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Escribir contra lo obvio: Alejandra Kamiya y el arte de decir mucho en cien palabras

Florencia Agrasar Avatar

En la Feria Internacional del Libro de Buenos Aires, la escritora compartió una serie de claves para participar del concurso “Buenos Aires en 100 Palabras”. Entre la concisión, la mirada propia y el rechazo a los lugares comunes, una poética de lo mínimo.

Una ciudad en cien palabras

En el stand de Cultura de la Ciudad, en el marco del concurso Buenos Aires en 100 Palabras, Alejandra Kamiya propuso pensar la escritura como un ejercicio de precisión y extrañamiento.

La consigna es simple —relatos breves de hasta cien palabras sobre la vida en Buenos Aires—, pero el desafío es mayor: cómo decir algo propio en un espacio mínimo, sin caer en lo evidente.

“Apunten a cada paso que van dando. Primero, desnaturalizar la mirada. Descubrir algo y atraparlo antes de que se vaya”, sugirió.


“El poco espacio es como tener una casa muy chica”

Si algo define el concurso es la limitación. Y Kamiya la convierte en potencia:

“Maximicen el uso del poco espacio que van a tener. Es como tener una casa muy chiquita: no vas a poner cualquier cosa.”

La escritora insistió en que cada palabra cuenta. Incluso el título —que no entra dentro del límite— es parte del juego: no debe repetir ni anticipar lo que el texto ya dice, sino expandirlo.

En esa economía del lenguaje, la corrección también ocupa un lugar central. Escribir, para Kamiya, es primero capturar una intuición y luego trabajarla: pulir, ajustar, volver sobre el lenguaje.


Alejandra Kamiya comparte su mirada sobre la escritura para el concurso “Buenos Aires en 100 palabras”.

Contra el piloto automático

Uno de los ejes más fuertes de su intervención fue el rechazo a los clichés. En una ciudad tan narrada como Buenos Aires, la tentación de nombrar lo reconocible —el Obelisco, los cafés, las esquinas típicas— es inmediata.

Pero Kamiya propone lo contrario:

“No necesito nombrar el Obelisco para decir que estoy en Buenos Aires.”

La clave está en esquivar lo obvio o, incluso, usarlo en contra. Como en el ejemplo que retoma de un ejercicio de taller: si una escena parece predecible, hay que torcerla.

“Usen los presupuestos del lector para ir en contra”, señaló. Desarmar lo esperado es una forma de construir sentido.


Encontrar la voz propia

La pregunta por la voz —cómo encontrarla, desde dónde narrar— aparece como una preocupación recurrente entre quienes empiezan a escribir. Kamiya no ofrece una fórmula, pero sí una dirección:

“Cuando uno desnaturaliza, aparece la voz propia.”

Para la autora, lo “naturalizado” está cargado de voces ajenas. Escribir implica, en parte, despejar ese ruido y construir una mirada singular. En ese camino, la tradición no es un peso sino un diálogo: leer a otros, conversar con esas voces, pero sin imitarlas.


La autora interactuó con la audiencia e intercambió experiencias relacionadas con la escritura literaria.

Ir a lo mínimo

En línea con la brevedad del formato, Kamiya insistió en reducir el foco:

“No intenten retratar la ciudad. Fíjense en un detalle.”

La referencia puede ser una esquina, un objeto, una palabra. Lo pequeño, lejos de empobrecer el relato, lo vuelve más preciso. En ese sentido, evocó una idea que atraviesa también a la poesía: la condensación extrema del lenguaje como forma de intensidad.

“La verdad está en lo mínimo”, sugirió, retomando esa ética de la concisión.


Escribir desde cerca

Para quienes recién empiezan, la recomendación es concreta: no buscar narradores demasiado lejanos ni artificios complejos. Trabajar con lo cercano, con lo propio.

“Pinten su cuadra, o un detalle de su cuadra, y ahí va a estar lo universal.”

La cita resuena con la tradición —de León Tolstói a Jorge Luis Borges— pero se reformula en clave práctica: no hace falta abarcarlo todo para decir algo significativo.


Una invitación a escribir

Más que una serie de reglas, las palabras de Kamiya funcionan como una invitación. El concurso, como los talleres, no busca encorsetar sino abrir posibilidades.

Escribir cien palabras puede parecer poco. Pero, como quedó claro en la charla, ese límite es también una puerta: hacia una mirada propia, hacia una forma de leer la ciudad —y de leerse— de otro modo.


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