
Por Teresa Teramo
La acuarela es una técnica que exige humildad. El agua corre, el pigmento se expande y el blanco del papel —lejos de ser ausencia— se convierte en luz, en aire, en respiración. No se trata de cubrir, sino de sugerir; no de afirmar, sino de insinuar con transparencia. En ese equilibrio delicado, Juan Pablo Germade le da color a Buenos Aires: a sus esquinas parisinas, a sus avenidas anchas, a sus cúpulas que emergen entre sombras.
Ilustrador de la tapa de Argentina, la novela de Dominique Bona (Hoja por Hoja, 2025), Germade no llegó al arte desde la pura espontaneidad, sino desde el rigor. “El dibujo plástico me gustó desde siempre”, recuerda. Sin embargo, su formación inicial estuvo ligada al dibujo técnico en la escuela industrial: perspectiva reglada, precisión, método. Con el tiempo sintió la necesidad de “deconstruir y humanizar” aquella base.
En esa tensión —estructura y libertad, detalle y síntesis, arquitectura y atmósfera— se juega buena parte de su obra. “Me considero arquitecto de profesión y artista plástico por vocación”, afirma. La arquitectura le dio una mirada detallista y la costumbre de levantar la vista en cualquier ciudad para reconocerla como tal. Pero también le dejó cierta rigidez: “El querer resaltar el detalle de las cosas que a veces compite con la abstracción que debe tener un dibujo para resaltar más las luces y sombras”. En esa competencia se despliega su búsqueda.

El renacer en Florencia y la ciudad luz que iluminó la mirada porteña
Si hubiera que señalar un punto de inflexión, habría que viajar a 2018. Su primer viaje a Europa —y en especial a Florencia— fue decisivo. Las callecitas estrechas teñidas de ocre y la cúpula de Santa Maria del Fiore asomando en el horizonte marcaron un antes y un después. “Podría decir que la ciudad renacentista por excelencia tuvo que ver con ese renacer en mi pintura”, sostiene.
No fue solo un impacto estético, sino una ampliación de conciencia histórica. Italia, su sol intenso —y con él sus sombras profundas—, y también París, la ciudad luz, expandieron su horizonte visual.
Aunque menciona como referencia al acuarelista uruguayo Álvaro Castagnet —“uno de los más expresivos que conozco”—, su método no es imitativo. En sus obras, Buenos Aires dialoga con París no desde la copia, sino desde una afinidad histórica y simbólica. En una esquina porteña puede escucharse que “parece París”; y en París, a veces, surge la sensación inversa. ¿Qué comparten? “La elegancia, el querer resaltar, no pasar inadvertida, la búsqueda del detalle, esos remates, sus hermosas cúpulas”.
Entre 1880 y 1930, ese estilo buscó proyectar una imagen de poder y sofisticación. Con el tiempo dejó de ser aspiración para convertirse en identidad. El vínculo Francia–Argentina, dice, no es forzado: “Surgió de manera espontánea y natural. Está ahí, presente, esperando a quien quiera mirar”. La clave, entonces, es la mirada. La disposición a detenerse.
La acuarela: luz, fragilidad y movimiento
¿Por qué la acuarela? Porque le ofrece libertad. “El pigmento y el agua tienen su propia intensidad y sugieren ciertas transparencias; trabajar por capas permite lograr la intencionalidad de la obra a medida que transcurre”. La técnica no es solo un medio: es una forma de pensamiento.
Tradicionalmente considerada menor frente al óleo, la acuarela alcanzó reconocimiento histórico con Turner. Más allá de esa legitimación, para Germade su valor reside en la practicidad y, sobre todo, en su capacidad de capturar la luz.
Trabaja primero desde la observación directa, desde el encuentro con el paisaje urbano, y luego utiliza la fotografía como encuadre y límite físico. Si la imagen no contiene la luz adecuada, la inventa. La luz es la verdadera protagonista: “Las obras que más me gustan son aquellas en las que logro reflejar con mayor eficiencia las luces y sombras”. Aun así, la tensión persiste: el detalle arquitectónico puede distraerlo de esa búsqueda.
La tapa de Argentina: del muro al mundo
Una de sus acuarelas fue elegida como portada de Argentina, de Dominique Bona, en su versión en castellano. ¿Qué implica que una imagen dialogue con un texto literario? “Es lo lindo y sorprendente de realizar obras en principio para uno mismo, por placer: no se sabe qué rumbo o propuestas pueden llegar”.
Convertirse en portada significa, en sus palabras, pasar “del anonimato al mundo”. Ya no es solo una imagen en un muro o en un perfil de Instagram: es parte de una obra literaria que abre itinerarios culturales y amplía miradas.
La imagen elegida condensa el asombro del protagonista europeo que llega a Buenos Aires y se encuentra con una ciudad llena de glamour y de contrastes inesperados. La acuarela no solo ilustra: interpreta. Anticipa la atmósfera en la que se mueve Jean, el personaje central.

Pintar como arquitecto, artista y caminante
“No se deja el overol de arquitecto al comenzar a pintar”, afirma. “Uno pinta con todo lo que lo define”. Esa integración explica la densidad de sus obras.
Hay también una dimensión de memoria urbana. Más de una vez alguien reconoció en sus acuarelas una esquina o un edificio ligado a su historia personal: “Yo trabajé tantos años por ahí… qué lindos recuerdos”. La ciudad, filtrada por el agua y el pigmento, activa fibras dormidas. El arte funciona así como dispositivo de memoria.
Frente a una Buenos Aires que cambia con rapidez, le interesa preservar el patrimonio arquitectónico, la mezcla de tipologías urbanas que conviven, la ciudad que es y la que alguna vez fue. Hay, admite, “siempre un dejo de melancolía”.

Hacia una mayor abstracción
Actualmente no trabaja en una serie específica: el impulso aparece cuando una imagen lo convoca. Tras un viaje a Nueva York en 2025, planea abordar los contrastes tipológicos de esa ciudad.
En cuanto al futuro de su obra, anticipa un desplazamiento: “Me imagino más abstracta y menos detallista, para resaltar la intencionalidad de las luces, sombras y trazos”. Quiere trabajar en ese límite “al que parezca pero no sea del todo”, en diálogo con el movimiento de acuarelistas urbanos que más lo inspiran, aunque su estilo mixto y contradictorio seguirá marcando el ritmo de ese cambio, necesariamente paulatino.
Si tuviera que definir su trabajo en una frase, elige esta: “Calles y esquinas se materializan en tinta y acuarela buscando ser reconocidas e inmortalizadas”. Quizá allí resida el núcleo de su propuesta: no pintar ciudades para fijarlas, sino para devolverlas a la mirada. Para que quien pase por una esquina cualquiera —en Buenos Aires, en París, en Florencia o pronto en Nueva York— vuelva a levantar la vista y admirarla.






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