Santiago Farrell es traductor, novelista y ahora autor del flamante libro de cuentos “Volaterías”. En charla con Hoja por Hoja, reflexiona sobre el oficio de escritor, el lenguaje y los desvíos imaginativos que dan forma a su nuevo libro.
Nacido en Morón en 1986, Santiago es autor de la novela János (Añosluz, 2020). Volaterías (Caburé, 2025) es su primer libro de cuentos. Traductor de profesión, llegó a la escritura sin darse cuenta durante muchos años.
Abrís “Volaterías” con una cita del Quijote sobre la intención de deleitar. ¿Cuáles son tus objetivos cuando escribís?
Cuando escribo, al principio no pienso en el lector. Soy mi primer lector, o mi primer autor. Me pregunto si puedo llegar hasta el final.
Para mí hay dos clases de ideas: las que tienen formato de cuento y las que dan para algo más largo. En János, por ejemplo, la idea era: ¿qué pasaría si las emociones que sentimos al leer fueran una droga? Esa idea tenía miles de aplicaciones y dio lugar a una novela.
En un cuento, en cambio, la idea suele ser más simple. Por ejemplo: ¿qué pasaría si la gente tratara a sus mascotas como hijos, pero de verdad? Eso no necesita un largo aliento.
Yo empiezo siempre así: tengo una idea, ¿hasta dónde llega?, ¿cuántas vueltas le puedo dar? No planifico mucho. Una vez lo hice, armé una maqueta durante meses y después usé el 2% de lo que había planificado.
Hay esta división arbitraria entre escritores que apuestan a la forma y otros al contenido. Yo tiendo a divertirme con la forma, con cómo está escrito. En Volaterías eso se nota: hay algo barroco, un juego con el lenguaje. El desafío era cómo narrar el disparate, cómo convertirlo en cuento.
Como decía Juan Filloy, uno de mis autores favoritos, lo único que está vedado al escritor es aburrir. Si aburrís, tiran tu obra al demonio y agarran otra cosa. Y hoy, con estímulos cada diez segundos, leer una novela es casi una inversión. El lector de largo aliento es alguien que se compromete con algo exigente.
“Lo único que está vedado al novelista es aburrir.”
¿Cómo nace Volaterías como título?
Es una palabra que llegó después de la experiencia que describe. Yo siempre tuve volaterías, lo que en inglés es el daydream. Estar en las nubes, imaginando disparates.
Leyendo el Quijote descubrí la palabra y fui al diccionario. Me encanta leer definiciones: uno cree saber qué significa algo y después se sorprende. Cuando leí “volaterías” fue como decir: esto es exactamente lo que siempre tuve. Ya estaba escribiendo algunos cuentos y ponerle nombre a eso fue muy concreto. Por eso también la referencia al canónigo de Toledo.
Además, la idea de volar asociada a la distracción, la locura, el disparate, me parecía perfecta. Igual, los títulos me cuestan muchísimo. Para mí nombrar es algo del orden de lo terminado, y siempre es lo último.
“Me gusta la ironía que aparece sin intención, cuando el personaje no se da cuenta de lo que está diciendo”
En tus cuentos aparece mucho la ironía. ¿Cómo te llevás con ese recurso?
No es algo que busque activamente. Me gusta más la ironía que surge sin intención: cuando el personaje no se da cuenta de lo que está diciendo, o cuando se arma una ironía del destino sin que yo la haya planeado.
En general, la ironía aparece sola. Me pasó con János: yo creía que era una novela sobre escribir, y en un taller Hernán Vanoli me dijo que en realidad era una novela sobre leer. No lo había pensado, pero era cierto. El inconsciente tiene un lugar enorme en el proceso artístico.
Después está el placer de la autolectura: leer el texto terminado y descubrir cosas que no sabías que habías escrito. Aunque siempre encontrás algo para cambiar.

Muchos de tus cuentos abordan temas relacionados con la tecnología y el lenguaje, o mejor dicho, el metalenguaje. ¿Qué aspectos te interesan más?
El interés por el lenguaje viene de mi profesión. Siempre me fascinaron los idiomas, cómo la misma cosa se dice de formas distintas. Por ejemplo, que en español el que siente una emoción sea el objeto y no el sujeto.
La tecnología es una excusa. Lo que me interesa es el pequeño desplazamiento de la realidad que habilita el disparate. En Toad’s Lost Days, por ejemplo, el dispositivo es básicamente un audífono al revés. El autocorrector nos jugó malas pasadas a todos. A partir de ahí aparece algo disparatado, pero amable. Un Black Mirror no siniestro.
“La tecnología es una excusa: lo que me interesa es el pequeño desplazamiento de la realidad que habilita el disparate.”
La isla de los nuevos macunas tiene un trabajo enorme de invención lingüística y cultural. ¿Cómo fue ese proceso?
Fue divertidísimo. La idea base era: si la palabra no existe, el objeto no existe, lo cual no es verdad; si no, no podríamos hablar de conceptos abstractos. Empecé a pensar el idioma, armé reglas gramaticales, borré letras que no me gustaban. Ahí aparecen mis obsesiones de traductor. Tenía un documento breve donde apuntaba reglas gramaticales, era un entretenimiento muy, muy divertido. Buscaba que no se parezca en nada al español, me ayudó muchísimo mi experiencia estudiando húngaro que es un idioma muy distinto al español; decidí tomar algunas cosas de ese idioma. También decidí borrar letras, en general todas las fricativas. Pensaba mucho en el autor de Game of Thrones que ha narrado varias veces la dificultad para terminar sus libros, tiene toda una saga y no puede terminar el último porque está haciendo malabarismo con demasiadas pelotas al mismo tiempo.
Todo eso se mezcló. Podría haber sido una novela corta, pero quedó como un cuento largo. Fue un desafío y un disfrute.
“El disparate no es solo humor, tiene capas: aparecen el ensimismamiento, fallas de comunicación, vínculos rotos.”
Si tuvieras que definir el género de “Volaterías”, ¿cuál sería?
El disparate. Ese es el género. Hubo ideas que descarté porque no eran volaterías. No era política, no era otra cosa: simplemente no entraban ahí.
Todos los cuentos son disparates, pero tienen capas. Hay ensimismamiento, fallas de comunicación, vínculos rotos. Personajes que piensan por el otro, que no dicen lo que deberían decir. Eso atraviesa todo el libro.
Para cerrar, ¿en qué proyectos estás trabajando ahora?
Tengo dos. Uno es una novela que terminé hace unos tres años. János la escribí en 2016, se publicó recién en 2020, en plena pandemia, y eso disparó Volaterías, que escribí en unos ocho meses.
El otro proyecto es una novela que empecé en 2018 y terminé un año y medio después. Se llama Todos los lunes del universo. Transcurre en un solo día, en un pueblo, y cada capítulo sigue a un personaje distinto. Es menos humorística y tiene muchas de mis preocupaciones formales.






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