La editorial Ninguna Orilla presentó una edición artesanal de “Gatos”, del poeta colombiano Darío Jaramillo Agudelo. Manuel Borrás, histórico editor de Pre-Textos y amigo del autor desde hace casi cuatro décadas, participó del encuentro junto a Marcos Crotto y Natalia Mera, responsable del prólogo. La voz del poeta, las historias de una larga amistad y una celebración de la literatura dieron forma a una tarde que culminó con el estreno del documental “Leticia, la alegría”.
Un libro hecho a mano
El viernes 23 de octubre, la editorial Ninguna Orilla presentó Gatos, un libro de poemas del escritor colombiano Darío Jaramillo Agudelo, en un encantador espacio cultural de Palermo que, en 1930, había funcionado como club de bochas.
Ninguna Orilla se define como una «editorial alternativa que descubre, rescata, traduce, publica aves raras literarias que abordan temas clásicos de un modo imprevisible». Sus libros se distinguen por una factura exquisita y por el trabajo artesanal de impresión y encuadernación.
Gatos pertenece a la Colección Bípeda, caracterizada por su encuadernación de costura japonesa. Para esta edición se utilizó cartulina Fabriano Murillo de 260 gramos en la cubierta, impresa en una Minerva a palanca con tipos móviles de plomo de la familia tipográfica Bodoni. La imagen de tapa proviene de un cliché encontrado en una antigua imprenta de Barracas: un gato bajo la luz de la luna.
La coincidencia con los primeros versos del libro parece una de esas complicidades que la literatura se permite:
«La luna dora los techos.
Inesperadas, aparecen las sombras de los gatos».

Una historia de encuentros
Marcos Crotto, escritor y editor de Ninguna Orilla, abrió la presentación contando cómo había nacido el proyecto. Todo comenzó cuando Natalia Mera descubrió la cantidad de objetos y referencias gatunas que rodeaban a Julia Crotto Mazzinghi y decidió regalarle un libro que había sido fundamental en su propia formación: Gatos, de Darío Jaramillo Agudelo, sobre el que había trabajado en su tesis de grado.
Crotto reconoció inmediatamente el nombre del poeta colombiano, amigo de Manuel Borrás, editor de Pre-Textos, con quien mantiene una relación de amistad. La posibilidad de publicar el libro en una nueva colección de Ninguna Orilla encontró una respuesta entusiasta de Borrás, quien además viajaría a Buenos Aires en octubre y podría participar de la presentación.
Natalia Mera, colombiana, residente durante varios años en Buenos Aires y actualmente dedicada a un doctorado en literatura en Valparaíso, viajó especialmente para el encuentro.
El resultado fue una reunión de generaciones, afectos y proyectos editoriales. Como señaló Crotto, en el fondo, la poesía de este libro consiste en saber observar.
Darío Jaramillo Agudelo no pudo estar presente, pero su voz llegó a través de una grabación en la que leyó algunos poemas de Gatos.
Uno de ellos propone una clasificación del universo tan inesperada como convincente:
Gatos
Los estados de la materia son cuatro:
líquido, sólido, gaseoso y gato.
El gato es un estado especial de la materia,
si bien caben las dudas:
¿es materia esta voluptuosa contorsión?
¿no viene del cielo esta manera de dormir?
Y este silencio, ¿acaso no procede de un lugar sin tiempo?
Cuando el espíritu juega a ser materia
entonces se convierte en gato.

Darío Jaramillo Agudelo: la poesía como necesidad
Nacido en Colombia en 1947, Darío Jaramillo Agudelo es novelista, ensayista y, sobre todo, poeta. Considerado una de las voces fundamentales de la poesía colombiana de la segunda mitad del siglo XX y renovador de su poesía amorosa, ha desarrollado una obra de marcado carácter intimista.
Entre sus libros se encuentran Historias (1974), Tratado de retórica (Premio Nacional de Poesía, 1978), Poemas de amor (1986), Cuánto silencio debajo de esta luna (1992), Cantar por cantar (2001) y Gatos (2005).
Para Jaramillo, escribir constituye una necesidad metabólica. El movimiento de la mano sobre el papel es una manera de comprender lo que sucede en su interior y, al mismo tiempo, una vía hacia la imaginación.
