publicado en 1926, terminó convertido en un espacio de cruce entre literatura argentina, música, cine, teatro, artes visuales, archivo, religiosidad, salud mental, migraciones y canon.
El Congreso Internacional Celebración de Jacobo Fijman se desarrolló del 2 al 5 de junio de 2026 en modalidad bimodal, en el Campus Papa Francisco de la UCA, con actividades académicas, paneles, conferencias y momentos artísticos. La convocatoria fue impulsada desde el Centro de Investigación en Literaturas de la Argentina (CILA/UCA), con María Amelia Arancet Ruda como presidenta del congreso, y partió de una premisa decisiva: Fijman en el centro, pero no el límite. El propio programa lo definió como un “nodo” donde se intersectan múltiples líneas de lectura.
La figura de Fijman —nacido en Orhei, Besarabia rusa, en 1898, nacionalizado argentino y muerto en Buenos Aires en 1970— ha quedado durante décadas rodeada por una serie de nombres que a veces iluminan y a veces clausuran: el poeta loco, el místico, el marginal, el converso, el habitante del hospicio, el Samuel Tesler de Leopoldo Marechal. Pero María Amelia Arancet Ruda insiste en que la potencia está en volver a la obra, en no dejar que el personaje histórico se coma al poeta.





En esta entrevista, realizada al cierre de las jornadas, la investigadora y docente repasa el armado del encuentro, el lugar de Fijman en las literaturas de la Argentina, las tensiones entre centro y periferia, la necesidad de leer fuera de las modas teóricas y las posibilidades que se abren después de una celebración que, según dice, dejó “mucha tela para cortar”.
Un congreso como celebración
El congreso se planteó desde el comienzo como una celebración del centenario de Molino rojo, pero también como una invitación a pensar el campo literario argentino de 1926, año de publicaciones decisivas como El juguete rabioso, de Roberto Arlt; Don Segundo Sombra, de Ricardo Güiraldes; Días como flechas, de Leopoldo Marechal; y El tamaño de mi esperanza, de Jorge Luis Borges, entre otras obras.
La programación incluyó conferencias de Hugo Mancuso, Leonardo Senkman, Alfonsina Kohan, María del Carmen Marengo, Marta Elena Castellino, Alejandra Niño Amieva y Mónica Bueno. También hubo paneles y mesas sobre Fijman, judaísmo y judeidad, migrancia, escritores ficcionalizados, literatura y salud mental, religiosidad, márgenes y cánones, revistas culturales, ecocrítica y vanguardias.
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La dimensión artística
La celebración no se limitó a la exposición académica. El programa incluyó la proyección de Canto del cisne, de Gustavo Fontán, y fragmentos de El Cristo Rojo, película de Germán Castelnuovo, con guión de Juan Manuel Piñeiro y producción de Luciano Marcó. También hubo obras musicales; se presentaron Agua de sol: canciones sobre Fijman, de Juan Bracco, y el estreno de El Retablo del Molino Rojo, oratorio de cámara compuesto especialmente por Santiago Chotsourian.
El cierre incorporó la puesta en escena de Encuentro de poetas, con actuación de Alejandro Spangaro y dramaturgia de Ana Yovino. A ello se sumaron una muestra plástica y bibliográfica a cargo de Verónica Parselis, además de una muestra virtual dedicada a Fijman.
—¿Cómo nació la idea de organizar estas jornadas sobre Jacobo Fijman?
—La idea surgió porque este año se cumplen cien años de Molino rojo, el primer poemario de Fijman, publicado en 1926. Es un año con varios aniversarios muy importantes para la literatura argentina: El juguete rabioso, de Roberto Arlt; Don Segundo Sombra, de Ricardo Güiraldes; Días como flechas, de Leopoldo Marechal; también un libro de Borges. Hay muchos centenarios, no solo de nombres muy famosos, sino también de otros menos conocidos, de lo que habló especialmente Marta Elena Castellino.
Al empezar a mirar ese panorama, apareció como un friso de obras. Era una época de una productividad impresionante y, al mismo tiempo, todavía en una medida más o menos humana, muy diferente de lo que pasa hoy. Había más barreras para editar, sí, pero también había revistas, diarios y suplementos culturales muy activos y muy comunicados entre sí. No era como ahora, que cada uno tiene su isla.
En ese contexto pensé: se cumplen cien años de Molino rojo, yo me dediqué muchos años a estudiar a Fijman, y esto lo hago ahora o nunca. Creo que Fijman lo merece. Tiene una obra de valor, y yo puedo sostenerlo. Si no, no me habría embarcado.
