Julio Cortázar y Aurora Bernárdez

 

[…] Los había conocido a ambos un cuarto de siglo atrás, en casa de un amigo común, en París, y desde entonces, hasta la última vez que nos vimos juntos, en Grecia, nunca dejó de maravillarme el espectáculo que significaba ver y oír conversar a Aurora y Julio, en tándem. Todos los demás parecíamos sobrar. Todo lo que decían era inteligente, culto, divertido, vital. Muchas veces pensé: “No pueden ser siempre así. Esas conversaciones las ensayan en su casa, para deslumbrar luego a los interlocutores con las anécdotas inusitadas, las citas brillantísimas y esas bromas que, en el momento oportuno, descargan el clima intelectual”.

[…] Cada vez que él y Aurora llamaban para invitarme a cenar era la fiesta y la felicidad y ese recinto misterioso que, según la leyenda, existía en su casa, en el que Julio se encerraba a tocar la trompeta y a divertirse como un niño: el cuarto de los juguetes. […] El cambio de Cortázar, el más extraordinario que me haya tocado ver en ser alguno, una mutación que a veces se me ocurrió comparar con la que experimenta el narrador de Axolotl, ocurrió, según la versión oficial que él mismo consagró, en el mayo francés de 1968. Tenía cincuenta y cuatro años.

[…] Pero el cambio de Julio fue mucho más profundo y abarcador que el de la acción política. Estoy seguro que empezó un año antes del 68, al separarse de Aurora. En 1967, ya lo dije, estuvimos los tres en Grecia trabajando juntos como traductores. Pasábamos las mañanas y las tardes sentados a la misma mesa, en la sala de conferencias del Hilton, y las noches, en los restaurantes de Plaka, al pie de la Acrópolis, donde infaliblemente íbamos a cenar. Cuando regresé a Londres, le dije a Patricia: “La pareja perfecta existe. Aurora y Julio han sabido realizar ese milagro: un matrimonio feliz”. Pocos días después recibí carta de Julio anunciándome su separación. Creo que nunca me he sentido tan despistado.

La próxima vez que lo volví a ver, en Londres, con su nueva pareja, era otra persona. Se había dejado crecer el cabello y tenía unas barbas rojizas e imponentes, de profeta bíblico. Me hizo llevarlo a comprar revistas eróticas y hablaba de marihuana, de mujeres, de revolución, como antes del jazz y de fantasmas. […] ¿ Era Julio Cortázar? Desde luego que lo era, pero como el gusanito que se volvió mariposa o el faquir del cuento que luego de soñar con maharajás, abrió los ojos y estaba sentado en un trono, rodeado de cortesanos que le rendían pleitesía.

Este otro escritor, me parece, fue menos personal y creador como escritor que el primigenio. Pero tengo la sospecha de que, compensatoriamente, tuvo una vida más intensa, y acaso más feliz que aquella de antes en la que, como escribió, la existencia se resumía para él en un libro. Por lo menos, todas las veces que lo vi, me pareció joven, exaltado, dispuesto. Si alguien lo sabe, debe ser Aurora, por supuesto. Yo no cometo la impertinencia de preguntárselo. […]

(Fuente: Mario Vargas Llosa. Prólogo a los Cuentos Completos de Julio Cortázar. Alfaguara)

Leopoldo Lugones en el espejo

Emilia Santiago Cadelago, gran amor de Leopoldo Lugones, cuenta esta anécdota a María Inés Cárdenas de Monner Sans, autora del libro “Cuando Lugones conoció el amor”.

Un día, quizás el de nuestra última conversación acerca de su romance, Emilia me dijo: “Lugones pensó en mí en el momento de morir. El día de su muerte, estando en Montevideo con una amiga, tomé un espejo para arreglarme. Mientras lo sostenía en mis manos y sin golpearlo, el cristal se hizo añicos. En ese momento recordó mi amiga una pregunta que le había hecho Lugones: “¿Y si un día te llamara con un grito incontenible?”.

