Desde hace más de medio siglo, la familia Hernández forma parte del paisaje de la calle Corrientes. Entre libros prohibidos, escritores amigos, discos de vinilo, libreros memorables y nuevas formas de comunicación con los lectores, la librería sigue siendo un punto de encuentro para quienes buscan algo más que un libro.
Tres generaciones en el oficio librero
Hay librerías que venden libros y hay librerías que construyen una memoria. Librería Hernández pertenece a esta segunda categoría.
Ubicada desde hace décadas sobre la calle Corrientes, su historia comenzó mucho antes de que el nombre Hernández apareciera en una marquesina. Damián Carlos Hernández, fundador de la librería, había ingresado al mundo del libro en 1956, cuando participó de una distribuidora creada por ex empleados de Emecé. Con el tiempo se convertiría en distribuidor, editor y librero, tres oficios que en su caso siempre estuvieron profundamente entrelazados.


Hoy son Marisú Hernández y su hija Mariana Leder Kremer quienes continúan ese legado familiar. Segunda y tercera generación al frente de la librería, recuerdan una historia que atraviesa buena parte de la vida cultural y política argentina. Marisú, médica especialista en terapia intensiva, recuerda haber trabajado desde niña en la librería, colaborando con tareas sencillas; si bien hubo momentos en que su profesión le impidió involucrarse completamente en la rutina diaria del negocio, no perdió nunca la conexión con el oficio de su familia.
La librería ocupó distintos espacios antes de establecerse definitivamente en Corrientes 1436. Hubo depósitos, sótanos, sociedades y otros locales. También hubo una intensa actividad editorial: Hernández publicó poesía, libros políticos y gran parte de la obra de Gregorio Selser, una referencia ineludible del periodismo de investigación latinoamericano.
Pero si hay un momento que aparece como una marca indeleble en la memoria familiar es la dictadura.
El sótano secreto
Mucho antes del golpe militar de 1976, Damián Hernández ya intuía que se aproximaban tiempos peligrosos. Había sufrido detenciones durante la dictadura de Onganía y conocía de primera mano los mecanismos de persecución política. Por eso, entre 1974 y 1975 comenzó a trasladar discretamente al fondo del depósito los libros que consideraba más vulnerables: ensayos políticos, textos de sociología, obras marxistas, publicaciones del Partido Comunista y buena parte de la bibliografía de izquierda que distribuía y vendía la librería.
El operativo se realizó casi de manera clandestina. En la parte posterior del depósito construyó un espacio oculto detrás de una estantería transversal, con una pequeña puerta de acceso. Allí fueron acumulándose miles de ejemplares mientras la situación política se deterioraba. Cuando comenzó la represión, Hernández llegó incluso a negar la existencia de determinados títulos a clientes y conocidos para evitar exponerlos o exponerse.

Tras el golpe, la presión sobre la librería se volvió cada vez más intensa. A comienzos de 1977, mientras Damián Hernández se encontraba fuera de Buenos Aires, fuerzas de seguridad realizaron una primera requisa. Durante días revisaron el local y secuestraron miles de ejemplares de sociología, política y pensamiento crítico. La librería fue clausurada y varios miembros de la familia resultaron perseguidos; su yerno permaneció detenido durante meses y el propio Hernández tuvo pedido de captura.
Sin embargo, el escondite permaneció intacto. Nadie encontró la biblioteca secreta.
La sorpresa llegó un mes y medio después. En una segunda inspección, los funcionarios parecían conocer exactamente qué estaban buscando; alguien del personal los había delatado. Bajaron directamente al sótano y se dirigieron al lugar donde se ocultaban los libros. En lugar de abrir la puerta disimulada detrás de la estantería, rompieron el panel lateral que cerraba el espacio. Del otro lado apareció una verdadera montaña de ejemplares.
Según consta en el expediente judicial, las autoridades registraron la existencia de aproximadamente 235.000 libros almacenados allí. La cifra era tan descomunal que resultaba imposible retirarlos todos. Tomaron muestras, confeccionaron inventarios y secuestraron parte del material, pero la mayor parte permaneció en el lugar.
Entre aquellos estantes se conservaban obras de Marx, Lenin, Trotsky, Mao Zedong y el Che Guevara; publicaciones de editoriales como Cartago, Anteo, Polémica y La Rosa Blindada; libros de Gregorio Selser, Osvaldo Bayer, Humberto Costantini y numerosos autores que integraban las listas negras de la época. Muchos de esos ejemplares siguen hoy en la librería, convertidos ya no sólo en libros, sino en documentos de una historia de censura y resistencia cultural.
Historias que sólo pueden pasar en una librería
La historia de Librería Hernández está hecha de lectores, escritores y encuentros inesperados.

Una de las anécdotas más recordadas involucra a la periodista y escritora Leila Guerriero. Durante un programa de la tv pública contó que, siendo muy joven y sin dinero suficiente, había robado un libro de la librería. Mariana Leder Kremer vio el programa y decidió escribirle para invitarla a una charla en la librería, sin mencionar el episodio. Lo que siguió fue un largo intercambio de correos electrónicos que se extendió durante meses y terminó con Guerriero finalmente accediendo a participar de una de las entrevistas organizadas por Librería Hernández. El libro quedó oficialmente perdonado.
Otra historia tiene como protagonista al cantautor uruguayo Daniel Viglietti, que durante sus visitas a Buenos Aires dejaba su guitarra en la librería para pasar a buscarla al día siguiente. En una comida entre amigos, Viglietti comentó que no tenía uno de sus propios discos; Marisú lo encontró en su colección y se lo regaló. Con el tiempo, la relación trascendió el ámbito profesional y se convirtió en una amistad entrañable con la familia Hernández.
Por la librería han pasado distintos personajes de la historia política argentina: Carrizo, Jauretche, Bayer. Todos han contribuido a la construcción de su identidad.
De lectores y libreros
La faceta de entrevistadora forma parte del trabajo que Mariana desarrolla en Hernández. Lo que comenzó como una manera de colaborar a distancia cuando vivía en Tucumán terminó convirtiéndose en una de las señas de identidad de la librería. Las conversaciones con autores, difundidas a través de redes sociales y plataformas digitales, ampliaron la tradicional vidriera de Corrientes hacia una comunidad de lectores mucho más extensa.
Aunque el contexto económico sea difícil, madre e hija coinciden en destacar algo que consideran fundamental: la persistencia de los lectores argentinos.
“Hay gente que espera el día del descuento, que compra en cuotas, que pide que le guardemos un libro. Siempre le encuentran la vuelta”, dice Mariana. Para ella, esa insistencia habla de una identidad lectora muy fuerte y de una red que involucra a autores, editores, distribuidores, libreros y lectores.
Quizás por eso Librería Hernández conserva un perfil tan particular. Es una librería generalista, pero con un fuerte acento en literatura y ciencias sociales. Sus lectores suelen buscar algo más que una compra rápida: buscan conversación y recomendación, una mirada crítica.
“No son vendedores, son libreros”, resume Mariana al describir a quienes trabajan allí. “Son personas formadas, estudiosas, que pueden recomendar desde el conocimiento”, agrega Marisú.
En una calle Corrientes que cambió muchas veces de rostro, Hernández sigue funcionando como un punto de referencia. Un lugar donde todavía es posible hablar de libros durante horas, recordar a los escritores que pasaron por sus mesas y descubrir libros que sobrevivieron a la censura.








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