Guido Franco Ferrari es artista y viajero. Su obra, profundamente ligada a la experiencia directa de la naturaleza, se inscribe en la tradición de la pintura au plein air, pero también en una búsqueda personal, espiritual y sensorial del paisaje.
El óleo Dos vuelos, que ilustra la tapa de Temporada baja, de Florencia Agrasar, la primera novela publicada por la editorial Hoja por Hoja, condensa muchos de los elementos centrales de su trabajo: la Patagonia, el otoño, el silencio, la presencia simbólica de las aves y una mirada atenta a lo prístino.
En esta entrevista, Guido recorre su camino como artista, sus maestros, su modo de trabajar y el vínculo íntimo que establece entre pintura, naturaleza y experiencia vital.
¿Cuándo decidiste —o cómo decidiste— que querías ser artista? ¿Cómo fue ese proceso?
Bueno, en realidad fue aceptarlo. No fue una decisión: estaba decidido desde que nací, me parece. Era más fuerte que yo. A los veinte años, porque ya no podía más, dije: bueno, me animo.
Cuando tomé la decisión, me acuerdo de que les escribí a mi viejo y a mi vieja y, a la semana, sucede algo increíble: me invitan a exponer en una galería en Manhattan. Sí, fue como: “Tomá, te decidiste y acá tenés”.
Yo venía subiendo todas las pinturas a un blog, porque tenía un trabajo en una empresa de videojuegos, y cada vez que volvía del laburo de ocho horas me ponía a pintar. Imaginate las ganas que tenía. Ese blog hoy es mi página web. En un momento ya tenía material de sobra; ahí lo vieron y me contactaron. Pero primero vino la decisión y después vino la invitación.
“No fue una decisión: estaba decidido desde que nací.”
¿Y esa exhibición fue la que te dio el puntapié para decir “esto es lo mío, me dedico a esto”?
Sí, fue el impulso. O sea, ya tenía la decisión; incluso esa semana con mi viejo ya estábamos planeando cómo hacer para empezar a desarrollarme con la pintura. Y los pasos a seguir eran volverme a Villa La Angostura a pintar. Yo vivía en Buenos Aires porque estaba estudiando. Entonces el plan era volver a Angostura, hacer una serie en óleo o en algún otro medio y empezar a exhibir, a ver cómo reaccionaba la gente acá y si había una salida real. Todo eso pasó en una semana.
Cuando leo el mail de invitación a Manhattan no lo podía creer. Todo lo que había organizado se podía hacer, y encima con un objetivo que venía de afuera.
¿Cómo fue tu formación? ¿Sos autodidacta?
No me gusta decir autodidacta porque la palabra me parece pedante. Muchos maestros tuve y tengo, y estoy aprendiendo constantemente. Fundamentalmente aprendí con un par de personas que se cruzaron en mi camino, por decisión y porque tenían que aparecer.
Uno es Georg Miciú, austríaco, radicado en San Martín de los Andes hace cuarenta años. Para mí es un maestro de la Argentina. El mercado argentino del arte tiene un sistema muy cerrado: hay unos pocos que deciden quién pasa a la historia.
Después otra persona de La Plata, Alfredo Yuen, que hoy es amigo. Georg también es amigo. Y luego varias personas de Europa, como Tibor Nagy, un eslovaco que me recibió en su casa. Personas que fui conociendo y que cambiaron mi forma de ver el arte y la pintura.

¿Sentiste que querías modelarte en ellos, tomar estilos pictóricos o técnicas?
Sí. De Georg, por ejemplo, la espátula. Yo ya había probado la espátula, pero cuando conocí a Georg en persona fue un antes y un después. Ver el color y la aplicación de la espátula me “flasheó”.
Él nunca me enseñó de manera directa, nunca me dijo “tenés que poner la espátula así o asá”, pero sí me vi completamente influenciado. Lo visitaba constantemente, todos los fines de semana estaba en su casa.
Vi en un video de tu cuenta de Instagram que hacés tus propias espátulas. ¿Cómo es eso?
Sí. Como no hay en el mercado la forma y el tamaño que quiero, las tuve que hacer yo, a partir de un serrucho. La que más uso es esta, por la flexibilidad y el largo. Tiene que ser rígida cerca del mango y flexible en la punta. Así puedo controlar la cantidad de material que aplico.
El lienzo es súper sensible; una espátula rígida puede lastimarlo. Esta fue la primera o la segunda que hice y fue un éxito: era justo lo que necesitaba.
Contanos qué significa pintar “au plein air”.
Desde la Revolución Industrial los impresionistas empezaron a formalizar esta escuela. A mí siempre me gustó, pero no pinto al aire libre por una cuestión teórica. Mi conexión con la naturaleza viene de antes de la pintura. Me gusta mucho experimentar la naturaleza, sobre todo en lugares prístinos. Simplemente uní lo que a mí me gustaba hacer, que es pintar, con eso. Resulta que hay una escuela de esto y es el Impresionismo. Y me veo muy afín a esa escuela.

