La editora y periodista Mariana Creo convirtió una investigación personal —hecha con viajes, visitas guiadas y bibliografía rastreada como un rompecabezas— en una edición de autor publicada en 2025. En De huéspedes y hoteleros narra la vida y las leyendas (y lo que hay detrás de ellas) del Club Hotel de Sierra de la Ventana, el Boulevard Atlántico, el Hotel Viena y el Edén.
Hay historias que circulan como postales: una fachada imponente, un dato repetido, una leyenda que se impone sobre lo verificable. De huéspedes y hoteleros nace, justamente, del impulso de ir más allá de la imagen fija. Mariana Creo —periodista egresada de la UCA y con casi tres décadas de trabajo en la industria editorial— empezó “por berretín”: una curiosidad compartida con una amiga, unas fotos familiares, una chispa que se encendió con el Edén y terminó en un itinerario de viajes y lecturas que la llevó por cuatro grandes hoteles argentinos.
El libro, publicado en 2025, reconstruye la historia del Club Hotel de Sierra de la Ventana (Villa Ventana), el Boulevard Atlántico (Mar del Sur), el Hotel Viena (Miramar de Ansenuza) y el Edén (La Falda). Pero, además, deja ver algo que suele quedar oculto: el proceso de trabajo. Cómo se arma una investigación cuando las fuentes son fragmentarias; cómo se decide un tono de divulgación sin perder rigor; cómo se escribe con método (y con tiempo); cómo se edita con la experiencia de años en el oficio; y qué implica, en la práctica, hacerse cargo de todo: texto, diseño, impresión, circulación.
Tenés una trayectoria larga en la industria editorial. ¿Por qué elegiste edición de autor?
Porque esto empezó como un berretín. No tenía horizonte de publicación, nunca lo tuvo. Y después viste cómo es: “¿y si escribo algo?”, “¿y si escribo el segundo capítulo?”, “¿y si lo termino?”, “¿y si lo diseño?”. Meterme en una editorial implicaba firmar contrato, ceder derechos, un montón de cosas en las que honestamente no tenía interés. Yo quería contar esto y, bueno, hasta acá llegué.

Eso también te obligó a tomar muchas decisiones. ¿Cómo fue el proceso? ¿Arrancamos por la escritura?
Sí. Yo soy egresada de Periodismo de la UCA, con una formación muy volcada a lo gráfico. Ese es mi hábitat: escribir, leer, comprar libros, informarme a través de ellos y entretenerme con ellos. Y además tengo casi 30 años en editorial, que me enseñaron, fundamentalmente, lo que no tengo que hacer: el libro extenso, denso, muy sesudo. No digo que no tenga su lugar, pero no era el registro para esto, que es una investigación de aficionada, esa es la definición.
El tono es muy de divulgación, de contar una historia. ¿Eso fue deliberado?
Sí. Era la intención: que sea riguroso, con respaldo y fuentes, pero también atractivo. No quería que quedara como algo pesado o inaccesible.
¿Por qué te llamó la atención este tema, que en otros ámbitos a veces da la impresión de quedar reducido a una foto: “el Club Hotel” y listo?
Con una amiga nos gustan las cosas antiguas y, como en broma, surgió la idea. Ella, muy aficionada a la fotografía, me dijo: “Vení a casa, tengo fotos antiguas de la boda de mi abuela; me parece que tuvo la luna de miel en el Edén”. Al final llegamos a la conclusión de que no era el Edén: investigamos postales y demás. Pero ahí se encendió algo, una chispa.
¿Vos ya conocías esos hoteles?
De los cuatro, yo solo había estado en el Edén un par de veces, porque soy fan de Córdoba. Lo visito cada vez que voy y había visto sus avances y mejoras. Mi amiga después se bajó del proyecto, pero a mí ya me había quedado la chispa.
¿Y cuándo se volvió trabajo sostenido?
En enero de 2020 me propuse visitar todos los lugares, porque si no, no era serio. Visité el Club Hotel en Villa Ventana, volví y en marzo fue el cierre por pandemia. De repente tuve un tiempo libre inédito. Dije: “Es el momento”. Al calor del viaje reciente escribí el primer capítulo.

