Leer a Dante: cómo, por qué

En ocasión de los 700 años de la muerte de Dante Alighieri, sumo poeta y fundador de la moderna lengua italiana, compartimos un artículo de introducción a Dante, su época y la Divina Comedia, escrito por los especialistas Mara y Raffaele Campanella. El mismo artículo se puede descargar y compartir en su versión en pdf, descargable aquí:

Por Mara Campanella y Raffaele Campanella

A Liliana, que nos dejó demasiado pronto

“El conocimiento directo de la Comedia,

el contacto inmediato es la más inagotable felicidad

que pueda ministrar la literatura”

Jorge Luis Borges

Dante y su época

Dante nace en Florencia en el 1265 y muere en Ravena en 1321. Vive en plena Edad Media, pero en una Edad Media que ya no es ese período así llamado oscuro, sino por el contrario una época de florecimiento cultural, dinámica, donde se construyen grandes catedrales, se crean las primeras universidades, se debate enormemente entre teólogos y filósofos; época, además, en que empiezan a gestarse los primeros textos de las literaturas nacionales como La Chanson de Roland en Francia, el Cid Campeador en España y los poetas del ya consagrado dolce stil novo en Italia. Por su lado, el latín sigue siendo aún la lengua común a las personas cultas (lo que supone en esa época el clero y los intelectuales laicos), mientras en paralelo van tomando peso y valor literario las lenguas consideradas vulgares.

En este aspecto, como es conocido, Dante adquiere una importancia fundamental en la fundación, desarrollo y enriquecimiento de las bases de la futura lengua italiana. Como todo gran pensador de su época, cuando se dirige a otros intelectuales contemporáneos, se expresa en latín. Así lo hace con el De Vulgari Eloquentia, obra inconclusa por medio de la cual subraya la importancia del vulgar frente al latín, como con la Monarchia, texto de filosofía política en que defiende fervientemente la autonomía del poder temporal respecto del poder espiritual.

Pero Dante no quiere simplemente limitarse al círculo restringido de los intelectuales, sino que desea llegar también a un público extendido, es decir, la otra gran mayoría de la población que no conoce el latín y a la que él desea ofrecer la posibilidad de acceder al placer de la poesía, a los debates filosóficos y morales y al conocimiento enciclopédico propio de su época. Para ello, hará uso del vulgar, lengua a través de la cual será capaz de expresar pensamientos amorosos tanto como conceptos elevados y complejos. Así lo demuestran tres textos esenciales: La Vita Nuova, obra juvenil que habla de su amor por Beatrice y la experiencia de muerte de su mujer amada; el Convivio, un “banquete” inconcluso de conocimientos filosóficos y morales; y la Commedia que, entre otras cosas, es también una gran enciclopedia del saber contemporáneo. Gracias a este movimiento popular y pedagógico es que Dante se erige como el padre del idioma italiano.

Pero Dante no es solamente un gran poeta, filósofo y teólogo. Es también hombre de acción y quiere participar activamente en la vida política de su ciudad.

Hay que tener presente que Florencia en la época de Dante es una ciudad muy rica, floreciente y en plena expansión, gracias al desarrollo elevado de los oficios (como el mundo textil, la joyería, la talabartería, entre otros), de la actividad mercantil y al gran impulso de las actividades financieras que crean las condiciones necesarias para el surgimiento de los bancos. En pocos decenios, Florencia multiplica su población, expande sus límites territoriales y se convierte en sede de un potente movimiento migratorio del campo hacia la ciudad. Tan grande llegó a ser su riqueza, que Florencia, poco antes del nacimiento del poeta, había osado acuñar una moneda propia, el famoso florín de oro, la que se logró convertir en algo similar al dólar de ese entonces.

Como en toda ciudad de nuevos ricos y trepadores sociales que buscaban conseguir, de manera rápida y no siempre merecidamente, títulos de nobleza, Florencia es una ciudad en la que se expandían las luchas intestinas por el poder, la rivalidad entre grandes familias, la sed de riqueza y la usura. También en ese aspecto, el pensamiento de Dante es sorprendentemente moderno y radical al condenar la corrupción, el fraude y la usura, y otros comportamientos inmorales. Para conseguir sacar a Italia del salvajismo al que estas peleas la habían arrastrado, llamará reiterativamente a la nobleza a actuar y comportarse según el valor y la cortesía, y a no dejarse contaminar por el espíritu especulativo, por la usura y por las luchas de poder.

En este contexto, y aún joven, Dante tendrá su primera experiencia militar al enrolarse como caballero para la defensa de su ciudad, una experiencia que lo marcará profundamente. Sucesivamente, participará de manera activa en la vida política de la ciudad a través de distintos cargos políticos que lo llevaran de manera progresiva a la cumbre, cuando asumirá el cargo de “Prior” a la edad de 35 años.

Años después, escribirá una obra completa, la Monarchia, para explicar y defender su ética política. A través de este texto, Dante se coloca en una posición de equilibrio en la disputa secular entre el poder imperial (representado por el movimiento de los gibelinos) y el poder papal (encarnado por el movimiento de los güelfos) que él considera como poderes autónomos e independientes. Dante ve en la Monarquía universal la posibilidad de reestablecer en Italia y en Europa el orden, la paz y la justicia. La figura del monarca es la única que, según él, no se encuentra sometida a la codicia, raíz de todos los males, como ya escribía S. Pablo, puesto que su jurisdicción solo se encuentra limitada por el océano. Así, Dante confía en que el monarca universal será capaz de asegurar las condiciones necesarias para que los hombres puedan alcanzar en la tierra la felicidad a la que tienen derecho.

Las disputas políticas de la época se complican y amplían con la aparición de, por un lado, las Monarquías nacionales (Francia) que se oponen tanto al Papa como al Emperador, y, por otro, de las Comunas, pequeños estados locales muy ricos y poderosos que en Italia se disputan el poder, apoyándose algunos de ellos en el Emperador (Verona, Pisa) o en el Papa. En Florencia, comuna poderosa y rica por excelencia, se reproducen de manera violenta todas estas disputas ideológicas. En un primer momento, se forman dos bandos que defienden respectivamente cada una de estas posturas y que estarán en permanente guerra: el de los gibelinos, a favor de la causa imperial, y el de los güelfos, defensores del poder papal. Luego de varias virulentas pugnas, resultarán finalmente vencedores los güelfos, quienes, a su vez, se dividirán en dos facciones: los güelfos blancos y güelfos negros, cada uno de los cuales se encontraba encabezado por dos poderosas familias. Por su parte, los güelfos blancos defendían la autonomía de la ciudad sobre los designios papales y estaban al mando de los Cerchi; en cambio, los güelfos negros, encabezados por los Donati, con tal de tomar el poder, estaban dispuestos a sacrificar ante el Papa la libertad y autonomía de la ciudad.

