María Isabel Bertone presentó Fragmentos de una memoria en la Librería Hernández
En conversación con Mariana Leder Kremer, la autora repasó el largo camino que convirtió recuerdos dispersos, experiencias de militancia, cárcel y exilio en un libro que busca ser, antes que una confesión personal, una pieza de memoria narrada desde la literatura.
“Hoy este libro va a hacer la primera comunión”, bromeó María Isabel Bertone apenas comenzó la presentación de Fragmentos de una memoria en la Librería Hernández. La frase provocó sonrisas entre los asistentes y condensó algo del clima de la tarde: la sensación de que, después de varias presentaciones y muchos años de trabajo, el libro comenzaba a desprenderse definitivamente de su autora para iniciar su propio recorrido entre los lectores.
La fecha no era una más. El encuentro tuvo lugar el 29 de mayo, aniversario del Cordobazo, una jornada que ocupa un lugar significativo en la biografía de Bertone y que sobrevoló discretamente la conversación. “¿Quién me iba a decir a mí, aquella jornada de barricadas, que iba a estar hoy presentando un libro en esta librería?”, comentó con emoción ante un auditorio integrado por amistades, lectores y compañeros de distintas etapas de su vida.
La presentación, coordinada por la periodista, fotógrafa y comunicadora audiovisual Mariana Leder Kremer, fue mucho más que una conversación sobre recuerdos personales. A lo largo de la tarde, ambas fueron recorriendo las preguntas que atraviesan el libro: cómo se construye una memoria, qué lugar ocupa la escritura en ese proceso y de qué manera una experiencia individual puede transformarse en un relato capaz de interpelar a otros.

Bertone recordó que durante mucho tiempo dudó de que su historia mereciera ser contada. Solía pensar que otras experiencias atravesadas por la violencia política y la represión habían sido más dramáticas o heroicas que la suya. La escritura, sin embargo, la condujo hacia otra conclusión: también las trayectorias menos visibles y las historias aparentemente secundarias forman parte de la construcción de una memoria colectiva.
“Eduardo (Jozami, quien prologa esta edición del libro) hizo una apología del ‘perejil’ que fue maravillosa; dijo algo así como que la historia nuestra estaba hecha de ‘perejiles’ en el sentido de seres anónimos que habían entregado muchas veces incluso su vida sin estar en el frente de la batalla”.
“Alguien me dijo: a vos no te pasó eso por casualidad; tenías una historia”, recordó durante la charla al evocar uno de los momentos decisivos que la impulsaron a escribir.
La escritura como reconstrucción
Uno de los aspectos más interesantes de la conversación fue la reflexión sobre el vínculo entre memoria y literatura. Bertone explicó que el libro no pretende ofrecer una versión definitiva de los hechos, sino una reconstrucción inevitablemente parcial.
El título, Fragmentos de una memoria, responde precisamente a esa conciencia de los límites del recuerdo. La autora señaló que la memoria siempre aparece hecha de escenas, destellos y episodios que regresan de manera discontinua. Incluso al releer el texto terminado, se pregunta cuánto pertenece al recuerdo y cuánto a la elaboración narrativa.
“Son flashes de mis recuerdos, flashes de una construcción”, explicó.
La decisión de utilizar el singular también responde a una postura ética: asumir que se trata de una mirada posible entre muchas otras, una memoria personal que no busca imponerse como verdad absoluta. Lo fragmentario, lejos de ser una limitación, aparece entonces como una forma de honestidad narrativa.
Escenas que permanecen
Leder Kremer destacó uno de los rasgos más logrados del libro: su capacidad para construir imágenes. A lo largo de las páginas, los episodios aparecen narrados con una intensidad visual que permite al lector reconstruir situaciones, diálogos y atmósferas casi como si asistiera a una película.
Consultada sobre ese trabajo de reconstrucción, Bertone explicó que muchas de esas escenas habían sido relatadas oralmente durante años, en ámbitos íntimos y familiares, antes de convertirse en escritura. El desafío consistió en encontrar una forma narrativa capaz de preservar la intensidad emocional sin abandonar el rigor testimonial.
Allí aparece otro de los ejes centrales de la obra: la tensión entre documento y literatura. El libro se apoya en hechos reales, pero también en herramientas narrativas que permiten organizar la experiencia, darle ritmo y convertirla en relato.
Historias del miedo
Aunque Fragmentos de una memoria recorre episodios de militancia, prisión y exilio, Bertone propuso durante la presentación una lectura que se aparta de cualquier tono épico. “Este libro podría llamarse de alguna manera historias del miedo”, señaló.
La frase ofrece una clave de lectura reveladora. Más que centrarse en grandes acontecimientos históricos, el libro explora cómo el miedo atraviesa la vida cotidiana, condiciona decisiones y deja huellas duraderas en la memoria. Desde esa perspectiva, la narración adquiere una dimensión íntima que complejiza los relatos más habituales sobre aquellos años.
Lejos de la figura del héroe, la autora se reconoció a sí misma como una participante más de una historia colectiva, alguien que atravesó circunstancias excepcionales desde una experiencia profundamente humana y vulnerable.

Tomarse la vida en serio
Durante la conversación surgió además una reflexión sobre la juventud y los compromisos tempranos. A partir de un pasaje dedicado a una amiga de adolescencia, Bertone evocó los años de formación en Santa Fe, la influencia de ciertos espacios religiosos y el descubrimiento de una vocación que más tarde encontraría continuidad en la docencia.
“Qué manera de tomarnos la vida en serio tan temprano”, escribe en uno de los fragmentos del libro.
La frase condensa una mirada retrospectiva sobre una generación que ingresó a la vida adulta cargando responsabilidades y compromisos de gran intensidad. En la charla, la autora relacionó esa experiencia con sus primeros pasos como educadora y con una forma apasionada de entender el vínculo con los demás.
La obligación del testimonio
Hacia el final de la presentación, la conversación volvió sobre una pregunta fundamental: para quién se escribe una historia personal.
Bertone recordó que, al comenzar el libro, no estaba segura de que su experiencia tuviera interés para otros. Sin embargo, a medida que avanzó en la escritura comprendió que el relato también permitía recuperar la memoria de muchas personas que compartieron aquellos años y que ya no podían contar sus propias historias.
“Casi que mi derecho a contar se transformaba en la obligación del testimonio”, afirmó.
La autora evocó especialmente a compañeros de militancia que fueron detenidos-desaparecidos y cuya presencia atraviesa las páginas del libro. En ese sentido, Fragmentos de una memoria funciona como un entramado de voces, nombres y recuerdos que exceden la experiencia individual.
Quizás allí resida uno de sus mayores logros: transformar una historia personal en una memoria compartida sin perder la singularidad de la voz que narra.
Al cierre de la presentación, Bertone volvió sobre una idea que atravesó toda la conversación: la necesidad de seguir leyendo, escribiendo y buscando nuevas formas de comprender el pasado y el presente. Después de años de dudas, silencios y borradores, Fragmentos de una memoria encuentra así su lugar en el diálogo entre literatura, experiencia y memoria.






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