“La perra”, de Pilar Quintana, a la luz del mito y la razón

Por Óscar Lizarazo (desde Colombia)

Para nosotros, las personas que vivimos en la urbe, lanzar la mirada hacia los horizontes de la periferia, hacia los rincones donde, posiblemente, esté llegando lentamente la luz de la civilización (esa luz que al parecer pretende entrar a la fuerza), nos muestra la convivencia que empieza a establecerse entre mito y razón, que permanecen en una tensión constante en su llegada a la selva. Es decir, la lógica que trata de plantear la racionalización, se enfrenta con el lugar de origen del mito: el retorno a lo natural. En este orden de ideas, lo que en realidad sucede es que la selva se rige bajo su propia lógica, una lógica indomable e inesperada; pues en la modernidad aún no se logra una domesticación o racionalización de la naturaleza de lo salvaje que logre identificar las coordenadas donde se hallen sus principios de funcionamiento concretos. Por lo tanto, en este espacio existe una tensión constante entre mito y razón que, dentro de lo natural, pretenden arrojar una respuesta ante los acontecimientos que suceden y estos se convierten, particularmente, en formas de configuración de la realidad, allí mito y razón compiten para ganar un espacio.

     Una de las formas que tenemos las personas que vivimos en la urbe de acercarnos a estos lugares inhóspitos donde se halla esta tensión constante, es mediante el hecho literario de la novelística. Tal es el caso de la novela La perra, de la escritora colombiana Pilar Quintana, pues en ella asistimos a la historia de Damaris y su vida en la costa del pacífico colombiano. En esta novela hay una relación problemática ante la imposibilidad biológica (Damaris no puede quedar embarazada), que se piensa desde el punto de vista científico y la respuesta a través del mito, que es la búsqueda para hallar un sentido lógico ante lo que está aconteciendo y pensar en una posibilidad de concebir que sea donada por la misma dadora de la vida: la naturaleza. Al respecto de la búsqueda de la lógica dentro de la naturaleza, el mito no tiene una repuesta cuantificable, sino cualitativa; al respecto nos señala Gadamer: “La imagen científica del mundo se comprende a sí misma como la disolución de la imagen mítica del mundo. Ahora bien, para el pensamiento científico es mitológico todo lo que no se puede verificar mediante experiencia metódica.” (1997, p.14). Como bien lo observamos al acercarnos a la novela, ante la inexistencia de una respuesta metódica y científica, se contrapone la solución mística: la relacionada con el mito y el origen y su poder adquisitivo, como lo podemos observar en la novela de Pilar Quintana:

El jaibaná vio a Damaris durante largo tiempo. Le dio bebedizos, le preparó baños y sahumerios y la invitó a ceremonias en las que la ungió, la frotó, le fumó, le rezó, le cantó. […] El verdadero tratamiento consistía en una operación que le haría a Damaris, sin abrirla por ninguna parte, para limpiar los caminos que debían recorrer su huevo y el esperma de Rogelio… (Quintana, 2018, p.23).

     Ante una imposibilidad biológica se extiende una respuesta mítica. Lo que, a todas luces, puede demostrar que parte de la racionalidad que pretende entra en la configuración del espacio, es detenida por la lógica de la selva, por el lugar del mito. Sin embargo, como lo planteaba Gadamer, no es que razón y mito se hallen ante una relación imposible, sino que, es a través del mito donde la razón se halla desencantada, no por sí misma. Es decir, el logos, no halla una respuesta racional solo por su fuerza cualitativa y metódica, sino que también en la experiencia metódica descubre otra lógica que dialoga con el mito, pues este es la base primigenia de toda la civilización; ante el mito del origen se descubre la racionalización de las formas del mundo, incluso, de las relaciones teológicas con lo humano. Al respecto, dice Gadamer:

El paso del mito al logos, el desencantamiento de la realidad, sería la dirección única de la historia solo si la razón desencantada fuese dueña de sí misma y se realizara en una absoluta posesión de sí. Pero lo que vemos es la dependía efectiva de la razón del poder económico, social, estatal. La idea de una razón absoluta es una ilusión. La razón solo lo es en cuanto que es real e histórica. (Gadamer, 1997, p. 20).

Por lo anterior, la razón no encuentra su sentido más que el uso instrumental y, sin embargo, se configura a través de la experiencia mítica de los personajes y sus relaciones con las cosas con las que habitan. Lo que quiere decir que la manera mítica es una manera de respuesta lógica. Y la manifestación de lucha contra la lógica de la selva. En una trasposición con el discurso macondiano de la obra de García Márquez, nos encontramos que: “El tratamiento místico-mítico de la caída de los pájaros muertos en el pueblo. Al no encontrar una explicación racional u objetiva, el párroco descifra la lluvia de pájaros muertos como una secuela del paso por el pueblo del Judío Errante.” (García, 2016, p. 578). Lo anterior incluso apunta a una idea de verdad profesada a través del mito, por lo que los habitantes de Macondo empiezan a creer en el discurso de lo mítico, es por la resonancia de carácter de verdad que esta posee; lo que quiere decir, que esta es su respuesta lógica y racional ante tal hecho. Pues, al no hallar los suficientes elementos que faciliten una experiencia metódica cuantificable, la experiencia sigue argumentando el supuesto mítico, pues es la representación viva del hecho de la muerte de los pájaros.

