Los libros verdes

Un relato – #DeMiBiblioteca

Hace más de 25 años que los libros fueron formando la biblioteca. Una de las bibliotecas, la primera, la más inclasificable. Fue el primer mueble de una casa que todavía estaba vacía: sólidamente cortada, cepillada, lustrada y amurada por Andronik, un carpintero ucraniano mudado a las pampas, sigue ahí firme y sólida como Atlas soportando el mundo. Exagero un poco, por supuesto, pero un poco de hipérbole viene bien de vez en cuando.

¿De cuántas formas se puede ordenar una biblioteca? Alguna vez intentamos el criterio geográfico-literario, obviando los cruces que nos ponían en jaque. Otras apelamos a la pragmática opción de tamaño: donde entren, donde haya un hueco para esos volúmenes indisciplinados que son más anchos que altos, o tan pesados que amenazan con derrumbar el equilibrio de algún estante. Hasta cedimos con el tiempo a la otrora denostada clasificación por colección o color: al fin y al cabo el tiempo pasa y la memoria visual ayuda.

Jackson2

Pero todo resultó ser bastante en vano. Llegamos finalmente a completar la cuarta o quinta biblioteca de la casa y el paso de los años, acompañado del desfile de los libros, sus autores, sus idiomas, sus títulos y editoriales, se impuso sobre casi todo orden posible. Aquello de encontrar una aguja en un pajar se volvió fácil en comparación con encontrar un libro en la(s) biblioteca(s).

Así que un buen día decidimos, ya que no ordenar, al menos listar los libros de la biblioteca. Estante por estante fuimos desempolvando, de paso, libro por libro, recordando los que ya no sabíamos que teníamos, asombrándonos de otros, descubriendo los que habían ido a parar detrás de la primera línea, empujados al abismo del fondo del estante por otros lomos en busca de protagonismo. Así, estante por estante, llegamos a la colección verde.

La colección verde tiene nombre, en realidad. Son las Grandes Novelas de la Literatura Universal, publicadas bajo la dirección de Ricardo Baeza, editadas por W. M. Jackson Inc. Editores en Buenos Aires alrededor de 1946. En todo eso me fijé mucho después: cuando los leí -y ellos me llevaron desde La Cartuja de Parma a Crimen y Castigo, de Madame Bovary a Germinal, de La prima Bette a Pepita Jiménez– eran simplemente “los libros verdes”. Algo menos de 40 volúmenes que me acompañaron durante todos los años de adolescencia: uno tras otro, iba sacando los volúmenes y leyendo, generalmente sin saber mucho quiénes eran los autores, guiada solamente por la curiosidad del título ya que no por la diversidad de las tapas, todas iguales y de un verde botella uniforme con un grabado en relieve en la tapa que mostraba un libro. Y encima del libro, una suerte de lámpara de Aladino que al primer golpe de vista me parecía más un pollo muerto que una metáfora de la luz aportada por la literatura. Todo coronado por la leyenda Grandes Novelas de la Literatura Universal. No sabía quién era Ricardo Baeza, y solo hace poco leí que era un escritor español nacido en Cuba que se opuso a la dictadura de Franco y se exilió en la Argentina, donde trabajó siempre en el mundo editorial y, para Jackson en particular creó la colección de aquellos libros verdes que habrán decorado con elegancia numerosas bibliotecas porteñas a mediados del siglo XX. En todo caso, no los recuerdo nunca nuevos: la colección siempre fue vieja, de papel amarillo por el tiempo, como si tuvieran una respetable pátina de antigüedad para acompañar el peso de autores rotundamente consagrados.

Los libros verdes, entonces, estaban en la biblioteca de mi primera casa. Y habían llegado con mi papá, aunque lo único que recuerdo haberlo visto leer con entusiasmo fueron las historietas del Tío Rico, que compraba con la excusa de que nos divertían a los chicos y se leía de punta a punta en algunos raros ratos de distracción y descanso.

