Alicia en el país de Oxford, crímenes y enigmas

La lógica, la literatura y una serie de muertes misteriosas vuelven a unirse en Los crímenes de Alicia, la novela donde el escritor argentino Guillermo Martínez retoma los personajes de Crímenes imperceptibles.
Traducida a 40 idiomas y llevada al cine por Alex de la Iglesia bajo el título “Los crímenes de Oxford”, en “Crímenes imperceptibles” Martínez contaba la historia del especialista en lógica Arthur Seldom y un joven becario argentino de tintes autobiográficos (el autor es doctor en Matemáticas) enfrentados a una seguidilla de homicidios en serie aritmética.
“En junio de 1994, al empezar mi segundo año de residencia, los últimos ecos de esos acontecimientos se habían acallado, todo había vuelto a la quietud, y en los largos días de verano no esperaba más que recuperar el tiempo perdido en mis estudios”, empieza la nueva novela de Martínez.

Alice Liddell en una foto de Lewis Carroll


Pero la calma es solo aparente. Y esta vez será perturbada en el nombre de Lewis Carroll, el autor de “Alicia en el País de las Maravillas”, conocido no solo por sus relatos sino por su afición por niñas de corta edad, como la Alice Liddell que le sirvió de inspiración, y a algunas de las cuales llegó a fotografiar desnudas.
La novela, que aborda el complejo contexto victoriano en el que Carroll desarrolló su obra de escritor y fotógrafo, entre modernas acusaciones de pedofilia y cerradas defensas de sus admiradores, comienza cuando la joven Kristen Hill descubre una misteriosa anotación que puede revelar el contenido de las páginas arrancadas de los diarios del novelista y cambiar la interpretación de su biografía y su obra.
Kristen promete revelar el contenido de la enigmática leyenda en una reunión de la Hermandad Lewis Carroll, que reúne en Oxford a un grupo de variopintos expertos en la obra del escritor. Sin embargo, antes de poder hacerlo será atropellada por un auto que no deja huella alguna, pero que la dejará inconsciente y gravemente herida en el hospital.
¿Es un accidente o un intento de homicidio? Seldom y el becario argentino tendrán que volver a emplear la lógica y la destreza literario-matemática para descifrar una situación que tiene varias vueltas de tuerca más -léase muertes- y les plantea un dilema: ¿hasta dónde se puede llegar para ocultar una verdad? Entre acertijos y mensajes anónimos con fotos antiguas tomadas por el propio Carroll; entre millonarios proyectos de edición; entre la evidente intención de “matar al mensajero” y un patrón difícil de descubrir en los sucesivos crímenes, la sombra de Alicia se mueve sobre un país muy lejos de las maravillas.
Aunque como en todo buen policial, en “Los crímenes de Alicia” -ganadora del premio Nadal 2019 y editada por Destino (grupo Planeta) no todo es lo que parece. Mentiras, encubrimientos y silencio se van desnudando a través de golpes de efecto, basados en un impecable razonamiento, que dejarán al lector pensando una y otra vez en la misteriosa serie de muertes y las motivaciones del homicida.
Al final, claro, están las respuestas. ¿Y la puerta abierta para un nuevo capítulo? Con la solución en la mano, Seldom despedirá al joven becario recomendándole que “siga trabajando en sus temas de lógica, y ya nos encontraremos en nuestro circo itinerante de congresos. Espero que la próxima vez sin crímenes”.

Graciela Cutuli

(Fuente: https://bit.ly/2WwNApm)

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Para leer…

(Capítulo 21, fragmento)

Seldom enunciaba para sus alumnos el experimento mental sobre la traducción ideado por el Quine. Escribió en silencio con su letra rápida dos líneas sobre lo esencial de la situación:

Llega un escrupuloso antropólogo inglés a una isla de aborígenes que nunca tuvieron contacto con extranjeros. Pasa un conejo a la carrera y un aborigen los señala y dice “gavagai”.

Seldom hizo una pausa, releyó en voz alta las dos frases, y escribió a continuación la pregunta crucial, de apariencia falsamente inocente.

¿Qué debería anotar el antropólogo en la libreta de traducciones?

Yo, que ya había escuchado esta clase, casi podía ver cómo todos se contenían de responder la respuesta que les parecía más obvia, como si supieran que la pregunta estaba de algún modo envenenada.

-El dato clave aquí -dijo Seldom- es que nuestro antropólogo es verdaderamente escrupuloso y solo se permite anotar “conejo” de una manera provisoria, porque se da cuenta de que el aborigen también podría estar diciendo: comida, o animal, o plaga, o “grandes orejas”, o “color blanco”, o “movimiento raudo”, o “temporada de caza”. O incluso podría ocurrir que los conejos fueran animales sagrados en esta isla y gavagai fuera una invocación religiosa al paso del conejo. Y podría ser también que hubiera tan pocos conejos en la isla que cada uno tuviera un nombre y Gavagai fuera el nombre particular de ese conejo. O al revés, que hubiera una infinidad de conejos y tuviera para distinguirlos una clasificación minuciosa, igual que los esquimales para las distintas clases de nieve, y gavagai fuera la palabra para “conejo-blanco-vivo-a la carrera”, pero tuvieran otra muy distinta para “conejo-blanco-muerto-en el plato”.

Ahora que lo escuchaba otra vez me preguntaba si la elección de Quine, entre todos los ejemplos posibles, de un conejo a la carrera, no sería un pequeño homenaje a Carroll, y me prometí averiguar sobre esto a la salida. Seldom avanzó al verdadero nudo del problema:

-Nuestro antropólogo se propone entonces descartar progresivamente las acepciones falsas hasta quedarse con la verdadera y pasa un largo tiempo tratando de entender cuáles son las palabras o los ademanes de esos aborígenes para “sí” y “no”. Pero aun cuando cree haberlo logrado, aun cuando pueda con cierta confianza señalar distintas cosas y animales y colores y repetir cada vez “¿gavagai?” y recibe contestaciones que puede traducir por sí o por no a cada una de sus preguntas, pronto se da cuenta de que está tan lejos como al principio.

Mientras Seldom analizaba las sucesivas desventuras en los intentos del antropólogo, algo de aquella discusión se deslizaba en mí como una resonancia vaga: la tecla insistente de una nota. ¿No era acaso el mismo problema de las series lógicas en busca de su clave? En cierto modo sí: cada nuevo intento del antropólogo era un término más de la serie que le permitía hacer una nueva inferencia, pero nunca podía estar del todo seguro de haber capturado el “verdadero” significado. Seldom estaba diciendo algo parecido: aun cuando los aborígenes le respondieran al antropólogo que sí cada vez que señalaba un conejo y le respondiera que no cada vez que señalaba a cada una de las otras miles de cosas en la isla diferentes de un conejo, ¿cómo saber si gavagai no era apenas una palabra que decían en voz alta, quizá por superstición, cada vez que veían un conejo, y la palabra para conejo ni siquiera existía? Y así los aborígenes reían cada vez que el antropólogo señalaba un conejo y decía gavagai, y hacían ampulosos gestos afirmativos, en la alegría del reconocimiento y la comprensión, y mientras tanto quizá comentaban entre sí por lo bajo: por fin este pobre hombre entendió que decimos gavagai como ellos dirían “¡Buena suerte!” cada vez que pasa uno de estos animalitos orejudos. *