(Fuente: M.A. Cárdenas de Monner Sans. Cuando Lugones conoció el amor)

La Academia Francesa

En marzo de 1897 los dos nuevos inmortales electos para la Academia Francesa de Letras eran el Ministro del Exterior, quien había escrito un volumen sobre Richelieu, y y el conde de Mun, orador. Durante la elección se desató un escándalo mayor, académicos que votaron con tarjeta blanca, nuevas vueltas de votos… al final los nuevos electos triunfaron por muy poco. Emile Zola, en tanto, obtuvo por décima vez sólo dos votos.

(Fuente: Illustrazione Italiana, 1897)

El Premio Nobel

Cuenta Cansinos Assens que el Nobel era una obsesión para muchos escritores, que debían movilizar a todos sus amigos para que enviaran pliegos de firmas solicitando la distinción. Liceos, universidades, centros regionales y academias debían acribillar a los académicos suecos pidiendo el premio para su candidato. Este, a su vez, debía juntar todos los recortes periodísticos acerca de sus obras, para que supieran en Suecia la importancia que tenían en las letras de su país.

Así lo venían haciendo Concha Espina (que hasta tenía libros traducidos al sueco) y Blanco-Fombona, sin saber que ese año ambos serían burlados: el Nobel fue para Grazia Deledda. Gran disgusto de Concha Espina, sobre todo porque se lo habían otorgado a una mujer, lo cual amargó aún más a la escritora española, que llamaba a la italiana “autora de cuentitos regionales“. A su vez Blanco-Fombona, sabiendo que Espina era su rival, la llamaba “vieja bruja, sacritanesca, ¡quererse medir conmigo!”.

La conspiración académica le quitó un año el Nobel a Salvador Rueda. La anécdota la contó A. Palacio Valdés: “Nos enteramos tiempo y lo impedimos: “¡Hombre, un panteísta, anticatólico..!”. Y reflexiona Cansinos Assens: “¡Qué ganas de amargarse la vida de escritor, ya de por sí tan amarga. Sí, pero el millón de coronas…”.

(Fuente: Rafael Cansinos Assens)

Baudelaire, el académico

Charles Baudelaire soñaba con entrar a la Academia Francesa de Letras, ocupar uno de los dos sillones entonces vacantes, vestir el uniforme verde… En tanto, en la Academia -cuenta su biógrafo- la candidatura de Baudelaire indigna hasta a los cortinajes y al terciopelo de los sillones. “¿Es que pretende burlarse de lo más respetable que hay en Francia? ¡Es cierto entonces que es un loco peligroso!”.

(Fuente: González Ruano. Baudelaire)

Hermann Hesse ¿ensueños o tonterías?

Cuenta Hermann Hesse que una vez recibió una carta de un librero de Berna, contándole que uno de sus clientes, un obrero de Emmental, le había encargado su libro “Ensueños”. El librero se lo dio y a los pocos días vuelve el comprador con el libro, que le devolvió diciéndole: “Jamás cayó bajo mi vista tan reverenda tontería”.

(Fuente: Hermann Hesse. Cartas)

Los caimanes de García Márquez

García Márquez llegó a Barcelona, todavía su novela [Cien años de soledad] no era un éxito. Había salido de Colombia con escasos dólares, pero en cambio se trajo dos pieles de caimán que pretendía vender. Yo no sabía qué podía hacer con ellas, así que no le fui de gran utilidad.

(Fuente: Joaquín Marco, La llegada de los bárbaros, Edhasa)

Piglia, Abraham y la voz de Macedonio

Cuando Piglia vivía en la pensión del barrio de Almagro había una mujer que vendía flores en la calle. No recuerdo el modo del abordaje que el escritor le hizo a la florista, pero el hecho es que le atrajo el personaje, posiblemente haya intuido que ocultaba algún secreto que podía cambiar su destino pigliano. En fin, la florista le dijo que había conocido a Macedonio Fernández, íntimamente. Piglia la invitaba a tomar café con leche con medialunas en Las Violetas. El hecho es que la mujer estaba loca, había estado en un psiquiátrico, y deambulaba creyéndose muerta por la avenida Rivadavia agarrada a un grabador Geloso. Un día, la mujer desapareció, quiso él averiguar su paradero y no lo consiguió, pero una encomienda llegó a la pensión con el nombre de ella estampado. Era el grabador. El carretel con la cinta estaba puesto. Piglia lo hizo funcionar. Se escuchaba una voz débil y lejana que parecía cantar, y por fin una voz de hombre interfiere con el canto de la mujer, son unas palabras, nada más. ¿La voz de Macedonio?

