La escritora argentina visitó Puerto Madryn el 16 y 17 de octubre, invitada por dos bibliotecas populares y la Secretaría de Cultura de la ciudad. Allí la recibieron Martín Pérez, director de la Biblioteca Pública Municipal Sarmiento, y Natalia Pascuariello, coordinadora del Club de lectura “Mujeres escritoras”, de la Biblioteca Popular San Martín. Participó de dos conversatorios y compartió un taller de escritura con integrantes de tres talleres literarios locales. Durante los encuentros reflexionó sobre el silencio, la confianza en el lector, las estructuras narrativas y el diálogo entre Oriente y Occidente. También habló de su próximo libro, en el que la escritura, la figura de su padre y la muerte comienzan a entrelazarse.

Hay escritores que buscan explicarlo todo y otros que confían en lo que permanece fuera de la página. Alejandra Kamiya pertenece decididamente al segundo grupo. Sus cuentos, atravesados por vínculos familiares, pérdidas, encuentros y desencuentros, suelen dejar abiertas preguntas que continúan resonando mucho después de la lectura.
Durante su visita a Puerto Madryn, la autora de Los árboles caídos también son el bosque, El sol mueve la sombra de las cosas quietas y La paciencia del agua sobre cada piedra compartió algunas claves de su universo literario. Invitada por las bibliotecas populares Sarmiento y San Martín, ambas integrantes de la CONABIP, y por la Secretaría de Cultura municipal, participó de dos conversatorios y coordinó un taller de escritura con integrantes de tres talleres locales que habían trabajado previamente con sus textos.
Lejos de ofrecer fórmulas para escribir cuentos, Kamiya propuso una reflexión sobre la relación entre literatura y experiencia, la libertad de las formas narrativas y, sobre todo, la necesidad de confiar en la inteligencia y la sensibilidad del lector.
Lo que permanece debajo del agua
«Hay que trabajar lo que no se dice tanto como lo que se dice, o más», afirmó Kamiya durante el taller de escritura.
Para desarrollar esta idea recurrió a la conocida teoría del iceberg de Ernest Hemingway y a las reflexiones de Borges y Ricardo Piglia sobre las historias visibles y ocultas de un relato. Sin embargo, propuso ampliar esa concepción: bajo la superficie del texto no se encuentra solamente una trama que el escritor decide omitir, sino también una zona más íntima, hecha de resonancias, experiencias y asociaciones personales.
Esa dimensión invisible, explicó, no pertenece exclusivamente a quien escribe. También el lector aporta algo propio. Cuando recordamos un cuento que nos conmovió, buena parte de lo que conservamos no está expresamente escrito: surge de nuestra experiencia, de lo que imaginamos y de las relaciones que establecemos con el texto.
Para ilustrarlo, propuso una frase sencilla: «Él nunca había robado».
Bastan esas cuatro palabras para que el lector imagine que algo está por suceder. No hace falta agregar que esta vez robará. La información omitida activa la participación de quien lee.
Otro ejemplo provino del lenguaje cotidiano: «Vos siempre el mismo». La frase, aparentemente vacía de información concreta, puede contener una historia entera entre dos personas.
Kamiya señaló que, curiosamente, al escribir solemos olvidar los recursos de insinuación que utilizamos espontáneamente al hablar. La inseguridad lleva a explicar demasiado, a repetir información o a precisar aquello que el lector ya comprendió.
«Tiene que ver con confiar en el lector», sostuvo. Y comparó ese gesto con el de un cantante que deja de cantar una estrofa porque sabe que el público continuará la canción.
La literatura, desde esa perspectiva, no es una transmisión unilateral de información, sino una construcción compartida.
La poda como forma de confianza