En su carrera política, Dante participó del bando de güelfos blancos y se vio obligado, como “Prior”, a tomar decisiones radicales. Estas le costarían un desenlace trágico, cuando, al año siguiente, los güelfos negros lograron asumir el poder y, así, vengarse de sus enemigos. Contra los blancos, los güelfos negros llevaron adelante procesos sumarios, incautaron bienes, destruyeron palacios, emitieron sentencias arbitrarias, aplicaron penas pecuniarias e interdicciones de participar en la vida política, declararon destierros y hasta penas capitales. Acusado injustamente de malversación, Dante fue una de las víctimas de esta despiadada furia represiva. Por no haberse presentado al proceso, fue condenado en rebeldía al destierro y a la hoguera. Sin embargo, Dante jamás aceptó la injusta condena y, durante sus veinte años de exilio, proclamó siempre su inocencia. En todas las cartas que escribió durante el destierro, se proclamó siempre orgullosamente exul inmeritus, es decir, hombre desterrado inmerecidamente.

Fracasada la tentativa armada de volver a Florencia por parte de los güelfos blancos que vivían en destierro y como consecuencia también de sinsabores con los otros exilados, Dante empezó una solitaria peregrinación por distintas ciudades italianas, tratando de obtener la protección de familias poderosas. Pasó primero por Verona y Bologna, dos ciudades en las cuales inició a redactar el Convivio y De vulgari Eloquentia. Continuó por la Lunigiana, donde escribió el Infierno, y siguió deambulando por distintos destinos, mientras redactaba el Purgatorio. En 1308, la elección como emperador de Enrique VII de Luxemburgo suscitó en el poeta grandes esperanzas de que la autoridad imperial pudiera   restaurar el orden y la paz entre las distintas ciudades italianas en pugna. Pero el fracaso político-militar y la muerte del emperador, en 1313, decepcionaron profundamente las expectativas del poeta. A los pocos años, sufriría otra gran decepción: el nuevo Papa, Juan XXII, en efecto, decidió establecer definitivamente la sede papal en Avignon (Francia) y no en Roma, como Dante esperaba vivamente. Para el poeta, Roma era la ciudad destinada por la Providencia divina como sede tanto del papa como del emperador, los dos poderes que, según él, debían gobernar en perfecta armonía. Finalmente, luego de un largo período en Verona, donde terminó de escribir el Paraíso, Dante aceptó la hospitalidad de Guido Novello en Ravena. En esta ciudad morirá enfermo de malaria, en 1321, a la edad de 56 años. En vano durante siete siglos, Florencia tratará de obtener las cenizas de este hijo ilustre al que había injustamente desterrado.

Beatrice

Dante cuenta en la Vita Nuova que encontró a su amada, Beatrice, en dos oportunidades: cuando él tenía nueve años y Beatrice tenía ocho, y nueve años después cuando él era un joven lleno de vida y de entusiasmo y Beatrice era ya una mujer casada.

Estos dos encuentros fueron suficientes para hacer estallar en Dante un amor que duraría toda la vida. Se trata obviamente de un amor puramente platónico, que ofrece al poeta la ocasión para celebrar las virtudes celestiales de su amada, quien se le aparece como un «ángel» que desciende del cielo a la tierra para «miracol mostrare».  Pero no todo lo que exalta al poeta es milagro y amor. También están al acecho el dolor y la muerte. Y cuando la muerte precoz de la mujer amada hace irrupción, la vida del poeta se estremece. Dante se desespera y encuentra finalmente un consuelo en la meditación filosófica: Cicerón y Boecio serán su salvación. Como lo será luego Virgilio al que tomará como guía y maestro para el recorrido en el más allá que hará con la Comedia. La Comedia será también el cumplimiento de un compromiso que Dante toma consigo mismo al final de la Vita Nuova cuando promete decir sobre Beatrice «lo que jamás ha sido dicho de mujer alguna».

Los poemas que escribió en su juventud para exaltar las virtudes angelicales de Beatrice le permitieron a Dante entrar de pleno derecho en el restringido y aristocrático círculo de los poetas florentinos que él mismo designará luego como “los poetas del Dolce Stil Nuovo”. Entre ellos campeaba Guido Cavalcanti, un joven aristocrático a quien Dante dedicará la Vita Nuova y a quien calificará como «su primer amigo». 

En los poemas juveniles de la Vita Nuova, Beatrice campea soberana y es dibujada según todos los ejes temáticos propios del stilnovismo: la concepción de la poesía como razonamiento sobre el amor; la abstracción y sublimación de la mujer amada en caracteres maravillosos; el pasaje de la atónita admiración del poeta por Beatrice hacia un plano espiritual, ya que esa alabanza de la amada se convierte en preparación y tránsito hacia la contemplación divina y la posterior elevación espiritual. Pero, sobre todo, el recuerdo de Beatrice se construye a través del recurso que representa en la mujer amada significados morales y religiosos elevados. Por esto es que Beatrice, como figura literaria, se encuentra presente en todo el recorrido poético y espiritual de Dante, hasta su máxima expresión en la Comedia, donde, cubierta de mantos de gracia, acompañará al poeta a través de los diversos cielos hasta los umbrales del empíreo. En este sentido, más allá de una pasión de juventud que Dante desarrolla a lo largo de toda su vida, Beatrice es, sobre todo, eje insoslayable de su creación poética, de su inquietud espiritual, de su búsqueda filosófica y moral. Y en esa magnitud debe comprenderse la centralidad de este personaje en el que la identidad verídica queda supeditada a las necesidades poéticas, políticas, morales, en fin, personales del multivalente Dante.

En consonancia con los tres conceptos desarrollados en la Monarchia (libertad, espíritu de servicio y felicidad terrenal), Beatrice se presenta como sinónimo de luz e iluminación, en tanto ella encarna la plena libertad intelectual, la libertad transcendental. Beatrice es la personficación de la sabiduría divina, es decir, de esa felicidad última que combina tanto el plano terrenal como el divino. Ella supone la sabiduría que ofrece al ser humano las respuestas finales a sus angustiantes preguntas sobre la vida, la muerte y el más allá.