     En La perra, sucede algo similar ante estas desgracias tanto maritales como familiares. Todas las desgracias e infortunios parecen ser como en la Grecia antigua, una imposibilidad de escapar del destino asignado por los dioses. He aquí, que no haya una respuesta racional ante esta, más que la presencia de una actividad paranormal. Como observamos en la novela:

La gente del pueblo decía que tantas desgracias seguidas no eran normales y tenían que ser obra de algún envidioso que les había echado una brujería. Preocupados, los tíos llamaron a Santos y ella les hizo una limpieza a la casa y a todos los miembros de la familia, pero la situación no mejoró. (Quintana, 2018, p. 35).

Para Damaris y para Rogelio, aunque más para ella que para él, una respuesta racional implica un darse cuenta de, caer en cuenta de la naturaleza de cada uno, lo que al final de cuentas resulta absolutamente triste y problemático. Pues, esto ya sobrepasa incluso miradas estéticas, la relación de la naturaleza con Damaris es la misma: es una mujer fuerte como la selva, grande y exuberante como ella; por lo tanto, el espacio se relaciona mucho con lo mítico y lo simbólico. Como bien se ha reiterado, la imposibilidad de concebir hijos que tiene Damaris entra en tensión contra la naturaleza, pues ella está en ese constante ejercicio: la naturaleza crea y destruye y se problematiza con Damaris, pues al parecer ella solo tiene la capacidad de destruir y, además es configurada por el discurso machista, como “una piltrafa de la naturaleza” debido a que ni siquiera posee el don que esta misma tiene: dar vida. Aquí la naturaleza también funciona como espejo de los personajes, pero no una proyección del espejo que reconfigura una noción estética de los personajes, sino más bien un reflejo y una consciencia de su misma animalidad o de su misma naturaleza – objeto de la selva. Al respecto García: “El espejo posee la propiedad de repetir, re-producir; es decir, una acción que no añade significación al objeto que reproduce, sino que solo devuelve una imagen por el tiempo de su exposición al objeto. (2016, p. 590).

     En este juego del espejo, asistimos a la caracterización de Damaris, a su observación de sí misma, pero también su reflejo en la perra (Chirli): en la perra como hija, luego como hembra que concibe, luego como madre. En estos espejos, solo se devuelve una imagen que golpea, que retumba. Una respuesta mítica de la naturaleza como dadora de vida, la cual puede ser la misma que le devuelva la esperanza a Damaris, cosa que, como vimos, es imposible. Observemos la novela: “Damaris se dio permiso de pensar que de pronto esta vez sí quedaría embarazada, pero a la mañana siguiente se rio de sí misma, pues ya había cumplido cuarenta, la edad en la que las mujeres se secan” (Quintana, 2018, p. 57).

     Es una constante observación de sí misma, y una esperanza náufraga de concebir que se une de nuevo al dolor, de dar cuenta de su naturaleza. Esto es:

Las tenía inmensas, con los dedos anchos, las palmas curtidas y resecas y las líneas tan marcadas como líneas en la tierra. Eran manos de hombre, las manos de un obrero en construcción o un pescador capaz de jalar pescados gigantes. (Quintana, 2018, p. 59).

Ahora bien, la metáfora alrededor de la perra, de la idea de la concepción, del paliativo como hija, también juega un papel mítico importante, pues no solo es alrededor del título de la novela, sino la razón de ser del amor y la locura de Damaris, que sin desviarnos mucho podría ser dionisiaca, ya que Damaris está embriagada por su realidad e imposibilidad, pero también disfruta del hecho de ser madre de la perra. Sin embargo, la fuerza de lo mítico contra la razón entra aquí también de manera evidente: hay un intento por la instrumentalización y domesticación de la naturaleza, y también alrededor de la naturaleza está la incertidumbre, las criaturas que habitan la selva y se chupan a quienes se encuentre. Es decir, la explicación de los fenómenos alrededor de la selva que se relacionan con los personajes y sus desventuras, tienen solo una respuesta metafórica y mítica, que, en cierta medida, es la manera de entender la función de la lógica de la selva. Lo que quiere decir que las licencias del discurso literario permiten entender los fenómenos en clave de lo mágico o lo fantástico y no dejan de ser conceptuales, es decir: “Expliquémoslo: el objeto representado por la metáfora sigue siendo absoluto o indeterminado, en la medida que no se puede reducir a un enunciado lógico-conceptual o a “la predecidibilidad exacta de los fenómenos”.” (Rivera, 2010, p. 158).