Durante el intercambio con los participantes surgió una pregunta inevitable: ¿cuánto de ese trabajo de sugerencia se consigue en la primera escritura y cuánto durante la corrección?
Kamiya recordó una frase del poeta Hugo Padeletti: «Mi mayor recurso estilístico es la poda».
Corregir, explicó, consiste muchas veces en quitar. Pero esa supresión no es solamente una búsqueda de concisión: es también una manera de hacerle lugar al lector.
La escritora citó Introducción a la teoría literaria, de Terry Eagleton, y un ejemplo tomado de una novela de John Updike. A partir de unas pocas líneas, los lectores construyen una situación completa, imaginan vínculos entre personajes, espacios y acontecimientos que nunca fueron explicitados.
Buena parte de esas inferencias, señaló, proviene de nuestro contexto cultural. Leer implica realizar operaciones que completan, interpretan y, en ocasiones, transforman aquello que está escrito.
En este sentido, Kamiya reivindicó la posibilidad de que sus cuentos sean interpretados de maneras que ella misma no había previsto.
Recordó el caso de un lector que encontró una conspiración cuidadosamente planificada en «El pozo», un relato sobre un soldado japonés destinado en Filipinas. También mencionó las preguntas que suele despertar «Elefantes», cuyo final deja sin resolver el destino de uno de sus personajes.
«Está escrito lo que está escrito. Después, el resto es espacio libre para que cada uno haga lo que quiere», explicó.
Para Kamiya, la interpretación del autor no tiene necesariamente mayor autoridad que la del lector. El cuento adquiere nuevas dimensiones cada vez que alguien se apropia de él.

Contra las historias que vienen resueltas
La conversación sobre la confianza en el lector derivó hacia una crítica a ciertos hábitos de consumo cultural contemporáneos.
Kamiya cuestionó las narraciones audiovisuales que explican constantemente lo que sucede, repiten información y reducen la participación del espectador. Mencionó las fórmulas de algunas plataformas, que exigen la aparición del conflicto en momentos determinados y privilegian relatos fácilmente comprensibles incluso para quienes miran distraídamente.
El problema, advirtió, excede la literatura y el cine. También afecta nuestra manera de relacionarnos con el mundo.
La costumbre de escuchar mensajes de voz a velocidad acelerada, por ejemplo, puede hacernos perder el tono, la cadencia y los matices de lo que otra persona intenta comunicar.
En ese punto recordó una idea de Simone Weil: la atención como forma de amor.
La lectura, para Kamiya, exige una disposición opuesta a la velocidad y la pasividad. No se trata solamente de entender qué ocurre, sino de estar verdaderamente presentes ante aquello que se nos ofrece.

Una historia no necesita un conflicto
Otra de las ideas centrales de los encuentros fue la necesidad de cuestionar las estructuras narrativas que solemos considerar obligatorias.
Kamiya se mostró crítica del esquema tradicional de introducción, nudo y desenlace, especialmente cuando se convierte en una fórmula que exige un conflicto claramente definido y su posterior resolución.
Recuperó una observación de la cineasta Lucrecia Martel, quien caracteriza esa concepción como un modelo bélico: para que una historia avance, parecería indispensable que alguien se enfrente con alguien y que finalmente haya un vencedor o una solución.
Pero la experiencia humana no siempre responde a ese orden. Muchas situaciones carecen de un conflicto preciso y, sobre todo, de un desenlace reconocible.
Como alternativa, Kamiya presentó el kishōtenketsu, una estructura narrativa japonesa de cuatro momentos: introducción, desarrollo, transformación e integración.
La diferencia resulta significativa. En lugar de resolver necesariamente un conflicto, la narración puede mostrar cómo un acontecimiento se incorpora a la vida de una persona o de una comunidad.
«Integrar no quiere decir resolver», aclaró.
También mencionó Autorretrato, de Édouard Levé, un libro construido mediante una sucesión de afirmaciones aparentemente inconexas que terminan componiendo una identidad.
Los ejemplos apuntaban a una misma conclusión: no existe una única estructura válida.
«Lo que uno quiere decir pide una forma y uno tiene que saber escuchar esa forma que pide».
La frase resume una de sus convicciones más firmes: la escritura no consiste en acomodar una experiencia dentro de un molde previamente establecido, sino en descubrir qué forma necesita esa experiencia para convertirse en literatura.
Personajes que se independizan de su autora
Durante los conversatorios, los lectores también preguntaron por algunos de los personajes más recordados de sus cuentos.
Kamiya contó que, cuando comenzó a escribir «La garza», quería construir un relato organizado en distintas versiones de una misma historia. También se propuso crear un personaje desagradable, alejado de aquellos seres entrañables que aparecían con frecuencia en sus textos.
Así nació Leiva. Sin embargo, a medida que avanzaba en la escritura, comenzó a comprenderlo y a encariñarse con él.
El personaje, además, parecía traer consigo a su antagonista, Jáuregui, que finalmente encontró lugar en otro cuento.
Algo semejante ocurrió con Sato, el protagonista de «El pozo». Kamiya había imaginado que el soldado cumpliría una orden hasta morir, pero durante la escritura el personaje tomó otra decisión: se rebeló.
Esos desvíos son especialmente valiosos para la autora. Cuando un personaje se aparta de lo previsto, adquiere una autonomía que lo vuelve más cercano a una persona real.
La escritura deja entonces de ser la ejecución de un plan para convertirse en un proceso de descubrimiento.

