Una misma noche (en memoria de Leopoldo Brizuela)

Leopoldo Brizuela -periodista, novelista, traductor- falleció el 14 de mayo de 2019. Ganador de numerosos premios, y encargado del archivo de escritores argentinos en la Biblioteca Nacional, obtuvo en 2012 el Premio Alfaguara con Una misma noche.

Aquí las primeras palabras de aquella novela, porque en la lectura perdura el recuerdo.

2010

Si me hubieran llamado a declarar, pienso. Pero eso es imposible. Quizá, por eso, escribo. Declararía, por ejemplo, que en la noche del sábado al domingo 30 de marzo de 2010 llegué a casa entre las tres y las tres y media de la madrugada: el último ómnibus de Retiro a La Plata sale a la una, pero una muchedumbre salía de no sé qué recital, y viajamos apretados, de pie la mayoría, avanzando a paso de hombre por la autopista y el campo.

Urgida por mi tardanza, la perra se me echó encima tan pronto abrí la puerta. Pero yo aún me demoré en comprobar que en mi ausencia no había pasado nada -mi madre dormía bien, a sus ochenta y nueve años, en su casa de la planta baja, con una respiración regular- y solo entonces volví a buscar a la perra, le puse la cadena y la saqué a la vereda.

Como siempre que voy cerca, eché llave a una sola de las tres cerraduras que mi padre, poco antes de morir, instaló en la puerta del garaje: el miedo a ser robados, secuestrados, muertos, esa seguridad que llaman, curiosamente, inseguridad, ya empezaba a cernirse, como una noche detrás de lanoche.

Era una noche despejada, declararía, y no hacía frío. No se veía a nadie en la calle. La única inquietud que puedo haber sentido cuando enfilé hacia la rambla de circunvalación se habrá debido a los autos, pocos pero prepotentes, que pasan a esa hora, con parlantes a todo lo que da y faros intermitentes iluminando el asfalto. O a las motos que con no sé qué artilugio hacen sonar el caño de escape igual que un tiroteo.

Fue entonces que lo vi, al llegar a la esquina. Un tipo de unos treinta, con gorra de visera girada hacia la nuca, musculosa y arito -casi un disfraz de joven. Miraba hacia el fondo de esa anchísima avenida con ramblas que cerca la ciudad. No le importaba yo, no me miró ni una vez, y es raro que a esa hora no se mire a un extraño. ¿A quién podía estar esperando, a esa hora, en ese siti? ¿Quién podía haberlo expuesto, citándolo a esa hora?

Cruzamos a la rambla, la perra cagó y meó en los sitios de siempre con una exactitud que yo le agradecí -volvimos muy rápido-, mi perra recelando de las sombras, y yo fingiendo calma, sin inquietar tampoco ahora, en apariencia, al tipo de gorrita que, encaramado en lo alto de sus pantorrillas estiradas, seguía empeñado en tratar de divisar algo a lo lejos.

Entonces advertí, a sus espaldas, en la vereda de enfrente, un auto con tres hombres adentro y una puerta abierta, como si lo esperaran. Vendrían en caravana, supuse, y algún otro auto se les habría perdido. Pero me acordé de Diego, el vecino de la casa 9, que había decidido dejar de alquilar mi garaje cuando empezó a trabajar de noche: “Y de noche, vos viste lo que hacen ahora, te esperan en las sombras y se meten con vos”.

Eché a correr fingiendo que la perra al fin conseguía arrastrarme. Traté de girar la llave sin perder un segundo; la perra entró con esa urgencia absurda que infunde la costumbre y, tan pronto como cerré, corrí el pasador enorme que colocó mi padre sobre las tres cerraduras. Entonces respiré, y subí, y quizá olvidé todo, como quien deja la noche en manos de sus dueños.

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