Dice Piglia: “Ese grabador y la voz de una mujer que cree estar muerta y vende violetas en la puerta de la Federación de Box de la calle Castro Barros, fueron para mí la imagen inicial de la máquina de Macedonio en la ciudad ausente: la voz perdida de una mujer con la que Macedonio conversa en la soledad de una pieza de hotel”.

Fuente: Tomás Abraham. Fricciones. Sudamericana

La prueba en sus manos

Contaba el escritor argentino Manuel Mujica Lainez, autor de Bomarzo, que en el archivo de La Nación trabajaba la princesa Puczyma, perteneciente a la gran nobleza polaca, quien odiaba a los judíos.

Un día, en un cóctel rodeada de gente, la princesa ve entrar a Alberto Gerchunoff y le pregunta con su voz varonil:

-¿Es cierto que usted es judío?- Sí, le responde Gerchunoff -y si usted quiere pongo la prueba en sus manos.

(Fuente: La Nación)

Siempre sale el sol

En 1925, Gertrude Stein, en este orden, estaba orgullosa de su Ford y de Alice Toklas.

Iba a pedir una opinión a un mecánico de la banlieue, expertos en autos americanos pero que no sabía inglés. Los otros mecánicos franceses no sabían inglés ni nada de autos americanos. El mecánico tenía ayudantes “que se comportaban como golfos guturales”. Ninguno le hizo el menor caso, pero el dueño le arregló el auto.

Gertrude Stein le preguntó qué le sucedía a la muchachada inútil y el mecánico le dijo en francés: “C’est une génération perdue, Madame“. Gertrude pensó que esta frase era lapidaria y la tradujo al joven Hemingway: “Es una generación perdida”. Hemingway supo apreciar la ironía de la frase y quiso apropiársela para el título de su primera novela. Pero la llamó “Siempre sale el sol”, mala elección, sin duda

(Fuente: Guillermo Cabrera Infante. Cine o Sardina. Alfaguara)

El misterio de la desaparición de Agatha Christie

Por Graciela Cutuli

Además de ser el exitoso padre de Sherlock Holmes, Sir Arthur Conan Doyle se interesó personalmente en algunos resonantes casos judiciales de su época, en los que logró no solo liberar de culpa y cargo a los acusados, sino sentar las bases de la futura Corte de Apelaciones en lo Criminal. Tal vez por eso, además de su experiencia como novelista policial, en diciembre de 1926 fue convocado para dilucidar un misterio que atrapó a la sociedad británica durante 11 días y, a pesar de la movilización de numerosas fuerzas policiales e investigaciones de prensa, nunca logró dilucidarse realmente. 

El misterio tenía como protagonista, además, a una colega de Conan Doyle: también de la mano de la novela policial, Agatha May Clarissa Miller -más conocida como Agatha Christie- se había tallado una reputación literaria tan amplia como discutida gracias a sus primeras obras, donde ya aparecía el detective Hercule Poirot.

Un agudo Poirot o una perspicaz Miss Marple, otro personaje que más tarde contribuiría a su fama global, hubieran hecho falta tal vez para descubrir qué pasó aquella fría noche de 1926 en que la escritora literalmente se esfumó de su casa en Berkshire.

Crónica de una desaparición no anunciada

Sin duda no hay que contar con la extensa Autobiografía que escribió Agatha Christie y que se publicó, póstumamente, en 1977.  Llena de episodios, viajes, reflexiones, recuerdos y aventuras, no hace ni la menor mención a lo que ocurrió aquella noche ni los 11 días siguientes en los que estuvo oficialmente desaparecida. Aunque el comienzo de uno de los capítulos podría dar alguna pista: “El siguiente año (1926) -escribió- es uno de los pocos que odio recordar. Como tantas veces sucede en la vida, cuando una cosa va mal, todo va mal”.