    Sin embargo, más allá de una respuesta exacta a los fenómenos, también implica un hecho muy importante: en las sociedades posmodernas periféricas, es decir, aquellas que, en relación al centro, no solo se encuentran alejadas geográficamente, sino incluso, de manera ideológica, por ejemplo: la selva, la zona rural o la isla donde lo que llamamos progreso se da más lento, tanto por la lejanía del lugar como por la concepción de industrialización dentro del espacio, en otras palabras la constante resistencia a que la naturaleza sea dominada o remplazada por la industrialización o la modernización instrumental y capital; es allí en estos lugares a donde apenas están llegando las visiones y la ideas de progreso alrededor del mundo, pues podría decirse que aún en estos sitios no se entiende de manera concreta el proyecto moderno, allí las reglas son otras, la formas de realización son otras, incluso más ligada con el destino; aún se erige el discurso mítico como la concepción de la realidad que llega de afuera. Lo que quiere decir que, en estas sociedades pensadas atrasadas en relación con el centro, poseen sus propias formas de creencias y de conceptualización y pensamiento, que están fuertemente ligadas con la cosmovisión ancestral. Diría Rivera:

Esto implica que los mitos pueden ser desencantados, pero no una metáfora que manifiesta abiertamente ser una ficción. En cualquier caso, el triunfo contemporáneo del desencantamiento no impide que sigan siendo muy útiles los procedimientos mediante los cuales en el pasado el mito ha hecho significativa la realidad. (Rivera, 2010, p. 149).

     Es decir, el mito no necesariamente configura un espacio desencantado por sí mismo, a esto también responden una cantidad de factores políticos, sociales y económicos. La metáfora, por ejemplo, del contexto al que es sometida Damaris como mujer, es la muestra de las ideas machistas que aún conviven en los discursos de la sociedad y la visión de patriarca con la aún se concibe a los lugares de la periferia. Lo importante del discurso literario está en la capacidad que tienen la metáfora y el discurso mítico de unir elementos heterogéneos y casi que distantes, y los hace convivir en un mundo donde todo funciona a partir del método científico. Esto, tal vez, con el fin de mostrar ciertas fallas en la lógica que se hacen evidentes al acercarnos a estos lugares y a estos personajes.

     Ahora bien, es probable que esta búsqueda de una respuesta lógica, en un espacio como la selva que, al parecer no acepta otra lógica más que la propia, puede llevar a los personajes al borde de la locura y la agonía que es una contraposición posmoderna de la belleza de la poética bucólica en donde la convivencia era armoniosa y amistosa. Ahora, asistimos a una relación violenta y problemática con la naturaleza, que arroja a los personajes a la sinrazón de dos maneras: quienes ven intervención de lo paranormal en lo que acontece y los que se entregan por completo a la naturaleza salvaje y se pierden en ella como en el caso de Damaris. Cruz Kronfly en “La aldea encantada” nos dice los siguiente:

La chifladura es, en consecuencia, el tema que se impone y que sigue. La medio–locura humana, la chifladura y el despiste pueden derivarse en ciertos casos del anacronismo, ya sea por anticipación visionaria del sujeto o por atraso mental o simbólico del mismo respecto de la época que le haya tocado en suerte. (Cruz, 2011, p. 4).

     Es este presupuesto lo que pudo haber sucedido con Damaris, al cometer el crimen con la perra y llegar al éxtasis total de todo lo sucedido. Ya no teme, ya es como la selva, indomable y fría y por eso se pierde, observemos:

Así que pensó que tal vez, debería irse al monte, descalza y a penas en su licra corta y su blusa de tiras desteñida, y caminar más allá de La Despensa, la estación de cultivo de los peces, los terrenos de la armada, los lugares que había recorrido con Rogelio y los que no habían llegado a conocer, para perderse como la perra y el niño de las cortinas de Nicolasito, allá donde la selva era más terrible. (Quintana, 2018, p. 108).

     Este es aparentemente el final de todo, como tal vez planteaba Cruz Kronfly, que la pérdida de la razón y el levantamiento de lo agorero sea la lógica de estos lugares. Sin embargo, más bien pienso que la relación de lo mítico y la razón, pese a convivir en una constante tensión, ambas, la razón a través del mito, crea otra concepción de la realidad, que más que estética es metafórica y, en ese sentido, dotada de más valor, pues es la manera de colocar una realidad llena de licencias retóricas y, por ende, si se quiere, lógicas y verídicas. Como planteaba Gadamer:

En el pensamiento griego encontramos, pues, la relación, entre mito y logos no solo en los extremos de la oposición ilustrada, sino precisamente también en el reconocimiento de un emparejamiento y de una correspondencia, la que existe entre el pensamiento que tiene que rendir cuentas y la leyenda transmitida sin discusión. (Gadamer, 1997, p. 27).

    Es una relación dialógica y si quiere absolutamente estética. El mito, sigue siendo la base, incluso ejemplificada de la razón.

REFERENCIAS:

Cruz Kronfly, F (2011) La Aldea encantada. Revista Cronopio, (21)

García, Dussan, E. (2016) La identidad social en Colombia y el Macondismo. Revista Signa (25), p. 573 – 594

Hans-Georg, G. (1997) Mito y Razón. Ediciones Paidós Ibérica, S.A: Barcelona.

Quintana, P. (2018). La perra. Penguim Random House: Bogotá

Rivera García, A. (2010) Hans Blumenberg: mito, metáfora absoluta y filosofía política. Ingenium. Revista de Historia del Pensameinto Moderno, (4), p 145- 165