Dante y Beatriz, por el pintor prerrafaelita Henry Holiday

La Comedia

La Comedia debe comprenderse como un texto de época, reflejo de los debates religiosos, filosóficos y políticos, del ambiente social y cultural, del desarrollo que se encuentra atravesando toda su época y de la identidad magnánima de su autor. Como se sabe, el título original de la obra es Comedia y no Divina Comedia, tal como se la reconoce mundialmente; el adjetivo es un agregado de la historia y no invención del autor. Sin embargo, se puede afirmar que uno de los planos compositivos de esta obra es “divino”, esto es, celestial y teológico: lo religioso es un aspecto ineludible, indispensable, incluso central, pero no único en esta composición polisémica, vasta, infinita.

Por su parte, el título Comedia refiere más bien a una determinación genérica en tanto la obra se aleja marcadamente de la tragedia, ya que, a pesar de su inicio, termina bien.  

También, se relaciona con el uso de la lengua vulgar como un intento de ampliar su difusión y comprensión, de “democratizar” el conocimiento y hacerlo salir del íntimo y restringido círculo de los doctos para acercarlo al vulgo. Así, lejos de lo esperado, el adjetivo divina distancia, al poner en un pedestal una obra que tenía por principal interés su utilidad, su lectura, su practicidad: la Comedia debía servir para difundir conocimiento y su estrategia debía ser la empatía que crea lo cercano; también como un medio moral para mejorar los comportamientos individuales y colectivos.

Quizás, para un lector no italiano encontrar en Dante un referente intelectual actual sea más complejo. En muchos países, el acercamiento a la Comedia suele darse desde un placer estético, al que no es fácil acceder por la complejidad poética, la importancia del contexto, las abundantes notas al pie que –si bien enormemente útiles- empastan, enlentecen, aletargan el tan deseado placer.

El análisis que aquí presentamos se propone ofrecer al lector algunas herramientas que le permitan, si así lo desea, acercarse directamente por sus propios medios a toda la Comedia y poder apreciar la belleza y la diversidad de las tres Cánticas. Que el “Infierno” sea el pasaje más famoso de la obra dantesca no es menor: sin dudas, Dante la pensó y diseñó para poder ser apreciada por un gran público. Y ahí es justamente donde se suele detener su divulgación. Se trata de lograr que el “Purgatorio” y el “Paraíso” se vuelvan, también, objeto de disfrute, no solo porque Dante merezca el esfuerzo, sino porque se podrá reconocer, luego, que el poeta se encontraba en una tensión histórica similar a la actual: instituciones que parecían imbatibles (el imperio y el papado) entraban lentamente en crisis y el mundo que hasta ese momento se conocía como cotidiano se empezaba a derrumbar.

Leer a Dante es leer las contradicciones del hombre, sus luchas más íntimas, el cuestionamiento de sus límites, experiencia y visión del mundo. Es acompañar y vivenciar el recorrido que un hombre, perdido de sentido, extraviado de sí mismo y desesperanzado, anhela, sabiendo que es su única vía hacia la salvación.

Leer la Comedia es, también, leer un tratado ético construido a partir del desfile de personajes en plena agonía, desafío, disputa. Tratado ético que responde, insoslayablemente, a los valores morales de una época profundamente cristiana, aunque -al igual que Dante- descarriada, desgoznada, desbocada como caballo brioso que se ha soltado de sus estribos.

Sin dudas, leer la Comedia es, en última instancia, leer a Dante, un hombre al que muchos refieren como vanidoso, soberbio y lujurioso (Papini menciona que, si bien casado una sola vez, Dante fue polígamo -aunque  podemos imaginar que ese no es su mayor pecado), pero que también tenía una alta noción de honor y deber, lo que lo impulsó a escribir un libro que buscaba, entre otras cosas, reestablecer el orden social y ético en un mundo dominado por la codicia, la corrupción, el fraude, la injusticia, el egoísmo, la ambición y la lucha por el poder; un mundo desesperanzado, sin fe, sin certezas. Y en este sentido, un mundo agobiante, maltrecho, y muy similar al que aún conocemos hoy.

Infierno

La crisis espiritual que embiste a Dante a mitad del camino de su vida es tan profunda que de nada sirvieron las exhortaciones celestes para inducirlo a cambiar de dirección. Como todas las personas fuertemente pasionales y dotadas de un elevado concepto de sí mismas, Dante, por soberbia, se había encaminado en una especie de callejón sin salida.

Se lo recuerda con dureza Beatriz, al final del viaje a través del Purgatorio:

“Tanto cayó que todas las razones

para su salvación no le bastaban,

salvo enseñarle el pueblo condenado.”

(Purg. XXX, 136-138)

Por esto, el descenso al inframundo es un viaje moral que sirve para suscitar en el peregrino –y por consiguiente en el lector- el horror del pecado y la necesidad de la salvación. La visión de las penas, a las que son sometidos los condenados, debe servir de enseñanza y advertencia al mayor número de personas. Para lograr su objetivo, el poeta se ve obligado a dramatizar las escenas, recurso poético que Dante utiliza con gran maestría para hacer creíble su mensaje. Su poder de convicción es tan fuerte que logra hacer entrar al lector junto a él como espectador, y a veces como coprotagonista de las vivencias narradas. La transfiguración poética de los eventos, de los personajes, de los paisajes es eficaz al punto de involucrar directamente al lector: y, de hecho, nadie es indiferente a la fuerza de su poesía.

Todo en el Infierno es vivo, actual, dramático, porque Dante mismo se deja implicar y se convierte en actor junto con sus personajes. En Dante se superponen el rol de hombre-peregrino y el de poeta-narrador, pero al lector ambos roles le parecen uno solo, por lo que es inducido a tomar como verdadero aquello que el poeta-narrador dice o inventa sobre las reacciones o los sentimientos tanto del hombre-peregrino como de los personajes que él crea o transfigura poéticamente.

La primera criatura de Dante-poeta es Dante-peregrino, como son criaturas suyas los otros personajes –verdaderos, ficticios o mitológicos- que encontramos junto a él en su viaje en el más allá.

Enorme es la variedad de situaciones que Dante inventa y extrema es la “movilidad” de cada una de ellas. Los eventos, los personajes, los ambientes cambian a un ritmo apretado como en un gran teatro de escenografía variable o como en una gran producción cinematográfica.

La estructura narrativa del Infierno está hecha de una enorme variedad de tonos y contenidos, de rapidez expresiva, del movimiento continuo de las acciones, con la intención de atrapar constantemente la atención del lector.