Volvamos a la noche del 3 de diciembre de 1926, en la casa de los Christie en Sunningdale, Berkshire. Una mansión llamada Styles, un nombre inspirado en El misterioso caso de Styles, la primera obra de la novelista, publicada pocos años antes. Pasadas las nueve, Christie se levantó de su sillón y subió las escaleras para dar un beso de buenas noches a su hija Rosalind, de siete años. Volvió a bajar, salió, se puso al volante de su auto -un Morris Cowley Bullnose que le había costado horrores aprender a dominar, pionera entre las mujeres de su época- y partió con rumbo desconocido. 

Desaparición de Agatha Christie en la prensa en 1926

Un reporte en la primera plana del New York Times, fechado el 5 de diciembre, se hizo eco de la noticia cuando se seguía sin noticias del paradero de la escritora: bajo el título Mrs. Agatha Christie, novelista, desaparece de un modo extraño de su casa en Inglaterra, el diario refería que la mujer se había “desvanecido en misteriosas circunstancias, y un centenar de policías la buscaron en vano durante el fin de semana. El viernes a la noche, tarde, Mrs. Christie empacó ropa en una maleta y se fue, dejando una nota para su secretaria diciendo que no volvería esa noche”.  Y luego más detalles para añadir misterio al asunto: “A las ocho de la mañana de ayer (4 de diciembre, es decir la mañana siguiente a su partida, NDR), el auto de la novelista fue hallado abandonado cerca de Guilford, junto a una cantera, con las ruedas de adelante colgando del precipicio. Evidentemente el vehículo se había despistado y solo la presencia de un gran arbusto evitó su caída. En el auto se encontraron prendas de vestir y una caja con papeles”.

“Todos los policías disponibles -agregaba el cable- fueron movilizados y realizaron una búsqueda exhaustiva en varias millas a la redonda, pero sin hallar huellas de Mrs. Christie. El coronel Christie refiere que su esposa ha estado sufriendo de los nervios. Un amigo describe a Mrs. Christie como especialmente feliz con su vida doméstica y muy dedicada a su única hija”. 

Y aunque las cosas no eran exactamente así… todavía no era de público conocimiento.

Semejante escenario, de todos modos, inducía a pensar en un asesinato, un suicidio o un accidente. El despliegue policial fue sin precedentes: hasta aviones se usaron en la búsqueda. Al coronel Christie lo interrogaron, bajo la sospecha de la primera opción, pero tenía una coartada sólida. La policía llevó al perro terrier de la escritora al lugar de la desaparición, sin éxito, y empezó a inclinarse por la hipótesis de un suicidio, descartando las decenas de cartas con indicaciones de presuntos avistajes de la escritora desvanecida. 

En una nota fechada el 9 de diciembre, el New York Times añadía un detalle tan surrealista como escalofriante: “Según una persona amiga de Mrs. Christie, la casa donde vive en Sunningdale la estaba poniendo nerviosa. Se levanta en un sendero solitario, sin iluminación a la noche, que se dice está embrujado. El sendero fue escenario del asesinato de una mujer y del suicidio de un hombre”. Según la fuente, remataba el diario, Christie había dicho que “si no dejo pronto Sunningdale, Sunningdale será mi fin”.

Desorientada y en busca de más opiniones, la policía recurrió a Conan Doyle, tal vez atribuyéndole las dotes de sabueso de su famosa criatura. Pero en lugar de elucubraciones sobre pistas y huellas a la usanza de Sherlock Holmes, Conan Doyle recurrió al médium Horace Leaf, un experto en psicometría que decía poder extraer información psíquica de una persona a partir de objetos. “Un artículo usado por una persona y sostenido en la mano o contra la frente puede atraer a la mente pensamientos, sentimientos y hasta visiones relacionadas con ese individuo”, afirmaba. Cuando Conan Doyle le puso en la mano un guante de la escritora, el médium exclamó: “Agatha”. Lo cierto es que nadie le había dicho a quién pertenecía la prenda, aunque considerando la repercusión del caso Leaf probablemente haya usado, simplemente, el sentido común. Más curioso -o tal vez lo más sensato considerando que nunca se había hallado el cuerpo- es que afirmara a continuación que había algún tipo de perturbación relacionada con el guante y que su dueña “no está muerta, como muchos creen. Está viva. Van a saber de ella, creo, el próximo miércoles”.