Jackson3Las novelas de Jackson, en cambio, no se las vi jamás entre las manos. Solo un día tuve la curiosidad de preguntarle por qué las tenía: supe así que aquella colección fue lo primero que compró cuando tuvo algo de dinero, al llegar a Buenos Aires, en 1949. Venía de Italia, donde había embarcado hacia Sudamérica desde Nápoles. Había ido a la escuela hasta los 13 años; a los 14 ya era minero en el Tirol: el más joven de su grupo, y también el que más tiempo resistió esa vida durísima de túneles y piquetas. Llegó a Buenos Aires a los 16 años, a la casa de un tío que casi no conocía, y empezó a trabajar enseguida en una fábrica de tinturas cerca del Abasto. Las últimas liras las había gastado en el puerto de Santos, en Brasil, la última escala antes de Buenos Aires: “Llovía a cántaros”, decía solamente de su escala brasileña después de una travesía extenuante. Con el primer sueldo de ese trabajo no menos extenuante -se dormía parado revolviendo durante horas las calderas con tinturas- compró las novelas de Jackson, que estuvieron durante años en su cuarto de soltero en la casa de su tío. “Pensaba que así iba a aprender mejor el castellano”, me dijo. Y lo aprendió, sí, pero no con los libros: vencido por las dificultades de una lengua aún esquiva, por las intrigas dificultosas de héroes y heroínas de nombres extraños -la “literatura universal” era exclusivamente francesa, española, inglesa y alemana sin ningún italiano a la vista- los libros quedaron en el estante y el castellano lo aprendió un poco en la casa y mucho en la calle. Pero la colección se mudó con él a su primer departamento de casado, siguió algunos años después a la casa donde los leí uno por uno, en incontables tardes de invierno que la memoria funde en una sola y, cuando llegó la hora de formar mi primera propia biblioteca, los dejó ir conmigo sabiendo que estarían bien cuidados. Y allí están todavía, erguidos y orgullosos con sus más de 70 años a cuestas, como esperando volver a encontrarse con ojos que los lean y, otra vez, los quieran.

@gedece

Luis XVII, de Philippe Ebly a Huckleberry Finn

-Publicado en La Nación el 14-2-2020- https://www.lanacion.com.ar/lifestyle/corazon-delator-policia-maestro-prisionero-la-tragica-nid2333272

La trágica historia del verdadero y los falsos Luis XVII

“El rey ha muerto: viva el rey”. Luis XVII tenía solo ocho años cuando fue guillotinado Luis XVI, y aunque según la tradición de la corona se convirtió automáticamente en el sucesor de su padre, nunca salió de la siniestra Torre del Temple. ¿O acaso fue salvado y vivió de incógnito en la Argentina?

Por Graciela Cutuli

Philippe Ebly (pseudónimo del novelista belga Jacques Gouzou) creó en los años 70 una serie de populares aventuras juveniles de ciencia ficción (también difundidas en castellano), Los conquistadores de lo imposible, cuyos protagonistas -encabezados por el adolescente Sergio- viajaban en el tiempo resolviendo viejos dilemas de la historia… y creando nuevos. Una de sus aventuras, El evadido del año II, imaginaba el rescate de un niño de la tenebrosa torre de París donde estaba prisionero: el año II, según el calendario impuesto por la Revolución Francesa, era en realidad 1793. Y el niño no era otro que Luis XVII, que fuera encarcelado junto con sus padres -Luis XVI y María Antonieta- tras la toma de la Bastilla, pero se había convertido de delfín en rey tras la macabra obra de la guillotina. En la novela, Sergio y sus amigos rescatan al pequeño y le dan una nueva vida, al menos en la ficción: y si Ebly pudo imaginarlo es porque durante al menos dos siglos el verdadero destino de Luis XVII fue un auténtico misterio. ¿Había muerto el rey niño en la Torre del Temple donde estaba encarcelado, o había logrado huir y encontrar una nueva identidad? 

