Cohetes III* (La voluptuosidad del mal)

Creo que he escrito ya en mis notas que el amor se asemejaba mucho a una tortura o a una operación quirúrgica. Pero esta idea se puede desarrollar de la manera más amarga. Aun cuando ambos amantes estén muy enamorados y muy llenos de deseos recíprocos, uno de los dos estará siempre más tranquilo o menos poseído que el otro. Este, o aquélla, es el operador, o el verdugo, el otro el sujeto, la víctima […] La embriaguez, el delirio, el opio en sus más furiosos aspectos, no os darán por cierto tan espantoso ni tan curiosos ejemplos. Y el rostro humano que Ovidio creía formado para reflejar los astros, helo ahí que sólo habla por medio de una expresión de loca ferocidad, o que se sosiega en una especie de muerte. Porque, en verdad, creería cometer un sacrilegio aplicando la palabra éxtasis a ese género de descomposición. ¡Espantable juego, en el que es menester que uno de los jugadores pierda el dominio de sí mismo! Una vez preguntaron, delante de mí, en qué consistía el más grande placer del amor. Alguien respondió, naturalmente “en recibir” y otro “en entregarse”. Este decía “¡Placer de orgullo!” y aquél “¡Voluptuosidad de humillación!”. Todos esos indecentes hablaban como la Imitación de Jesucristo.
Por fin apareció un impudente utopista, quien afirmó que el más grande placer del amor consistía en engendrar ciudadanos para la patria. Pero yo digo: la única y suprema voluptuosidad del amor reside en la certidumbre de hacer el mal. Y el hombre y la mujer saben, desde que nacen, que toda voluptuosidad se halla en el mal.

*El título fue tomado de un texto de E.A.Poe.

Charles Baudelaire. Diarios Íntimos (Aguilar).