—Desde el comienzo lo pensaste como una celebración, no solo como una reunión académica.
—Sí. En relación con el Conicet y con la vida académica, una tiene que organizar actividades, reuniones científicas. Entonces lo propuse y con espíritu de celebración. Y para mí lo fue.
Quizá se me fue la mano, fueron cuatro días. Al principio pensé en dos conferencias por día, y después se fue dando que cada jornada tuviera una actividad artística. Dije: con esto, la celebración ya está asegurada. Lo ideal era que además hubiera mesas de ponencias. Pero, si no se inscribía nadie, la celebración igual se hacía.
Finalmente se inscribió mucha gente, hubo mesas muy llenas y el congreso tomó una dimensión mayor a la que imaginé al principio.
—¿Cómo se armó el programa y cómo se eligieron los ejes?
Las problemáticas que atraviesan la figura y la obra de Fijman permiten hablar de muchas cosas. Literatura y salud mental, por ejemplo. También inmigración, emigración, migrancia; judaísmo y literatura; vanguardias; ecocrítica; religiosidad; conversión; lo sagrado; escritores ficcionalizados. Todo eso atraviesa a Fijman.
Entonces no se trataba de que todas las ponencias fueran sobre Fijman. Algunas personas me decían: “Yo de Fijman no sé”. Y yo respondía: no tenés que hablar necesariamente de Fijman, podés hablar de otra cosa a partir de los problemas que él permite conectar.
—La imagen del nodo parece central.
—Sí. La imagen es esa: Fijman como nodo. Él conecta muchas líneas. Por eso las conferencias y las mesas fueron en direcciones distintas. Leonardo Senkman, por ejemplo, habló de Fijman y Marcos Fingerit, dos conversos en una revista de estética católica de vanguardia. Otros abordaronel contexto nacionalista de la época, otros literatura y mística, otros escritores ficcionalizados, otros salud mental.
El momento en que aparece Fijman es riquísimo. Hay una movida fuerte de escritores, revistas culturales, editoriales. Es un período muy fértil de la literatura argentina.
—El congreso fue bimodal. ¿Qué permitió esa modalidad?
—Fue híbrido, o bimodal, con sus virtudes y sus defectos. Pero permitió que participara gente de otros países. Tuvimos un conferencista desde Jerusalén, participantes de Estados Unidos, de la University of The Bahamas, gente de Chile, alguien de Guatemala que vino presencialmente, y también investigadores de distintas provincias argentinas: Córdoba, Mar del Plata, Entre Ríos, Mendoza, La Rioja.
Eso estuvo muy bien, porque fue internacional y a la vez federal. Para la literatura argentina eso me parece muy importante.
—La dimensión federal aparece mucho en tu trabajo. ¿Por qué es tan importante?
—Porque Buenos Aires tiene una centralidad cultural innegable, pero no se puede decir que la cultura argentina sea solo Buenos Aires. Lo que se escribe en Jujuy, Mendoza, La Pampa o cualquier otra provincia puede tener puntos de contacto, pero también diferencias enormes, con sus aportes propios e insoslayables.
Hay una red de la que participo, la Red interuniversitaria de Estudios de las Literaturas de la Argentina, RELA. Se creó con docentes de literatura argentina de distintas universidades del país y es muy activa. En los congresos se ve claramente cuál es la producción de cada lugar, qué temas se estudian, qué autores aparecen.
Si no, todo queda reducido a Borges, Cortázar, la literatura fantástica. Está bien, pero no es lo único. Hay otros autores de peso. Y también está la producción académica de distintas regiones, que necesita circular.
—¿Hay mecanismos concretos para esa circulación?
—Sí. En algún momento funcionaron seminarios de posgrado entre universidades. Gente de Formosa daba seminarios en Cuyo, gente de Cuyo en Jujuy. Eso permitía que el conocimiento se difundiera.
Ahora está muy floreciente una colección de libros académicos que se llama Trama Federal, con editoriales universitarias de Entre Ríos y Formosa. Los libros son muy cuidados, muy lindos, y ya salió el tercero. Hay un cuarto en preparación y otros proyectos en espera. Yo participo en uno que se va a llamar La indisciplina poética.
Es algo concreto y visible. También durante la pandemia hicimos lecturas con escritores de distintas partes del país. Internet permitió conocer autores de los que, de otro modo, quizá nunca nos habríamos enterado.
