Adiós a Philip Roth

Philip Roth, uno de los escritores más influyentes en la literatura estadounidense del siglo XX, falleció a los 85 años en Nueva York.
Autor entre otras obras de Pastoral Americana, por la cual ganó el premio Pulitzer en 1998, y de Lamento de Portnoy, su trabajo se considera una exploración profunda y crítica de la identidad norteamericana.
Sexo, religión y moral son sus temas recurrentes, en una producción vasta y punteada por figuras literarias icónicas, desde David Kepesh a Alexander Portnoy.
Nacido en Nueva Jersey en 1933, en el seno de una familia de la pequeña burguesía judía, Philip Roth exploró a fondo su historia familiar y la dimensión judía engarzada en el Estados Unidos contemporáneo.
Desentrañó sus costumbres y mitos en un viaje profundo, posible gracias a un realismo sin compromisos junto con un registro cómico que en la producción de Roth se vuelve  también clave literaria.
Aparecen también los temas “difíciles” y a veces crudos: el deseo, la hipocresía, vehiculizados por una originalidad que hace único su relato.
Debutó en 1959 con Adiós Columbus, y luego su primer gran éxito diez años después, con El lamento de Portnoy, que además del éxito y la notoriedad le atribuyó también la etiqueta de escritor “escandaloso”, por cómo osó desafiar el pudor afrontando el tema del placer con un registro tragicómico que elevó la figura de Alexander Portnoy al Olimpo de la creación literaria.
Con Pastoral Americana, de 1997, abrió un capítulo mucho más explícito en su observación político-social, un trabajo que siguió en la misma línea con Me casé con un comunista y La mancha humana.
En 2009 anunció el final de su carrera de novelista. Hasta entonces había publicado más de 30 libros traducidos a numerosos idiomas.

(Fuente: ANSA)

En Hoja por Hoja, lo recordamos con un fragmento de su obra Patrimonio, una conmemoración de la vida de su padre, Herman Roth, visto en el espejo de la enfermedad y la muerte.

“Solo había estado dos veces en el cementerio: la primera, el día del entierro de mi madre, en 1981; la segunda, al año siguiente, cuando llevé a mi padre a ver la tumba. En ambas ocasiones hicimos el trayecto desde la propia Elizabeth, y no desde Manhattan, de modo que yo ni siquiera sabía que pudiera llegarse al cementerio desde aquella salida de la autopista. y si aquel día hubiese querido llegar al cementerio, lo más probable es que me hubiese perdido en las complicados desvíos del aeropuerto de Newark, Port Newark, Port Elizabeth y vuelta al centro de Newark. La mañana en que acudía a comunicarle a mi padre que tenía un tumor cerebral y que ese tumor iba a matarlo, no iba buscando aquel cementerio, ni consciente ni inconscientemente; pero el caso es que había recorrido, sin cometer un solo error, el camino que iba de mi hotel de Manhattan hasta la tumba de mi madre y el lote contiguo en que sería enterrado mi padre.

En modo alguno había sido mi intención que mi padre me tuviera que esperar más de lo estrictamente necesario, pero, encontrándome donde me encontraba, no fui capaz de seguir adelante como si nada hubiera ocurrido. No esperaba averiguar nada nuevo, aquella mañana, desviándome del camino para permanecer un rato ante la tumba de mi madre; no esperaba obtener consuelo ni fortalecerme el ánimo con su recuerdo, ni encontrarme mejor preparado, de algún modo, para confortar a mi padre en su aflicción; tampoco pensé que me debilitaría las fuerzas la visión de aquel espacio preparado para él, junto a la tumba de ella. Lo que me había llevado hasta allí era un giro accidental del volante, y lo único que hice, saliendo del coche y adentrándome en el cementerio a buscar la tumba, fue rendirme a la fuerza impulsora. Mi madre y los demás muertos se hallaban en el cementerio como consecuencia de la fuerza impulsora de un accidente aún más improbable: haber vivido.

Me parece a mí que delante de una tumba todos pensamos más o menos lo mismo, y que eso mismo, elocuencia aparte, apenas se distingue de las meditaciones de Hamlet ante la calavera de Yorick. No hay muchoq ue pensar ni que decir que no sea una variante de “mil veces me llevó a sus espaldas”. Un cementerio, por lo general, sirve para recordarnos lo estrechas y triviales que pueden ser nuestras ideas al respecto. Sí, claro, podemos intentar hablar con los muertos, si creemos que ello va a ayudarnos; podemos empezar, como yo hice aquel día, diciendo “Bueno, mamá”… Pero es difícil no saber -si es que pasamos de la primera frase- que lo mismo nos daría entrar en conversación con la columna de vértebras que cuelga en el consultorio del osteópata. Podemos prometerles cosas, ponernos al corriente de los últimos acaecimientos, pedirles comprensión, solicitar su perdón o su cariño; o podemos planteárnoslo de otro modo -el activo- poniéndonos a arrancar malas hierbas, limpiar la gravilla, pasar el dedo por las letras talladas de la losa; podemos incluso agacharnos y situar las manos directamente encima de sus restos, tocando la tierra, su tierra; podemos cerrar los ojos y recordar cómo eran cuando estaban entre nosotros. Pero ningún resultado se deriva de tales reminiscencias, salvo el de haber que los sintamos aún más lejos, más fuera de nuestro alcance de lo que estaban diez minutos antes, mientras íbamos acercándonos en el coche. Si no hay en el cementerio nadie que nos vea, puede que lleguemos a hacer cosas bastante disparatadas, en nuestro empeño por conseguir que los muertos no parezcan tan muertos. pero, incluso si lo conseguimos, si nos esforzamos lo suficiente como para sentir su presencia, alguna vez tendremos que marcharnos de allí, sin ellos. Lo que demuestran los cementerios, al menos a las personas como yo, no es que los muertos estén presentes, sino que ya se han ido. Ellos se han ido y nosotros, por el momento, aquí estamos. Esto es fundamental y, por inaceptable que resulte, muy fácil de entender.