El nieto travieso

En 1877, Víctor Hugo publica su libro El arte de ser abuelo y cuenta en él esta anécdota: Su nieto Georges, que había desobedecido una prohibición de su madre referente a un frasco de dulces, le preguntó: “Papapá, ¿me das permiso para que me haya comido los dulces esta mañana?”.

André Maurois. Olimpo o La vida de Víctor Hugo.

¿Videojuegos? Goethe estuvo primero

La próxima vez que le digan que la música rock, las novelas gráficas y los videojuegos violentos están corrompiendo a la juventud, recuerde que el novelista alemán Johann Wolfgang von Goethe lo hizo primero. A los 23 años, su relato sobre una desventurada juventud, Las penas del joven Werther, atrapó a los lectores y molestó a los moralistas.

Como un teutónico Holden Caulfield, el sensible y romántico Werther está disgustado con los huecos valores de la sociedad. Apasionadamente enamorado de Lotte, prefiere morir más que verla casarse con el insulso, lento Albert y, en un irónico giro, se suicida de un disparo usando las pistolas de su prometido.

Goethe encontró muy cerca la inspiración para esta historia. Como abogado recién graduado en Wetzlar, se hizo amigo de Karl Jerusalem, quien le presentó en un baile a Johann Kestner y su novia, Charlotte. Goethe se enamoró profundamente de la joven, de 19 años, pero ella prefirió al sólido Johann. Desolado, Goethe se fue de Wetzlar pero permaneció en contacto con la pareja e incluso fue a su boda.

Goethe no fue el único hombre desdichado en el amor. Cuando una mujer casada rechazó a Jerusalem, él pidió prestadas dos pistolas a Kestner y se suicidó. Goethe combinó su pena con la tragedia de Jerusalem y escribió su primera novela en solo cuatro semanas.

Las penas del joven Werther se convirtió en “el” libro que leer en 1774. La edición oficial fue traducida a varias lenguas, en tanto ediciones piratas inundaban el mercado. Los escritores se subieron a la ola con historias al estilo Werther. Los empresarios fabricaron memorabilia para los fanáticos como cajas para pan decoradas con escenas de la novela y estatuillas de porcelana de Werther y Lotte. Los jóvenes copiaban la vestimenta de Werther, un chaquetón azul con pequeños botones, cinturón de cuero, botas marrones y un sombrero de ala redonda. La tumba del pobre Jerusalem se convirtió en el escenario de ceremonias especiales.

Pero algunos países prohibieron el libro cuando algunos hombres, y al menos una mujer, siguieron el impulso de Werther y se suicidaron, fortanzado al editor a agregar en las nuevas ediciones una advertencia de Werther de “ser un hombre y no seguirme”.

Todo el mundo estaba feliz con el éxito de Werther, al parecer, excepto los Kestner. “La verdadera Lotte… estaría entristecida si fuera como la Lotte que usted ha pintado”, le escribió el señor Kestner a Goethe. Y sobre Albert, lamentó: “¿Era necesario que lo hiciera usted tan tonto?”.

Goethe intentó hacer correcciones, pero no pudo evitar alardear un poco. “Dígale a Charlotte -afirmó- que debe saber que su nombre es pronunciado por mil labios sagrados con reverencia, seguramente es una compensación por las ansiedades que escasamente… molestarían a una persona en la vida común, donde uno está a la merced de toda habladuría”.

Tal vez. También podría ser que -para un hombre rechazado en el amor- el éxito sea la mejor venganza.

Bill Peschel, Writers Gone Wild. 

 

 

La obsesión del Nobel

Cuenta Rafael Cansinos Assens que el Nobel era una obsesión para muchos escritores, que debían movilizar a todos sus amigos para que enviaran pliegos de firmas solicitando la distinción. Liceos, universidades, centros regionales y academias debían acribillar a los académicos suecos pidiendo el premio para su candidato. Este, a su vez, debía juntar todos los recortes periodísticos acerca de sus obras, para que supieran en Suecia la importancia que tenían en las letras de su país.