Su acercamiento a la poesía comenzó en la infancia, fascinado por los versos de Rafael Pombo que le leía su padre. Durante la adolescencia, poetas como León de Greiff, Jaime Jaramillo Escobar y Walt Whitman dejaron una huella decisiva en su formación.
En una entrevista concedida a una revista mexicana, Jaramillo reflexionó sobre el valor de la poesía en una sociedad que tiende a medirlo todo en términos económicos. La poesía, sostuvo, carece de valor según esos parámetros, y precisamente allí reside su libertad: no depende de la oferta ni de la demanda. Es, en ese sentido, un acto gratuito por excelencia.
También distinguió entre la poesía destinada a incorporarse a la historia de la literatura y aquella otra, anónima e inédita, que escriben estudiantes y personas comunes en sus cuadernos. Esta última cumple, a su juicio, una función catártica: permite expresar emociones y conflictos.
Leer poesía, por otra parte, exige una disposición diferente de la lectura de novelas. Un solo poema puede bastar: detenerse en un verso, volver a leerlo, demorarse en sus resonancias. Y la emoción poética no pertenece exclusivamente a las palabras. Puede aparecer en un atardecer, un rostro, una sonrisa, el verde de una montaña o, naturalmente, un gato.
En otro de los poemas escuchados durante la presentación, Jaramillo invierte con humor la relación entre los seres humanos y sus supuestas mascotas:
Gatos
Para los gatos,
Dios hizo a los hombres,
mal llamados amos,
hizo también a los otros gatos,
en un momento de euforia los creó, bendito sea,
y para placer y tortura de los gatos
inventó Dios el olor a pescado,
el instante sublime en que abren en la casa
una lata de atún.
Para los gatos
Dios hizo el pescado y el olor a pescado,
para los gatos, la noche, para ellos, la pereza,
para los gatos, hizo Dios todo.
Manuel Borrás: casi cuarenta años de amistad y poesía
Uno de los momentos centrales de la tarde fue la intervención de Manuel Borrás, fundador y editor de Pre-Textos, sello español que celebra cincuenta años de trayectoria y ocupa un lugar fundamental en la edición de poesía en lengua española.
Borrás comenzó con una confesión humorística: había elegido una camisa blanca para la ocasión porque Darío Jaramillo siempre viste de blanco. Quería, dijo, parecerse un poco a su amigo.
También contó que había hablado con él el día anterior, desde la casa de César Aira, y que el poeta estaba profundamente emocionado por la presentación de su libro en Buenos Aires, una de sus ciudades más queridas. Aunque circunstancias de salud le impedían viajar, Borrás imaginó que, si durante el encuentro aparecía un gato, bien podría tratarse del propio Darío, que no habría querido perderse la cita.
La amistad entre ambos comenzó hace casi cuatro décadas en Caracas, durante las deliberaciones del Premio de Poesía Pérez Bonalde, al que habían sido convocados por el poeta venezolano Eugenio Montejo.
Borrás recordó que entonces no había leído un solo verso de Jaramillo. Sin embargo, la convivencia durante aquellos días despertó una simpatía inmediata. Tanto le había gustado la persona que temía descubrir que su poesía no estuviera a la altura de aquella primera impresión.
Antes de regresar a Bogotá, Jaramillo dejó un ejemplar de uno de sus libros en la recepción del hotel, a nombre de Borrás. El editor demoró la lectura, inquieto por la posibilidad de una decepción. Finalmente, una noche se animó a leer el primer poema. Cerró el libro y se fue a dormir tranquilo.
Al día siguiente, durante el vuelo de regreso a Madrid, leyó el volumen completo. Comprendió entonces que había descubierto a uno de los grandes poetas de la lengua española.
A partir de aquel encuentro comenzó una relación editorial y personal que se prolonga hasta hoy. Jaramillo confió su obra a Pre-Textos, que publicó un primer libro que contribuyó a darlo a conocer en España, donde hasta entonces era prácticamente desconocido.
Borrás aprovechó el recuerdo para señalar una dificultad persistente en la circulación literaria entre ambas orillas del Atlántico: el desconocimiento que todavía existe en España de muchos grandes poetas latinoamericanos.
