Vuelve Natalia Ginzburg (el “efecto Ferrante”)

El éxito arrollador de L’amica geniale en lengua inglesa devuelve al centro de la escena a otras escritoras italianas. Especialmente a la autora de Lessico Famigliare.

Gracias al “efecto Ferrante” -al arrasador éxito de las novelas de la cuatrilogía napolinana de L’amica geniale– Estados Unidos redescubre a Natalia Ginzburg. “Una de las grandes autoras italianas del siglo XX”, como la describió el New York Times, saludando la publicación en inglés de dos obras de ficción de Ginzburg, fallecida en Roma en 1991. El 25 de junio llegarán a las librerías estadounidenses la novela de 1947 È stato così, en la versión clásica en inglés de Frances Frenaye de 1949, y Caro Michele, nuevamente traducido por Minna Zallman Proctor, con el nuevo título de Happyness as Such.

Ambas novelas siguen, dos años después, a la reedición para el mundo anglosajón de la obra maestra autobiográfica de Ginzburg, Lessico Famigliare (1963), en una nueva traducción de Jenny McPhee con introducción de Tim Parks. Mientras tanto, en Gran Bretaña el año pasado Daunt reeditó la colección de ensayos de 1962 Le Piccole Virtù, y en febrero reimprimió Le Voci della Sera.

“Es un poco como leer a Ferrante, con la diferencia de que mientras lees a Ferrante tienes la impresión de hacerte una nueva amiga, mientras con Ginzburg es más bien hallar un mentor”, escribió en el Guardian Lara Feigel. .

En 1991, el New York Times había rendido homenaje a Ginzburg en una nota necrológica de William H. Honan, donde se indicaba que la escritora había sido “inicialmente liquidada como una autora menor debido a su interés por la vida familiar”. “Escribo sobre las familias -había dicho Ginzburg a su vez un año antes- porque es donde todo comienza”. El redescubrimiento fue lento pero constante: “Hay algo de Beckett en su prosa, de Chejov, al que admiraba mucho; del último Shakespeare donde a menudo las tragedias son en bambalinas”. “Ginzburg nos dio un nuevo modelo para la voz femenina”, se hizo eco un año más tarde la escritora Rachel Cusk. Hoy para el New York Times esta vez es “instantánea, casi violentamente reconocible: distante, divertida y melancólica. ¿De dónde viene su estilo? ¿Conscientemente construido o inconscientemente ocultado? ¿Inventado o heredado? El sello de Ginzburg es inconfundible, tan circunscrita por su tiempo” y al mismo tiempo tan universal “que no hace falta background agregado para apreciarla”.

Aquí los invitamos a leer el comienzo de Lessico famigliare:

Cuando yo era pequeña y vivía en casa de mis padres, si mis hermanos o yo volcábamos un vaso encima del mantel o se nos caía un cuchillo, mi padre tronaba: «¡No hagáis groserías!».Si mojábamos el pan en la salsa, gritaba: «¡No rebañéis los platos! ¡No hagáis mejunjes!».

Los cuadros modernos también eran, según mi padre, cochinadas y mejunjes; no los podía soportar.

Decía: «¡No sabéis comportaros en la mesa! ¡No se os puede llevar a ningún sitio!».

Y decía: «Si fuerais a una table d’hôte de Inglaterra, os echarían enseguida por hacer cochinadas».

Tenía en gran estima a Inglaterra. Consideraba que era el mayor ejemplo de civilización del mundo.

Durante las comidas solía hablar de las personas que había visto ese día; era muy severo en sus juicios y todo el mundo le parecía estúpido. Para él, un estúpido era «un tonto». «Me ha parecido un grandísimo tonto», decía de alguien a quien acababa de conocer. Además de los tontos, estaban los «palurdos». Para mi padre los «palurdos» eran las personas que se comportaban torpe y tímidamente, las que se vestían de forma inapropiada, las que no sabían montañismo y las que no sabían idiomas.

Llamaba «palurdez» a cada acto o gesto nuestro que juzgaba fuera de tono. «¡No seáis palurdos! ¡No hagáis palurdeces!», nos gritaba continuamente. La gama de las palurdeces era muy amplia. Llamaba «palurdez» a ir con zapatos de ciudad a las excursiones al monte, a entablar conversación, en el tren o por la calle, con un compañero de viaje o con un transeúnte, a hablar con los vecinos desde la ventana, a quitarse los zapatos en el salón y calentarse los pies en el radiador, a quejarse de sed, de cansancio o de rozaduras en los pies durante las excursiones al monte y a llevar a ellas comidas grasientas y servilletas para limpiarse los dedos.

A las excursiones sólo se podía llevar un determinado tipo de alimentos: queso fontina, mermelada, peras y huevos duros, y sólo se podía tomar el té que él mismo preparaba en el hornillo de gas. Inclinaba sobre éste su cabeza absorta con el pelo rojo cortado a cepillo y protegía la llama del viento con su chaqueta de lana de color hollín, chamuscada y pelada por la zona de los bolsillos; todas las vacaciones llevaba la misma.

No permitía que nos lleváramos coñac ni terrones de azúcar a las excursiones, porque decía que eso era «de palurdos», y no nos podíamos parar a merendar en los chiringuitos porque era una palurdez. También era una palurdez ponerse un pañuelo o un sombrero de paja para que no nos diera el sol en la cabeza, cubrirnos con impermeables con capucha cuando llovía y anudarnos bufandas al cuello. Todas estas protecciones eran muy importantes para mi madre, que todas las mañanas, antes de salir de excursión, las metía en la mochila, pero mi padre, nada más verlas, las volvía a sacar encolerizado.

Durante las excursiones, nosotros, con nuestros zapatos de clavos duros y pesados como el plomo, medias de lana, pasamontañas, gafas de nieve sobre la frente, y el sol cayendo de plano sobre nuestras sudorosas cabezas, mirábamos con envidia a los «palurdos» que subían, ligeros, con zapatillas de tenis, o se sentaban a tomar nata en los chiringuitos.

Mi madre decía que ir de excursión al monte era «la diversión que el diablo daba comer fuera, porque, después de comer, le gustaba leer el periódico y echarse la siesta en el sofá.

Pasábamos todos los veranos en la montaña, donde alquilábamos una casa por tres meses, de julio a septiembre. Solían ser casas alejadas del pueblo, y mi padre y mis hermanos iban todos los días con la mochila a la espalda a hacer la compra a la aldea. Como no había ningún tipo de diversión o distracción, nos pasábamos toda la tarde metidos en casa: mi madre, mis hermanos y yo alrededor de la mesa, y mi padre leyendo en la parte opuesta de la casa. De vez en cuando se asomaba desconfiado y frunciendo el ceño a la habitación donde estábamos charlando y jugando, y se quejaba a mi madre de que nuestra criada Natalina le había desordenado los libros.

«Tu querida Natalina es una demente», decía, sin importarle que ésta pudiese oírlo desde la cocina. De todos modos, Natalina ya estaba acostumbrada a esa frase y no se ofendía en absoluto.

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