Ahí aparece una clave tuya: escribir “en caliente”. ¿Por qué?
Porque si no después te olvidás, se te va el entusiasmo. Y soy bastante obsesiva e hiperresponsable: escribir el primer capítulo me creó la obligación del segundo. Descubrí que esa era la fórmula.
¿Tuviste algún apoyo institucional: oficinas de turismo, cultura, algo así?
No. Y ahora que el libro ya existe a veces lo pienso: quizá debiera encarar esa segunda parte. Lo que hice fue otra cosa lateral: en pandemia estudié guion, concretamente guion documental, e hice el tratamiento de una docuserie del Club Hotel, de cinco o seis episodios, donde en el marco de una ficción se contaba la historia del hotel. Lo registré, pero no se filmó ni se subió: quedó escrito.

¿Cómo elegiste los hoteles?
Es un poco azaroso. Tenían que ser lo suficientemente antiguos e interesantes, y tenía que haber información. En Argentina hay muchas historias, pero se acaban en media página porque no hay fotos, testimonios, bibliografía: es un horror. Y además tenían que ser destinos accesibles para mí, en el marco de vacaciones personales y con mi autito.
¿Buscabas también que no fueran historias “quemadas”?
Sí. Porque estamos en la era de la reiteración: se copia, se pega y se repite 800 veces, no importa si es cierto. Y lo peor es que el mismo error queda replicado en todos lados. Nadie verifica.
¿Con cuál empezaste?
Con el Club Hotel, en Villa Ventana, una región que yo no conocía. Me asombró muchísimo. En los cuatro pasa algo: siguen siendo edificios imponentes, aunque estén destruidos. El Club Hotel, si lo mirás, es una pila de ladrillos, pero hay una personalidad, una impronta. Te hace pensar: “Por eso eligieron este lugar; había algo visionario”.
¿Cómo fueron las visitas a los otros?
El Boulevard Atlántico fue el que menos pude ver por dentro; en ese momento no se podía entrar. Estaba con andamios, un perro con mala cara en la puerta… hablé con vecinos, pero fue desde afuera. Después se hizo una puesta en valor con un bar y actividades culturales, aunque muchas veces esas intervenciones tienen costos arquitectónicos: “planchar” fachadas, pintar, etcétera.
En Córdoba hice los dos: el Edén, al que ya había ido varias veces y ahora está muy puesto en valor, y el Hotel Viena, que fue una sorpresa absoluta. Está en un lugar increíble y a la vez inhóspito; todavía hoy es de difícil acceso, en el sentido de lo aislado. Y no tiene nada que ver con la imagen típica de Córdoba: no es sierra, no es lo turístico clásico.
En el libro aparece una tensión: la leyenda se impone sobre la realidad. ¿Cómo trabajaste eso?
Hay algo así como que “los relatos matan el dato”. El caso del Viena es patente: te cuentan al “pobre señor” que construye el hotel por agradecimiento a los barros curativos para el hijo con psoriasis… y uno pone cara de que sí. Pero cuando investigás un poco, no se entiende: era empleado de una empresa, y levanta un edificio desproporcionado. Para mí es claro que funciona como testaferro de capitales alemanes. Y el hotel tiene pinta de clínica: muchas habitaciones de una cama con baño privado. La leyenda es atractiva, pero los indicios cuentan otra cosa.

¿Te cuestionaron esa mirada “desmitificadora”? ¿Te llegó alguna repercusión?
No, porque yo cuento todo y cada uno saca sus conclusiones. Además hay mucha ignorancia sobre la Segunda Guerra Mundial y sus redes; no hace ni 100 años y sin embargo hay una ignorancia supina. Y en Argentina hay una lógica de no dejar testimonio: demolamos, tiremos abajo, no queda nada.

