El día que la Y quiso poner orden (una historia de inclusión y ortografía)

El discurso de la Y: “¿Y qué?”

La Y vino a poner orden y elevando sus brazos al cielo exclamó en la reunión del Abecedario: « Muchachy, basta de pavadas. Yo soy la más inclusivy de tody » y hasta tembló el universo, y todas las demás letras se hicieron la hache. Porque inclusive se percataron de que hasta estaba dos veces en el nombre de Dios. Algo mystico ocurría y a los ojos de las letras presentes la Y se engrandecía como la cornucopia de un ciervo.

“Yo soy, estoy aquí para poner orden. Mi estirpe lejana resuena en el nombre del más glorioso de los hombres, Odysseo y en “Ulysses… no me pises”. Desciendo de la histórica ípsilon (ὒψιλόν), y me fui adaptando en el devenir de los siglos. Me pronunciaban /u/, más tarde /y/ (como la u francesa o la ü alemana) y actualmente /i/, o /ye/. ¿Quién de ustedes puede decir lo mismo? Mi adaptabilidad me da derecho a ser la elegida entre todas para ser signo de igualdad, ennoblecer el idioma y tapar la boca a tanto idiota -en el sentido griego de la palabra, lógicamente.

Fíjense nomás: hago las veces de vocal y de consonante y hasta de semivocal en diptongos y triptongos al final de una palabra como hoy o buey. Precedida de una compañera nasal me vuelvo africada. En Argentina y en Uruguay -que tiene el honor de portarme en su nombre como bandera flameante o cola rutera- me articulo con rehilamiento provocando un sonido muy singular de fricativa postalveolar sonora, porque allí me he afrancesado ya hace mucho tiempo y acepto que últimamente de sonora he pasado a sorda en algunos barrios porteños… cuestión de edad: de  sonar como la “j” francesa de jardin [ʒaʀdɛ̃] o el sonido de la palabra inglesa vision [ˈvɪʒən]) resulta más común ahora entre los habitantes de la capital argentina un ensordecimiento de mi persona, lo que da lugar a que me pronuncien [ʃ], (como la “ch” francesa de chanson [ʃɑ̃sɔ̃], o bien la “sh” inglesa de shirt [ʃɜːt] o shit). Por ejemplo: yerba se asimilaría a “sherba”. Como verán me acomodo a las posibilidades de los hablantes. Me dejo hacer y vivo en la multiforme fonética.

Semánticamente soy la más indicada también: en español soy una conjunción copulativa. Soy una letra que siempre une, ni divide ni opone. Doy siempre ánimo y fuerza de expresión al comienzo de una frase: “¿Y si acaso no me entienden?” y tiendo a denotar eternidad o repetición indefinida: “horas y horas”, “días y días”. Y si observan bien, la e esa E que ustedes proponen y usan como señal de igualdad… Esa E es la que me sustituye a mí cuando me sigue una palabra que comienza con i, cosa de no ser yo cacofónica. Es decir la E es mi rEEmplazante.

Es hora de reivindicarme desde aquel fatídico año 1726 en que la Real Academia Española me desplazó como vocal por la i para todo. Estos son tiempos bien republicanos”. Envalentonadas la ch y la ll comenzaron a aplaudir. Y -mirando de reojo a la z concluyó-: “¡Las últimas seremos los primeras! ¡Ly últimy seremy ly primery! Y que me hayan endilgado a la E en YE lejos de molestarme me amplifica: porque yes es mi plural y el inglés es el idioma de todo el mundo.”

Teresa Teramo

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