Philippe Ebly, L’evadé de l’an II

“Algunos se hacen policías y otros enseñan a la gente a hablar francés”

Casi un siglo después de la Revolución Francesa, Mark Twain revela en su novela Huckleberry Finn que el enigma del niño rey estaba lejos de haber sido resuelto. En un diálogo con el esclavo Jim, Huck explica: “Le hablé de Luis XVI, al que le cortaron la cabeza en Francia hacía mucho tiempo, y de su hijo pequeño, el delfín, que habría sido rey, pero lo llevaron y lo metieron en la cárcel, y algunos dicen que allí se murió.

-Pobrecito.

-Pero otros dicen que escapó y vino a América.

-¡Eso está muy bien! Pero se sentirá muy solo… Aquí no hay reyes, ¿verdad, Huck?

-No.

-Entonces no puede conseguir trabajo. ¿Qué va a hacer?

-Bueno, no sé. Algunos se hacen policías y otros enseñan a la gente a hablar francés”. 

Las teorías de Huckleberry Finn podían ser disparatadas, pero la realidad a veces no lo es menos. ¿Quién podría haber imaginado aquel marzo de 1785 en Versailles, cuando el nacimiento del pequeño Luis Carlos de Francia fue celebrado por toda la corte, que apenas diez años más tarde el pequeño moriría en una celda infestada de ratas, aislado de la poca familia que le quedaba y cubierto de úlceras y heridas sufridas en años de maltrato por los resentidos carceleros de la Revolución? 

La muerte de Luis XVII se informó oficialmente en 1795. Pero no pocos quedaron convencidos de que el anuncio era solo el encubrimiento de un hecho vergonzoso para los revolucionarios: el niño se había escapado o había sido rescatado por realistas leales, y estaba empezando una nueva vida con paradero desconocido. O no tanto, a juzgar por la gran cantidad de presuntos Luis XVII que empezaron a aparecer algunos años más tarde. 

La lista es larga: más de 100 hombres reivindicaron el título, con distinta suerte. El primero fue Jean-Marie Hervagault, un impostor serial que después de adoptar identidades varias se decidió por la del niño rey y calcó su historia sobre la de una novela, Le Cimetière de la Madeleine, cuyo autor imaginaba cómo había sido el secuestro de Luis XVII de la prisión del Temple. Sus supercherías no le valieron el reconocimiento de la corona sino la prisión, pero al fin y al cabo pasó a la historia como el primer falso delfín. La misma novela inspiró a otros impostores de personalidades múltiples, como Mathurin Bruneau y el Baron de Richemont. Otro de los más célebres fue Karl-Wilhem Naundorff, reconocido por varios antiguos miembros de la corte francesa como Luis XVII, protagonista de rocambolescas aventuras por media Europa, fundador de una nueva religión (que le valió las invectivas del papa Gregorio XVI) e inventor de una bomba -la “bomba Borbón”- que el ejército holandés usó hasta la Primera Guerra Mundial. 

Una ilustración de Le cimetière de la Madeleine

Las insólitas ramificaciones de Luis XVII llegaron incluso hasta la Argentina. En 2011 Jacques Soppelsa, exconsejero cultural en la embajada de Francia en Buenos Aires, publicó Louis XVII. La piste argentine, con el objetivo de “contribuir a demostrar que Luis XVII no murió en el Temple, no fue un Naundorff ni un Hervagault ni un Charles de Navarre, sino el oficial de Marina Pierre Benoit, llegado a Buenos Aires en 1818 y asesinado en misteriosas condiciones en esta misma ciudad en 1852, después de un tercio de siglo de vida argentina singularmente pintoresca. Un Pierre Benoit que, al contrario de toda la gama de pretendientes oficiales, nunca reivindicó su origen real: todo lo contrario”. Soppelsa retomaba así una historia que también inspiró a Manuel Mujica Lainez su relato La escalera de mármol, donde imagina la muerte de aquel marino en sus aposentos de Buenos Aires, donde “ondula el coro doloroso de los viejos reyes que vienen del fondo de los siglos, con su carga abrumadora de pesares, de ambiciones, de secretos, de crímenes”. 

Las aventuras del corazón delator

La basílica de St. Denis, al norte de París, es la monumental última morada de los reyes de Francia. Entre mármoles solemnes y góticos vitrales, junto a la vasta cripta donde reposan las testas coronadas, la pequeña Chapelle des Princes alberga una urna de cristal que guarda un corazón. 