Se observa una dosificación sapiente del principio de talión, del uso de los tonos fuertes, alternados con tonos más íntimos y reflexivos. Al encuentro-desencuentro con personajes ilustres suceden descripciones ambientales; a coloquios íntimos entre discípulo y maestro se contraponen ásperas confrontaciones con los personajes; las apóstrofes se alternan con las exhortaciones; las meditaciones morales con las reflexiones políticas.

Todo esto se mezcla con los sentimientos de piedad, admiración y participación que Dante manifiesta hacia algunos personajes. Tal es el caso de Paolo y Francesca, de Farinata degli Uberti, de Pier della Vigna, de Brunetto Latini, de Ulises, del conde Ugolino, y de todos aquellos otros personajes del Infierno que se han convertido en verdaderos íconos de los sentimientos más fuertes y profundos del hombre: la pasión amorosa, la participación política, la gratitud hacia los maestros, el amor por el conocimiento, la piedad paterna.

Esta tensión permanente entre Dante y sus criaturas –conformada, en cada caso, de admiración, piedad, ironía, desprecio, compasión- constituye el núcleo de numerosos episodios que pueblan el Infierno y que parecen encarnar paradigmáticas situaciones humanas. Por eso, Dante es universal y eterno. Por eso, en el ámbito de la Comedia, los personajes del Infierno son los más conocidos y emblemáticos: como si representaran “categorías” humanas, válidas bajo todos los cielos y en todos los tiempos.

Este amor por los tonos fuertes y por la creación de personajes que parecen esculpidos en mármol adquiere mayor relieve gracias a la cuidadosa descripción de los ambientes en los que están colocados los diversos episodios, así como por el uso de una lengua que parece responder perfectamente a la intención del autor. Uno de los tantos milagros realizados por Dante consiste en su extraordinaria capacidad de crear el clima “externo” adecuado a las distintas situaciones y el clima “interno” que demandan los eventos y personajes inventados por él.

Esta adecuación de la palabra “a la intención del arte” da al lector la sensación de perfección. Muchos episodios y personajes del Infierno parecen completos, circulares, cerrados en sí mismos.

A tan extraordinario resultado contribuye también la extrema fuerza de síntesis de la que es capaz Dante: generalmente, un personaje o un evento está contenido en pocos tercetos, a veces en pocos versos, hasta en un verso solo.

La dureza de las penas sirve para aumentar este clima de dramaticidad, basado en general en el principio de la pena de talión, principio exaltado por la notoriedad de muchos condenados (papas, prelados, clérigos, reyes, príncipes, personalidades ilustres, hombres políticos, poetas, escritores, etc.).

La colocación del Infierno en un abismo con forma de cono –que, según el poeta, se formó con la caída de Lucifer y llega hasta el centro de la tierra- tiene el valor simbólico de la progresiva caída del hombre hacia abajo. Caída que es menor o mayor según se pase de los pecados menos graves de “incontinencia”, que forman parte de la esfera de los instintos naturales (lujuria, gula, codicia), a aquellos más graves de “malicia”, en los que opera la razón al servicio del mal (violencia, fraude, etc.).

Por el principio de la ley de talión, los condenados son castigados con penas de naturaleza similar u opuesta a sus pecados. Así, los lujuriosos están abrumados por una tormenta; sobre los sodomitas llueve fuego desde el cielo; los soberbios están obligados por enormes rocas a tener la cabeza baja; los violentos son inmersos en sangre; los golosos son afligidos por una “lluvia eterna, maldita, fría y densa”.

Pero estas penas son el aspecto externo y visible de la condena. La verdadera pena, común a todos los personajes, es la eterna privación de Dios. Según Dante, el alma tiende naturalmente a Dios y el hecho de alejarse de él y de convertirse en esclavos de “ídolos” (poder, sexo, ego, soberbia, dinero, etc.) crea una laceración permanente que acompaña al alma por toda la eternidad. Así, el amor se convierte en odio, la alabanza en blasfemia, la aceptación de la voluntad divina en rebelión permanente. El Infierno es el lugar de la desesperación, del odio, de la soledad.

Esta circunstancia contribuye a la sensación de cierta infernal grandeza de algunos personajes. Excesivos en los sentimientos que tuvieron en tierra son Farinata, Capaneo, Vanni Fucci; grandioso es Ulises en su “vuelo loco”; estatuario es Ugolino en su odio y su piedad; trágicos son Francesca, Pier della Vigna, Brunetto Latini.

Grandiosamente horribles y hasta grotescos son los demonios y monstruos dantescos: Caronte, Minos, Cerbero, Pluto, Flegiás, las Erinias, hasta el más terrible, Lucifer, quien con su enorme cuerpo se erige como “el emperador del doloroso reino”.

Dante y Virgilio en el Infierno, por Gustave Doré

Purgatorio

Al leer los tercetos iniciales del Purgatorio, la primera sensación es de liberación. A la par del poeta, también el lector advierte la necesidad de respirar buen aire y de “rever las estrellas”. También el lector quiere que “renazca la poesía muerta” y que quede definitivamente detrás ese “mar así de cruel”.

Rápidamente, Dante sumerge al lector en este nuevo clima de serenidad y suavidad que caracteriza a la segunda parte del viaje:

“Dulce color de un oriental zafiro,

que se expandía en el sereno aspecto

del aire, puro hasta la primera esfera,

reapareció a mi vista deleitoso,

en cuanto salí del aire muerto,

que vista y pecho contristado había.”

(Purg. I, 13-18)

En el Purgatorio, todo es distinto al Infierno. Se descubre con alegría que Venus es “el astro bello que al amor invita” y que su presencia “hace sonreír todo el oriente”. Como buen augurio de la nueva aventura se presentan “cuatro estrellas que solo vieron las primeras gentes”: estrellas de tal esplendor que exaltan la belleza del cielo.

El poeta coloca el inicio de este proceso de “purificación” en un ambiente de particular hermosura:

“Vencía el alba ya a la madrugada

que escapaba delante, y a lo lejos

divisé el tremolar de la marina”

(Purg. I, 115-117)

Nos encontramos frente a un profundo cambio de clima, de escenografía, de lenguaje, de color, y nos preguntamos cómo un mismo poeta puede mutar rotundamente de registro y crear otro mundo tan distinto.

El Purgatorio es la antítesis del Infierno, del mismo modo en que la montaña que lo constituye se opone a la vorágine infernal. En el Infierno, los condenados están encadenados por sus pecados a penas eternas: en el Purgatorio las almas se hallan en un lugar de transición, donde deben purificarse de sus tendencias pecaminosas antes de ir al Paraíso.

