Teresa Teramo
Mi primera parada en cualquier ciudad que visito es siempre una librería. En Oxford, esa costumbre se vuelve destino inevitable. A pasos de las Bodleian Libraries, entré a Blackwell’s sin dimensionar lo que me esperaba. Por fuera, una fachada sobria; por dentro, un laberinto de libros que daba sensación de infinito.
La librería se despliega en varios niveles donde se descubren géneros, épocas y colecciones. Allí dentro, el tiempo parece detenerse. Uno hojea libros “un rato”, y cuando vuelve a mirar el reloj ya pasaron dos horas. Estar tres resulta razonable. Cuatro, quizá, apenas suficiente. El tiempo vuela entre los libros y las lecturas. Literalmente.

Un subsuelo secreto: la sala Norrington
Blackwell’s guarda un secreto bien custodiado bajo tierra: la Sala de lectura Norrington. Un subsuelo amplio y silencioso, con mesas y sillones donde sentarse a hojear un libro “prestado” de las estanterías. Varios enchufes al ras del suelo permiten conectar móviles y equipos.
Es un refugio perfecto para un día lluvioso —como era mi caso— o para cuando la única urgencia es encontrar la próxima lectura. Durante años, este espacio figuró en el Guinness como la mayor librería del mundo. Se entiende por qué.

Historia viva de una librería
Aunque la familia Blackwell abrió su primera librería en Oxford en 1846, el año que se toma como fundación es 1879, cuando Benjamin Henry Blackwell inauguró el local de Broad Street: un espacio que al principio tenía apenas unos pocos metros. Desde entonces, la continuidad fue ininterrumpida, aun cuando la firma fue adquirida en febrero de 2022 por Waterstone’s.
Por sus pasillos circularon libreros que luego serían autores premiados; la tienda aparece citada en libros, films y memorias; y fue casa editorial de momentos clave, como cuando en 1915 publicó el primer poema de J. R. R. Tolkien, Goblin’s Feet.
Hallazgos y desvíos felices
Recorrer Blackwell’s es caminar por un universo de humanidades, ciencias, artes, literatura y cine en múltiples lenguas, entre ediciones académicas y hallazgos inesperados. En una esquina se me aparecieron Borges y Cortázar en ediciones inglesas —más económicas que las que encontramos en Buenos Aires—.
Al bajar un nivel y girar por uno de los interminables pasillos, quedé atrapada entre los anaqueles dedicados al cine y la literatura. Me permito esta digresión: encontré sin buscar —y compré— un libro dedicado al análisis y a la construcción del guion de La tumba de las luciérnagas, una de mis películas preferidas de Studio Ghibli.
Estrenado en 1988, el film dirigido por Isao Takahata y basado en un relato autobiográfico de Akiyuki Nosaka narra la historia de dos niños japoneses que intentan sobrevivir en los últimos días de la Segunda Guerra Mundial. Su realismo áspero, hasta entonces inédito en la animación, lo convirtió con el tiempo en un clásico tanto del anime como del cine bélico. En 2018, USA Today la ubicó en el primer puesto entre las mejores películas animadas de todos los tiempos.
Sin embargo, esta obra sombría sigue siendo poco analizada fuera de Japón, incluso cuando su sentido es objeto de intensas disputas: el propio Takahata lamentó que pocos hubieran comprendido su mensaje. El libro de Alex Dudok de Wit —el primer estudio en inglés dedicado íntegramente al film— explora sus temas, recursos visuales y el contexto político en el que fue realizada, además de reconstruir una producción problemática que estuvo a punto de convertirse en un desastre para el director y su estudio.

Los clásicos y una convicción antigua
Hay otro momento —más silencioso, casi iniciático— que revela el espíritu de Blackwell’s. En medio del laberinto aparece una colección inconfundible: los clásicos editados en tapas verdes y rojas de la Loeb Classical Library. Sobrios y elegantes, presentan el texto griego o latino junto a su traducción al inglés, en páginas enfrentadas.
No es casual que estos anaqueles estén acompañados por una sentencia de Cicerón:
A room without books is like a body without a soul.
La frase funciona menos como adorno que como programa. Verlos alineados produce algo más que admiración estética: es una escena intelectual. Homero, Platón, Virgilio, Cicerón, Sófocles siguen ahí, disponibles, pensados no como reliquias sino como lecturas vivas. Blackwell’s no acumula libros: ordena una tradición y la pone al alcance de quien quiera detenerse a leer.

Lectores de todas las edades
Los niveles dedicados a la literatura infantil y juvenil son innumerables y preciosos. Como era de esperarse, un espacio destacado lo ocupa la obra de Tolkien. Allí encontré algo entrañable: pequeños cartelitos escritos a mano —sí, a mano— con recomendaciones y observaciones de lectura.
Debajo de este nivel se extiende una tienda enorme con souvenirs de personajes literarios y bolsas impresas con frases inolvidables de la literatura universal.

Salir del laberinto
Uno sale de Blackwell’s con una sensación rara y feliz: la de tener suerte de estar vivo y respirar papel y tinta en una época tan digital como la nuestra. Alegre de que un laberinto así esté transitado por grandes y chicos en abundancia.
Recomendación final —y sincera—: cuando puedan, vayan y dedíquenle tiempo. Dos horas funcionan. Tres se disfrutan. Cuatro, tal vez, alcanzan para grandes hallazgos. Yo espero volver a volar pronto para perderme otra vez en este laberinto de libros.






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