Su historia es digna de una novela aparte: en 1795, después de la muerte de Luis XVII en su prisión, se le hizo una exhaustiva autopsia. Y uno de los médicos, el doctor Philippe-Jean Pellatan, robó el órgano, lo escondió en un pañuelo y se lo puso en el bolsillo: al parecer, quería cumplir con la tradición según la cual los corazones de los reyes debían ser embalsamados y llevados a la cripta de St. Denis. Sin embargo, lo dejó en un estante de su escritorio y allí quedó durante años, hasta que un día fue a buscarlo y descubrió, para su gran sorpresa, que el corazón había desaparecido. Pellatan sospechó siempre de uno de sus alumnos, Jean-Henri Tillos, y varios años más tarde pudo comprobar que efectivamente aquel había sido el misterioso ladrón: fue el día que el suegro de Tillos se presentó a su puerta para devolverle el corazón de Luis XVII, explicando que el otrora estudiante lo había robado pero, ya en su lecho de muerte y arrepentido, había pedido que fuera devuelto a su auténtico dueño. 

Pellatan intentó entonces entregar la reliquia a Luis XVIII -hermano de Luis XVI y tío de Luis XVII- que no la aceptó. Lo mismo ocurrió con María Teresa, la hermana del delfín, que había sobrevivido a la revolución. En 1828, ya cerca de morir, el médico entregó el corazón al arzobispo de París, monseñor de Quélin, que lo conservó en su palacio cercano a Notre Dame. Sin embargo, aún le faltaría para alcanzar la paz definitiva: durante la revuelta de 1830 el palacio arzobispal fue saqueado, y cuando un empleado intentó rescatar la urna tropezó y el corazón salió rodando hasta perderse en la oscuridad. El hombre tuvo que esperar dos días para poder volver: dos días de lluvia y tormenta, que lo obligaron a buscar entre el barro y los escombros. Hasta que, cuando estaba a punto de abandonar la batalla, encontró el corazón “completamente intacto, en una pila de arena entre la iglesia y las rejas del edificio. Todavía tenía olor a alcohol etílico y estaba rodeado por los fragmentos de vidrio de la urna rota”. 

Philippe-Gabriel Pelletan, el hijo del médico que había robado el corazón, lo recuperó una vez más y volvió a guardarlo, nuevamente, durante años. En 1895 finalmente logró entregarlo a una rama española de los Borbones, que lo depositaron en la capilla de un castillo austríaco, donde atravesó los dos grandes conflictos del siglo XX: al final de la Segunda Guerra Mundial, la capilla fue desacralizada y en los años 70 el corazón por fin halló descanso en la basílica de St. Denis. 

Fue así que en 1999, ante la mirada de curiosos y pretendientes al inexistente trono de Francia, la reliquia fue sacada de la cripta para una serie de exámenes científicos realizados por el genetista belga Jean-Jacques Cassiman: “No sé de quién es este corazón -dijo el sacerdote que acompañó la ceremonia- pero sin duda es un símbolo de los niños, en cualquier lugar del mundo, que han sufrido. Esto representa el sufrimiento de todos los niños pequeños atrapados en la guerra y la revolución”. 

Convertido en piedra por sus dos siglos de historia, el corazón fue llevado a un laboratorio de París donde empezaría a revelar sus secretos. Solo volvería a su carditafio de St. Denis en 2004, ya consagrado gracias a los estudios de ADN mitocondrial como el corazón de Luis XVII. La hazaña fue posible gracias a la comparación del ADN extraído de la reliquia con el ADN tomado de un cabello de una hermana de María Antonieta, tía del niño rey: la línea materna se reveló infalible y la precisa secuencia extraída en laboratorio puso fin a dos siglos de conjeturas iniciadas en sombrío día de junio de 1895 en la cárcel más tenebrosa de París. 

Una misma noche (en memoria de Leopoldo Brizuela)

Leopoldo Brizuela -periodista, novelista, traductor- falleció el 14 de mayo de 2019. Ganador de numerosos premios, y encargado del archivo de escritores argentinos en la Biblioteca Nacional, obtuvo en 2012 el Premio Alfaguara con Una misma noche.