Otro aspecto convierte el Purgatorio en la antítesis del Infierno. Mientras el orden del Infierno se basa en el principio de justicia y los pecados se dividen según la categorización realizada por Aristóteles en su Ética (incontinencia, violencia, maldad), el orden del Purgatorio se funda en la idea cristiana del perdón y propone una nueva división de los pecados basada en el principio del amor.

Por ello, en el Purgatorio, las diversas etapas del viaje están acompañadas por las proclamaciones de las Bienaventuranzas. Significativos textos evangélicos recuerdan las virtudes opuestas a los pecados expiados: a los soberbios se les recuerda la humildad, a los iracundos la mansedumbre, a los golosos la templanza, a los lujuriosos la castidad. De este modo, el poeta busca subrayar el “salto cualitativo” del mensaje cristiano respecto del mundo pagano. Se exalta a los humildes, a los pacíficos, a los misericordiosos, a los bondadosos, respecto de los poderosos, los soberbios, los violentos.

En el Purgatorio dantesco tenemos la sensación de que el poeta quiere concederse una larga pausa, hecha de realidades delicadas, de paisajes calmos, de afectos íntimos, de dulces abandonos. La fuerza de la amistad, el amor por la poesía, la dulzura reconfortante de la música, el valor de los sentimientos son los motivos que aquí prevalecen, acompañados de un tono melancólico y elegíaco.

 Se podría afirmar que, a diferencia de los tonos extremos utilizados en el Infierno y el Paraíso, Dante quiso crear en el Purgatorio un espacio de reposo y abandono, una especie de refugio donde no hay lugar ni para la tragedia ni para la exaltación mística, sino para la intimidad, para los placeres compartidos, para las sensaciones dulces. Se podría definir al Purgatorio como la cántica de la dulzura y de la intimidad, pero también como la Cántiga de la libertad, de la liberación moral, en la cual el peregrino conquista progresivamente el dominio de la razón sobre las pasiones.

La frase que Virgilio dice a Catón para subrayar el valor altamente ético del viaje dantesco (“busca la libertad, que es tan preciada, cual sabe quien a cambio da la vida”) sirve para recordarnos que el Purgatorio no está hecho solo de dulzura e intimidad, sino también de esfuerzo y de motivación ética. La purificación moral que Dante anhela es fatigosa y difícil, pero es posible si hay voluntad y ayuda.

Es importante subrayar otro aspecto. El Purgatorio, además de ser la Cántiga de la intimidad, de la amistad, de la esperanza y de la libertad moral, es también la Cántiga de la misericordia de Dios. Mientras que el Infierno es el lugar en donde Dios se presenta como justicia, el Purgatorio muestra la cara misericordiosa de Dios, incluso frente a los pecadores empedernidos, que se hayan arrepentido. Como dice un alma después de salvarse in extremis:

“mas tan gran brazo tiene la bondad

infinita, que acoge a quien la contempla”

(Purg. III, 122-3)

Por ello son importantes las plegarias y las buenas obras que los vivos pueden hacer en tierra para reducir el período de expiación de las almas en el Purgatorio. Aquí se aprecia un aspecto original del Cristianismo, que introduce la idea de la Comunión de los Santos y del Cuerpo Místico de Cristo, la que da la posibilidad a cada miembro de ayudar a los otros y contribuir, así, a la salvación general.

Partiendo de esta premisa, los teólogos del Medioevo pudieron hablar de la existencia en el más allá de un estadio intermedio entre la condena y la salvación eterna, es decir, un lugar en el que los seres humanos, que se hubieran arrepentido de sus propios pecados, recuperarían la esperanza de salvación.

Dante interpreta esta concepción teológica con gran libertad. De hecho, el poeta va más allá de los angostos límites de la enseñanza oficial de su tiempo, tanto en lo que atañe a la topografía como al ordenamiento moral del Purgatorio. El poeta quiere subrayar en especial el misterio de los designios divinos, que no se dejan encerrar en los estrechos confines de las decisiones humanas. Por esto, muchas almas piden al peregrino que las recuerde en tierra, con el objetivo no solo de que su fama sea restituida sino también para que sus familiares y cercanos puedan interceder en su favor con rezos y obras misericordiosas.

Dentro de estas directivas fundamentales, en la segunda Cántiga, se articulan otros importantes ejes sobre temas de interés para el poeta.

Primero, la diatriba ético-política, constante en toda la obra dantesca, contra las malas costumbres y la corrupción de Florencia, de los príncipes europeos, de la Iglesia, así como las exhortaciones morales, que resultan más apropiadas en este contexto, ya que se trata de almas que en vida conocieron las debilidades humanas y, por lo tanto, la necesidad de hacer prevalecer sobre ellas la razón.

Segundo, la importancia de la poesía y del arte en general. El recurso a los mitos, eventos históricos, episodios, parábolas, citas de las Sagradas Escrituras, sirven como instrumento de edificación de las almas y de sustento a las tesis del poeta.

Tercero, la presencia de las figuras angelicales, todas encargadas de misiones especiales. A su vez, los sueños que aparecen en momentos decisivos y que tienen un preciso significado alegórico-moral.

Finalmente, las delicadas y cuidadas descripciones paisajísticas, ligadas a muchos momentos de la peregrinación, como también los actos litúrgicos y los alegóricos que contribuyen a subrayar los aspectos doctrinarios y pedagógicos de la Cántiga.

Es necesario remarcar, en fin, que el Purgatorio dantesco compuesto entre 1310 y 1313 se hace eco de un clima histórico-político distinto al del Infierno. Dos importantes eventos ocurren durante estos años: la transferencia a Francia de la sede papal y la elección como emperador de Arrigo VII de Luxemburgo (1310-1313) que suscitó en el poeta la esperanza de restaurar en la península la autoridad imperial.

En cuanto al ordenamiento moral del Purgatorio el mismo Dante nos da indicaciones precisas a través de Virgilio, quien explica que cada criatura actúa bajo el impulso de amor natural o de amor por elección. Mientras el amor natural no puede fallar porque es instintivo, el amor por elección es bueno si está dirigido a Dios o encaminado con justa medida hacia las criaturas humanas o a los bienes terrestres. El mismo es malsano o pecaminoso si se direcciona hacia el mal dando lugar a vicios como la soberbia, la ira y la envidia; si es excesivo o inmoderado en relación a las criaturas humanas o a bienes materiales, provocando los pecados de lujuria, gula o avaricia; o si es negligente, dando origen a la pereza. Con estos comportamientos, en vez de ir hacia Dios, el hombre se encamina contra sí mismo, incurriendo en el pecado. Por consiguiente, resulta necesario purificarse de estas inclinaciones pecaminosas a través de los distintos círculos del Purgatorio.