Pero su intervención también estuvo atravesada por el humor y por una curiosa paradoja: Darío Jaramillo, autor de un libro dedicado enteramente a los gatos, jamás ha tenido uno.
Según Borrás, eso no impide que los gatos sientan una atracción inexplicable por él. Cuando caminan juntos y se cruzan con alguno, el animal suele acercarse, enredarse entre sus piernas e incluso trepar sobre él. En Bogotá, una gata pelirroja del vecindario visita habitualmente la casa del poeta, la única del edificio a la que entra por voluntad propia.
La anécdota dio pie a una reflexión sobre la relación entre poesía y realidad. La literatura, sugirió Borrás, no está necesariamente para reproducir lo que sucede en la vida: en la poesía sucede algo distinto.
Para el editor, Gatos es una suerte de milagro. La presencia felina que atraviesa sus páginas es tan convincente que resulta difícil creer que su autor nunca haya convivido con uno. Retomando una idea del prólogo de Natalia Mera, concluyó que el libro parecía haber sido escrito no simplemente por un poeta, sino por un «poeta gato».
Natalia Mera: el paraíso de los gatos
Natalia Mera, autora del prólogo titulado «El paraíso de los gatos», contó que había descubierto el libro gracias a un profesor universitario y que transcurrieron casi once años entre aquella primera lectura y la posibilidad de participar en esta edición.
En el texto que compartió con el público, Mera parte de una observación tan sencilla como sugerente: nunca había leído poemas escritos por un gato, aunque había dedicado mucho tiempo a contemplar cómo se mueven, cómo permanecen inmóviles, cómo utilizan la lengua o los bigotes y cómo organizan sus numerosas siestas.
Hasta que leyó a Darío Jaramillo Agudelo.
Para Mera, su poesía es testimonial y aparentemente sencilla. Se construye con un lenguaje cotidiano, directo y breve, capaz de producir sentencias juguetonas próximas al aforismo.
La lectura de Gatos también la llevó a descubrir un antiguo poema irlandés dedicado a Pangur Bán, el gato blanco de un monje que, según relató, lo había adoptado pese a la prohibición de tener animales.
Mera leyó el poema, en el que el monje compara su trabajo intelectual con la actividad del gato: mientras Pangur persigue ratones, él persigue palabras y conocimientos. Ambos encuentran satisfacción en el ejercicio cotidiano de sus respectivas artes.
La correspondencia entre el escritor y el gato, entre la concentración y el juego, entre el silencio y la búsqueda, parecía ofrecer una clave para leer también la poesía de Jaramillo.
Un gato entre los pájaros
Antes de finalizar, Manuel Borrás retomó la palabra para contar otra historia relacionada con la primera publicación de Gatos en Pre-Textos.
La editorial tiene una colección titulada El pájaro solitario, dedicada exclusivamente a la poesía sobre aves. Borrás la creó como homenaje a su padre, quien le había enseñado a amarlas y a distinguirlas por sus cantos, sus trinos y sus vuelos.
En cierta ocasión, Jaramillo le propuso publicar allí sus poemas sobre gatos. El problema era evidente: ¿cómo incorporar gatos a una colección destinada a los pájaros?
La solución fue tan ingeniosa como divertida. En la viñeta identificatoria de la colección, realizada a partir de una imagen de Ramón Gaya, decidieron encerrar al pájaro en una jaula, para protegerlo de los nuevos habitantes del libro.
Así, Gatos encontró su lugar entre las aves de El pájaro solitario: una excepción que terminó convirtiéndose en otra pequeña historia editorial.
De los poemas a la pantalla
La presentación concluyó con el estreno de Leticia, la alegría, ópera prima documental de la joven Julia Crotto Mazzinghi.
El proyecto había comenzado unos años antes, cuando una gata llegó a la casa familiar durante la pandemia. Julia decidió filmarla y, con el tiempo, aquella primera inquietud se transformó en un documental que retrata a Leticia y reúne testimonios de personas que comparten su amor por los gatos.
La coincidencia entre la publicación de Gatos y la finalización del documental permitió reunir ambos proyectos en una misma celebración.






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