Así lo venían haciendo Concha Espina (que hasta tenía libros traducidos al sueco) y Blanco-Fombona, sin saber que ese año [1926] ambos serían burlados: el Nobel fue para Grazia Deledda. Gran disgusto de Concha Espina, sobre todo porque se lo habían otorgado a una mujer, lo cual amargó aún más a la escritora española, que llamaba a la italiana “autora de cuentitos regionales”. A su vez Blanco-Fombona, sabiendo que Espina era su rival, la llamaba “vieja bruja, sacritanesca, ¡quererse medir conmigo!”.

La conspiración académica le quitó un año el Nobel a Salvador Rueda. La anécdota la contó A. Palacio Valdés: “Nos enteramos tiempo y lo impedimos: ‘¡Hombre, un panteísta, anticatólico..!'”. Y reflexiona Cansinos Assens: “¡Qué ganas de amargarse la vida de escritor, ya de por sí tan amarga. Sí, pero el millón de coronas…”.

(Fuente: Rafael Cansinos Assens)

De ensueños y majadería

Cuenta Hermann Hesse que una vez recibió una carta de un librero de Berna, contándole que uno de sus clientes, obrero de Emmental, le había encargado su libro Ensueños. El librero se lo dio y a los pocos días vuelve el comprador con el libro, que le devolvió diciéndole: “Jamás cayó bajo mi vista tan reverenda majadería”.

(Fuente: Hermann Hesse. Cartas)

Carroll, el tren y el espejo

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Lewis Carroll se encontraba una vez en vagón de tren con una señora y su hijita, que venía leyendo Alicia en el país de las maravillas. Cuando la niña cerró el libro, él se puso a hablar con ella acerca de la historia; también se unió la madre a la conversación. Sin saber que su interlocutor era el autor de la obra, la mujer comentó: “¿No es triste lo del pobre Sr. Carroll? Se volvió loco, sabe…”. “¿De veras? -preguntó el autor- nunca había escuchado eso”. “Oh, yo le aseguro que es cierto, me lo contó alguien de quien no se puede dudar”. Antes de separarse de ella, Carroll obtuvo permiso para enviarle un regalo a la niña, quien pocos días después recibió un ejemplar de A través del espejo con la dedicatoria: “Del autor, como recuerdo de un viaje agradable”.

Fuente: Norman Brown

Piglia & Macedonio

IMG_2508.JPGCuando Piglia vivía en la pensión del barrio de Almagro había una mujer que vendía flores en la calle. No recuerdo el modo del abordaje que el escritor le hizo a la florista, pero el hecho es que le atrajo el personaje, posiblemente haya intuido que ocultaba algún secreto que podía cambiar su destino pigliano. En fin, la florista le dijo que había conocido a Macedonio Fernández, íntimamente. Piglia la invitaba a tomar café con leche con medialunas en Las Violetas. El hecho es que la mujer estaba loca, había estado en un psiquiátrico, y deambulaba creyéndose muerta por la avenida Rivadavia agarrada a un grabador Geloso. Un día, la mujer desapareció, quiso él averiguar su paradero y no lo consiguió, pero una encomienda llegó a la pensión con el nombre de ella estampado. Era el grabador. El carretel con la cinta estaba puesto. Piglia lo hizo funcionar. Se escuchaba una voz débil y lejana que parecía cantar, y por fin una voz de hombre interfiere con el canto de la mujer, son unas palabras, nada más. ¿La voz de Macedonio?

Dice Piglia:”Ese grabador y la voz de una mujer que cree estar muerta y vende violetas en la puerta de la Federación de Box de la calle Castro Barros, fueron para mí la imagen inicial de la máquina de Macedonio en la ciudad ausente: la voz perdida de una mujer con la que Macedonio conversa en la soledad de una pieza de hotel”.

(Fuente: Tomás Abraham. Fricciones. Sudamericana)