Junto al tema del amor aparece, también, otro eje muy caro a Dante: el libre albedrío. Para Dante, la razón, con la que fue dotado el ser humano, debe gobernar la voluntad y orientar los instintos y las inclinaciones naturales hacia el bien. De aquí nace el principio de responsabilidad y, por lo tanto, la posibilidad de distribuir premios y castigos:

“Este es pues el principio del que parte

en vosotros el mérito, según

que buen o mal amor tome o desdeñe.”

(Purg. XVIII, 64-66)

Aquellas almas que no pueden entrar directamente al Purgatorio deberán permanecer un tiempo más o menos largo en el Antepurgatorio, para poder luego alcanzar el círculo de expiación. A diferencia del Purgatorio, que se halla fuera de la atmósfera terrestre y por lo tanto más cercano al Paraíso, el Antepurgatorio es más cercano a la tierra, ya que mantiene los ritmos estacionales y los fenómenos telúricos y atmosféricos.

En este lugar, se detienen las almas de los negligentes, de quienes tardaron en arrepentirse, se arrepintieron inmediatamente antes de morirse o no supieron empeñarse debida y suficientemente en la práctica de la virtud. Estas almas se agrupan en cuatro categorías distribuidas en la playa, la primera loma, la segunda loma y la cañada.

  • Los excomulgados, que se arrepintieron in extremis y deben detenerse allí por un tiempo 30 veces similar a aquel de la excomunión;
    • Los perezosos que descuidaron en tierra el ejercicio de la virtud por indolencia o flojera;
    • Los muertos por violencia, que se arrepintieron a último momento y perdonaron a sus asesinos;
    • Los príncipes que descuidaron sus obligaciones, aunque al final se hayan arrepentido.

El guardián del Purgatorio es Catón, un gran anciano digno y severo. Su aspecto infunde respeto tanto por la larga barba blanca como por la aureola que lo rodea:

“Los rayos de las cuatro luces santas

llenaban tanto su rostro de luz,

que le veía como al Sol de frente”

(Purg. I, 37-9)

También Virgilio advierte esta fuerza espiritual de Catón e invita a su discípulo a inclinarse ante él. Una vez conocidas las razones del viaje de los dos caminantes, Catón indicará a Virgilio cómo purificar al discípulo de las escorias infernales y qué camino debe tomar para iniciar el ascenso al monte.

Dante mirando hacia el Purgatorio (autor desconocido)

Paraíso

En el ámbito de las tres Cántigas, el Paraíso es como el Espíritu Santo en la Trinidad: el eternamente olvidado. Todos conocen y aman el Infierno, muchos conocen y aman el Purgatorio, pero pocos conocen y aman el Paraíso.

En realidad, cada Cántiga tiene personalidad propia, fuerte inspiración poética, musicalidad y tono específicos. Sin embargo, no es arriesgado pensar que Dante dedicó más empeño en el Paraíso, ya que era el desafío más arduo que debía afrontar. Es la parte de la obra que le permitirá, con orgullo, llamar “sacro” a su poema, y decir que en este pusieron mano cielo y tierra. El mismo poeta reconociendo lo arduo de su tarea invita a seguirlo solo a unos pocos secuaces, es decir aquellos que tempranamente se enderezaron hacia “el angélico pan”.

¿Pero es necesario ser espíritus elegidos para poder leer el Paraíso? En cierto sentido sí, en tanto el lector debe lentamente desprenderse de las cosas terrenas, de las contingencias humanas, para sumergirse de modo progresivo en lo celeste, lo divino, lo eterno.

En realidad, la mayor dificultad para este ascenso no la tiene tanto el lector cuanto el poeta que, sirviéndose de un medio imperfecto y limitado como es la palabra, debe expresar lo inexpresable, decir lo indecible. Y lograrlo no a través de un balbuceo místico sino con rigurosas y precisas exigencias métricas y estilísticas, respetando la estructura del poema, con sus cantos, tercetos, rimas y endecasílabos. De hecho, Dante intenta evitar por todos sus medios las experiencias místicas e inefables para privilegiar la exigencia de ver y de comprender y, hasta donde es posible, de narrar aquello que vio, oyó y comprendió en su viaje.

Esto supone un desafío enorme: ¿cómo es posible que un ser humano, que lleva consigo el peso de la carne y la opacidad de los sentidos, pueda “ver” aquello que su débil estructura sensorial no le permite ver? ¿Es capaz un hombre de soportar el impacto de lo divino? Incluso ayudado por la gracia, ¿puede Dante relatar todo lo que vio? Y de hacerlo, ¿qué palabras, qué imágenes, qué instrumentos puede utilizar?

Este es el gran desafío que Dante tuvo que afrontar. Para resolver el problema de la fragilidad y opacidad de los sentidos, recurre a una idea genial: la “transhumanación”. A partir del primer cielo, el poeta cuenta que, aun conservando su naturaleza humana intacta, se “transhumana”, es decir, sobrepasa su propia naturaleza para ir más allá de los límites impuestos a la fisicidad del hombre. Sobre la corporeidad del peregrino, plenamente operante en el Infierno y en el Purgatorio, prevalece en el Paraíso la espiritualidad, la atracción a Dios que es posible por la gracia: esta convoca hacia sí al peregrino de cielo en cielo, suscitando una creciente voluntad de ver la belleza suprema y de conocer las verdades últimas.

Desde el principio, Dante advierte que el fenómeno de la “transhumanación” no puede describirse con palabras: “Trashumanarse referir per verba no se puede”. Para dar al lector al menos una idea remota de este fenómeno, recuerda el episodio milagroso del pescador Glauco, quien se transformó en dios marino después de haber comido una hierba que había hecho revivir a sus peces.

Al expediente de la inefabilidad, Dante recurre a menudo en el Paraíso, para subrayar la unicidad de sus experiencias como únicos son los fenómenos a los que asiste. Así explica al lector la razón de esta dificultad:

“porque mientras se acerca a su deseo,

nuestro intelecto tanto profundiza,

que no puede seguirle la memoria”

(Par. I, 7-9)

Frente a la distancia entre la intensidad de la visión (el intelecto que colapsa ante Dios) y la limitada capacidad de recordar cuanto se ha visto (la memoria que no consigue alcanzar la “visio”) no queda otra alternativa que declarar la imposibilidad de expresar con palabras e imágenes aquello que se ha visto y oído.