¿En qué lugares pintaste?
En Argentina en casi todas las provincias; de norte a sur, me faltan algunas del norte. No es que voy contando. Simplemente, se desplegaron los viajes y yo dije “sí” a todos. Me invitaban a un lado e iba. Y así fui pintando lugares y reservas, sobre todo parques nacionales y reservas. Ahí hay lugares que a mí me interesan. Por ejemplo, las Cataratas de Iguazú; no es algo que me interese porque es una reserva, sino porque realmente es algo único.

Sí, indudablemente. ¿Y pintaste fuera de la Argentina algún otro lugar?
Sí, un montón de lugares. El caballete de pintura de viaje que tengo tiene cuatro continentes. El primer viaje a Manhattan marcó una forma de trabajo. Lo aproveché, porque podría haber mandado los óleos y ya, eran seis creo; pero dije, “bueno, voy a aprovechar, voy a viajar, voy a conocer el mercado de pintura en Estados Unidos y voy a nutrirme de eso”. Me alquilé una casita, en Harlem. Y estuve pintando en invierno todo el mes. La nieve en la ciudad fue hermosa. Al mismo tiempo, estaba la exhibición corriendo. Así que ahí hice la primera escuela, estaba muy verde. Tenía creo que 21 años o 20. Y estaba recién empezado en lo que era el mercado. Vendí algunas pinturas que me financiaron el viaje y también pude comprar óleos y una valija entera de cosas para traerme y seguir pintando.
“Mi caballete de viaje ya recorrió cuatro continentes.”
¿Cómo es tu proceso de trabajo?
Una vez por semana salgo a pintar afuera para entrenar el ojo. Después sigo trabajando en el taller, a partir de fotos o recuerdos. El último mar que pinté es de mi imaginación: no partí de ninguna foto, aunque tiene todas las características de un mar real.
Contanos algo del óleo que ilustra la etapa de “Temporada baja”.
Dos Vuelos es una pintura que tuvo su tiempo de realización porque a veces uno va al lugar y no capta lo que quiere captar. Esto es en el río Pantojo, que está en el cruce del Paso Cardenal Samoré, de Villa la Angostura a Chile. Casi llegando a la cumbre, o sea a la mitad, donde está el cruce de fronteras, hay un río que se llama Río Pantojo, que viene del Valle de Pantojo. Toda esa zona en otoño se pone de un color rojo tremendo porque las lengas ahí no tienen tanto oxígeno y están justo en la línea de límite de crecimiento de árbol, que se llama timberline. Yo fui especialmente un otoño a pintar ahí y no salió. Y después fui al siguiente otoño y salió esta obra.
Es algo raro ver dos garzas ahí, pero a mí me gusta el simbolismo de la garza, así que lo uso mucho en mis cuadros. Es una conexión directa con ese lugar, que es también un lugar bastante prístino, que la gente no conoce o no va ahí a hacer excursiones. Es un lugar medio inalcanzable. Y el otoño en la Patagonia, es muy característico.

¿Y la garza, qué simboliza para vos?
Para mí tiene un simbolismo de profundidad interior, espiritual, de un vuelo puro, de esa búsqueda de belleza interior. Es un ave silenciosa, que migra. Quizás tiene que ver con esa belleza impoluta, por ser una ave blanca también. Y también, es un ave que se la ve meditando a las orillas del río, o por lo menos yo la imagino meditando. Me impactó que fueran dos, porque uno es individualidad, pero dos es comunión. También eso tiene que ver con la espiritualidad. Uno se completa con el otro.
“La garza simboliza una búsqueda de belleza interior, espiritual y silenciosa.”

¿Tenés algún proyecto en el que estés trabajando ahora?
Ahora quiero quedarme en la rutina del taller. Viajé mucho y tengo ganas de estar acá, crear, pintar, disfrutar la sencillez de estar en el taller. Quiero quedarme un poco quieto. Así espero que sean los siguientes meses.






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