La obsesión del Nobel

Cuenta Rafael Cansinos Assens que el Nobel era una obsesión para muchos escritores, que debían movilizar a todos sus amigos para que enviaran pliegos de firmas solicitando la distinción. Liceos, universidades, centros regionales y academias debían acribillar a los académicos suecos pidiendo el premio para su candidato. Este, a su vez, debía juntar todos los recortes periodísticos acerca de sus obras, para que supieran en Suecia la importancia que tenían en las letras de su país.

Así lo venían haciendo Concha Espina (que hasta tenía libros traducidos al sueco) y Blanco-Fombona, sin saber que ese año [1926] ambos serían burlados: el Nobel fue para Grazia Deledda. Gran disgusto de Concha Espina, sobre todo porque se lo habían otorgado a una mujer, lo cual amargó aún más a la escritora española, que llamaba a la italiana “autora de cuentitos regionales”. A su vez Blanco-Fombona, sabiendo que Espina era su rival, la llamaba “vieja bruja, sacritanesca, ¡quererse medir conmigo!”.

La conspiración académica le quitó un año el Nobel a Salvador Rueda. La anécdota la contó A. Palacio Valdés: “Nos enteramos tiempo y lo impedimos: ‘¡Hombre, un panteísta, anticatólico..!'”. Y reflexiona Cansinos Assens: “¡Qué ganas de amargarse la vida de escritor, ya de por sí tan amarga. Sí, pero el millón de coronas…”.

(Fuente: Rafael Cansinos Assens)

Carroll, el tren y el espejo

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Lewis Carroll se encontraba una vez en vagón de tren con una señora y su hijita, que venía leyendo Alicia en el país de las maravillas. Cuando la niña cerró el libro, él se puso a hablar con ella acerca de la historia; también se unió la madre a la conversación. Sin saber que su interlocutor era el autor de la obra, la mujer comentó: “¿No es triste lo del pobre Sr. Carroll? Se volvió loco, sabe…”. “¿De veras? -preguntó el autor- nunca había escuchado eso”. “Oh, yo le aseguro que es cierto, me lo contó alguien de quien no se puede dudar”. Antes de separarse de ella, Carroll obtuvo permiso para enviarle un regalo a la niña, quien pocos días después recibió un ejemplar de A través del espejo con la dedicatoria: “Del autor, como recuerdo de un viaje agradable”.

Fuente: Norman Brown

Piglia & Macedonio

IMG_2508.JPGCuando Piglia vivía en la pensión del barrio de Almagro había una mujer que vendía flores en la calle. No recuerdo el modo del abordaje que el escritor le hizo a la florista, pero el hecho es que le atrajo el personaje, posiblemente haya intuido que ocultaba algún secreto que podía cambiar su destino pigliano. En fin, la florista le dijo que había conocido a Macedonio Fernández, íntimamente. Piglia la invitaba a tomar café con leche con medialunas en Las Violetas. El hecho es que la mujer estaba loca, había estado en un psiquiátrico, y deambulaba creyéndose muerta por la avenida Rivadavia agarrada a un grabador Geloso. Un día, la mujer desapareció, quiso él averiguar su paradero y no lo consiguió, pero una encomienda llegó a la pensión con el nombre de ella estampado. Era el grabador. El carretel con la cinta estaba puesto. Piglia lo hizo funcionar. Se escuchaba una voz débil y lejana que parecía cantar, y por fin una voz de hombre interfiere con el canto de la mujer, son unas palabras, nada más. ¿La voz de Macedonio?

Dice Piglia:”Ese grabador y la voz de una mujer que cree estar muerta y vende violetas en la puerta de la Federación de Box de la calle Castro Barros, fueron para mí la imagen inicial de la máquina de Macedonio en la ciudad ausente: la voz perdida de una mujer con la que Macedonio conversa en la soledad de una pieza de hotel”.

(Fuente: Tomás Abraham. Fricciones. Sudamericana)