Sin embargo, Dante es un poeta demasiado ambicioso para limitarse con declaraciones de impotencia. De hecho, cada vez que puede, intenta dar rienda suelta a su imaginación y logra, así, encontrar palabras, ejemplos, imágenes, alegorías, metáforas que dan al lector una idea de las experiencias extraordinarias que el poeta vivió.

Desde el inicio, Dante aclara que la división del Paraíso en nueve cielos es puramente ficticia, ya que “el cielo es todo Paraíso” (Par. III, 88-9). La división sirve simplemente para hacer al peregrino, y por lo tanto a lector, más claras las progresivas categorías de beatos, y reforzar así su capacidad visual e intelectiva. De este modo, el poeta consigue respetar la estructura del poema y darle un carácter ascendente al itinerario hacia Dios, mediante una creciente iluminación y un acercamiento progresivo a la meta.

Para describir el pasaje de un cielo al otro, el poeta usa elementos inmateriales: principalmente, la luz y la música que por sus caracteres inmateriales representan de manera adecuada la belleza de los cielos, la armonía del universo, la concordia de los beatos. También hace uso del canto, con el que permanentemente se rinden loas a Dios; la danza, que simboliza la comunión de los beatos; la alegría y la risa, que expresan la felicidad que solo Dios puede otorgar.

El Paraíso es una continua exaltación de la gloria y belleza de Dios, que se difunden por todo lo creado, tal como señala Dante en la apertura del canto:

“La gloria de quien mueve todo el mundo

el universo llena, y resplandece” (Par. I, 1-2)

Asimismo, el poeta canta el maravilloso orden cósmico que hace “a Dios el universo semejante” y permite a todas las criaturas moverse “a puertos diferentes […] por el gran mar del ser” (Par. I, 105; 112-114). Estamos ya aquí en una dimensión completamente espiritual: una visión cósmica que transforma al poeta en el águila que vuela sobre los otros y que, como Beatrice, puede mirar al sol a la cara.

Pero el Paraíso no acaba aquí. Dante se transhumana para acercarse progresivamente a lo divino, pero conserva intacta su humanidad y con ella sus pasiones éticas, políticas y civiles.

Fiel a su propósito moral de contribuir a mejorar la sociedad, el poeta se sirve de la voz de santos y beatos de renombre para denunciar la degradación de la sociedad civil, la corrupción de las costumbres, la pereza de los príncipes, la indebida apropiación de las funciones temporales por parte de la Iglesia, y el afán de riqueza por el que se dejan llevar papas, obispos y órdenes monásticas.

En el Paraíso, la presencia de connotaciones terrestres se da, también, a través de numerosas imágenes y similitudes obtenidas de la observación de la naturaleza y de los hechos cotidianos. Generalmente, la idea que se tiene de Dante en el Paraíso es la de un hombre con la cara hacia arriba y los ojos hacia el cielo, siempre escrutando el universo y dispuesto a debatir grandes temas éticos, teológicos, filosóficos, políticos. Si bien esto es cierto, no alcanza para describir la extraordinaria riqueza de la Cántiga, en la que Dante se revela también como un atento observador de las vicisitudes mundanas, de los fenómenos naturales, de las pequeñas cosas de todos los días, del comportamiento de la sociedad de su tiempo.

En el Paraíso, se alternan cantos místicos y episodios íntimos y humanos, cantos filosófico-teológicos y cantos de fuerte impacto ético-político. A veces, estos elementos se funden en un mismo canto, otras veces sirven de puente entre un canto y el otro. En su conjunto dan sustancia poética a una sinfonía polifónica que toca las cuerdas más altas y nobles del hombre, colocando todos los temas tratados en una dimensión universal y eterna.

Dante y Beatrice, por Gustave Doré

Modernidad de Dante

La modernidad de Dante, hombre de la Edad Media, es sorprendente. Su visión equilibrada y armónica no solo del universo sino también de la sociedad y de la vida en común son de gran actualidad.

La Providencia divina, considera el poeta, ha asignado a los seres humanos dos fines: la felicidad terrena y la felicidad celeste. Su idea de «los dos fines» es tanto más moderna si se piensa que a partir de San Agustín y mas allá aún de la Edad Media, la Iglesia Católica enseñaba que la «patria celestial» era la meta final de todo ser humano, puesto que la tierra no era más que «un valle de lágrimas». Es interesante observar también que la Declaración de Independencia de los Estados Unidos de América indica la «búsqueda de la felicidad» como uno de los derechos fundamentales del ser humano junto a la vida y a la libertad.

Para Dante, asegurar a todos los habitantes la felicidad terrena mediante el ejercicio de la justicia y la instauración de la paz es la tarea fundamental de los poderes públicos, que deben estar al servicio de los ciudadanos y no viceversa. Para él, los poderes públicos deben tomar todas las medidas necesarias que permitan a cada habitante    expresar en su plenitud todas sus facultades y colaborar lealmente con todos los otros habitantes para convertir la tierra en un Paraíso terrenal. Asegurar las condiciones espirituales para conducir a los hombres a la felicidad celeste es la tarea fundamental del poder espiritual, es decir de la Iglesia.

Sin embargo, el poeta debía constatar con amargura que la Iglesia de su tiempo estaba lejos de cumplir la misión que la Providencia le había encomendado. 

Dante veía con desagrado que la Iglesia estaba sumida en una profunda crisis moral y espiritual: la codicia, el afán por el poder, la acumulación de riquezas, la gula, la soberbia, la corrupción, habían alejado de la «recta vía» a muchos eclesiásticos e incluso a varios papas. Podía apreciarse cómo la Iglesia había desoído los preceptos de su Fundador, quien había declarado que su reino no pertenecía a este mundo y cuyos discípulos no debían acumular riquezas. Por el contrario no solo muchos eclesiásticos otorgaban más importancia a los bienes de este mundo que a los valores morales y espirituales, sino que la Iglesia misma creía tener derecho a ejercer el poder temporal, algo que Dante consideraba contrario a los preceptos evangélicos.

La crítica de Dante al poder temporal de los papas guarda toda su actualidad aun hoy, puesto que la Iglesia Católica, si ben ha perdido a partir de 1870 todos los territorios que por muchos siglos habían formado el Estado Pontificio, sigue manteniendo con la Ciudad del Vaticano una estructura estatal, regida por un Pontífice que es al mismo tiempo Jefe de la Iglesia y Soberano absoluto del más pequeño Estado del mundo.  

Interesante es también aun para los hombres del siglo XXI el énfasis que Dante pone en la idea de libertad. Obviamente, no se trata de la idea moderna de libertad política sino de la libertad moral.