Agatha Christie en la época de su desaparición

Un misterio sin fin

Con cuentagotas, como imitando en la realidad las ficciones policiales, los investigadores fueron dando a conocer poco después algunos detalles más: lo principal era que habían aparecido tres cartas, dirigidas respectivamente a su marido (que la destruyó asegurando que no decía nada relevante para el caso), a su cuñado (que también la destruyó) y a su secretaria: esta misiva había sobrevivido, pero solo tenía instrucciones irrelevantes. Un grupo de espiritistas volvió, otra vez sin resultados, al lugar de los hechos. Y la prensa reportó rumores según los cuales Agatha Christie podría estar en Londres, disimulando su presencia con ropas masculinas. El propio coronel Christie revisó su ropero para saber si faltaba alguna prensa: también en vano.

Con el misterio cada día más denso, cuando ya eran pocas las esperanzas de llegar a un desenlace feliz y se rumoreaba que la escritora se había ido con intención de no volver, llegó el 14 de diciembre. Ese día, Agatha Christie fue encontrada en el hotel Hydro de Harrogate, una ciudad termal de Yorkshire, donde un músico la reconoció y avisó a los dueños, quienes a su vez reportaron a la policía.

La escritora estaba, entonces, sana y salva. Pero el enigma de su desaparición estaba lejos de ser resuelto: Agatha Christie se había registrado en el hotel con el nombre de Teresa Neele y, aunque su marido afirmaba que tal nombre no tenía significado alguno, era en realidad el apellido de Nancy Neele, su amante. La noticia se difundió e indignó incluso al padre de Nancy Neele: “Mi hija está muy molesta por todo esto, al igual que todos nosotros -declaró a la prensa- y no tiene nada que ver con la desaparición de Mrs. Christie”.

El coronel Christie terminó por volver a Londres con su esposa. Cientos de personas los esperaban en la estación de King’s Cross con la esperanza de ver a la famosa escritora, ahora presa de una profunda amnesia. Efectivamente, Agatha decía no tener ni idea de lo que había ocurrido: no recordaba nada de su partida, ni del choque de su vehículo, ni del día de su ingreso en el hotel, en una de las zonas más de moda en la Inglaterra de los años 20. En su autobiografía ignoró olímpicamente el episodio. Solo una vez, dos años más tarde, admitió en una entrevista que atravesaba entonces un mal momento y había pensado en arrojarse a una cantera con el auto, pero desistió de la idea porque estaba con su hija: sin embargo, esa noche dejó su casa, presa de una conmoción nerviosa y con intención de hacer algo desesperado. Y lo intentó, pero sufrió un golpe en la cabeza que la dejó sin memoria. 

Cierta o no su versión, muchos de quienes eran sus admiradores reaccionaron con enojo, atribuyendo todo lo ocurrido a un montaje publicitario. Pero a lo largo de los años, intrigados por lo ocurrido, numerosos investigadores volvieron sobre aquellos 11 días, y en la mayoría de los casos llegaron a la conclusión de que Agatha Christie, la reina del policial, fue entonces presa de un profundo episodio de amnesia provocado por el estrés. Su posterior divorcio podría confirmar la teoría: pero sobre todo, el misterio que aún envuelve lo ocurrido sirvió de inspiración al cine, la televisión y la literatura, que intentaron resolver mediante la ficción lo que en realidad nunca se pudo saber. –

Publicado en La Nación, Buenos Aires:

La enigmática desaparición de la escritora que fue tapa del New York Times.