El puente entre Japón y Occidente
La relación entre las culturas japonesa y argentina atraviesa buena parte de la obra de Kamiya. Hija de padre japonés y madre argentina, la escritora reconoce en ese espacio intermedio una dimensión central de su identidad.
Durante uno de los conversatorios explicó que le interesan especialmente los libros que funcionan como puentes entre Japón y Occidente.
Esa imagen encontró una expresión cinematográfica en Los siete samuráis, de Akira Kurosawa, una película que ha visto numerosas veces.
Kamiya se detuvo en el personaje interpretado por Toshiro Mifune: un hombre que aspira a ser samurái, aunque no pertenece plenamente a ese mundo. Es el séptimo integrante del grupo, diferente de los otros seis, y su singularidad queda incluso representada en la bandera que los identifica.
La escritora recordó especialmente la escena de su muerte sobre un puente.
En ese personaje que no termina de pertenecer a ningún lugar reconoció algo de su propia experiencia: la posibilidad de habitar un territorio entre dos culturas sin quedar completamente definido por ninguna de ellas.
La influencia oriental aparece también en su concepción del relato y de la muerte, así como en su interés por los koan, breves historias o preguntas de la tradición budista que desafían el pensamiento racional.
A propósito de su cuento «Un koan para el señor Mishida», explicó que estas formulaciones buscan conducir la mente hasta un límite, allí donde las respuestas habituales dejan de funcionar.
La literatura puede provocar una experiencia semejante: no siempre ofrece una solución intelectual, sino que invita a otra forma de comprensión.
Escribir sobre lo vivido, escribir sobre lo imaginado
¿Hasta qué punto sus cuentos son autobiográficos?
Kamiya respondió cuestionando la frontera entre experiencia y ficción.
Rememoró un ejercicio realizado en el taller de su primera maestra en la escritura, Inés Fernandez Moreno, en el que se leyó un texto de Santiago Dabove; cada participante debía escribir lo que había escuchado. El resultado fueron historias completamente disímiles en las que cada uno, de algún modo, se contaba a sí mismo.
Dos personas que recuerdan un mismo acontecimiento, señaló, suelen construir versiones diferentes. La memoria selecciona, interpreta y reorganiza lo vivido. Por eso, incluso cuando intentamos contar algo que efectivamente ocurrió, ya estamos elaborando una narración.
A la inversa, una historia completamente inventada puede contener aspectos profundamente personales.
Mencionó «Sakura-gari», un cuento que considera especialmente autobiográfico aunque incluya conversaciones imaginarias entre una mujer y su gato.
También recordó una conversación con Abelardo Castillo acerca de «La fruta y la oscuridad». Cuando su maestro le sugirió utilizar su propio nombre para la protagonista, ella objetó que los hechos narrados nunca le habían sucedido. Castillo insistió: el nombre permitiría que los lectores imaginaran a la autora cuando era niña.
La anécdota le permitió formular una distinción importante: no se trata necesariamente de contar lo que nos pasó, sino de expresar algo verdadero acerca de quiénes somos.
En ese punto recordó una conversación reciente entre Emmanuel Carrère y Leila Guerriero, en la que el escritor francés retomó las motivaciones para escribir propuestas por George Orwell y añadió una dimensión autobiográfica: el deseo de dejar constancia de quién fue uno.
A Kamiya le interesó especialmente ese tiempo verbal, el pasado, porque introduce la conciencia de la muerte en el acto mismo de escribir.
Un nuevo libro donde aparece la muerte
La escritora compartió también algunos detalles de su trabajo actual.
Después de la pandemia había comenzado una novela que entrelazaba escenas de películas japonesas con conversaciones mantenidas con su padre. El proyecto quedó interrumpido cuando se rompió su computadora y perdió parte del material.
Tiempo después, ante la posibilidad de escribir un libro sobre literatura y procesos creativos, comenzó un nuevo trabajo. Sin embargo, mientras desarrollaba sus reflexiones sobre la escritura, reaparecieron la figura de su padre, sus historias y aquellas películas.
El proyecto empezó entonces a transformarse.
Según contó, el libro que está escribiendo combina elementos del ensayo, recuerdos personales y zonas narrativas que todavía no sabe cómo clasificar.
A ese conjunto se sumó un personaje inesperado: la muerte.
«La muerte me rodea», explicó al describir las primeras páginas. Lejos de aparecer únicamente como una presencia sombría, se convierte en una figura que le aporta lucidez, sentido y, en ocasiones, humor.
Cuando leyó el comienzo a su editora, esta celebró su regreso a la ficción. Kamiya, sin embargo, sintió que estaba escribiendo algo profundamente verdadero.
El episodio vuelve a poner en cuestión una de las divisiones que recorrieron los encuentros: la separación entre lo autobiográfico y lo inventado.
También anticipó otro proyecto: una adaptación cinematográfica de su cuento «Los ensayos», en desarrollo con la directora Celina Murga, cuyo trabajo había sido presentado en una instancia vinculada con el Festival de San Sebastián para buscar financiamiento.