Dante considera el libre albedrío como » el mayor regalo que Dios ha hecho al hombre». Gracias a este don, el ser humano puede decidir si quiere caminar hacia su perdición o luchar para alcanzar la felicidad terrenal. Esta idea acarrea como consecuencia el concepto de responsabilidad en cada uno de nosotros. Si el mundo anda mal – dice Dante- la culpa no es ni de los astros ni de la fatalidad: es únicamente nuestra. No caben, en el pensamiento dantesco, explicaciones externas a la ruina y decadencia terrestre. Toda la Comedia con sus penas, castigos y recompensas, se basa en la idea de responsabilidad personal, en tanto el hombre debe responder ante Dios de sus acciones y decisiones. En base a éstas recibirá en el más allá castigo o premio, según haya sido su comportamiento en tierra. Es preciso observar que la responsabilidad individual no atañe solo a los ciudadanos, sino también – y a fortiori- a todos los poderes, tanto los espirituales como los temporales. Es decir, atañe a la Iglesia y a todos sus miembros como al monarca, al príncipe, al gobernante, cualquiera sea el poder que detente. En este sentido, nadie queda excluido de esta noción de responsabilidad individual que se encuentra en la base de su defensa de la libertad moral.

Conclusiones

Luego de una primera lectura de la Comedia dantesca, es probable que el lector se encuentre frente a un conjunto de preguntas diversas. Es probable, también, que una primera lectura le resulte insuficiente o incompleta, y que él o ella sienta que algo se ha perdido o no ha logrado exprimir del texto. No hay que sentirse desmotivado por la grandeza de una obra universal como lo es la Comedia.

Borges, en su famoso Nueve ensayos dantescos, delinea algunas preguntas recurrentes, que consideramos le permitirán al lector interesado continuar con la reflexión luego de su primera lectura de la obra. Estas son sugerencias de un versado e inteligente lector, como lo fue Borges, y no pretenden abarcar la polisemia y variedad que el viaje dantesco encierra.

Entonces:

  1. ¿La experiencia de viaje que relata el poeta fue una experiencia verídica o es pura invención de la fantasía del autor? ¿Es, en términos borgeanos, algo como un sueño?
  2. ¿Será cierto, como sospecha Borges, que Dante inventó todo el poema con el fin último de crear encuentros con su amada Beatrice? ¿Es, entonces, la Comedia principalmente un poema de amor?
  3. ¿Puede leerse en la figura de Ulises un alter ego del mismo Dante? ¿Es posible identificar a los dos personajes como caras de una misma moneda?
  4. Frente al célebre episodio de Paolo y Francesca, ¿es cierto que Dante adopta la actitud de un “verdugo piadoso”?
  5. ¿La Comedia es la cumbre de todas las literaturas, como se dedicaron a afirmar tantos intelectuales? ¿Cuál es el precio que paga la obra por ese rasgo de universalidad y transtemporalidad que podemos reconocerle?

Finalmente, la obra tocará en cada lector que se enfrente a ella un sinfín de nervios personales, íntimos, individuales que dan a la experiencia dantesca su propio tinte.

Roberto Benigni recita el Canto I del Infierno de Dante Alighieri

Bibliografía

ALIGHIERI, D. (1957): La Divina Commedia, a cura di Natalino Sapegno, Milano, Ricciardi Editore.                 

ALIGHIERI, D. (1994): La Divina Commedia. Paradiso, commento di Anna Maria Chiavacci Leonardi, Milano, Mondadori.

ALIGHIERI D. (1995):Convivio. Prefazione, note e commenti di Piero Cudini, Milano, Garzanti.

ALIGHIERI D. (2004): Monarchia. A cura di Bruno Nardi.Opere Minori,Tomo II, Milano, Ricciardi Editore.

BORGES J.L. (1999): Nueve ensayos dantescos, Buenos Aires, Emecé Editores. CAMPANELLA, R. (2014): Dante e la Commedia, Castello, Editorial Edmond.

Autores

Mara Campanella

Licenciada en Letras, Magíster en Políticas Educativas y en Gestión Cultural se ha dedicado a la docencia de literatura durante diez años en nivel medio y universitario.

Publicó textos sobre el cambio educativo en el proyecto Comunidad Pansophiana bajo los títulos “Disrupción en la educación: un enigma de tres pasos”, y “¿Tecnologías en la escuela? La escuela ES una tecnología”, el último en colaboración con M. Narodowski.

Se dedicó al estudio del filósofo francés Roland Barthes, sobre quien publicó dos textos de análisis: “El pathos barthesiano. Una lectura de Fragmentos” en la revista Ex Libris (1), en la Universidad de Buenos Aires y “El pathos como fuerza”, en la revista digital No-Retornable (8).

Fue auxiliar de investigación en diversos grupos académicos entre 2008 y 2018, y adscripta a la cátedra de Literatura del Siglo XX en la Universidad de Buenos Aires.

Participó en distintos congresos en las siguientes instituciones argentinas: Universidad Torcuato di Tella, Universidad de Buenos Aires, Universidad Tres de Febrero y Universidad Nacional de Córdoba.

Raffaele Campanella

Diplomático, escritor, ensayista, conferencista, el embajador Raffaele Campanella se dedica hace más de 20 años al estudio de la Divina Comedia y de otras obras dantescas.

Con la Casa Editorial Edimond publicó en el 2006 el volumen “Reflexiones de un hombre común” y en el 2011 “Dante y la Comedia” (traducido al chino). Con la Casa Editorial Edicampus publicó en el 2014 “Dante y su tiempo”.

Colabora con artículos de temas dantescos con la “Revista Internacional de Estudios sobre Dante Alighieri” (Editor Serra); con la Revista “Tenzone” de la Asociación Complutense de Dantología de Madrid; con la “Revista de Estudios Políticos Internacionales” de la Universidad “La Sapienza” de Roma; con los “Cuadernos Dantescos” de la Sociedad Dantesca Húngara de Budapest; con la Revista “El político”, de la Universidad de Pavia.

Desde el 2004 al 2020 llevó a cabo conferencias sobre temas dantescos en Aix-en Provence, Hamburgo, Habana, Aviñón, Bahía Blanca, Buenos Aires, Córdoba, Lisboa, Lugano, Madrid, Mar del Plata, Marsella, Montevideo, Niza, Oporto, Pavia, Pisa, Roma, Rosario, Salta, San Pablo, Tucumán, Túnez, Zagreb. Desde el 2004 al 2013 llevó a cabo ciclos anuales de “Lectura Dantis” a través del Círculo del Ministerio del Exterior y de la Cooperación Internacional (Roma).