Aquí las primeras palabras de aquella novela, porque en la lectura perdura el recuerdo.

2010

Si me hubieran llamado a declarar, pienso. Pero eso es imposible. Quizá, por eso, escribo. Declararía, por ejemplo, que en la noche del sábado al domingo 30 de marzo de 2010 llegué a casa entre las tres y las tres y media de la madrugada: el último ómnibus de Retiro a La Plata sale a la una, pero una muchedumbre salía de no sé qué recital, y viajamos apretados, de pie la mayoría, avanzando a paso de hombre por la autopista y el campo.

Urgida por mi tardanza, la perra se me echó encima tan pronto abrí la puerta. Pero yo aún me demoré en comprobar que en mi ausencia no había pasado nada -mi madre dormía bien, a sus ochenta y nueve años, en su casa de la planta baja, con una respiración regular- y solo entonces volví a buscar a la perra, le puse la cadena y la saqué a la vereda.

Como siempre que voy cerca, eché llave a una sola de las tres cerraduras que mi padre, poco antes de morir, instaló en la puerta del garaje: el miedo a ser robados, secuestrados, muertos, esa seguridad que llaman, curiosamente, inseguridad, ya empezaba a cernirse, como una noche detrás de lanoche.

Era una noche despejada, declararía, y no hacía frío. No se veía a nadie en la calle. La única inquietud que puedo haber sentido cuando enfilé hacia la rambla de circunvalación se habrá debido a los autos, pocos pero prepotentes, que pasan a esa hora, con parlantes a todo lo que da y faros intermitentes iluminando el asfalto. O a las motos que con no sé qué artilugio hacen sonar el caño de escape igual que un tiroteo.

Fue entonces que lo vi, al llegar a la esquina. Un tipo de unos treinta, con gorra de visera girada hacia la nuca, musculosa y arito -casi un disfraz de joven. Miraba hacia el fondo de esa anchísima avenida con ramblas que cerca la ciudad. No le importaba yo, no me miró ni una vez, y es raro que a esa hora no se mire a un extraño. ¿A quién podía estar esperando, a esa hora, en ese siti? ¿Quién podía haberlo expuesto, citándolo a esa hora?

Cruzamos a la rambla, la perra cagó y meó en los sitios de siempre con una exactitud que yo le agradecí -volvimos muy rápido-, mi perra recelando de las sombras, y yo fingiendo calma, sin inquietar tampoco ahora, en apariencia, al tipo de gorrita que, encaramado en lo alto de sus pantorrillas estiradas, seguía empeñado en tratar de divisar algo a lo lejos.

Entonces advertí, a sus espaldas, en la vereda de enfrente, un auto con tres hombres adentro y una puerta abierta, como si lo esperaran. Vendrían en caravana, supuse, y algún otro auto se les habría perdido. Pero me acordé de Diego, el vecino de la casa 9, que había decidido dejar de alquilar mi garaje cuando empezó a trabajar de noche: “Y de noche, vos viste lo que hacen ahora, te esperan en las sombras y se meten con vos”.

Eché a correr fingiendo que la perra al fin conseguía arrastrarme. Traté de girar la llave sin perder un segundo; la perra entró con esa urgencia absurda que infunde la costumbre y, tan pronto como cerré, corrí el pasador enorme que colocó mi padre sobre las tres cerraduras. Entonces respiré, y subí, y quizá olvidé todo, como quien deja la noche en manos de sus dueños.

Tres lecturas para el Día de la Memoria

Yom Hashoah, el Día del Recuerdo del Holocausto, se conmemora hoy internacionalmente en memoria de las víctimas del nazismo durante la Segunda Guerra Mundial.

Lo recordamos con tres libros de nuestra biblioteca: las memorias El hombre en busca de sentido, del austríaco Viktor Frankl y Si esto es un hombre (primero de una trilogía) del italiano Primo Levi, junto a la novela semiautobiográfica Sin destino del húngaro Imre Kertész.