Los aduaneros y el Ulises

El Ulises, de Joyce, había obtenido infinitos rechazos en incontables editoriales y, especialmente, por parte de microcéfalos funcionarios de aduanas que obedecían órdenes superiores (los censores de correos, doctos en materia literaria). Pero el libro aún no había sido vetado por la justicia. Este requisito era necesario para poder lograr un dictamen legal, favorable o no. La editorial norteamericana recurrió a un truco. Envió un funcionario a París, que se puso en contacto con Sylvia Beach y obtuvo un ejemplar del libro. De vuelta a New York, un día muy caluroso, se encontró con aduaneros enervados por el bochorno que lo invitaron a pasar sin siquiera abrir las maletas. Pero el mensajero protestó y exigió que revisaran su equipaje porque llevaba un libro prohibido. El aduanero se quejó amargamente de que lo hicieran trabajar con semejante temperatura y cuando vio el cuerpo del delito comentó: “Pero si todos los turistas que vienen de Francia traen el Ulises“.

Sin embargo se resignó, se hizo cargo del libro maldito y lo puso en manos de sus jefes. Ahora había una base para iniciar la querella, que terminó con el fallo absolutorio del juez, J.M. Wolsey, cuyo nombre no figura entre los grandes de la literatura, con torpe injusticia. Su Señoría dictaminó que el libro podía ser “vomitivo, pero no inmoral”.

(Fuente: Juan Carlos Onetti. Confesiones de un lector)

Cortázar y “el misterio de Isabel Olo”

Buenos Aires, lunes 4 de noviembre de 1957


Querido Jean:
Ustedes se habrán preguntado por qué nuestro avión tardó tanto en despegar. El episodio es divertido y vale como muestra de la organización rioplatense. Ocurrió que nos sentamos todos, y entonces vino un señor y nos contó como se cuentan las ovejas de un rebaño. Al llegar al último dio
un salto de sorpresa. En su lista había 29 pasajeros y no éramos más que 28.
Todo el mundo miró debajo de los asientos, en los bolsillos, etc., pero siempre faltaba uno.
Consultadas las listas el ausente resultó ser una señora llamada Isabel Olo. Por más que gritaban su nombre, nadie respondía. Hubo una pausa dramática y subió al avión un funcionario de aire policial, que nos miró como si fuera a electrocutarnos séance tenante y luego pronunció las siguientes palabras: “Señores, no me explico lo que ocurre. Voy a leer la lista de pasajeros y ustedes levantarán la mano a medida que los nombre”. Con gran espíritu de colaboración y maldiciendo a la señora Isabel Olo, empezamos a levantar la mano como chicos de cuarto grado. La lista parecía haber sido escrita por un chico de quinto grado, de modo que el ambiente escolar era perfecto. Para darle una idea de cómo la gastaban los empleados de Aerolíneas, Pluna,o quién sea, le diré que Aurora se convirtió en “señora Aurora Beralde” y yo en señor “Julio Carlaza”. Varios otros
pasajeros reconocieron con idénticas dificultades sus nombres, pero al final todos menos uno levantamos las manos. El menos uno se levantó, rojo como un pimiento, y dijo que él era el señor Israel Boló. No era necesario un gran esfuerzo intelectual para darse cuenta que el pobre Israel Boló
había sido transformado por el autor de la lista en la señora Isabel Olo. Ya se puede imaginar las risas de algunos, la indignación de otros, y el ambiente general de tomada de pelo que reinaba en la aeronave..
El resto del viaje fue sans histoire…

(Fuente: Julio Cortázar. Cartas 1937-1963. Alfaguara)

De cómo Il Gattopardo asombraría a Berlitz

En una reciente fiesta de los Oscares se ofreció un montaje de doblajes para satirizarlos. Cuando se dobló al inglés Il Gattopardo fue para aprovechar la presencia de Burt Lancaster, aristócrata americano, en el papel principal del príncipe. El resto del reparto, excepto Alain Delon, era italiano. Italiana era la novela que adaptaban, italianos el ambiente y el vino, italianas eran las mortadelas que comían con gusto italianos extras. Que todos ellos hablaran inglés, no sólo era incongruente, era criminal; con cada frase anglosajona se mataba a un siciliano. Il Gattopardo parecía una vendetta contra la Sicilia cínica que Visconti, italiano del norte, supo recrear tan bien. Viendo esta película recordé otra de Visconti, Senso, vista en España con italianos, austríacos y carabinieri mascullando la lengua de Castilla como si fueran nativos. Tal capacidad para hablar otro idioma dejaría a Berlitz con la lengua afuera.