¿Qué fue lo más difícil y lo que más disfrutaste del proceso de escritura?
Lo más difícil y a la vez lo que más me gustó es el rompecabezas del capítulo. Tenés todo desordenado: información de una visita guiada, de un libro, de otro. Hay que encontrar puntos en común, ordenar el caos y contar una historia con un recorrido A-B-C-D. Rigurosa, con fuentes, pero atractiva. Y es muy “a lo Borges”: un libro te lleva a otro; terminás uno, vas a la bibliografía, buscás el siguiente, lo rastreás, algunos online, otros por Mercado Libre… hasta que necesitás decir “stop” y tener criterio.
¿Tenías una rutina para escribir?
Sí: yo no me sentaba si no sabía que tenía cuatro o cinco horas por delante. No es algo de “le dedico 40 minutos”. Me sentaba cuando sabía que tenía, por ejemplo, de 7:30 a 11:30 de la noche. Porque cuando entrás en calor, estás en lo mejor. Y a mí misma me tenía que quedar claro para poder contarlo: acumular info sin criterio, no.
Si continuaras el proyecto: ¿por dónde irías?
Tenía una microlista para un apéndice que al final no hice; quizá sea para un segundo libro. Por ejemplo, el Hotel Villavicencio en Mendoza: cuando fui hace dos años estaban por armar una habitación para que el visitante pueda imaginar cómo era, porque a veces el saqueo no deja ni un cuarto armado.
En tu investigación aparece una pregunta de fondo: ¿por qué algunos perduran y otros se derrumban?
No sé si hay una regla. Sí aprendés que los hábitos de vacaciones cambiaron muchísimo. Antes, las familias pudientes se iban meses: viajaban en grupos grandes, con niños, niñera, mucama, perros, todo. Se tardaba mucho en llegar: no era un viaje de dos o tres días. Y muchos hoteles eran pequeñas ciudades: se autoabastecían de todo, desde lavar ropa hasta producir comida. Eso se terminó.
Hay dos momentos: antes y después de las vacaciones masivas/sindicales y la explosión de Mar del Plata en los 50. Después cambian la temporada, la conectividad, los tiempos, la posibilidad de viajar al exterior. Esas estructuras fastuosas se vuelven difíciles de sostener y difíciles de reconvertir: no es un galpón al que le cambiás el uso fácilmente.
Mencionabas la conectividad como clave.
Total. El Boulevard Atlántico, por ejemplo, nunca recibió el tren: el tren llega hasta Miramar. Eso es determinante. Lo que tiene estación cerca explota; lo que no, queda relegado. Cuando se ideó el hotel, el tendido parecía venir… y después no.

También aparece el tema del territorio: médanos, laguna, inundaciones…
Sí. En Mar del Sur hay un problema serio con los médanos: levantás algo y la arena avanza. Y en Miramar de Ansenuza, la laguna crece y cada tanto se lleva todo puesto: en los 70 fue muy próspero y después vino el desastre. Es una mezcla de ambición, temeridad, falta de estudios, o la idea de que “no va a pasar”.
Si pudieras elegir uno para conocer como huésped, ¿cuál sería?
El Viena, sin duda. No tiene sentido. El clima es sofocante, es una olla de humedad. Es plano, da miedo. La arquitectura es fría: cocheras, torre, un conjunto poco acogedor. No tiene el glamour tipo “Titanic” que sí se puede imaginar en el Edén o incluso intuir en el Club Hotel. En el Viena hay un aura pesada.

¿Te encontraste con personajes memorables en el camino?
Sí: las hermanas que están al frente de las visitas en Miramar. Patricia, que guía en el Viena, y su hermana Mariana, que está en el museo de Miramar, que además cuenta la historia de la laguna y las inundaciones. Son fanáticas de su región; cuando hablan entran en un “mood” increíble.
¿Cómo se consigue el libro?
Me contactan por redes (Instagram, por ejemplo), arreglamos el pago y lo envío. Fue una venta hormiguita, tranquila. El libro no nació pensando en un circuito ortodoxo.

¿Te interesa presentarlo?
Sí, lo pensé, pero el fin de año me agarró rápido. Igual me gustaría: como un broche del trabajo. Apenas salió y lo publicité, hubo gente que pedía presentación, música, juntada… es una deuda pendiente.
Para cerrar: si alguien quiere visitar los hoteles, ¿qué recomendás?
Soy muy defensora de las visitas guiadas: son una gran puerta de entrada. Cada hotel tiene su propuesta.
El Club Hotel en Villa Ventana no es de acceso libre: hay tranquera y se entra con guiada. Y hay un museo en el pueblo con objetos (vajilla, libros de pasajeros, recuerdos) que no están en el hotel.
El Edén tiene visita diurna y nocturna: la nocturna es divertida, con humor y recursos de “terror”, y también aporta información; incluso te hace pensar cuestiones concretas, como qué pasaba cuando moría gente por tuberculosis.
En el Viena, la nocturna es muy buena: se recorre solo con la luz del celular, y la atmósfera cambia por completo. No se queden con la foto o con lo que se ve en internet: estar ahí es otra cosa. Conocer es amar, y cuanto más los conocés, más entendés que son patrimonio y que hay que cuidarlo.






Deja un comentario