¿Cuándo sale el último libro de Montalbano?

Riccardino, la novela final de la larga serie del comisario Montalbano, que por voluntad del propio Andrea Camilleri se publicará en forma póstumo, llegará a las librerías italianas el próximo 17 de julio.

Camilleri, padre de la célebre y querida saga del comisario Montalbano, falleció el 17 de julio de 2019: la fecha de la publicación de parte de Sellerio, su tradicional editorial, es así un homenaje al escritor en el primer aniversario de su muerte.

El primer capítulo fue leído, en un extraordinario “preestreno”, el 17 de mayo en el Salón Internacional del Libro de Turín Extra (la versión virtual del evento). La lectura estuvo a cargo de Antonio Manzini, amigo, discípulo y de algún modo heredero de Camilleri.

Entre las sorpresas del libro se encuentra la confrontación-enfrentamiento entre Montalbano y su alter ego literario y televisivo: cuando llega al lugar de un homicidio (al que hubiera preferido no ir, sino enviar a Mimì Augello), encuentra a todos asomados, tanto que pariva la festa di San Calò. En el “diálogo aéreo entre los balcones”, alguien lo indica, lo reconoce. “Es el comisario Montalbano”. “¿Pero es el de la televisión?”, pregunta alguien. “No, el verdadero”, responde otro. Y a Montalbano le empiezan a firriare i cabasisi: todo había comenzado cuando le contó una de sus investigaciones a un “escritor local”, “un tal Camilleri”, una gran camurria d’uomo que había hecho una novela, pero “como en Italia leen cuatro gatos”, ese primer libro no había hecho ruido. Entonces había tomado de sus relatos otros policiales, en una “lengua bastarda” que había tenido un éxito enorme, también en el exterior, y habían sido llevadas a la televisión. “Ahora todos lo conocían y lo confundían con ese otro”, su doble pirandelliano, el actor que “no se le parecía y era 15 años más joven”.

La ironía, marca de fábrica del éxito planetario de Camilleri, surge de nuevo cuando Montalbano vuelve a la comisaría y Catarella le dice que lo llamó “il professore Cavilleri”. “Camilleri”, lo corrige el comisario, “dile que no estoy”.

Así empieza Riccardino, la última novela de Montalbano, publicada póstumamente a un año de la muerte de Camilleri.

 

Montalbano 1 y 2, el verdadero y el de la televisión

Apenas consiguió dormirse sonó el teléfono, o por lo menos eso le pareció, después de horas y horas dando vueltas en la cama. Lo había probado todo: desde contar ovejitas hasta contar sin ovejitas, desde tratar de recordar cómo empezaba el primer canto de la Ilíada hasta lo que Cicerón había escrito en el comienzo de la Catilinaria, pero todo en vano. Después del “quosque tandem, Catilina”, nada de nada. Era un insomnio sin remedio, porque no lo había provocado una comilona o una ola de malos pensamientos. Prendió la luz, miró el reloj: todavía no eran las cinco de la mañana. Seguro que lo llamaban de la comisaría, habría pasado algo gordo. Se levantó sin apuro para ir contestar. Tenía una toma de teléfono al lado en la mesa de luz, pero nunca había querido usarla porque estaba convencido de que esa pequeña caminata de una habitación a otra, en caso de llamada nocturna, le daba la posibilidad de sacarse los restos de sueño que se obstinaban en quedarse pegadas al cerebro.

“¿Hola?”

Más que ronca, parecía que la voz le había salido pegada con cola.

“Soy Riccardino”, dijo una voz que, al contrario de la suya, era vibrante y festiva.

Eso lo irritó. ¿Cómo carajo se hacía para ser vibrante y festivo a las cinco de la mañana? Y además había un detalle no menor: no conocía a ningún Riccardino. Abrió la boca para mandarlo a ese lugar, pero Riccardino no le dio tiempo.

“¿Pero cómo? ¿Te olvidaste de la reunión? Ya estamos todos acá, frente al bar Aurora, solo nos faltas tú. Está un poquito nublado, pero más tarde va a ser un día espléndido”.

“Espérenme. En diez minutos, como mucho un cuarto de hora, llego”, mintió Montalbano.

Y colgó, yendo a acostarse de nuevo. Está bien: había estado mal, tendría que haberle dicho a Riccardino que él no era la persona que esperaban, en cambio así frente al bar Aurora perderían media mañana sin que apareciera el amigo que faltaba. Por otro lado, para ser justos, a las cinco de la mañana uno no se puede equivocar de número, despertar a un extraño que no tiene nada que ver y librarse como si nada. Ahora el sueño estaba definitivamente perdido. Menos mal que Riccardino le había dicho que iba a ser un lindo día. Se consoló.

El segundo llamado llegó poco después de las seis.

“Perdón, comisario, ¿lo desperté?”

“No, Catarè, estaba despierto”

“¿Seguro seguro, comisario? ¿O me lo dice para darme el gusto?

“No, Catarè, no te preocupes. Dime”

“Comisario, Fazio acaba de llamar porque dijo que lo habían llamado a usted”

¿Y por qué me llamas a mí?

“Porque Fazio me dijo que lo llame”

“¿A mí?”

“No, comisario, a Fazio”.

A este ritmo nunca iba a entender nada. Colgó y llamó a Fazio al celular.

“¿Qué pasa?”

“Lamento molestarlo, comisario, pero le dispararon a alguien”

“¿Lo mataron?”

“Sí, comisario. Dos tiros en la cara. Sería bueno que venga”.

“¿Augello no está?

“Comisario, ¿se olvidó? Se fue al pueblo de los suegros, con la mujer y el nene”.

Y enseguida Montalbano pensó con amargura que lo que acababa de preguntar, es decir si Mimì Augello estaba de turno, era una señal de los tiempos, o mejor dicho del tiempo, en singular, el suyo, personal, los años que empezaban a pesarle: en otro momento hubiera hecho lo imposible para mantener a Mimì Augello lejos de una investigación, no por envidia o para dañarle la carrera, sino para no compartir con él el indescriptible placer de la caza solitaria. Ahora en cambio con ganas lo habría mandado en su lugar, le habría pasado la investigación.