—Volvamos a Fijman. ¿Cómo lo presentarías a alguien que no lo leyó nunca?
—Jacobo Fijman es, hasta donde sé, el poeta místico argentino más importante. Tiene una solidez como poeta que, guste más o guste menos, es excelente.
Es uno de esos casos en que la figura del escritor compite con la obra. Y eso tiene un defecto: la figura histórica, muy llamativa, se convierte casi en el único canal de interpretación. En su caso, el poeta loco; para otros, el poeta místico. Pero, cuando leés la obra, hay mucho más.
Fijman fue inmigrante. Llegó de la Besarabia rusa, del Imperio ruso, entre los cuatro y los seis años, no se sabe bien porque él mismo daba dos fechas para casi todo en su vida. Vino con sus padres y algunos hermanos. Nació, se supone, en 1898. Hay poemas suyos desde 1923, cuando era muy joven. Se acercó al grupo de Martín Fierro, al grupo del Tortoni, a distintos espacios de la vida cultural de esos años.
Pero en todo estuvo poco tiempo. Era una figura que difícilmente pudiera sostener una pertenencia estable.
—¿Eso tiene que ver con su condición de inmigrante, judío, converso, marginal?
—Es difícil saberlo. Puede ser por su condición de inmigrante judío converso, pero también había otros inmigrantes judíos muy importantes en la época, como Alberto Gerchunoff. También puede haber incidido su alteración mental, o una lucidez tan extrema que no encajaba en ninguna parte. En la poesía de Fijman hay algo de eso: una lucidez gigante.
—¿Qué lugar ocupa hoy?
—Depende de a quién le preguntes. Muchos siguen leyéndolo como el poeta loco, y creo que lo que menos hay en su poesía es locura. Pero para ver eso hay que leerlo muy detenidamente.
Se lo sigue estudiando en relación con la vanguardia. Algunos van más allá y lo leen desde la mística. Pero creo que hay mucho por hacer todavía. Fijman murió en 1970 y durante largo tiempo quedó instalado como la figura del poeta loco que estaba en el Borda.
Yo contabilicé alrededor de 26 obras que lo ficcionalizan en distinta medida. La más famosa es Samuel Tesler, en Adán Buenosayres, de Marechal, retomado después en Megafón o la guerra. Pero hay novelas, obras de teatro, películas, composiciones musicales. Hay muchas representaciones de Fijman.
—Ese tema, el de los escritores ficcionalizados, también tuvo un lugar fuerte en las jornadas.
—Sí. Desde el CILA armamos un proyecto de investigación que se llama “Escritores ficcionalizados. Diálogo entre historia de la literatura, canon e imaginario argentinos”. Me parece un tema muy interesante: estudiar cómo unos escritores son ficcionalizados por otros escritores o por otros creadores.
No nos limitamos a la literatura. Puede ser cine, teatro, música, dibujo, cómic. En el proyecto aparecen Fijman, Juan L. Ortiz, Borges, César Aira, Lugones, Juana Paula Manso, Eduarda Mansilla, Alfonsina Storni, Alberto Ghiraldo. Cuando empezás a mirar, ves la cantidad de escritores ficcionalizados que hay.
Es un campo muy rico para pensar el imaginario y también para discutir la historia literaria.
—¿Qué impresión te dejaron los cuatro días del congreso?
—La verdad es que salió bien, y eso ya es mucho. Fueron cuatro días muy intensos. Hubo muchas mesas, muy apretadas en el horario, con tres expositores cada una. Y surgieron cosas entre los propios participantes.
Por ejemplo, hubo una mesa sobre ficcionalizaciones de Borges desde el cómic, y a partir de ahí se generaron contactos, invitaciones, seminarios. Desde La Rioja nos propusieron hacer el año que viene algo en relación con poesía, literatura y religión, a propósito de Monseñor Angelelli.
También surgió la posibilidad de una publicación a partir de contactos con la Universidad Autónoma de Entre Ríos.
—También aparecieron derivas artísticas.
—Sí, y eso fue muy importante. Se acercaron dos artistas que están trabajando en un proyecto que se va a llamar Jacobo. Uno vive en la Argentina y otro en Barcelona. Ya habían hecho un libro a partir de poemas de Baldomero Fernández Moreno. Mostraron avances y están muy bien.
