La periodista y autora de Viajeras explora en su libro la potencia de las biografías femeninas en el viaje, la escritura y la historia. Una conversación a fondo sobre el proceso creativo, las decisiones narrativas y la mirada crítica sobre el presente del turismo.
Publicado en marzo de 2023, el libro Viajeras (El Ateneo), de la periodista y especialista en viajes Silvina Quintans, se convirtió rápidamente en un punto de referencia para pensar el viaje desde la voz y la experiencia de mujeres de diferentes épocas y geografías. Nacido en plena pandemia, el proyecto combina investigación rigurosa, sensibilidad narrativa y una mirada editorial que busca ampliar el mapa tradicional de los relatos de viaje.

En esta entrevista con Hoja por Hoja, Silvina repasa el origen del libro, las dificultades del proceso de escritura y documentación, las decisiones literarias que guiaron su estructura y tono, y reflexiona sobre el vínculo entre viaje, género y representación. También analiza el contraste entre las viajeras del pasado y el fenómeno del turismo contemporáneo, atravesado por la imagen, la masividad y la pérdida del asombro.
—¿Tuvo algo que ver la pandemia con el origen del proyecto?
La idea surgió durante la pandemia y también durante ese período comenzó el proceso de escritura. En ese momento propuse a la revista Lugares una serie de notas sobre mujeres viajeras, pensando en marzo, por el Día de la Mujer. Publicamos cinco notas en La Nación, y aunque ahí el ciclo se cerró, en la radio —en el programa de Fernando Bravo— la columna tuvo muchísimo más espacio: hicimos 25 entregas semanales sobre mujeres viajeras. Duró como ocho meses, hasta que la transformamos en “La valija viajera”, una columna de viajes más general.
—¿Y cómo se transformó eso en un libro?
Yo ya tenía contacto con la editorial, y en 2022 les propuse hacer un libro sobre estas mujeres viajeras. La idea les encantó. Pero la semilla fue esa: una columna que hice en plena pandemia cuando no se podía viajar, y yo buscaba cómo contar sin moverme. Ahí empecé a rescatar historias de mi biblioteca de viajes, a releer libros, y me di cuenta de que casi no había relatos protagonizados por mujeres. De esa ausencia nació la necesidad de escribir.
—¿Cómo fue el salto del formato radial o periodístico al libro?
Fue totalmente diferente. Empecé de cero. Leí mucha más bibliografía, busqué documentales, películas, podcast. Hice un proceso inmersivo: caminaba escuchando audios, armé una especie de playlist con música que me ayudaba a entrar en cada historia. El libro tiene una bibliografía híbrida: textos, links, recursos multimedia. Todo eso me ayudó a construir un tono.
—¿Te costó encontrar ese tono?
Mucho. No soy rápida escribiendo. Empecé con la historia de Jean/Jeanne Barret, una mujer que dio la vuelta al mundo disfrazada de hombre. Me gustaba esa ambigüedad del nombre como disparador. Pero el tono recién lo encontré escribiendo la historia de Lady Montagu, que aparece segunda. A partir de ahí decidí que cada capítulo iba a comenzar con una escena potente, casi ficcionalizada, una situación límite que mostrara a la viajera en su vulnerabilidad. Eso me ayudó a encontrar la voz.





—¿Cómo seleccionaste a las viajeras? ¿Tuviste que dejar muchas afuera?
Muchísimas. La idea era lograr diversidad de origen, de época, de motivaciones. Que no fueran todas del norte global. Quería incluir miradas latinoamericanas. Algunas historias las elegí por su potencia, pero también por la posibilidad de acceder a las fuentes. La editorial Los Lápices, por ejemplo, publicó traducciones clave que me salvaron: textos de Nelly Bly, Ada Elflein, Flora Tristán.
—¿Las fuentes eran todas confiables?
No siempre. Algunas viajeras se narraban a sí mismas como personajes. Annie Londonderry, por ejemplo, inventaba sus propias hazañas. Era su manera de construir un relato. Otras, como Ana Beker, escribieron libros que parecen novelas de aventuras. Y hay casos donde la historia fue contada por otro, como Isabel de Godín, cuya travesía por el Amazonas fue relatada por su marido. Su silencio también es significativo.

—¿Notaste diferencias entre los relatos en primera persona y los contados por otros?
Sí. La voz cambia todo. Cuando la mujer narra, hay una subjetividad que enriquece. Cuando son contadas por varones, aparece otra construcción. En muchos casos, las mujeres no pudieron contar su historia: el silencio también es un dato.
—¿Hay un hilo conductor entre estas mujeres?
Sí. En el epílogo lo desarrollo. Muchas tuvieron la ausencia temprana del padre, lo que las obligó a salir al mundo. Otro tema clave es la ropa. La indumentaria no estaba pensada para que una mujer viajara. Annie Londonderry comienza su viaje en 1890 con un vestido victoriano y termina pedaleando en ropa interior. Nelly Bly encargó un traje multifunción antes de partir. La vestimenta fue una barrera, pero también una herramienta.

—¿Y qué diferencias ves entre las viajeras del libro y las de hoy?
Viajar era otra cosa. El esfuerzo, la incertidumbre, los medios eran distintos. Hoy todo es más accesible, pero también más predecible. El turismo de masas, las redes sociales… todo eso ha cambiado el sentido del viaje. Se perdió algo esencial: la capacidad de asombro. Ahora se viaja para confirmar lo que ya se vio en Instagram.
—¿Pensás en una segunda parte?
Puede ser. Tengo muchas historias guardadas. Pero también me interesa seguir explorando el género biográfico. Para mí, lo central es contar la historia entera, el antes, el después, no solo la aventura. El viaje es el disparador, pero lo importante es lo que las llevó ahí, quiénes eran.
—La biografía tiene un nuevo valor en esta era, ¿no?
Totalmente. Hay una necesidad de conexión con lo real. Pero también hay ficción en la biografía. Y decisiones: qué contar, cómo contarlo. En el capítulo de las piratas, por ejemplo, había versiones muy distintas y tuve que hacer aclaraciones todo el tiempo. Uno también narra desde una mirada.
—¿Algo más que quieras destacar del proceso de escritura?
Sí. Que fue un trabajo con mucha conciencia editorial. Tuve la guía de Elena Luchetti, mi editora, que propuso sumar ilustraciones, pensar en el lector no especializado. Discutimos mucho sobre cómo construir el relato, qué contar, cómo empezar. La idea era abrir mundos, y para eso, había que conocer bien a cada mujer. No escribir solo sobre viajes, sino sobre vidas.






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