(Guillermo Cabrera Infante. Cine o Sardina. Alfaguara)

El nieto travieso

En 1877, Víctor Hugo publica su libro El arte de ser abuelo y cuenta en él esta anécdota: Su nieto Georges, que había desobedecido una prohibición de su madre referente a un frasco de dulces, le preguntó: “Papapá, ¿me das permiso para que me haya comido los dulces esta mañana?”.

André Maurois. Olimpo o La vida de Víctor Hugo.

¿Videojuegos? Goethe estuvo primero

La próxima vez que le digan que la música rock, las novelas gráficas y los videojuegos violentos están corrompiendo a la juventud, recuerde que el novelista alemán Johann Wolfgang von Goethe lo hizo primero. A los 23 años, su relato sobre una desventurada juventud, Las penas del joven Werther, atrapó a los lectores y molestó a los moralistas.

Como un teutónico Holden Caulfield, el sensible y romántico Werther está disgustado con los huecos valores de la sociedad. Apasionadamente enamorado de Lotte, prefiere morir más que verla casarse con el insulso, lento Albert y, en un irónico giro, se suicida de un disparo usando las pistolas de su prometido.

Goethe encontró muy cerca la inspiración para esta historia. Como abogado recién graduado en Wetzlar, se hizo amigo de Karl Jerusalem, quien le presentó en un baile a Johann Kestner y su novia, Charlotte. Goethe se enamoró profundamente de la joven, de 19 años, pero ella prefirió al sólido Johann. Desolado, Goethe se fue de Wetzlar pero permaneció en contacto con la pareja e incluso fue a su boda.

Goethe no fue el único hombre desdichado en el amor. Cuando una mujer casada rechazó a Jerusalem, él pidió prestadas dos pistolas a Kestner y se suicidó. Goethe combinó su pena con la tragedia de Jerusalem y escribió su primera novela en solo cuatro semanas.

Las penas del joven Werther se convirtió en “el” libro que leer en 1774. La edición oficial fue traducida a varias lenguas, en tanto ediciones piratas inundaban el mercado. Los escritores se subieron a la ola con historias al estilo Werther. Los empresarios fabricaron memorabilia para los fanáticos como cajas para pan decoradas con escenas de la novela y estatuillas de porcelana de Werther y Lotte. Los jóvenes copiaban la vestimenta de Werther, un chaquetón azul con pequeños botones, cinturón de cuero, botas marrones y un sombrero de ala redonda. La tumba del pobre Jerusalem se convirtió en el escenario de ceremonias especiales.

Pero algunos países prohibieron el libro cuando algunos hombres, y al menos una mujer, siguieron el impulso de Werther y se suicidaron, fortanzado al editor a agregar en las nuevas ediciones una advertencia de Werther de “ser un hombre y no seguirme”.

Todo el mundo estaba feliz con el éxito de Werther, al parecer, excepto los Kestner. “La verdadera Lotte… estaría entristecida si fuera como la Lotte que usted ha pintado”, le escribió el señor Kestner a Goethe. Y sobre Albert, lamentó: “¿Era necesario que lo hiciera usted tan tonto?”.

Goethe intentó hacer correcciones, pero no pudo evitar alardear un poco. “Dígale a Charlotte -afirmó- que debe saber que su nombre es pronunciado por mil labios sagrados con reverencia, seguramente es una compensación por las ansiedades que escasamente… molestarían a una persona en la vida común, donde uno está a la merced de toda habladuría”.

Tal vez. También podría ser que -para un hombre rechazado en el amor- el éxito sea la mejor venganza.

Bill Peschel, Writers Gone Wild. 

 

 

La obsesión del Nobel

Cuenta Rafael Cansinos Assens que el Nobel era una obsesión para muchos escritores, que debían movilizar a todos sus amigos para que enviaran pliegos de firmas solicitando la distinción. Liceos, universidades, centros regionales y academias debían acribillar a los académicos suecos pidiendo el premio para su candidato. Este, a su vez, debía juntar todos los recortes periodísticos acerca de sus obras, para que supieran en Suecia la importancia que tenían en las letras de su país.