Lo interesante es que no caen en la ilustración anecdótica o lineal del poema. Trabajan a partir de lo que los toca, los conmueve, los inspira, y construyen casi otro poema. Eso sale de lo estrictamente académico, aunque lo implica.
También me escribió gente de una galería de arte. Y dos de las obras artísticas del congreso fueron compuestas especialmente para esta ocasión. Una fue el oratorio de Santiago Chotsourian, que ahora está ampliando. Hay muchas derivas posibles.
—Mencionabas que el vínculo entre Fijman y la música apareció como una línea fuerte.
—Sí. Fijman tocaba el violín, y eso siempre se dijo, pero falta estudiarlo en serio. Hubo un trabajo muy interesante de una alumna de la UCA que analizó Molino rojo en relación con una sonata de Corelli para ver cómo funcionaban las estructuras de una y otra.
Ese es un camino a recorrer, pero exige saber música. Quizá se puedan hacer encuentros más parciales: Fijman y la música, por ejemplo, invitando a músicos y especialistas. Hay que elegir muy bien. Se puede armar artesanalmente.
—¿Pensás en una continuidad para estas jornadas?
—Sí, aunque quizás no con un congreso tan grande. Fue mucho trabajo. Hubo más de cien personas, contando conferencistas, expositores y participantes. Si lo repitiera, tal vez haría algo más pequeño.
Creo que Fijman tendría que seguir funcionando como nodo. No necesariamente como único tema. Podría haber una jornada con Fijman como nodo, otra mesa con algunas conferencias, o encuentros sobre ejes específicos.
Una colega me dijo: “No dejaste nada para otro congreso, pusiste todos los ejes”. Y sí, puse muchos. Pero cada eje podría dar lugar a algo más chico.
—¿Cuáles serían las principales conclusiones que te dejó el encuentro?
—Que queda mucho por estudiar en Fijman. Que hay que acercarse más a su obra. Pero para eso tiene que gustarte la poesía o interesarte estudiarla.
También me quedó muy presente el problema de las historias de la literatura: cómo repiten y repiten lo que ya fue fijado. Creo que hay que cuestionar el lugar donde se ubicó tan ceñidamente a Fijman. Y creo que su caso no es el único.
Hay una tendencia a poner a los autores en compartimentos, en cajones. Eso da la impresión de que los podemos dominar. Pero hay autores que no entran en un cajón, o entran y queda un pedazo afuera.
—Vos trabajás mucho con ese tipo de autores.
—Sí. Yo los llamé en algún momento “los poetas de la violencia de la frontera”. Son autores que no podés encasillar. Cada uno genera su propio lugar. No pertenecen del todo a una escuela. Y eso invita a mirar de otra manera.
En varios de ellos hay que considerar lo metafísico, lo trascendente, la conciencia de la muerte. Eso incomoda bastante. Pero la literatura también está para incomodar.
—¿Creés que ciertas modas críticas también pueden dejar afuera zonas importantes de lectura?
—Sí. En los estudios literarios pasa mucho. A veces hay que leer a determinados críticos o teóricos y entonces todos estudiamos territorialización, desterritorialización, estudios de género, estudios queer. Todo eso está muy bien. El problema es cuando se vuelve excluyente.
Cuando algo no entra en esas categorías parece antiguo o fuera de marco. Y a mí me interesa ir contra la corriente. A esta altura ya no tiene mérito, es una vocación. Me pongo a estudiar aquello que casi nadie estudia.
—¿Esa vocación tiene que ver con el rescate?
—Sí, pero no es solamente rescate. Es como mirar un cuadro y ver qué te llama la atención. A mí me llama la atención eso que está un poco escondido, lo que no fue tan mirado.
También hay autores cuya figura se comió la obra. Fijman es uno. Pero pasa con otros: con Francisco Madariaga, con Héctor Viel Temperley, con poetas raros, místicos, fronterizos. A veces quedarse con el personaje es quedarse en la superficie. La expresión más importante de ese personaje es su obra.
—Para cerrar, después de esta celebración, ¿qué queda abierto?
—Queda mucho. Queda volver a mirar el programa, reunirnos, pensar una publicación, ver las derivas artísticas, pensar posibles encuentros más pequeños. Queda estudiar más a Fijman y leerlo mejor.
Y queda algo fundamental: no dejar que el mito del poeta loco tape la obra. Fijman merece ser leído de nuevo, con detenimiento, sin cerrar demasiado pronto el sentido. Porque cada vez que uno vuelve a su poesía, encuentra algo que todavía no había visto.






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