La literatura como camino, no como producto
Hacia el final de los encuentros, Kamiya volvió sobre una diferencia que considera fundamental entre ciertas concepciones occidentales y orientales: la importancia concedida al resultado frente al valor del proceso.
Contó que su escritura avanza lentamente y que, del mismo modo, intenta respetar el tiempo que cada libro le exige como lectora.
No todos los textos pueden leerse con la misma velocidad. Algunos requieren detenerse, volver atrás, permanecer durante días en una misma idea.
Recordó una frase de Dorothy Parker según la cual los escritores no quieren escribir, sino haber escrito. Kamiya se reconoció en la posición contraria.
«Yo quiero escribir, no quiero haber escrito», afirmó.
Para ella, la literatura no se agota en la publicación de un libro ni en su circulación. Lo esencial sucede durante la escritura y durante la lectura, dos experiencias que exigen tiempo, atención y una participación activa.
«No quiero que mis libros se consuman como productos. Me interesa proponer no el consumo sino el proceso de lectura».
Esa convicción explica también su interés por los finales abiertos y por los relatos que continúan trabajando en la imaginación del lector después de la última página.
La obra literaria, sugirió, tampoco tiene por qué entenderse como una sucesión lineal de títulos. A propósito de Annie Ernaux, habló de una obra circular, a la que se puede ingresar desde distintos puntos y encontrar siempre una misma pregunta que vuelve, bajo formas diferentes.
Tal vez eso sea también lo que sucede con sus propios cuentos: la persistencia de ciertas preguntas sobre la identidad, los vínculos, el tiempo y la muerte.
En un momento del conversatorio, Kamiya contó que cada mañana realiza un pequeño ritual de agradecimiento. Entre las cosas por las que da gracias está siempre la literatura.
«Es mi camino», dijo.
La frase ilumina retrospectivamente buena parte de lo conversado en Puerto Madryn. Para Alejandra Kamiya, leer y escribir no son actividades separadas de la vida ni caminos hacia un resultado definitivo. Son, precisamente, maneras de transitarla.






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