Así lo venían haciendo Concha Espina (que hasta tenía libros traducidos al sueco) y Blanco-Fombona, sin saber que ese año [1926] ambos serían burlados: el Nobel fue para Grazia Deledda. Gran disgusto de Concha Espina, sobre todo porque se lo habían otorgado a una mujer, lo cual amargó aún más a la escritora española, que llamaba a la italiana “autora de cuentitos regionales”. A su vez Blanco-Fombona, sabiendo que Espina era su rival, la llamaba “vieja bruja, sacritanesca, ¡quererse medir conmigo!”.

La conspiración académica le quitó un año el Nobel a Salvador Rueda. La anécdota la contó A. Palacio Valdés: “Nos enteramos tiempo y lo impedimos: ‘¡Hombre, un panteísta, anticatólico..!'”. Y reflexiona Cansinos Assens: “¡Qué ganas de amargarse la vida de escritor, ya de por sí tan amarga. Sí, pero el millón de coronas…”.

(Fuente: Rafael Cansinos Assens)

De ensueños y majadería

Cuenta Hermann Hesse que una vez recibió una carta de un librero de Berna, contándole que uno de sus clientes, obrero de Emmental, le había encargado su libro Ensueños. El librero se lo dio y a los pocos días vuelve el comprador con el libro, que le devolvió diciéndole: “Jamás cayó bajo mi vista tan reverenda majadería”.

(Fuente: Hermann Hesse. Cartas)

Carroll, el tren y el espejo

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Lewis Carroll se encontraba una vez en vagón de tren con una señora y su hijita, que venía leyendo Alicia en el país de las maravillas. Cuando la niña cerró el libro, él se puso a hablar con ella acerca de la historia; también se unió la madre a la conversación. Sin saber que su interlocutor era el autor de la obra, la mujer comentó: “¿No es triste lo del pobre Sr. Carroll? Se volvió loco, sabe…”. “¿De veras? -preguntó el autor- nunca había escuchado eso”. “Oh, yo le aseguro que es cierto, me lo contó alguien de quien no se puede dudar”. Antes de separarse de ella, Carroll obtuvo permiso para enviarle un regalo a la niña, quien pocos días después recibió un ejemplar de A través del espejo con la dedicatoria: “Del autor, como recuerdo de un viaje agradable”.

Fuente: Norman Brown

Piglia & Macedonio

IMG_2508.JPGCuando Piglia vivía en la pensión del barrio de Almagro había una mujer que vendía flores en la calle. No recuerdo el modo del abordaje que el escritor le hizo a la florista, pero el hecho es que le atrajo el personaje, posiblemente haya intuido que ocultaba algún secreto que podía cambiar su destino pigliano. En fin, la florista le dijo que había conocido a Macedonio Fernández, íntimamente. Piglia la invitaba a tomar café con leche con medialunas en Las Violetas. El hecho es que la mujer estaba loca, había estado en un psiquiátrico, y deambulaba creyéndose muerta por la avenida Rivadavia agarrada a un grabador Geloso. Un día, la mujer desapareció, quiso él averiguar su paradero y no lo consiguió, pero una encomienda llegó a la pensión con el nombre de ella estampado. Era el grabador. El carretel con la cinta estaba puesto. Piglia lo hizo funcionar. Se escuchaba una voz débil y lejana que parecía cantar, y por fin una voz de hombre interfiere con el canto de la mujer, son unas palabras, nada más. ¿La voz de Macedonio?

Dice Piglia:”Ese grabador y la voz de una mujer que cree estar muerta y vende violetas en la puerta de la Federación de Box de la calle Castro Barros, fueron para mí la imagen inicial de la máquina de Macedonio en la ciudad ausente: la voz perdida de una mujer con la que Macedonio conversa en la soledad de una pieza de hotel”.

(Fuente: Tomás Abraham. Fricciones. Sudamericana)